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Full text of "Historia de los siete murciélagos"

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HISTORIA 


SIETE    MURCIÉLAGOS. 


HISTORIA 


SIETE  MURCIÉLAGOS, 


LEYENDA     ÁRABE, 


D.  MANUEL  FERNANDEZ  T  GONZÁLEZ. 


MADRID, 

1863. 
IMPRENTA    DE    MANUEL     GALIANO, 

Plaza  de  los  Ministerios,  2. 


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HISTORIA 


LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 


La  alabanza  á  Dios. 

No  hay  otro  Dios  que  Dios,  el  Altísimo  y  Único;  é 
puede  apartar  de  nosotros  las  desgracias;  él  sólo  es 
fuerte;  él  sólo  sabe  la  verdad;  él  vive  en  lo  pasado, 
llena  lo  presente  y  abarca  lo  porvenir:  noche  de  hor- 
ror, y  sombra  de  espanto  cubrirán  al  mundo  cuando 
aparte  de  él  sus  ojos ,  porque  él  es  la  fuente  de  toda 
vida,  y  la  claridad  de  toda  luz  ;  sin  él  nada  existe;  él 
es  fuente  de  sabiduría,  sin  la  cual  el  hombre  ser  i 
comparable  á  los  brutos,  que  no  saben  que  han  de  mo 
rir,  ni  para  qué  han  nacido :  loado  sea  Dios ,  el  Altísi- 
mo y  el  Misericordioso,  autor  y  vida  de  todo  lo  crea- 


2  HISTORIA   DE   LÜS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

do  :  la  luz  de  su  espíritu  brille  sobre  este  libro,  y  le 
baga  visible  á  todas  las  gentes ,  y  se  conserve  hasta  la 
más  remota  posteridad. 

Esta  es  la  Historia  de  los  siete  Murciélagos ,  que 
compuso  Noeman  B'zyn-Nun-el-Aziz-el-Ferag,  poeta 
andaluz  que  residió  mucho  tiempo  en  Granada,  y  fué 
soldado  sirviendo  honradamente  á  su  patria,  y  pere- 
grinó por  extrañas  tierras,  dejando  en  pos  de  sí  por 
donde  pasaba,  el  perfume  y  la  suavidad  de  sus  versos. 

Él  vio  en  las  antiguas  historias  los  sucesos  de  los 
Beni-Nazar,  y  los  del  magnífico  rey  AI-Hhamar,  y  las 
hadas  le  contaron  hermosas  historias  de  amores  y  en- 
cantamentos. 

Escribiendo  esas  historias  distrajo  el  poeta  andaluz 
su  pobreza,  y  vosotros  podréis  distraer  leyéndolas 
vuestro  ocio  :  eilas  os  llevarán  de  una  aventura  en  otra, 
y  os  dirán  cómo  fueron  gentes  y  cosas  que  hace  mu- 
chos años  han  dejado  de  existir. 

Salud  y  paz  de  buena  voluntad  á  los  que  leyeren 
este  libro,  y  la  alabanza  á  Dios  autor  de  cuanto  exis- 
te ,  y  el  sólo  que  no  perece  ni  puede  perecer. 


I. 

El  Valle  del  Hedjaz. 


I. 


Habia  en  los  montes  del  Hedjaz,  en  una  de  sus  pro- 
fundas gargantas,  una  oscura  gruta,  donde  no  pene- 
traba más  luz  que  la  que  se  desprendía  de  un  cielo 
tristísimo  á  través  de  un  bosque  de  higueras  silvestres, 
sobre  las  cuales,  descollaba  como  un  minarete  entre 
chozas  una  vieja  y  altísima  palmera ;  al  pié  de  esta  pal- 
mera brotaba  una  fuentecilla  ,  que  iba  á  formar  más 
abajo  entre  las  quebraduras  de  las  rocas  una  pequeña 
laguna,  y  en  este  paraje  solitario,  no  pisado  hacia  cen- 
tenares de  años  por  pié  humano ,  ni  por  errante  gace- 
la, ni  sediento  león,  no  se  oia  otro  ruido  que  el  del 
viento  meciendo  eternamente  la  palmera,  el  murmullo 
del  arroyuelo,  el  canto  de  una  rana  moradora  de  la  ia- 


4^  HISTORIA  DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

guna  y  el  grito  de  un  buho  que  anidaba  eu  lo  más  pro- 
fundo de  la  gruta. 

En  los  primeros  tiempos  de  la  Égira,  cuando  los  ára- 
bes del  Hedjaz  dejaban  sus  rebaños  y  tomaban  sus  ar- 
cos para  acometer  á  los  árabes  del  Yemen,  ó  cuando 
estos  subían  á  la  montaña  para  robar  los  camellos  á  sus 
enemigos,  este  lugar  era  fértil  y  alegre;  sus  higueras 
producian  fruto,  su  vieja  palmera  se  doblegaba  con  el 
peso  de  los  dátiles ,  y  las  aves  y  los  animales  venían  á 
apagar  su  sed  á  la  laguna  henchida  entonces  de  peces; 
las  hadas  se  solazaban  en  su  espesura  á  la  luz  de  la 
luna,  y  la  alegría  de  Dios  se  posaba  sobre  la  gruta  del 
Hedjaz. 


II. 


Una  tarde,  á  Ja  hora  de  alajú  (1) .  cuando  la  luna  se 
levantaba  sobre  los  montes  cercanos ,  un  caballo  can- 
sado, cubierto  de  sangre  y  de  sudor,  montado  por  un 
árabe  del  Hedjaz,  entró  con  toda  la  velocidad  de  su  car- 
rera en  el  valle,  y  cayó  muerto  de  fatiga  junto  á  la 
laguna.  El  dueño  se  levantó  mal  parado  y  fué  á  sentar- 
se al  pié  de  la  palmera  ,  donde  permaneció  inmóvil  y 
silencioso ,  abismado  en  sus  pensamientos.  Aquel  dia 
los  habitantes  de  la  llanura  habían  vencido  á  los  pas- 
tores del  Hedjaz  y  habían  obligado  á  Aben-Zohayr,  su 

(i)  Al  oscurecer. 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  5 

caudillo,  á  salvarse  en  lo  inaccesible  de  sus  montañas. 
Aben-Zohayr  lloraba  amargamente  la  pérdida  de 
los  suyos ,  su  valor  vencido  y  su  orgullo  humillado, 
cuando  sintió  agitarse  la  espesura,  y  al  rayo  de  la  luna 
vio  dos  jóvenes  y  alegres  niñas  que  se  adelantaban  li- 
geras sin  tocar  casi  con  los  pequeños  pies  las  yerbeci- 
llas,  y  fueron  á  sentarse  á  poca  distancia  de  Aben-Zo- 
hayr, del  cual  sólo  las  separaba  un  bosquecillo  de 
acacias. 


III. 


Eran  las  huríes  Fayzuly  y  Rhadhyah;  el  que  todo 
lo  puede  las  habia  dotado  de  una  hermosura  maravi- 
llosa ;  Fayzuly  era  blanca  como  la  espuma  de  las  cata- 
ratas del  Nilo,  y  sus  ojos  y  sus  cabellos,  negros  como 
el  fondo  de  las  grutas  del  Hedjaz;  su  hermana  Rhad- 
hyah era  morena  como  el  sol  y  sus  ojos  brillaban  con 
un  fuego  deslumbrador:  llevaban  ceñidas  las  frentes 
con  guirnaldas  de  rosas  blancas  cogidas  en  el  jardín 
de  Hiram ,  y  unas  flotantes  y  blanquísimas  túnicas  de 
lino,  trasparentaban  las  formas  más  hermosas  que  Alian 
en  sus  bondades  concedió  á  una  mujer. 

Aben-Zohayr  olvidó  como  por  encanto  su  derrota  y 
miró  embelesado  a  las  dos  huríes.  Oh,  Santo  Aliah, 
dijo,  si  me  concedieras  el  amor  de  la  hurí  blanca  de 
los  ojos  negros,  yo  te  sacrificaria  cien  corderos  en  la 


6  historia  de  los  siete  murciélagos 

fiesta  de  Ayd-al-korban!  (1).  ¡Oh  señor  Allah,  qué  po- 
deroso y  qué  grande  eres ! 

El  enamorado  Zohayr  calló  para  escuchar  lo  que  ha- 
blaban las  huríes  :  Fayzuly  decía  á  su  hermana  con 
una  voz  más  dulce  que  los  trinos  del  ruiseñor: 

—  He  visto  mi  porvenir,  hermana  mia;  rae  amará 
el  hijo  de  una  hurí  y  de  un  rey ,  pero  antes  tendré  que 
combatir  con  el  mal  espíritu  que  me  entregará  á  un 
encantador;  pero  mi  amado  me  salvará  y  vendrá  con- 
migo á  nuestros  alcázares  del  aire  y  á  nuestros  jardi- 
nes de  los  lagos. 

—  Y  yo,  dijo  Rhadhyah,  amaré  á  un  creyente  que 
será  rey  y  perderá  su  reino  é  irá  á  morir  al  Mogrhe- 
beb  (2) ;  yo  le  seguiré  al  Edem;  pero  faltan  aún  ocho- 
cientos ochenta  años. 

—  Novecientos  esperaré  yo  á  mi  amado ,  contestó 
Fayzuly. 

—  ¡  Oh  poderoso  Profeta  !  exclamó  Aben-Zohayr; 
¿quiénes  son  estas  doncellas  que  así  esperan  con  los 
siglos  su  amor,  que  hablan  de  sus  alcázares  del  aire  y 
de  sus  jardines  de  los  lagos?  ¡Oh  magnífico  Allah!  ¡con- 
cédeme el  amor  de  la  doncella  blanca  de  los  ojos  ne- 
gros! 


(O  Fiesta  de  los  corderos  en  el  Ramadhan  ó  Cuaresma. 
(2)  Denominación  que  dan  los  árabes  al  poniente  de  África  ó  Mau- 
ritania. 


HISTORIA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS, 


IV. 


Embebecido  en  esta  plegaria  no  se  apercibió  el  cau- 
dillo árabe  de  que  las  huríes  habían  desaparecido  al 
reparar  en  él ,  huyendo  á  ocultarse  en  el  fondo  de  la 
laguna.  Pero  cuando  dirigió  su  vista  al  sitio  donde  se 
habían  sentado,  no  encontrándolas  creyó  que  sólo  ha- 
bían sido  un  delirio  de  su  mente,  y  volvieron  sus  pen- 
samientos tristes,  como  en  una  noche  oscura,  después 
del  pasajero  brillo  de  un  relámpago ,  vuelven  las  ti- 
nieblas. 

—  ¡Oh!  ¡mi  alma!  ¡mi  alma!  dijo  Áben-Zohayr;  he 
llevado  mis  kabilas  al  combate  y  vuelvo  sin  ellas  á  mi 
aduar:  mis  camellos  se  espantarán  al  verme  volver  sin 
ini  corcel  Rhadjih,  y  mis  perros  me  ladrarán  cuando 
noten  la  falta  de  mis  hermanos,  que  no  comerán  más 
conmigo  bajo  el  cuero  de  mi  tienda  el  pan  y  la  sal.  No, 
no  volveré.  El  árabe  que  huye  cuando  sus  hermanos 
han  muerto,  es  un  cobarde ;  el  caudillo  que  abandona 
los  cadáveres  de  sus  guerreros ,  incurre  en  el  enojo 
del  caudillo  fuerte ,  del  invencible  ,  del  grande  sobre 
todos  los  valientes.  ¡Oh!  ¡mi  alma!  ¡mi  alma! 

Acordóse  entonces  de  que  habia  olvidado  la  axalá 
de  alajá  (oración  de  la  noche)  y  su  espíritu  se  contris- 
tó, porque  Áben-Zohayr  era  un  varón  temeroso  de 
Dios,  y  llegó  á  la  fuente,  hizo  la  ablución  y  oró  pros- 
ternado al  pié  de  la  palmera.  Luego  se  levantó,  rom- 


»  HISTORIA   DE  LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS. 

pió  su  espada  que  arrojó  lejos  de  sí,  y  volviendo  su  co- 
razón á  Dios,  le  ofreció  en  expiación  de  su  cobardía, 
hacer  en  aquella  gruta  donde  le  habia  conducido  su 
ventura,  la  vida  apartada  y  penitente  de  morabhi- 
ta  (\).  Comió  algunos  dátiles  que  cogió  del  suelo,  qui- 
tó de  su  caballo  una  piel  de  tigre  que  le  servia  de  si- 
lla, y  extendiéndola  en  la  gruta  sobre  un  haz  de  yer- 
ba', arrojóse  sobre  ella  y  rendido  por  la  fatiga  se 
durmió. 


V. 


No  bien  habia  tendido  sobre  él  sus  alas  el  genio  de 
los  sueños,  cuando  vio  un  jardín  como  no  lo  han  visto 
ojos  humanos ,  y  se  creyó  tendido  sobre  el  césped  en 
un  bosquecillo  de  oloroso  sándalo ;  oíase  el  cantar  de 
las  aves  á  quien  el  poderoso  Allah  ha  concedido  dulces 
gorgeos,  y  parecíale  que  comprendía  su  lenguaje;  se 
decían  amores:  asimismo  las  fuentes  murmurando,  las 
hojas  de  los  árboles  y  de  las  flores  agitándose,  las  au- 
ras que  las  movían  suspirando ,  tenían  voces  para  él, 
y  leia  palabras  encantadas  en  las  nubéculas ,  que  pa- 
recían caracteres  de  nácar  y  azul ;  y  las  avgs ,  y  las 
fuentes,  y  los  árboles,  y  las  flores,  y  las  auras,,  y  las 
nubes  decían :  «Fayzuly  es  la  hermosa  de  las  hermo- 
sas, la  hurí  de  los  amores,  la  alegría  de  Salomón  (¡Dios 

(O  Ermitaño. 


HISTORIA  DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  9 

sea  con  él!) ,  la  doncella  blanca  de  los  ojos  negros».  Y 
volvían  á  repetir  aquel  nombre  que  llenaba  el  corazón 
de  Áben-Zohayr  y  le  dilataba,  como  el  rocío  al  cáliz 
del  tulipán  y  los  céfiros  de  la  alborada  á  las  vírgenes 
siemprevivas. 

Aben-Zohayr  despertó  á  la  hora  de  la  az ala  de  azoh- 
bi  (1) ,  se  levantó,  purificó  su  cuerpo  con  la  ablución 
y  oró.  Después  se  tendió  desesperado  en  el  mismo  si- 
tio donde  habían  estado  sentadas  las  dos  huríes. 

Eblis,  (2)  el  espíritu  rebelde  maldecido  por  Dios,  el 
genio  del  mal  que  nunca  duerme  y  que  habia  inspira- 
do sueños  tentadores  á  Áben-Zohayr,  batió  junto  á  él 
sus  negras  alas  y  el  espíritu  del  árabe  se  entristeció; 
quiso  recurrir  á  la  oración,  pero  entre  él  y  Dios  se  ha- 
bia colocado  Eblis,  y  sólo  le  dejaba  ver  á  Fayzuly, 
hermosa  y  desnuda,  con  todos  los  incentivos  del  amor. 
Aben-Zohayr  era  un  espíritu  débil ,  y  pasó  la  hora  de 
adoba,  de  adohar,  de  alazar,  de  al-magrib,  y  llegó 
la  de  alajá  sin  que  hiciese  la  azalá;  Aben-Zohayr, 
que  habia  olvidado  su  derrota  por  Fayzuly ,  olvidaba 
por  ella  al  vencedor,  al  grande,  al  poderoso  Állah; 
Zohayr  era  el  esclavo  de  Eblis :  la  mano  del  que  todo 

(i)  Los  árabes  dan  á  sus  horas  los  nombres  siguientes:  hora  de 
azohbi ,  hora  deí  alba  ;  hora  de  adoba ,  de  dia  claro  ;  de  adohar ,  al 
medio  dia;  de  alazar,  á  media  larde;  de  almagrib,  á  puestas  del  sol; 
de  alaterna  ó  alajá,  al  anochecer,  al  oscurecer,  ya  entrada  la  noche; 
según  la  costumbre  de  dividir  su  tiempo  por  las  horas  de  sus  ora- 
ciones ó  azalaes. 

(2)    Nombre  que  dan  los  árabes  al  diablo, 


10  HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS, 

lo  puede  se  habia  levantado  sobre  su  cabeza,  y  si  en- 
tonces su  alma  hubiese  tenido  que  pasar  el  terrible 
puente  Sirat  (1),  se  hubiese  precipitado  en  el  fuego 
eterno. 

—  ¡OhÁlIah,  poderoso  Allah,  murmuró  el  impío, 
dame  el  amor  de  la  doncella  de  los  ojos  negros ,  dáme- 
lo y  yo  sacrificaré  doscientos  corderos  blancos  en  tu 
mirab  de  Medina-Yastreb  en  la  fiesta  del  Ayd-al- 
korban ! 

Y  como  esperase  en  vano  después  de  la  salida  de  la 
luna  la  venida  de  Fayzuly,  blasfemó : 

— No  hay  Dios,  dijo  el  reprobo  revolviéndose  sobre 
la  yerba;  Mahhomed-ben-A' bd-AJIah  (2)  era  un  im- 
postor, el  Koran  la  obra  de  un  loco.  El  hombre  está 
solo  sobre  la  tierra  abandonado  á  su  destino ,  como  un 
camello  sin  guia ,  y  más  allá  del  último  crepúsculo  no 
hay  más  que  sombra.  Eblis,  Eblis,  ¡dame  la  doncella 
de  las  trenzas  negras  y  te  adoraré !  ¡  dame  su  amor  y 
te  levantaré  un  mirab  (3),  y  te  sacrificaré  cien  ca- 
mellos ! 


(i)  Este  puente  es  más  delgado  que  lía  cabello,  más  afilado  que 
una  navaja.  Las  almas  de  los  elegidos  le  pasarán  con  la  velocidad 
del  viento  •  pero  los  reprobos  resbalarán  y  se  precipitarán  en  el 
fuogo  eterno.  (Koran.) 

(2)  Mahoma. 

(3)  Adoratorio. 


HISTORIA   DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 


VI. 


En  aquel  momento  Aben-Zohayr  cayó  aletargado  so- 
bre la  yerba  y  vio  en  lo  recóndito  de  su  espíritu  un 
sueño  sombrío:  un  mancebo  hermoso,  como  es  hermo- 
so un  alcázar  que  ha  herido  un  rayo  y  á  quien  la  tor- 
menta y  el  aguacero  han  manchado  y  corroído,  se  le 
presentó  llevando  á  Fayzuly  más  hermosa  que  nunca, 
con  la  túnica  desplegada ,  los  labios  entreabiertos 
por  el  deseo  y  los  ojos  radiantes  y  húmedos  de  amor. 
El  corazón  de  Aben-Zohayr  parecía  iba  á  romperse,  la 
sangre  refluyó  á  su  cabeza ,  y  sus  fauces  secas  y  ar- 
dientes arrojaron  un  gemido. 

— ¿Qué  quieres?  le  dijo  el  espíritu  condenado. 

— Novecientos  años  de  vida ,  los  secretos  de  la  as- 
trología  y  Fayzuly. 

— ¿Y  me  darás  tu  alma? 

— Sí ,  gritó  el  desdichado  Aben-Zohayr. 

— Pues  bien,  despierta  y  bebe  agua  de  la  laguna  y 
tendrás  lo  que  me  has  pedido. 


VIL 


Mientras  Aben-Zohayr  dormia,  un  genio  horroroso  se 
habia  levantado  sobre  las  aguas  del  lago ;  tenia  cabeza 
de  basilisco,  alas  de  murciélago,  cuerpo  de  león  y  cola 
de  serpiente ;  llevaba  en  la  mano  un  cráneo  de  coco- 


12  HISTORIA  DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

drilo  en  forma  de  copa ,  lleno  ele  un  licor  negro  y  fla- 
meante. El  cielo  se  nubló,  mugió  el  semoun ,  callaron 
las  aves  aterradas ,  y  sólo  se  escuchó  el  canto  de  una 
rana,  el  grito  de  un  buho  y  el  zumbido  del  ramaje  de 
las  higueras  y  de  la  palmera.  El  genio  vertió  tres  ve- 
ces en  la  laguna  parte  del  licor  que  contenia  el  cráneo 
hasta  acabarlo ,  y  dijo  con  una  voz  hueca  y  horrible, 
como  el  sonido  de  una  losa  al  caer  sobre  una  tumba. 

—Perezca  todo  lo  que  existe  en  este  valle ;  pero  vi- 
ve ,  tú ,  fuente ,  y  tú ,  laguna ,  y  tú,  rana ,  y  tú ,  buho 
é  higueras  y  palmera;  pero  estériles  como  las  lágrimas 
del  impío.  Vivid  para  cantar  á  Allah,  el  Santo,  el 
Grande,  el  Justo. 

Guando  Aben-Zohayr  despertó,  el  genio  del  exter- 
minio habia  desaparecido  y  la  luna  brillaba  á  través 
de  un  amhiente  despejado,  pero  triste,  sin  brisas,  ni 
perfumes;  los  árboles  se  mecían  sordamente  sin  que  el 
más  ligero  céfiro  los  impulsase,  y  se  oia  el  murmurar 
de  la  fuente,  el  canto  de  la  rana  y  el  grito  del  buho; 
Áben-Zohayr  estaba  pálido  como  un  cadáver  y  sus  ojos 
se  habían  hundido  de  una  manera  horrible :  su  frente 
se  abrasaba  y  su  garganta  seca  hacia  producir  un  so- 
nido ronco  á  su  aliento ;  sintió  sed  y  se  arrojó  á  beber 
á  la  laguna.  Entonces  sintió  que  su  corazón  se  ensan- 
chaba, que  una  luz  inmensa  iluminaba  su  espíritu,  que 
sus  miembros  se  endurecían  y  crecía  todo  su  ser ;  mis- 
terios impenetrables  se  abrían  ante  su  inteligencia  y 
todo  aquel  aumento  de  vida  pesaba  sobre  él  más  que 


Historia  de  los  siete  murciélagos.  13 

pésala  tierra  de  la  fosa  sobre  el  cadáver  del  justo.  Su 
vista  abarcó  la  inmensidad  ;  vio  sus  hermanos  los  ára- 
bes del  Hedjaz  muertos  sobre  el  campo  de  sangre  devo- 
rados por  las  hienas  y  los  buitres,  y  en  su  aduar  de- 
lante de  su  tienda  su  cadáver  cubierto  con  su  arnés 
de  guerra,  y  al  lado  su  lanza  y  su  espada.  Aben- 
Zohayr  no  se  estremeció ;  quiso  hacer  la  prueba  de  su 
poder,  y  se  acercó  á  su  caballo  que  aún  permanecía 
yerto^junto  á  la  laguna. 

— Levántate  Rhadjih  ,  le  dijo. 

El  valiente  corcel  se  levantó,  dio  un  relincho  de  ale- 
gría al  conocer  á  su  amo ,  pero  en  el  mismo  momento 
lanzó  otro  relincho  de  espanto  y  de  dolor,  y  quedó  in- 
móvil, cual  si  se  hubiera  convertido  en  una  roca.  Aben- 
Zohayr  cogió  agua  de  la  laguna  en  el  hueco  de  la  mano 
y  la  aplicó  á  las  narices  del  bruto;  el  sortilegio  produ- 
jo un  efecto  terrible :  Rhadjih  se  encabritó  y  quiso  re- 
sistir á  su  ginete ;  pero  Aben-Zohayr  saltó  sobre  él  y 
le  sujetó. 

Reinaba  un  silencio  profundo :  el  impío  evocó  á  Fay- 
zuly,  y  una  sombra  blanquísima  apareció  en  los  aires 
y  se  posó  inmóvil  y  aterrada  junto  al  caballero  maldi- 
to; era  Fayzuly;  llevaba  en  vez  de  túnica  un  sudario 
y  sobre  sus  negros  cabellos  una  corona  de  siemprevi- 
vas nacidas  en  el  jardín  de  Hiram  y  regadas  por  ge- 
nios con  agua  del  pozo  Zemzem  ;  Aben-Zohayr  quiso 
apoderarse  de  ella ,  pero  Fayzuly  huyó  con  la  veloci- 
dad de  una  flecha,  seguida  siempre  á  corta  distancia 


14  HISTORIA   DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

por  Rhadjih  que  volaba  dejando  tras  de  sus  cascos  uu 
rastro  de  fuego.  Fayzuly,  el  caballero  y  el  corcel,  des- 
aparecieron perdiéndose  entre  la  niebla  de  la  mañana 
en  las  revueltas  de  las  montañas  del  Hedjaz. 

Hé  ahí  por  qué  en  el  valle  maldito  no  se  oia  otro 
ruido  que  el  canto  de  la  rana,  el  grito  del  buho,  el 
columpiarse  de  las  higueras  silvestres,  el  gemido  de 
la  palma  estéril  y  del  arroyo  solitario.  He  ahí  por  qué 
no  venian  á  beber  las  aguas  de  la  laguna  la  errante 
gacela  y  el  sediento  león. 

VJII. 

Vinieron  años  tras  años,  y  pasaron  ochocientos 
ochenta  y  siete  sobre  el  lugar  maldito,  sin  que  hombre, 
fiera  ó  pájaro ,  pisase  su  suelo  ni  cruzase  por  su  aire. 

Habían  llegado  los  últimos  dias  de  la  luna  de  Safer 
del  año  novecientos  y  uno  de  la  Egira  (1) :  era  la  hora 
de  adohar  y  el  sol  brillaba  abrasador  suspendido  en  la 
mitad  de  su  carrera;  la  rana  cantaba  ronca  y  desapa- 
cible y  de  la  laguna  casi  seca  se  levantaba  un  denso 
vapor,  cuando  un  peregrino  cansado  y  sediento  llegó 
al  valle  maldito  del  Hedjaz. 


(i)  El  orden  de  los  meses  que  los  árabes  llaman  lunas ,  es  el  si- 
guiente :  Muliarram,  Safer,  Rabie  primera,  Rabie  segunda,  Giuma- 
da  primera  ,  Giumada  segunda,  Regeb,  Xaban,  Ramazan,  Xawal, 
Dilcada  y  Dilüagia.  Es  de  advertir  que  su  año  empieza  donde  me- 
dia el  nuestro. 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  lo 

Era  Ahu-Kalek,  anciano  guerrero  de  la  raza  de  los 
Álmorabides  que  se  dirigía  en  peregrinación  á  la  Me- 
ca, cumpliendo  la  última  voluntad  del  rey  de  Grana- 
da Mohhamed-Aben-A'bd-Ailah-al-Zaquir-al-Zoghoi- 
bi  (1),  (Boabdil)  muerto  en  los  campos  de  Bakuba ,  de- 
fendiendo contra  los  rebeldes  jerifes  al  emir  Muley 
Ahmct-ben-Merini.  El  anciano  Ábu-Kalek  habia  em- 
prendido su  viaje  desde  el  Mogbreb,  y  al  fin  ha- 
bia puesto  su  cansada  planta  en  las  vertientes  de 
las  montañas  que  rodean  á  la  Santa  ciudad  del  Pro- 
feta (2). 

Pero  estaba  escrito  que  el  Almorabhid  no  llegaría  al 
mirab  de  la  gran  mezquita ;  sus  dias  estaban  contados 
y  su  sepultura  abierta  en  el  valle  maldito  del  Hedjaz; 
las  huríes  le  esperaban,  y  el  alma  del  justo  era  tan 
pura  como  el  blanco  color  de  su  venerable  barba. 

¡Qué  grande  y  poderoso  es  Allah  !  En  el  mismo  si- 
tio donde  apagó  su  sed  el  reprobo  Aben-Zohayr,  apa- 
gó la  suya  Abu-Kalek:  un  impío  habia  traído  la  mal- 
dición de  Dios  sobre  el  valle,  y  un  justo  habia  sido 
concebido  para  purificarlo.  Cuando  el  Almorabhid  bebió, 
sintió  como  el  árabe  que  su  vista  se  dilataba  y  su  co- 
razón ardia;  su  sangre  débil  y  helada  corrió  por  sus 
venas  como  fuego  ardiente,  y  volvió  á  su  juventud  y 
á  su  fuerza;  su  encorvada  espalda  se  irguió,  sus  ojos 

(i)  Mohamed  hijo  del  servidor  de  Dios,   el  pequeño  y  el  des- 
dichado. 
(2)  Medinah  Jastreb. 


]6  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

centellearon  y  en  su  boca  apareció  una  profunda  ex- 
presión de  dolor. 

—¡Oh  Señor !  exclamó  el  viejo  prosternándose  con- 
tra la  tierra ,  ¿por  qué  me  vuelves  mi  juventud  y  dila- 
tas mi  vida?  ¿He  dejado  un  solo  día  de  elevar  á  tí  mi 
espíritu ,  ó  mis  labios  han  mentido  ó  mi  espada  ha 
derramado  sangre  del  débil  ó  del  inocente?  ¡Oh  se- 
ñor Allah!  ¿qué  quieres  de  tu  siervo  Abu-Kalek? 

Pero  nada  contestó  á  la  plegaria  del  almorabid  :  la 
rana  siguió  cantando  y  el  sol  tendiendo  sus  rayos  in- 
flamados sobre  la  tierra.  Abu-Kalek  quiso  continuar 
su  camino ,  pero  fué  en  vano  ;  por  donde  quiera  que 
se  dirigía  encontraba  una  roca  tajada,  un  abismo  ó  un 
torrente;  las  huellas  se  borraban  tras  de  sus  pies. 

-—¡  Oh  desdichado  rey,  exclamó  el  creyente,  los  es- 
píritus invisibles  me  cierran  el  camino  :  yo  moriré 
aquí  como  tú  moriste  en  Bakuba !  ¡Hágase  la  voluntad 
de  Allah! 

Abu-Kalek  sintió  hambre,  pidió  dátiles  á  la  palme- 
ra, fruto  á  las  higueras,  peces  á  la  laguna;  pero  la 
palmera  y  las  higueras  y  la  laguna  eran  estériles ;  en 
aquel  momento  una  golondrina  se  cernió  sobre  el  va-  . 
lie;  Abu-Kalek,  tomó  una  saeta  de  su  aljaba  y  tendió 
el  arco  que  le  servia  de  apoyo  en  su  marcha ;  la  saeta 
hendió  silbando  los  aires  y  cayó  trayendo  consigo  á  la 
avecilla,  que  se  agitó  en  sus  últimas  convulsiones  en- 
tre las  manos  del  morabhita. 

Sobre  el  pecho  azul  de  la  golondrina  pendía  una  pe- 


(ú^éA  - 


HISTORIA   DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  1  / 

quena  llave  formada  de  una  esmeralda  ,  sujeta  al  cue- 
llo del  pájaro  por  un  collar  de  rubíes ;  el  creyente 
tomó  la  llave  y  la  golondrina  espiró,  diciendo  en  un 
débil  gemido  : 

—  ¡  Busca ! 

Abu-Kalek  miró  la  llave  y  vio  sobre  ella  escrito  en 
pequeñísimos  caracteres  cúficos  el  mote  :  «\La  galib 
Ule  Allah  l »  ( ¡  Solo  Dios  es  vencedor ! ) 

—  ¡  Busca !  murmuró  el  viento  agitándose  entre  los 
árboles. 

Abu-Kalek  se  dirigió  al  pié  de  la  seca  palmera. 

—  ¡  Busca !  murmuró  roncamente  la  rana  en  la  la- 
guna. 

El  morabhita  llegó  hasta  su  orilla. 

—  ¡  Busca !  graznó  el  buho  desde  el  fondo  de  la  gruta. 
Abu-Kalek  se  precipitó  á  través  de  las  zarzas  que 

cubrían  la  profunda  grieta  y  buscó;  el  buho  entre  tanto 
batia  las  pardas  alas  graznando  siempre : 

—  ¡Busca!  ¡busca!  ¡busca! 

En  la  parte  más  profunda  y  oscura  de  la  gruta,  en  un 
lóbrego  agujero,  anidaba  el  buho,  que  huyó  lanzándo- 
se al  valle  al  acercarse  á  su  nido  el  morabhita  Abu- 
Kalek. 


IX. 


Era  la  hora  de  alajá :  la  noche  levantaba  su  oscura 
faz  al  Occidente ;  en  el  opuesto  confín  el  sol  se  hundía 


48  HISTORIA   DE  LOS .  SlETE  MURCIÉLAGOS. 

tras  azules  montañas,  entre  celajes  de  fuego :  el  luce- 
ro de  la  tarde  le  seguía  saludando  con  trémulos  res- 
plandores á  la  blanca  lumbrera  de  la  noche,  y  se  iban 
extinguiendo  lentamente  los  innumerables  rumores  que 
acompañan  al  dia. 

El  creyente  oró  y  su  espíritu  subió  hasta  el  Señor  : 
un  clarísimo  resplandor  iluminó  la  gruta,  y  perfumes 
suavísimos  inundaron  el  ambiente  ;  aquel  resplandor 
emanaba  del  agujero  habitado  por  el  buho,  y  en  el  fon- 
do de  él  se  veia  una  placa  de  oro,  en  la  cual  al  rededor 
de  una  cerradura  se  leia  en  caracteres  azules  :  «¡Allali 
Akbar  l »  ( ¡  Dios  es  grande  ! ) 

Ábu-Kalek  introdujo  la  llave  de  esmeralda  en  la  cer- 
radura de  oro ;  la  roca  se  rasgó  dejando  descubierta  la 
entrada  de  una  escalera  de  pórfido ,  con  paredes  de 
cristal  y  techumbres  de  ágata  en  forma  de  estalac- 
titas. 

Un  genio  horrible  defendía  la  entrada ;  tenia  cabeza 
de  basilisco,  alas  de  murciélago,  cuerpo  de  león  y  cola 
de  serpiente ;  el  genio  exterminador  puesto  por  Állah 
á  las  puertas  del  Edem  ;  era  la  última  prueba  del  mo- 
rabhita  Ábu-Kalek. 

Rayos  lanzaban  sus  ojos ;  sus  alas  batían  las  paredes 
produciendo  un  chasquido  aterrador ;  su  cola  azotaba 
el  pórfido  y  sus  garras  se  tendían  ensangrentadas  y 
amenazantes  hacia  Ábu-Kalek  que  se  precipitó  sobre  el 
genio  gritando  :  « ¡  Állah  Akbar !  » 

El  genio  desapareció  rodando  hasta  el  abismo  y  el 


HISTORIA  DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  id 

morabhita  se  encontró  en  un  alcázar  como  no  lo  han  vis- 
to ojos  humanos.  Las  puertas  eran  de  diamante,  el  pa- 
vimento de  rubíes,  las  paredes  de  perlas  y  los  techos 
de  sándalo;  por  los  arcos  afiligranados  se  despeñaban 
cascadas  de  aguas  olorosas  que  iban  á  regar  rosas  siem- 
pre purpúreas  y  tulipanes  inmarchitos;  sobre  todo  esto 
un  cielo  azul  como  el  zafiro,  resplandecía  con  la  luz  de 
los  ojos  de  Dios. 

Cantaban  las  perís  y  danzaban  las  hadas  en  torno  de 
una  cuna  de  aloe  sostenida  por  genios,  donde  sonreía 
un  bellísimo  infante  velado  por  paños  de  púrpura  :  jun- 
to á  él  lijaba  su  mirada  inefable  de  madre,  una  mujer 
hermosísima ;  su  larga  cabellera  negra  lanzaba  reflejos 
azulados  junto  á  las  perlas  que  la  entrelazaban ,  y  ro- 
deando un  rostro  de  mejillas  morenas,  caía  en  bucles 
ondulantes  sobre  sus  desnudos  hombros  velando  un  se- 
no purísimo;  su  túnica  azul  era  de  seda  superior  á  la 
de  Persia ;  su  breve  talle  estaba  contenido  en  el  cín- 
gulo  misterioso  de  Salomón;  sus  pequeños  y  desnudos 
pies  se  hundían  en  una  alfombra  cubierta  de  signos 
cabalísticos ,  y  entre  sus  brazos  reposaba  un  hombre 
que  absorbia  en  sus  ojos  la  intensa  mirada  de  amor  de 
los  negros  y  radiantes  ojos  de  la  hermosa. 

Esta  era  Rhadhyah,  la  más  pura  de  las  huríes ,  la 
reina  de  las  prometidas  á  los  creyentes  por  el  Señor. 

El  hombre  que  reposaba  entre  los  brazos  de  Rha- 
dhyah era  un  hermoso  mancebo ;  cenia  su  frente  una 
toca  blanquísima  ,  prendida  por  una  garzota  de  piedras 


20  HISTOÍUA   DE  LOS    SIETE  MUKCÍÉLAGOS. 

preciosas,  y  entre  la  cual  aparecía  una  corona  de  rey; 
vestía  una  pesada  loriga  de  combate  y  sobre  ella  se  ple- 
gaba un  caftán  más  blanco  que  la  luz  de  la  alborada; 
pero  aquel  caftán  estaba  manchado  de  sangre,  y  bajo 
él  se  veia  una  corva  cimitarra  damasquina  roja  hasta 
la  empuñadura. 

Aquel  hombre  era  Mohhamed-Ben-Á'bd-Allah-aí 
Zaquir-al-Zoghoibí  (Boabdil),  último  rey  moro  de 
Granada. 

Su  semblante  hermoso  y  tranquilo  estaba  pálido  co- 
mo el  de  un  cadáver;  una  ancha  herida  partía  su  fren- 
te y  sus  ojos  absorbian  con  una  expresión  melancólica 
la  mirada  de  amor  de  Madhyah,  junto  á  la  cual  repo- 
saba sobre  la  alfombra. 

Ábu-Kalek  se  prosternó  y  unió  su  rostro  al  pavi- 
mento. 

—  ¡Oh  invencible  Allah  ,  exclamó  ,  qué  grandes  é 
incomprensibles  son  tus  decretos!  ¿Es  este  aquel  des- 
dichado rey  rebelado  contra  su  padre,  combatido  por 
su  pueblo  y  arrojado  por  los  nazarenos  de  su  trono? 
¿Es  este  aquel  real  mancebo  á  quien  yo  vi  morir  y  por 
cuya  alma  oro  cuando  el  sol  aparece  y  cuando  la  luna 
se  levanta  con  la  noche? 

Boabdil  se  desprendió  de  los  brazos  de  la  hurí ;  sus 
labios  descoloridos  se  contrajeron  en  una  tristísima 
sonrisa,  y  su  mirada  diáfana  se  posó  con  una  expresión 
de  amor  en  Abu-Kalek. 

— Levántate,  musíin,  exclamó,  mi  viejo  amigo,  Bra- 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  21 

zo  de  Dios,  el  más  valiente  de  los  guerreros  de  mi  tri- 
bu, levántate  y  escucha. 

Abu-Kalek  se  levantó, 

—  Hubo  un  tiempo,  prosiguió  Boabdil,  en  que  mo- 
rábamos en  un  gran  pueblo ;  nuestro  nombre  llenaba 
la  tierra  y  nuestros  guerreros  eran  el  terror  de  los  in- 
fieles; la  espada  del  muslim  estaba  siempre  roja,  y 
nuestras  fronteras  eran  el  cementerio  de  los  nazarenos. 
Pero  estaba  escrito  que  el  creyente  seria  desterrado; 
los  alcaides  de  la  tierra  perdieron  una  á  una  las  fuer- 
zas y  las  villas  del  reino,  y  los  infieles  llegaron  hasta 
nuestros  muros.  Mis  guerreros  se  dividieron  :  mi  tio 
asesinó  á  mi  padre,  y  la  maldición  de  Dios  cayó  sobre 
Granada.  Dia  terrible  fué  aquel  en  que  vimos  la 
cruz  clavada  sobre  nuestro  alcázar,  en  que ,  desterra- 
dos, salimos  por  la  parte  del  Genil  con  las  lágrimas  en 
los  ojos  y  los  pies  descalzos.  Abandonamos  cobarde- 
mente nuestra  ciudad  y  entregamos  nuestros  hermanos 
á  la  tiranía  y  las  infamias  del  vencedor ;  nuestro  cora- 
zón brotó  llanto  de  sangre  á  los  ojos  que  vieron  por 
última  vez  la  Alhambra  desde  el  alto  del  PaduL  La  mi- 
tad de  mi  alma  atravesó  el  espacio  para  ir  á  morar  en 
ella  envuelta  en  un  suspiro,  y  la  otra  mitad  quedó  des- 
esperada para  amargar  los  últimos  dias  del  rey  venci- 
do. Habíamos  cometido  un  crimen ,  y  debíamos  expiar- 
lo ;  habíamos  manchado  nuestros  nombres  como  cobar- 
des ,  y  debíamos  lavar  nuestra  infamia  muriendo  como 
mártires ;  mi  lanza  enmohecida  con  el  abandono  en 


22  HISTORIA  DE  LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Granada,  se  enrojeció  en  África;  olvidé  mis  retretes  de 
oro  y  habité  la  tienda  de  cuero  del  guerrero  ;  ansian- 
do la  muerte  lidié ,  me  revolví  entre  millares  de  ene- 
migos, y  la  muerte  fué  conmigo.  ¡  Allah  tuvo  compa- 
sión de  mí !  ¡  Allah  aceptó  la  expiación  de  sangre  que 
le  ofrecía  y  me  envió  su  paz  con  mi  amor!  ¡Me  envió  á 
Rhadhyah,  la  querida  de  mi  alma,  la  madre  de  mi  hijo! 

Boabdil  se  detuvo  y  miró  sonriendo  en  un  éxtasis  de 
inefable  felicidad  á  la  hurí  y  al  niño  que  dormía. 

—Estaba  escrito,  dijo  Rahdhyah,  con  una  voz  más 
armoniosa  que  el  murmurio  de  las  auras  al  pasar  entre 
las  flores ;  cuatro  veces  el  sicómoro  ha  entregado  ai 
viento  sus  marchitas  hojas  desde  el  dia  en  que  impeli- 
da por  los  espíritus  invisibles  llegué  hasta  mi  amado: 
«Ye  Rhadhyah,  me  dijeron,  busca  á  tu  prometido  ;  el 
que  todo  lo  puede  ha  puesto  su  mano  sobre  tu  nombre 
en  el  libro  de  diamante  del  Destino  y  te  permite  ser 
madre  (1 ).  Ve,  el  creyente  te  espera.»  Llegué  y  des- 
perté á  mi  adorado  que  dormía:  tres  veces  la  golondri- 
na ha  visitado  las  tierras  de  Occidente  desde  que  alien- 
ta el  hijo  del  rey  y  de  la  hurí;  y  dos  veces  aún  el  sol 
ha  recorrido  su  círculo  de  fuego  desde  que  el  ajfanje 
enemigo  abrió  al  alma  de  mi  alma  las  puertas  del 
Edem.  El  seno  de  la  hurí  ha  alimentado  al  hijo  de  mi 

(i)  Según  el  Koran  Suras  28,  SS  y  56,  las  huríes  son  beldades  peregri- 
nas que  jamás  envejecerán,  ni  se  marchitarán,  no  concebirán  ni 
estarán  sujetas  á  las  miserias  de  la  mujer.  Este  ser  tan  perfecto  co]-. 
mará  de  delicias  á  los  creyentes  en  el  Paraíso, 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  23 

amado,  pero  está  escrito  que  peregrine  sobre  la  tierra, 
y  su  destino  se  cumplirá. 

—¡Oh  luz  del  cielo!  repuso  Ábu-Kalek,  deslumhra- 
do por  el  resplandor  que  emanaba  del  semblante  de 
Rhadhyah ;  manda ,  tu  siervo  está  ante  tí. 

— Serás  el  maestro  de  mi  hijo ,  exclamó  Boabdil ,  y 
harás  de  él  un  príncipe  perfecto,  sabio,  generoso  y  va- 
liente; le  tendrás  contigo  hasta  que  cumpla  doce  anos, 
después  le  abandonarás  á  su  destino.  Así  está  escrito. 
Si  el  príncipe  cumple  con  los  deberes  de  un  buen  mus- 
lim ,  la  mano  de  Dios  le  protegerá  y  volverá  trascur- 
ridos cinco  anos.  Entonces  le  entregarás  mi  arnés,  mi 
caballo  de  batalla,  mi  jacerina,  mi  alfanje  y  mi  bro- 
quel ;  le  harás  cabalgar  y  volverás  el  caballo  al  Occi- 
dente; entonces  darás  una  palmada  en  el  cuello  del 
bruto,  y  habrás  terminado  tu  misión. 

Boabdil  extendió  el  brazo  derecho  hacia  los  genios, 
y  dos  de  estos  trajeron  junto  á  él  un  caballo  negro,  en- 
cubertado con  arreos  de  batalla ;  entre  tanto  se  operaba 
en  el  rey  una  transformación  extraña;  las  manchas 
sangrientas  de  su  caftán  desaparecieron;  la  cicatriz 
que  partía  su  frente  se  borró  hasta  quedar  reducida  á 
una  sutilísima  línea  sonrosada  ,  y  sus  ojos  radiaron 
llenos  de  vida  y  de  alegría;  despojóse  de  la  toca  y  de 
la  corona  que  puso  sobre  el  caparazón  del  caballo,  y 
después  su  caftán ,  su  loriga  y  su  alfanje.  Rhadhyah 
se  despojó  del  cíngulo,  y  al  ponerlo  sobre  la  espalda 
del  bruto,  dijo  á  Abu-Kalek: 


24  HISTORIA  DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—Cuando  corran  catorce  años,  lo  entregarás  á  mi 
hijo,  i  Allah  sea  con  él! 

Entonces  los  genios  y  las  hadas  se  agruparon  sobre 
]a  alfombra  :  una  neblina  imperceptible  se  levantó  en 
torno  de  ella,  y  lo  envolvió  todo  ;  el  alcázar  mágico 
fué  desapareciendo  lentamente,  y  la  niebla  se  condensó 
hasta  envolver  al  morabhita  en  las  más  densas  tinie- 
blas ;  un  caos  pasó  por  su  pensamiento ;  sintióse  desfa- 
llecer,  hizo  un  esfuerzo,  y  abrió  los  ojos  en  los  que  re- 
flejó una  claridad  blanca  y  suave :  estaba  á  la  entrada 
de  la  gruta  delHedjaz,  y  la  alborada  pasaba  volando 
sobre  el  valle. 


XI. 


Pero  este  se  habia  trasformado;  la  palmera  se  incli- 
naba bajo  el  peso  de  los  dátiles ,  la  fuente  brotaba  de 
su  pié ,  y  la  laguna  estaba  henchida  de  peces.  Allah 
habia  retirado  de  él  su  maldición. 

Abu-Kalek  creyó  que  habia  sido  un  sueño  cuanto 
habia  visto  en  el  alcázar  encantado ;  hizo  la  ablución 
en  la  fuente  ,  oró,  cogió  algunos  dátiles  ,  y  se  sentó  á 
comerlos  al  pié  de  la  palmera ;  á  poco  se  le  presentó 
un  viejo  acompañado  de  algunos  árabes. 

— ¿Eres  tú  el  morabita  Abu-Kalek  el  de  Granada? 
le  preguntaron. 

—Sí,  ¿qué  queréis  de  mí?  contestó  el  morabhita 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  2o 

mirando  á  aquellos  que  le  parecieron  hombres  y  no 
eran  olra  cosa  que  genios. 

— Sabemos ,  dijo  el  que  le  habia  preguntado ,  que 
necesitas  un  alcázar. 

Abu-Kalek  miró  estupefacto  al  genio  y  dejó  de  co- 
mer los  dátiles. 

— Sí,  un  alcázar  y  un  mirab,  para  que  more  ahora  y 
hable  á  Dios  cuando  conozca  la  ley ,  el  príncipe  que  te 
han  entregado. 

Un  débil  vaguido  salió  de  la  gruta,  donde  al  escu- 
charlo entró  presuroso  el  morabhila. 

Su  asombro  fué  inexplicable  al  ver  sobre  el  césped, 
y  en  su  cunita  de  aloe,  el  mismo  niño  que  habia  creí- 
do ver  en  sueños,  sonriéndoie  y  tendiendo  hacia  él  sus 
bracitos. 

En  el  fondo  de  la  gruta,  inmóvil ,  con  el  cuello  er- 
guido y  la  mirada  centelleante,  el  corcel  de  batalla  de 
Boabdil ,  mostraba  sobre  su  espalda  el  cíngulo  de 
Rhadhyah ,  la  corona ,  el  caftán  y  las  armas  del  rey. 

— i  No  era  sueño !  exclamó  Abu-Kalek  en  el  colmo 
de  la  admiración. 

— Eüge  el  sitio  donde  hemos  de  edificar  el  alcázar, 
exclamaron  los  genios  que  se  habían  agrupado  á  su 
alrededor. 

Abu-Kalek  se  entristeció. 

— No  poseo  más  que  mi  alquicel,  mi  arco,  dijo,  y 
no  tengo  con  qué  pagar  vuestro  trabajo. 

—Pagados  estamos ,  repuso  un  genio ,  y  tanto ,  que 


26  HISTORIA.  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

una  vez  concluido  el  palacio,  pondremos  en  él  un  te- 
soro, ricos  divanes,  alfombras  de  Persia  y  hermosos 
esclavos. 

— Sea  así,  puesto  que  Allah  lo  quiere,  dijo  Abu- 
Kalek,  saliendo  de  la  gruta. 

Atravesó  el  valle  y  subió  á  la  montaña  más  cercana; 
volaban  allí  auras  fresquísimas;  despeñábanse  claros 
arroyos ,  y  desde  la  cima  la  vista  se  deleitaba  contem- 
plando los  verdes  campos ,  los  montes  rojizos ,  los  ho- 
rizontes azules  de  una  tierra  alumbrada  por  un  sol 
brillante ,  girando  en  un  espacio  diáfano  sin  nubes  ni 
neblinas;  desde  allí  se  veian,  perdidas  en  la  profunda 
garganta ,  la  altísima  palmera,  la  tersa  laguna  y  la  os- 
cura gruta  del  valle. 

—Aquí,  dijo  Abu-Kalek,  clavando  su  arco  en  lo 
más  alto  de  la  cima. 

XII. 

Los  campos,  las  montañas  y  los  horizontes  desapa- 
recieron instantáneamente ,  y  sólo  quedó  ante  Abu- 
Kalek,  un  patio  magnífico,  cuyas  galerías  estaban 
sostenidas  por  arcos  calados  y  delgadas  columnas  de 
alabastro;  en  el  sitio  donde  habla  fijado  su  arco  ,  habia 
aparecido  una  fuente  maravillosa  sostenida  por  doce 
leones  de  piedra. 

Entre  los  arcos  vagaban  esclavos  etíopes  de  negro 
rostro  y  miradas  feroces,  cubiertos  de  fuertes  armaduras 


niSTORlA  DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  27 

y  con  largas  picas  en  las  manos;  á  las  puertas  de  los 
retretes,  blancos  y  hermosos  mancebos  asiáticos,  os- 
tentaban sus  galas  de  púrpura  y  brocado ;  cantaban 
pintados  pájaros  en  doradas  jaulas  de  filigrana  colgadas 
de  las  cúpulas,  y  el  ambiente  estaba  embalsamado  por 
el  blanco  humo  de  los  perfumes  que  se  quemaban  en 
braserillos  de  oro;  y  los  feroces  guardas  y  los  bellos 
esclavos,  tenían  fija  en  el  Almorabhidsu  mirada,  como 
el  perro  inmóvil  que  espera  una  seña  de  su  amo  para 
correr  al  sitio  que  le  señale. 

— ¡  El  patio  de  los  Leones !  gritó  Abu-Kalek ,  cre- 
yéndose aún  entregado  á  un  hermoso  ensueño ;  ¡  la 
sala  de  las  Dos  Hermanas!  ¡  El  retrete  de  Lindaraja! 
¡La  Aihambra! 

Y  el  anciano  Almorabhid  corría  delirante  por  aque- 
llos admirables  retretes,  reconociendo  cada  uno  de 
sus  recónditos  sitios,  gozando  con  cada  uno  de  los  la- 
brados alhamís  que  encontraba  por  do  quiera.  Y  vio 
aposentos  embaldosados  de  mármoles  más  blancos  y 
tersos  que  el  marfil,  con  paredes  adornadas  de  exqui- 
sita y  menuda  labor,  con  cúpulas  doradas  y  matiza- 
das de  estrellas,  como  el  cielo  de  una  noche  tran- 
quila. 

— ;La  Aihambra  !  gritó  entregado  al  frenesí  de  su 
alegría;  ¡la  Aihambra,  no  como  ahora  profanada  por 
la  planta  del  ambicioso  y  pérfido  nazareno,  sino  la  Ai- 
hambra como  en  tiempos  de  mis  padres ,  fresca  y  so- 
nora con  el  murmurio  de  sus  fuentes  y  el  canto  de 


28  HISTORIA  DE  LOS  SIETE  MURCIÉ  LAGOS. 

sus  aves!  ¡La  Álhambra  de  Boabdil  y  de  Muza-aben- 
Abil-Gazan!  j  El  alcázar  de  las  zambras,  el  libro  de 
oro  donde  eslá  escrita  en  caracteres  de  nácar  la  pala- 
bra de  Dios !  ¡ La  Álhambra !  ¡  La  Álhambra !  ¡La  Ál- 
hambra! 

Y  lloraba  como  una  mujer ,  y  corria  como  un  niño,  y 
reía  como  un  loco. 

XIII. 

Entretanto  habia  llegado  á  una  sala  más  extensa  que 
las  otras;  el  pavimento  era  de  riquísimo  mosaico  ;  los 
muros  abiertos  por  aihamís  con  ajimeces  en  el  fondo, 
eran  altísimos  y  adornados  de  labor  persa  y  capricho- 
sos trasparentes  por  los  cuales  penetraba  una  tenue 
luz;  la  puerta  arqueada  con  más  gracia  que  las  cejas 
de  una  hurí ,  dejaba  ver  un  ancho  patio  y  en  él  un  di- 
latado estanque  de  mármol  donde  flotaban  blancos  cis- 
nes y  nadaban  peces  brillantes  como  el  oro,  rojos  como 
la  púrpura ,  y  blancos  como  el  velo  de  una  virgen  es- 
clava. 

— No,  no  es  la  Álhambra  de  mis  padres,  exclamó 
Ábu-Kalek  mirando  al  campo  desde  uno  de  los  ajime- 
ces ;  si  fuera  ella,  veria  desde  aquí  el  barrio  de  las 
gentes  deBaeza  (1),  y  el  alegre  Generalife  dominando 
los  cármenes  de  Áynadamar,  y  el  Darro  arrastrando 

(O  El  Albaicin. 


HIStOnrA   DE   LOS   SIETK  MURCIÉLAGOS.  29 

entre  ellos  sus  arenas  de  oro,  Granada  apoyando  sus 
muros  en  la  vega,  y  más  allá  Sierra  Elvira  y  los  mon- 
tes de  Loja  por  junto  á  los  cuales  se  desliza  el  Genil. 
¡No!  ¡Esta  es  la  Alhambra  de  los  genios!  ¡La  Álhambra 
delHadjaz!  ¡Qué  poderoso  eres  Allah,  que  con  una 
mirada  de  tus  ojos  puedes  reproducir  la  más  hermosa 
de  tus  maravillas! 

El  morabhita  se  alejó  suspirando  del  ajimez,  atrave- 
só retretes  y  galerías ,  y  salió  del  alcázar ;  dirigióse  á 
la  gruta,  tomó  entre  sus  brazos  la  cunita  que  contenia 
al  infante,  y  desandando  el  mismo  camino ,  la  depositó 
en  el  retrete  de  los  ajimeces ;  el  caballo  de  batalla  de 
Boabdil  le  había  seguido,  y  se  detuvo  quedando  otra 
vez  inmóvil  como  una  estatua  junto  al  estanque  donde 
flotaban  los  cisnes  y  nadaban  los  peces  de  colores. 

—  Aquí  morarás,  Áben-al-3Jaleclí  (Hijo  del  rey),  ex- 
clamó el  anciano  dirigiéndose  al  niño;  el  morabhita  en 
la  gruta  del  valle;  pero  subirá  cada  vez  que  el  sol  apa- 
rezca, para  enseñarte  la  palabra  de  Dios  y  hacerte 
buen  muslim  y  buen  caballero. 

Y  así  sucedió:  los  genios  guardaban  el  alcázar,  y 
servían  al  príncipe  Aben-al-Malek ,  como  jamás  ha  si- 
do servido  príncipe  alguno ;  ofrecíanle  los  más  exqui- 
sitos manjares,  los  perfumes  más  suaves,  los  lechos 
más  frescos  y  regalados ,  donde  velaban  su  sueño  ha- 
lagándole con  sus  alas  invisibles:  Abu-Kalek  pasaba 
todo  el  dia  á  su  lado ,  desarrollando  en  él  las  dotes  que 
debe  poseer  todo  buen  muslim?  temor  de  Dios,  gene- 


30  HISTORIA.  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

rosidad  y  valentía.  Cuando  el  príncipe  llegó  á  la  edad 
de  doce  años,  descifraba  como  un  faquí  los  misterios 
del  libro  de  Dios;  cabalgaba  sobre  caballos  salvajes; 
esgrimía  la  lanza  como  un  Álmorabid ;  manejaba  el  al- 
fanje como  un  Abencerraje  ;  cogia  una  sortija  á  la  car- 
rera como  un  Zenete,  y  ponia  una  saeta  á  larga  dis- 
tancia en  el  blanco  como  un  Scita ;  componía  elegan- 
tes versos ,  tañía  maravillosamente  todo  género  de  ins- 
trumentos y  cantaba  á  la  perfección :  era  hermoso  co- 
mo Rhadhyah  y  valiente  y  fiero  como  Boabdil. 

Abu-Kalek ,  que  observaba  la  vida  más  austera  en 
la  gruta  ,  durmiendo  sobre  la  yerba  y  comiendo  los 
peces  que  pescaba  con  gran  paciencia  en  la  laguna  ,  se 
contristó  al  ver  que  había  llegado  la  época  de  separarse 
de  Áben-al-Malek ,  á  quien  amaba  con  toda  la  ternura 
de  un  padre  :  á  pesar  de  esto  ,  el  diaque  señaló  nueve 
años  después  del  en  que  el  príncipe  fué  confiado  á  su 
fidelidad,  fué  á  una  oscura  estancia  del  alcázar,  donde 
se  guardaba  en  dos  jarrones  de  porcelana  un  innume- 
rable tesoro  ,  le  cargó  sobre  dos  camellos ,  montó  en 
un  asno  y  llevando  á  su  lado  á  Áben-al-Malek,  ginete 
en  un  poderoso  caballo  ,  abandonó  el  alcázar  y  se  di- 
rigió lentamente  á  la  Meca. 

XIII. 

Un  mes  duró  el  viaje;  al  fin  de  él,  una  tarde,  al 
trasmontar  el  sol  los  horizontes,  divisaron  los  altos 


HISTORIA  DE  LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  3Í 

miuaretes  y  las  cúpulas  de  la  mezquita  de  la  Santa  Ciu- 
dad: entraron  en  ella,  y  después  de  haber  hecho  su 
ablución  en  el  pozo  Zerazem,  oraron  en  el  rairab.  Des- 
pués, en  la  puerta  de  la  mezquita,  dijo  Abu-Kaiek  al 
príncipe ,  con  las  lágrimas  en  los  ojos : 

— Aben-al-Malek ,  vamos  á  separarnos ;  está  escrito 
que  peregrinarás  sobre  la  tierra  y  pondrás  á  prueba  tu 
corazón.  Te  dejo  un  inmenso  tesoro  y  una  lanza:  no 
olvides  nunca  que  el  mejor  objeto  en  que  puedes  in- 
vertir el  primero ,  es  en  aliviar  la  miseria  de  tus  her- 
manos, y  la  segunda  en  proteger  al  débil  y  combatir 
los  infieles  enemigos  de  Állah  ;  huye  de  la  indolencia 
y  de  la  impureza ,  como  de  vicios  fatales ;  y  sé  siempre 
generoso,  valiente  y  fiel. 

Abrazó  al  príncipe  tras  estos  consejos ,  y  montando 
en  su  asno,  volvió  triste  y  afligido  á  la  gruta  del 
Hedjaz. 

XIV. 

Cinco  veces  el  viento  del  invierno  habia  arrebatado 
sus  hojas  á  las  higueras  del  valle,  y  cinco  veces  las  bri- 
sas de  la  primavera  habian  murmurado  entre  el  rico  pe- 
nacho de  la  vieja  palmera ,  desde  el  dia  en  que  Abu- 
Kalek  habia  abandonado  á  sí  mismo  al  príncipe. 

Era  una  de  las  primeras  noches  de  la  luna  de  Dilha- 
gia ;  acababa  Abu-Kaíek  de  hacer  su  azalá  de  alajá, 
en  que  no  habia  olvidado  su  oración  particular  por  el 


32  HiSTOíUA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

príncipe 5  cuando  sintió  ruido  entre  la  maleza  y  poco 
después  se  presentó  ante  él  un  robusto  mancebo:  iba 
humildemente  vestido;  llevaba  á  la  espalda  una  alja- 
ba, un  venablo  en  la  diestra  y  una  cimitarra  pendiente 
de  su  costado.  La  luna  alumbró  su  semblante  y  el 
morabhita  lanzó  un  grito  de  alegría  :  era  el  príncipe 
Aben-al-Malek. 

— ¡  Estaba  escrito !  gritó  el  morabhita  arrojándose  en 
los  brazos  del  joven  ;  \  bendito  sea  Alian ! 

El  príncipe  se  sentó  sobre  la  yerba,  y  contó  sus 
aventuras  á  Ábu-Kalek;  estaban  reducidas  á  lo  si- 
guiente :  habia  invertido  su  tesoro  en  los  hospitales  y 
en  Jos  pobres  ;  habia  viajado  y  hecho  la  guerra  sania 
en  los  galeones  muslimes  sobre  ios  mares  de  los  naza- 
renos: volvía  pobre,  pero  fuerte  ,  como  el  brazo  de 
Dios;  hermoso  como  un  cielo  sin  nubes,  y  tranquilo 
como  el  corazón  del  justo. 

— Sin  embargo  ,  padre  mió  ,  añadió  Áben-al-Malek 
prosiguiendo  su  relato;  hay  un  ser  que  acompaña  mis 
sueños,  á  quien  veo  despierto,  por  quien  padezco  au- 
sente; es  una  mujer;  tiene  la  tez  blanca  y  los  cabellos 
y  los  ojos  negros:  es  hermosa  como  la  felicidad  y  pura 
como  el  fuego;  yo  la  tengo  dentro  de  mi  corazón;  me 
parece  haberla  visto  alguna  vez  y  no  recuerdo  dónde: 
ahora  mismo  la  veo:  tiende  hacia  mí  sus  brazos;  me 
llama:  ¡  oh  padre  mió,  tú,  que  eres  sabio,  justo  y  bue- 
no, dime  dónde  está  el  alma  de  mi  alma ! 

Abu-Kaíek  reclinó  la  cabeza  sobre  su  pecho  y  oró  ; 


ÜÍSTÜRÍÁ    DE  LOS   SIETE  MCRCILLACOS.  83 

el  Seíior  iluminó  el  espíritu  de  Ábü-Kalek  y  le  dejó 
leer  en  el  libro  del  porvenir,  que  abarca  omnipotente 
los  tiempos  y  los  espacios.  La  mirada  del  almorabid  era 
radiante  y  su  voz  profética. 

—  Príncipe,  dijo  á  Aben-al-Malek ,  el  ser  á  quien 
amas  es  una  hurí. 

El  príncipe  se  prosternó. 

—  Pero  esa  hurí  está  sujeta  á  un  espíritu  rebelde,  y 
duerme  encantada  hace  más  de  ochocientos  años.  ¿Tie- 
nes valor  para  luchar  por  ella  con  los  espíritus  invisi- 
bles ? 

—  Mi  fortaleza  está  enAllah,  contestó  el  príncipe. 
— ¿Vacilarás  una  vez  aceptada  la  empresa? 

—  No. 

—  Pues  bien,  levántate  y  escucha:  en  las  tierras  de 
Occidente  veo  una  altísima  sierra ,  cuya  cima  toca  á 
las  nubes;  al  pié  de  esa  sierra  hay  una  ciudad  tendida 
sobre  tres  montes :  en  el  de  en  medio  dominando  á  la 
ciudad ,  hay  un  fuerte  castillo  ,  y  en  el  castillo  una 
torre  misteriosa  :  no  hay  guardas  en  sus  almenas,  ni 
en  sus  muros  anidan  aves ,  ni  pié  humano  pasa  sin 
temblar  á  su  alrededor :  en  esta  torre  está  encantada 
la  querida  de  tu  corazón;  para  llegar  hasta  ella,  ten- 
drás que  pasar  siete  suelos ;  en  cada  uno  de  aquellos 
suelos  hay  un  murciélago  maldito  :  en  cada  uno  de  es- 
tos murciélagos  vive  encantado  un  espíritu  conde- 
nado. 

Para  llegar  hasta  la  amada  de  tu  alma ,  tendrás  que 


34  historia  de  los  siete  murciélagos. 

vencer  siete  terribles  encantos;  si  los  resistes  con  va- 
lor ,  alcanzarás  la  posesión  de  la  hurí  blanca  de  los  ojos 
negros ;  si  vacilas  un  solo  momento,  ella  y  tú  queda- 
reis sepultados  en  el  fondo  de  la  terrible  torre  en  una 
noche  sin  fin. 

—Acepto,  dijo  el  joven;  Dios  es  grande  y  luchará 
conmigo. 

Entonces  Abu-Kalek  asió  al  joven  ,  y  le  llevó  al  pa- 
tio del  estanque  del  alcázar ;  inmóvil  como  una  estatua 
de  mármol ,  erguido  el  cuello ,  las  orejas  enhiestas  y 
los  ojos  centellantes ,  el  caballo  de  batalla  de  Boabdil 
estaba  en  el  centro  de  una  galería :  Abu-Kalek  se  acer- 
có á  él,  y  tomó  de  sobre  su  espalda  la  loriga,  el  caf- 
tán, la  toca  y  la  corona  del  rey. 

—  Viste  este  traje,  dijo  el  anciano  á  Aben-al-Ma- 
lek,  es  el  traje  de  guerra  de  un  valiente. 

El  joven  se  ciñó  el  traje  en  silencio. 

—  Ajusta  tu  cintura  con  este  cíngulo;  es  el  cíngulo 
de  tu  madre. 

El  príncipe  besó  con  ternura  el  talismán  y  se  le 
ciñó. 

— Ahora  toma  este  alfanje ,  esta  jacerina  y  este  bro- 
quel, y  á  caballo. 

Aben-al-Malek  cabalgó  de  un  salto  en  el  generoso 
bruto,  que  sacudió  sus  crines  en  un  movimiento  de 
alegría,  y  empezó  á  piafar  impaciente. 

El  morabhita  le  asió  de  la  rienda,  y  le  sacó  del  alcá- 
zar;  era  la  hora  de  azzohbi ,  la  aurora  tendía  su  blan- 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  35 

ca  luz  sobre  los  horizontes  orientales  ,  mientras  al  Oc- 
cidente algunas  estrellas  tardías ,  acompañaban  las  úl- 
timas sombras  de  la  noche :  Ábu-Kalek  volvió  el  ca- 
ballo al  Occidente  y  miró  por  última  vez  al  príncipe. 
Estaba  hermosísimo ;  la  profunda  mirada  de  sus  gran- 
des ojos  azules  abarcaba  la  inmensidad,  como  si  viese 
en  ella  un  objeto  fijo  en  su  pensamiento.  Firme  sobre 
la  silla ;  la  adarga  embrazada  y  la  pica  enhiesta ,  con 
la  boca  entreabierta  en  una  ligera  expresión  de  bra- 
vura, hubiera  creído  cualquiera  aquel  grupo  com- 
puesto de  un  caballero  y  un  anciano,  el  genio  de  la 
guerra  dominado  por  la  prudencia. 

Dos  lágrimas  rodaron  por  las  secas  mejillas  del  mo- 
rabhita. 

—  i  Señor,  dijo  levantando  su  mano  sobre  el  cuello 
del  corcel ,  he  cumplido  mi  misión !  ¡  cúmplase  su  des- 
tino ! 

La  mano  descarnada  del  viejo  cayó  sobre  el  cuello 
del  bruto,  que  se  estremeció  de  alegría,  lanzó  un  re- 
lincho salvaje,  se  lanzó  desde  la  montaña  en  el  espa- 
cio, devoró  los  campos,  pasó  como  una  tempestad  los 
montes,  llegó  á  remotas  playas,  salvó  las  ondas  y  ar- 
ribó á  otras  orillas ;  ave,  bruto  y  pez ,  condujo  al  prín- 
cipe al  pié  de  la  torre  misteriosa ,  que  guardaba  en- 
cantada á  la  querida  de  su  corazón. 


36  HISTORIA  DE  LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS, 


XV. 


En  cuanto  el  niorabhita ,  ima  vez  terminada  su  pere- 
grinación sobre  la  tierra ,  los  genios  le  sepultaron  en 
el  alcázar  maravilloso,  que  sirvió  de  morada  en  su 
infancia  al  príncipe  Aben-al-Malek.  Algunas  mañanas, 
cuando  el  sol  empieza  á  romper  las  neblinas ,  creen 
ver  las  caravanas  que  atraviesan  el  Hedjaz ,  las  fuer- 
tes torres  de  un  altísimo  castillo:  es  la  Alhambra  de 
los  genios;  la  Alhambra  del  Hedjaz;  la  sepultura  del 
almorabid  Aba-Kalek. 


3  u- 


II 


Slohauíet  Abent-Al-Hhaiiiar. 


L 


En  las  regiones  de  Occidente  hay  una  tierra  fértil, 
rica  de  fuentes  y  de  verdor  ;  ancha  alfombra  es  de 
flores ,  entre  las  cuales  se  deslizan  las  claras  ondas  del 
Darro  y  del  Genil ,  murmurando  tristemente ,  cual  si 
les  apenara  el  alejarse  de  aquellas  márgenes  orladas 
de  lirios  y  violetas. 

Sabrosas  son  las  frutas  de  aquella  tierra,  y  doradas 
mieses  crecen  en  torno  de  copudos  olivos ,  á  quienes 
agobia  el  peso  de  su  negro  fruto. 

En  sus  montañas  se  eleva  el  cedro  del  Líbano  y  en 
sus  llanuras  cimbrea  la  palmera  de  África. 

El  fúnebre  ciprés  descuella  sobre  el  mirto,  y  el  tuli- 


38  HISTORIA   DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

pan  de  Oriente  brota  á  la  sombra  del  espino  del  de- 
sierto. 

Rodeada  está  aquella  tierra  de  montañas ,  como  un 
huerto  de  su  vallado,  y  reina  entre  todas  se  eleva  una 
sierra  siempre  cubierta  de  nieve,  y  cuya  altísima 
frente  domina  á  las  nubes ,  cuando  vuelan  en  torno 
de  ella  impelidas  por  el  viento  de  la  tormenta ,  ó  á  las 
brumas  trasparentes  de  la  mañana,  cuando,  prece- 
diendo al  dia  ,  inunda  los  horizontes  la  diáfana  luz  de 
la  alborada. 

Tierra  de  bendición  es  aquella:  allí  ostenta  su  luz 
más  pura  el  sol,  y  la  luna  parece  una  lámpara  de  nácar 
suspendida  de  una  bóveda  de  zafiros,  donde  brillan 
trémulos  los  luceros. 


II. 


Tendida  en  la  vertiente  déla  sierra  hay  una  ciudad, 
semejante  á  un  canastillo  de  verdura,  descollando  por 
cima  de  fuertes  y  torreados  muros ;  señora  de  una 
vega  salpicada  de  aldeas,  es  dominada  á  la  par  por 
un  castillo. 

Aquella  ciudad  es  Granada ;  aquel  castillo  la  Ál- 
hambra. 

La  ciudad,  fundada  por  gentes  desconocidas,  habia 
visto  pasar  razas  bárbaras;  habia  sido  su  morada  du- 
rante su  poder  y  habia  caído  sucesivamente  bajo  la 
dominación  de  otras  razas. 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  39 

Pero  Iaskabiias  del  Yemen  y  del  Hedjaz  y  los  pas- 
tores de  las  montañas  de  Omán ;  cuantos  calienta  el 
sol  desde  el  Eufrates  hasta  el  estrecho  de  Bab-el-Man- 
ded,  y  desde  el  golfo  Pérsico  hasta  el  mar  Rojo,  ven- 
cedores en  Grecia  y  conquistadores  en  Persia ;  llevan- 
do adelante  sus  huestes,  inundaron  el  Moghreb,  y  de- 
tenidos por  el  mar  fijaron  la  vista  en  las  playas  espa- 
ñolas. Los  que  habían  atravesado  el  desierto  salvaron 
en  sus  galeones  el  estrecho,  que  desde  entonces  se 
nombra  de  Geb-al-Taric  {Monte  de  Taric),  y  domina- 
ron la  España.  Los  hombres  de  Oriente  se  extendieron 
sobre  su  tierra ,  y  atraídos  por  el  buen  clima  y  la 
fertilidad  de  Granada,  hicieron  de  ella  una  populosa 
ciudad ,  y  levantaron  una  alcazaba  sobre  la  colina  en 
que  se  asentaba  la  Villa  de  los  judíos. 

Pasaron  muchos  años:  la  dominación  de  los  califas 
de  Damasco  cesó  en  España  al  lucir  la  estrella  de  los 
califas  de  Córdoba:  vencida  á  su  vez  la  dinastía  Om- 
niada ;  arrojados  los  árabes  del  suelo  que  habían  con- 
quistado ,  por  los  moros  Almorabldes ;  desterrados  es- 
tos últimos  por  los  Almohades ;  llegó  en  fin  la  fatal 
luna  de  Jaban  del  año  646  de  la  Egira  ( 1} ,  en  que  se 
rindió  Sevilla  á  las  armas  nazarenas,  siguiendo  el  des- 
tino de  Córdoba  y  Jaén.  Estas  conquistas  arrojaron  á 
Granada  centenares  de  familias  musulmanas ,  que  se 
refugiaron  en  el  Albaicin ,  barrio  fundado  por  los  des- 
terrados de  Baeza. 

(i)  1248  de  J.  C 


40  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Tantas  tribus  reunidas  necesitaban  un  rey  justo  y 
fuerte  que  las  gobernase ,  y  Allah  eligió  á  Mohamet 
natural  y  señor  deArjona,  Aben  Mohhanmed-ben- 
A'bd-Allah-ben-Juzef-ben-Nazar-al-Hhamar  el  Ven- 
cedor y  el  Magnífico  (1). 


III. 


Era  este  mancebo  y  gentil  á  maravilla ;  tenia  los 
ojos  negros  y  radiantes ,  la  tez  blanca  y  la  barba  ber- 
meja ,  por  lo  que  le  llamaban  Al-Hhamar  (el  Rojo);  su 
corazón  estaba  sin  mancha ,  5  su  prudencia  sólo  podia 
compararse  á  su  valor ;  diestro  y  afortunado  caudillo, 
como  Aben-Aby-A'mer-Almanzor  (2),  le  precedía  en 
el  combate  el  terror,  la  muerte  moraba  en  el  filo  de  su 
espada ,  y  en  pos  de  él  volaba  la  victoria. 

Nieto  de  reyes,  ciñó  á  su  frente  las  coronas  de  Jaén, 
Guadix,  Arjona  y  Baza ,  y  cuando  su  enemigo  el  des- 
graciado Aben-Hud,  murió  por  la  traición  del  alevoso 
alcaide  de  Almena  Abderraman;  proclamado  por  los 
parciales  de  este,  señor  de  la  tierra;  el  walí  de  Jaén, 
Aben-Chalid,  ganó  por  su  parte  á  los  granadinos,  y  al 
fin  en  la  luna  de  Ramazan  del  año  635  de  la  Egira,  Al- 
Hhamar  ciñó  sobre  las  coronas  que  poseía,  la  de  Gra- 
to Molihamed ,  hijo  de  Jusef ,  hijo  del  Defensor,  el  Rojo,  el  Ven- 
cedor y  el  Magnifico. 
(2)  El  Invencible. 


'ÁJO/tú 


HISTORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  41 

nada  arrancada  por  el  crimen  de  otro  de  las  sienes  de 
Aben-Hud. 

Engrandecido  por  las  bondades  de  Allah ,  Aben-Al- 
Hhamar  era  el  único  sosten  de  los  muslimes  en  Es- 
paña. 

Reformó  las  leyes  en  Granada,  la  hermoseó,  y  cuan- 
do después  de  la  conquista  de  Sevilla,  volvió  armado 
caballero  por  el  noble  rey  de  Castilla  Ferdeland  (1), 
se  dedicó  al  engrandecimiento  de  los  reinos  que  le  ha- 
bía dejado  la  espada  vencedora  del  afortunado  rey  de 
los  nazarenos,  y  después  de  haber  edificado  mezquitas, 
fundado  hospitales  y  fortalecido  á  Granada ,  construyó 
para  su  residencia  el  alcázar  de  la  Alhambra  (2). 

Oid  porque  ,  según  algunos  cuentan,  se  construyó 
aquel  palacio,  maravilla  de  las  maravillas,  el  de  los 
techos  de  sándalo  y  las  cúpulas  de  oro ,  donde  vaga  la 
hada  de  los  amores  y  al  que  defiende  una  coraza  impe- 
netrable de  torres. 


IV. 


Una  tarde  el  rey  Al-Hhamar  descendía  solo  y  fati- 
gado de  la  caza  por  las  vertientes  del  cerro  del  Sol: 
los  lejanos  montes  estaban  iluminados  por  la  roja  lum- 
bre que  acompaña  al  ocaso  ;  las  errantes  estrellas  apa- 
recían lentamente  y  las  alondras  volaban  á  su  nido. 

(i)  Fernando  III  el  Santo. 

(2)  Al-Kars-al-Hhamra,  el  castillo  rojo. 


42  HISTORIA    DE   LOS   SIETE -MURCIÉLAGOS. 

El  rey  descendió  aún  hasta  la  distancia  de  un  tiro 
de  saeta ,  y  se  sentó  al  pié  de  un  sauce ,  en  la  cumbre 
de  una  colina. 

Las  distantes  montañas,  la  vega  y  la  ciudad  se  pre- 
sentaron á  su  vista  :  un  vapor  blanco  y  trasparente  se 
levantaba  de  los  campos:  un  silencio  profundo  acom- 
pañaba al  crepúsculo  y  derramaba  una  dulce  melanco- 
lía en  el  alma  del  rey. 

«Allí  está  mi  pueblo,  dijo  mirando  la  ciudad;  allí 
mi  campo  de  batalla,  añadió  señalando  las  lejanas 
fronteras ;  allí  mi  alcázar  ,  y  volvió  los  ojos  á  la  Casa 
del  Gallo,  situada  enlomas  alto  del  Albaicin;  mis 
guerreros  son  innumerables  como  las  hojas  que  arras- 
tra el  viento  del  invierno ,  y  los  cristianos  caen  bajo  el 
filo  de  mi  espada  como  las  mieses  bajo  la  hoz  del  sega- 
dor, porque  Dios  ha  fortalecido  mi  brazo;  la  fama  de 
mi  nombre  llena  los  hemisferios  y  no  hay  vida  tan  larga 
que  baste  á  poder  contar  mis  tesoros;  para  mí  son  las 
perlas  del  mar ;  los  perfumes  de  Alejandría ,  el  oro  de 
la  India ,  y  la  hermosura  de  las  mujeres  de  Oriente; 
si  tanto  me  ha  dado  Ailah,  ¿por  qué  su  paz  no  es  con- 
migo y  siento  en  mi  alma  una  tristeza  profunda  que 
hace  mis  dias  sombríos  y  mis  noches  sin  sueño? 

En  el  momento  en  que  el  rey  se  abismaba ,  no  en- 
contrando una  explicación  al  misterio  de  su  tristeza, 
una  gacela  blanca  y  gentil ,  apareció  trotando  por  el 
recuesto  de  la  colina ,  se  detuvo  al  ver  al  rey  ,  elevó 
la  esbelta  cabeza  en  ademan  de  la  mayor  atención ,  é 


HISTO'.ilA   DE   LOS  SIETE  .MURCIÉLAGOS.  43 

instantáneamente  se  lanzó  á  la  carreii,  pasando  por 
delante  del  rey  con  la  velocidad  del  Borac  (1). 

Aunque  profundamente  distraído  Al-Hhamar,  se 
apercibió  de  la  huida  de  la  gacela  y  corrió  tras  ella; 
la  bestiecilla  descendió  por  la  parte  opuesta  á  la  ciu- 
dad, entró  en  un  barranco  y  penetró  en  una  cueva; 
tras  ella  entró  el  rey  que  era  uno  de  los  cazadores  más 
incansables  y  valientes  de  su  tiempo ;  reinaba  una  os- 
curidad profunda  y  un  silencio  pavoroso ;  ld  se  oia 
otra  cosa  que  el  seco  y  rápido  ruido  de  la  carrera  de 
la  gacela  y  de  la  potente  carrera  de  Al-Hhamar,  y  así 
corrieron  el  hombre  tras  la  bestia  ,  bajando  siempre  y 
siempre  en  las  tinieblas ,  sobre  un  pavimento  duro  y 
liso  como  una  roca  abrillantada. 

Parecía  aquel  un  camino  sin  fin  cubierto  por  tinie- 
blas eternas ,  y  era  necesario  poseer  un  corazón  tan 
fírme  como  el  de  Al-Hhamar,  para  no  estremecerse  de 
terror  en  aquella  resbaladiza  pendiente  siguiendo  siem- 
pre á  la  gacela  fugitiva. 

Un  relámpago  azulado  iluminó  por  un  instante  aquel 
oscuro  camino;  Al-Hhamar  vio  delante  de  sí,  sobre 
una  superficie  negra  y  pendiente ,  á  la  gacela  que  cor- 
ría, y  tendió  su  arco  que  llevaba  armado  ;  la  saeta  pro- 
dujo un  silbido  seco  y  agudo  al  atravesar  aquel  ambien- 
te sin  luz,  y  la  gacela  lanzó  un  balido  de  dolor,  de- 

(i)  Cuadrúpedo  maravilloso,  sobre  el  cual,  según  créenlos  mu- 
sulmanes, condujo  el  arcángel  Gabriel  á  Mahoma  para  visitar  el 
Edem. 


44  HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

jando  tras  sí  un  rastro  de  fuego  que  iluminó  hasta  los 
más  recónditos  senos  de  la  gruta;  aquel  fuego  brotaba 
del  costado  de  la  gacela ,  donde  se  veia  clavada  la  sae- 
ta del  rey.  Y  sin  embargo,  corría  siempre  y  su  carrera 
era  cada  vez  más  veloz ,  cada  vez  más  radiante  el  fue- 
go que  á  manera  de  sangre,  emanaba  de  su  costado. 

Y  la  pendiente  se  hacia  cada  vez  más  rápida ;  el  rey 
no  corría ;  resbalaba  sin  poder  contener  su  descenso 
sobre  el  mármol ,  bruñido  como  el  pavimento  de  un 
alcázar ;  su  vista  no  encontraba  muros  ni  bóvedas ;  sólo 
alcanzaba  delante  de  sí  á  la  gacela  despeñándose  por 
un  abismo,  y  en  torno  y  sobre  su  cabeza  una  atmósfera 
de  fuego.  Y  Al-Hhamar  no  temblaba ;  seguía  resbalan- 
do con  una  rapidez  espantosa  tras  la  gacela  herida  de 
muerte. 

— ¡Allah  Akbar  l  gritó  el  rey  armando  otra  saeta  y 
tendiendo  su  fuerte  arco  fabricado  con  tendones  de 
león.  ¡  Allah  akbar !  Si  los  espíritus  invisibles  quieren 
poner  aprueba  mi  valor,  dispuesto  está  Al-Hhamar.  ¡Oh 
Señor  Allah!  ¿Será  tu  siervo  tan  justo  que  pueda  pa- 
sar el  puente  Sirat  sin  precipitarse  en  el  fuego  eterno? 

Acababa  el  rey  de  dirigir  esta  pregunta  al  Señor 
fuerte,  al  invencible  sobre  los  invencibles,  cuando  la 
gacela  salvó  con  un  inmenso  salto  del  un  borde  al  otro 
de  una  anchísima  sima,  en  cuyo  fondo  se  despeñaba 
bramando  atronador  un  negro  torrente;  el  rey  llegó  al 
borde  al  mismo  tiempo  que  su  saeta  disparada ,  cor- 
tando la  distancia ,  heríala  cabeza  de  la  gacela,  y  puso 


HISTORIA   DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  45 

sus  pies  en  ia  otra  ribera ,  sin  que  su  corazón  se  estre- 
meciese ,  sin  que  la  palidez  del  terror  cubriese  el  co- 
lor de  sus  mejillas. 

Cesó  la  pendiente  del  camino,  y  el  rey  se  encontró  en 
nn  campo  iluminado  por  una  luz  semejante  á  la  que 
produce  la  luna  llena  en  una  noche  sin  nubes;  el  am- 
biente era  fresco  y  perfumado,  y  en  las  oscuras  ala- 
medas de  aquella  ,tierra  desconocida,  gorjeaban  mul- 
titud de  ruiseñores. 

Y  la  gacela  seguia  con  más  rapidez  su  carrera  á  tra- 
vés de  aquel  campo  misterioso,  y  Ál-Hhamar  se  es- 
forzaba cada  vez  más  por  darla  alcance;  parecía  que 
el  semoun  le  había  prestado  sus  alas  y  se  iba  acortan- 
do sensiblemente  la  distancia  que  le  separaba  de  la 
bestia  corredora. 

Esta  trasmontó  una  colina,  bajó  á  un  valle  y  se  pre- 
cipitó á  la  carrera  en  una  torre  gigantesca,  en  la  cual 
penetró  Al-Hhamar~tras  su  presa. 


Y. 


Era  la  torre  triste  y  solitaria;  ni  un  ajimez  seabria 
en  sus  muros,  ni  un  guarda  vagaba  en  sus  almenas; 
entre  estas  se  elevaba  una  cúpula  dorada,  y  sobre  ella 
una  veleta  de  hierro  rechinaba  al  embate  de  las  auras. 

Ni  un  aduar,  ni  una  aldea  se  veían  á  lo  lejos  de  los 
extensos  horizontes ;  era  la  torre  como  una  palmera 


40  HISTORIA   DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGO?, 

solitaria  en  el  desierto ;  como  una  nave  abandonada  en 
la  inmensidad  de  los  mares. 

Tras  la  pequeña  puerta  de  herradura  que  habia  dado 
paso  á  la  gacela  y  á  Al-Hhamar ,  se  extendia  una  ga- 
lería con  cupulinos  matizados  de  colores  y  sostenidos 
por  delgadas  columnas  de  jaspe  ;  esta  galería  daba 
paso  á  una  sala  embaldosada  de  alabastro  y  terminada 
por  la  cúpula  cuya  techumbre  se  veía  en  el  exterior. 

Aquella  cúpula  estaba  rodeada  por  hermosos  tras- 
parentes, a  través  de  los  cuales  pasaba  una  luz  tenue 
y  pálida,  que  daba  un  misterioso  prestigio  á  los  versos 
del  Koran,  escritos  en  los  muros  con  caracteres  de 
oro,  sobre  fondos  azules  y  rojos. 

En  medio  de  la  sala  habia  un  braserillo  con  fuego,  y 
sentado  junto  á  él  ,  sobre  almohadones  de  seda,  esta- 
ba un  anciano  de  semblante  severo  y  barba  blanquísi- 
ma, envuelto  en  una  larga  túnica;  tenia  junto  á  sí  un 
gran  libro  y  en  la  diestra  una  vara  mágica. 

La  gacela  pasó  como  un  relámpago  por  delante  del 
anciano,  y  desapareció  por  otra  puerta,  que  se  cerró 
con  estruendo  tras  ella  ;  Al-Hhamar  se  detuvo  no 
atreviéndose  á  allanar  la  morada  ajena. 

— Alian  te  guarde,  anciano,  dijo  dirigiéndose  al 
hombre  de  la  barba  blanca  ;  Allah  te  guarde  y  su  paz 
sea  contigo.  ¿Qué  tierra  es  esta  adonde  se  llega  por 
un  camino  tenebroso  como  la  tumba,  á  quien  defiende 
un  abismo,  y  donde  se  eleva  un  alcázar  solitario  como 
mi  alma  y  triste  como  mi  pensamiento? 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  47 

El  anciano  se  levantó  dejando  conocer  su  aventaja- 
da estatura,  y  su  ancho  ropaje  flotó  como  agitado  por 
un  impulso  invisible. 

— ¡Creyente!  exclamó  con  una  voz  vibrante  y  so- 
nora como  la  de  una  trompeta  de  guerra  :  tu  corazón 
es  fuerte  y  tu  pensamiento  noble ;  tu  brazo  ha  levan- 
tado la  espada  de  Dios  sobre  la  cabeza  de  los  infieles, 
y  dias  de  ventura  han  sido  para  la  raza  de  Ismael, 
aquellos  que  han  corrido  desde  el  dia  que  tus  ojos  se 
abrieron  á  la  luz ;  la  misericordia  de  Allah  te  ha  he- 
cho grande  entre  los  poderosos ,  y  el  genio  de  las  mil 
lenguas  ha  extendido  tu  nombre  sobre  la  haz  de  la 
tierra  :  has  sido  justiciero  con  el  malvado,  consolador 
con  el  triste  y  generoso  con  el  vencido.  Los  pueblos 
acatan  tus  virtudes,  y  los  hombres  se  inclinan  ante  tí: 
y  á  pesar  de  tu  grandeza,  ¿por  qué  pides  su  paz  á 
Allah ,  y  encuentras  en  tu  alma  una  tristeza  profunda 
que  hace  tus  días  sombríos  y  tus  noehessin  sueño  ? 

— ;  Poderoso  genio !  contestó  prosternándose  A.1- 
Hhamar,  porque  el  corazón  del  hombre  es  insacia- 
ble, y  sus  ojos  están  ciegos.  Yo  he  peregrinado  sobre 
la  tierra  pisando  siempre  un  camino  de  espinas ,  y  no 
me  ha  abandonado  la  fe  ;  he  buscado  un  amigo  entre 
esos  hombres  á  quienes  he  tratado  como  hermanos ,  y 
no  le  he  encontrado ;  he  codiciado  una  mujer  para  di- 
latar mi  espíritu  en  su  amor ,  he  visto  mi  alma  solita- 
ria y  sedienta,  en  medio  de  mi  harem  habitado  por  las 
mujeres  más  hermosas  del  mundo,  y  en  todas  he  ha- 


48  HISTORIA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

liado  la  impureza  y  la  falsía.  ¡  Dichoso  el  creyente  á 
quien  Dios  concede  una  mirada  de  paz ,  mientras 
duerme  en  su  tienda  de  cuero,  junto  á  una  mujer  alma 
de  su  alma! 

El  hermoso  semblante  de  Al-Hhamar  se  contristó ,  y 
de  su  corazón,  seco  y  árido,  brotó  una  ardiente  lá- 
grima. 

— ¡  Al-Hhamar!  dijo  la  pujante  voz  del  viejo  ,  has 
llegado  hasta  mí ,  siguiendo  á  la  gacela  fugitiva  de  tu 
esperanza ,  y  has  recorrido  sin  temblar  el  oscuro  ca- 
mino de  la  muerte ;  el  puente  Sirat  no  se  ha  roto  bajo 
tu  planta ,  y  estás  en  la  última  región  donde  la  luz  no 
alcanza  fin;  el  alcázar  eterno  se  ha  abierto  para  tí,  y 
Allah  te  permite  leer  en  tu  destino.  Yo  soy  el  que 
será ;  soy  el  genio  del  Porvenir. 

—¡Allah  akbar!  exclamó  el  rey  uniendo  su  rostro 
al  pavimento,  ¿  ha  llegado  el  dia  en  que  mi  espíritu 
venga  á  morar  entre  los  seres  incorpóreos? 

—Aún  no ,  repuso  el  viejo ;  mas  lo  que  ha  de  suce- 
der sucederá. 

Entonces  tomó  el  libro  y  le  abrió ;  sobre  una  de  sus 
páginas  se  veia  escrito  el  nombre  de  Al-Hhamar  con 
caracteres  de  fuego ,  el  genio  rompió  la  hoja  de  per- 
gamino que  le  contenia,  y  la  arrojó  al  braserillo;  bien 
pronto  se  alzó  una  llama  azulada  á  la  que  sucedió  un 
humo  blanco  y  denso. 

El  anciano  puso  su  vara  en  contacto  con  el  humo 
que  se  dilató. 


HISTORIA    DE    LOS   SIKTE   MURCIÉLAGOS.  49 

—¿Tienes  valor  para  sufrir  tu  última  prueba?  pre- 
guntó el  anciano  al  rey. 

— i  Dios  es  fuerte!  contestó  A.l-Hhamar,  sea  con  él 
mi  espíritu. 

— Cúmplase  lo  que  está  escrito  ,  dijo  el  genio. 

Entonces  tomó  formas  y  vida  la  neblina  producida 
por  el  humo ,  y  Al-Hhamar  vio  levantarse  ante  él  las 
montañas,  la  vega,  y  en  fin,  Granada  tendida  á  lo  le- 
jos sobre  las  distantes  colinas ;  el  sol ,  cercano  al  oca- 
so, la  iluminaba  con  sus  rayos  horizontales,  y  espe- 
sas nubes  se  columpiaban  en  los  aires  presagiando  una 
tormenta. 

Un  hombre  ,  cabalgando  en  un  cabal'o  negro ,  cor- 
ría al  galope  sobre  el  camino  que  atraviesa  el  alto  del 
Padul  (1)  en  dirección  á  la  ciudad.  Su  alquicel  flotaba 
al  viento,  y  el  sol  reflejaba  en  el  bonete  de  acero,  que 
rodeado  de  un  turbante  blanco,  cenia  su  cabeza;  su 
fisonomía ,  en  que  se  notaba  el  paso  de  sesenta  invier- 
nos, tenia  una  expresión  semejante  por  lo  feroz  á  la 
del  lobo  y  por  lo  astuta  á  la  de  la  zorra;  aquel  hom- 
bre iba  sin  duda  impulsado  por  un  grave  motivo, 
puesto  que  espoleaba  al  bruto  blasfemando ,  y  blan- 
diendo una  larga  lanza  que  empuñaba  fuertemente  en 
su  diestra. 

— ¿ Conoces á  ese  hombre?  preguntó  el  genio  á  Al- 
Hhamar. 

{i)  Conocido  ahora  con  el  nombre  de  El  Suspiro  del  Moro. 


50  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

— EsÁbu-Isbac,  el  más  valiente  de  mis  walis;  una 
de  las  columnas  del  Islam,  y  el  bravo  entre  mis  guer- 
reros, Mas  ¿por  qué  abandona  la  alcaidía  de  mi  casti- 
llo de  Gomares ,  mientras  los  nazarenos  recorren  la 
frontera ,  ansiando  sorprendernos  como  el  tigre  africa- 
no que  vaga  en  derredor  de  los  fuegos  de  una  carava- 
na ,  cuando  despliega  sus  tiendas  de  reposo  en  el  de- 
sierto? 

—  Mira :  dijo  el  genio  extendiendo  su  vara  mágica 
sobre  la  visión;  ante  tu  vista  va  á  pasar  el  porvenir; 
tú  mismo  te  verás  entre  tus  gentes ,  y  mi  poder  te  des- 
cubrirá los  arcanos  más  profundos. 

La  vista  de  Al-Hhamar  adquirió  un  alcance  mara- 
villoso y  vio  pasar  ante  él  lo  siguiente. 


III. 

El  sueño  del  rey  M-fihamat*. 


I. 


Era  ya  de  noche ;  las  calles  estaban  envueltas  en  una 
oscuridad  profunda ;  los  ajimeces  cerrados ;  los  mora- 
dores, excepto  los  guardas  nocturnos,  retirados  en  sus 
casas;  Granada  parecía  un  cementerio. 

En  medio  de  aquel  silencio,  sólo  se  oia  el  duro  cho- 
que de  las  pisadas  del  caballo,  que  dirigió  el  walí  Abu- 
Yshac  por  la  plaza  de  Bib-Rambla ,  el  Zacatin  y  el  Al- 
baicin,  hasta  la  plaza  de  Bib-al-bolut. 

Entonces  Abu-Yshac  desmontó,  ató  su  caballo  á  una 
columna  de  un  soportal ,  y  deslizándose  cautelosamen- 
te á  lo  largo  de  las  murallas  del  castillo  Hins-hal-Ro- 
man  (1),  entró  en  el  barrio  del  Zenete  y  se  detuvo  junto 

(i)  Castillo  del  Romano. 


52  HISTORIA   DE    LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

á  una  puerta  poco  distante  de  la  Casa  del  Gallo, 
Aquella  puerta  era  la  de  una  hospedería  de  las  fun- 
dadas en  el  Álbaicin  por  el  rey,  para  viajeros  á  quie- 
nes sus  negocios  ó  su  deseo  traían  á  morar  transito- 
riamente en  Granada ,  y  era  concurrida  por  los  más 
ricos  y  nobles  creyentes  del  reino,  En  ella  encontra- 
ban baños  limpísimos ,  blandos  lechos  y  exquisitos 
manjares. 

Ábu-Yshac  observó  la  casa  atentamente ,  y  cuando 
se  hubo  persuadido ,  por  el  silencio  que  dominaba  en 
el  interior,  de  que  los  habitantes  de  la  hospedería  es- 
taban retirados  en  sus  aposentos ,  tocó  á  la  puerta  con 
el  pomo  de  su  gumía;  pasó  un  momento  hasta  que  se 
dejaron  oir  unas  pisadas  cautelosas,  y  luego  dieron 
por  dentro  sobre  la  puerta  dos  golpes  casi  impercep- 
tibles. El  walí  repitió  cuatro  de  igual  modo,  y  la  puer- 
ta se  abrió. 


II. 


Un  negro  etíope ,  con  una  lámpara  en  la  mano,  exa- 
minó de  alto  á  bajo  á  Ábu-Yshac,  y  tras  este  recono- 
cimiento le  permitió  entrar,  cerró,  y  le  condujo  á  un 
aposento  en  el  extremo  de  la  hospedería. 

Junto  á  un  hogar  situado  en  el  centro,  estaban  sen- 
tados dos  hombres  cubiertos  con  trajes  de  guerra;  los 
dos  eran  jóvenes  y  en  sus  miradas  se  veia  retratado 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  53 

un  disgusto  sombrío.  Eran  los  walíes  de  Málaga  y  Gua- 
dix,  Abu-Abdala  y  Abul-Hassan. 

—  Allah  sea  con  vosotros ,  amigos  mios,  dijo  Abu- 
Yshac ,  y  perdonadme  si  os  he  hecho  esperar  en  una 
cita,  que  mi  alma  deseaba  por  vosotros,  que  alentáis 
mis  cansados  años  y  me  recordáis  con  vuestra  mocedad 
mis  alegrías. 

—  Bien  venido  sea  el  sabio  y  el  valiente.  ¿Qué  po- 
drán contar  las  golondrinas  á  sus  hermanas  de  África, 
cuando  vuelvan  huyendo  de  las  heladas  que  se  acercan? 

—  Calamidades,  contestó  Abu-Yshac.  ¿Acaso  no 
han  visto  á  los  leones  humillados  y  ensalzadas  á  las 
serpientes  ? 

Después  de  esto  calló,  y  sentándose  junto  al  fuego 
inclinó  la  cabeza  meditabundo. 

—  Los  Zenetes  son  zorros  miserables,  exclamó  el 
joven  walí  Abul-Hassan ;  los  Zegríes  cobardes  perros 
que  ladran  entre  los  pies  del  amo  que  los  proteje.  ¿Pe- 
ro, por  ventura,  se  han  enmohecido  nuestras  lanzas 
porque  Al-Hhamar  no  ha  contado  con  ellas  para  acor- 
rer á  los  de  Murcia  ? 

—  ¿Quién  habla  aquí  de  Al-Hhamar?  dijo  una  voz 
sonora  desde  la  puerta. 

Los  tres  walíes  se  estremecieron  al  escuchar  aque- 
lla voz ,  y  se  levantaron  para  recibir  á  un  gallardo 
mancebo  que  adelantó  hacia  ellos. 

Su  traje  resplandecía  como  una  cascada  herida  por 
los  rayos  del  sol ,  á  la  luz  de  la  lámpara  que  alumbra- 


54  HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

ba  la  estancia;  un  joyel  de  diamantes  prendía  su  toca 
blanquísima ,  y  su  túnica  y  su  caftán  estaban  salpica- 
dos de  perlas ;  llevaba  unos  borceguíes  de  grana ,  la- 
brados con  oro,  y  su  mano  derecha  jugaba  con  un  ve- 
nablo, mientras  la  izquierda  acariciaba  la  empuñadu- 
ra de  un  corvo  y  reluciente  alfanje ,  sujeto  á  su  cintu- 
ra en  una  faja  de  la  India. 

Era  de  mediana  estatura ,  aunque  robusto  y  gallar- 
do; su  semblante,  imberbe  aún,  participaba  de  la  ale- 
gre expresión  de  candor  del  niño  y  de  la  profunda  re- 
serva del  anciano ;  á  pesar  de  una  eterna  y  burlona 
sonrisa,  se  adivinaba  en  su  hermoso  semblante  blanco 
y  pálido,  de  hermosos  ojos  azules ,  el  paso  de  profun- 
dos pensamientos  que  hacian  respetable  á  aquel  man- 
cebo de  quince  años,  soberbio  ya,  y  cuyas  manos, 
hermosas  como  las  de  una  mujer,  apretaban  membru- 
das, ora  la  espada  de  los  combates,  ora  la  lanza  de  las 
sortijas. 

Era  este  niño  el  príncipe  Juzef-ben-Á'bd-allá,  hijo 
menor  del  rey  Áben-Al-Hhamar. 

— ¡Ahí  ¡sois  vosotros!  dijo  el  príncipe  dirigiéndose 
á  los  tres  walíes ;  ¿qué  hacéis  aquí?  ¿por  qué  los 
leopardos  dejan  sus  guaridas  cuando  no  los  llama  el 
león? 

El  acento  del  príncipe  al  pronunciar  estas  palabras 
era  tan  marcado  ,  que  los  tres  walíes  se  miraron  recí- 
procamente antes  de  contestar. 

— ¡  Conspiráis  contra  el  rey !  exclamó  el  príncipe 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  o5 

fijando  en  ellos  una  mirada  tan  penetrante  como  la  que 
tiende  la  serpiente  á  su  presa. 

— ¡  Esperanza  de  los  creyentes!  contestó  el  astuto 
Abu-Yshac  :  es  cierto  que  hemos  dejado  sin  licencia 
del  rey  nuestros  castillos,  y  que  hemos  venido  á  Gra- 
nada por  ocultos  senderos ;  pero  también  es  cierto, 
que  mañana  se  corren  en  Bib-Rambla  toros  y  cañas  en 
celebridad  de  la  jura  y  proclamación  de  tu  hermano 
Mohamet ,  y  hemos  creido  que  debíamos  aventurar 
algo  para  alcanzar  una  fiesta  tan  magnífica ,  y  por  aña- 
dir á  la  Uhotba  pública  (1)  en  la  gran  mezquita  al 
nombre  del  magnífico  rey  Al-Hhamar ,  nuestro  dueño, 
el  del  príncipe  Mohamet ,  su  sucesor  y  partícipe  en  el 
mando. 

El  viejo  walí  Sorprendió  una  ligera  indicación  de  im- 
paciencia en  el  rostro  del  príncipe,  cuyas  manos  apre- 
taron con  más  fuerza  el  venablo  y  la  empuñadura  del 
alfanje. 

— Y  sin  duda,  dijo  Juzef  con  sarcasmo ,  deseosos  de 
rendir  ese  justo  homenaje  á  mi  amado  hermano,  veíais, 
cuando  ya  ha  dejado  oir  su  primer  canto  el  gallo,  para 
ser  unos  de  los  primeros  que  pidan  por  él  al  Altísimo 
en  ia  azalá  de  azzohbi. 

— Dios  lee  en  los  corazones,  exclamó  impetuosa- 
mente el  ceñudo  walí  de  Guadix,  Abul-Hassan,  y  sabe 
cuál  es  la  causa  que  tiene  de  pié  á  nuestro  amado 

(t)  Oración  que  se  hacia  en  las  mezquitas  por  el  rey. 


56  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

príncipe  cuando  están  en  la  mitad  de  su  curso  las  es- 
trellas. 

— ¡Por  los  siete  durmientes!  exclamó  Juzef,  eres 
harto  malicioso  Abul-Hassan.  Y  por  cierto  que  no  debe 
ser  muy  grato  á  Allah  el  motivo  que  me  desvela ,  ana- 
dió haciendo  gala  de  su  impiedad  en  una  larga  car- 
cajada. 

El  respeto  ató  la  lengua  de  los  tres  walíes ,  que  no 
se  atrevieron  á  aventurar  una  pregunta ,  por  más  que 
los  inquietase  sobre  manera  el  lenguaje  misterioso  del 
príncipe. 

—  ¡Por  Salomón!  continuó  este ,  ¿creeréis  mis  va- 
lientes alcaides ,  y  el  príncipe  dio  una  intención  mar- 
cada á  estas  palabras ,  que  Juzef-ben-A'bd  ala ,  el  hijo 
de  Aben-Nazar  el  vencedor,  su  querido  leoncillo,  co- 
mo le  llama  cuando  besa  sus  mejillas,  ha  huido  como 
un  perro  vagabundo  de  los  guardas  de  la  ciudad? 

— ¡  Oh  poderoso  señor  I  exclamó  hablando  por  pri- 
mera vez  el  walí  de  Málaga  Abu-Abdalá,  y  ¿quién  se 
ha  atrevido  á  insultar  al  rea!  mancebo  esperanza  de 
los  buenos  creyentes  ? 

— ¿  Queréis  venir  conmigo  á  castigar  á  esos  misera- 
bles? preguntó  el  príncipe  mirando  fijamente  á  los  tres 
africanos. 

No  habia  medio  de  negarse ,  á  pesar  de  que  una 
inquietud  mortal  hacia  temblar  sus  corazones. 

—¿Y  dónde  hemos  de  ir,  luz  del  cielo?  preguntó 
dominándose  Abu-Yshac. 


HISTORIA   DE  LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  57 

— A  la  plaza  de  Bib-al-bolut ,  contestó  el  príncipe; 
á  la  casa  del  judío  Absalon.  Quiero  que  me  acompa- 
ñéis ,  porque  he  encontrado  un  caballo  en  su  soportal, 
y  me  pesaría  escapase  el  dueño  que  sin  duda  está 
dentro. 

—  ¿Este  es  un  negocio  de  amor ?  dijo  Ábu-Abdalá; 
¡  por  Mahoma  !  si  te  has  enamorado  de  Betsabé  ,  huye 
de  ella  como  huirias  de  Satanás,  príncipe  mió. 

— ¿Y  cómo  huirias  tú  de  ella,  mi  prudente  walí? 
repuso  con  punzante  ironía  Juzef. 

La  sangre  subió  á  las  mejillas  del  walí;  y  su  mano 
oculta  entre  los  pliegues  del  alquicel,  buscó  entre  su 
faja  el  puñal. 

—El  caballo  que  has  visto  en  su  puerta,  dijo  Ábu- 
Yshac  procurando  distraer  al  príncipe,  es  mió  ,  mag- 
nífico señor,  y  nada  tienes  que  temer. 

—Valientes  caballeros,  contestó  el  joven,  junto  á 
vosotros  desafío  los  ejércitos  de  Castilla  y  de  León. 
Yenid ,  pues ;  procuraré  distraeros  de  manera  que  es- 
téis dispuestos  cuando  el  muecin  suba  al  alminar  para 
llamar  á  los  fieles  á  la  azalá  de  azzohbi. 

Tras  esto  salió  del  aposento,  y  los  tres  walíes  le  si- 
guieron mirándose  recelosos. 

El  príncipe  llegó  á  la  puerta  exterior. 

— Makssan,  dijo  en  voz  baja  al  negro  que  habia 
abierto  á  Abu-Yshac,  haz  que  se  armen  treinta  arque- 
ros de  la  guardia  negra,  y  que  me  sigan  descalzos  sin 
dejarse  sentir  de  los  walíes. 


58  HISTORIA  DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

Estos  aparecieron  entonces ,  después  de  haber  con- 
ferenciado á  su  vez  antes  de  unirse  al  príncipe ,  que  al 
verlos  dio  á  Makssan  algunas  órdenes  insignificantes  en 
voz  alta  ,  saliendo  después  seguido  de  los  walíes ,  que 
temblaban  al  ver  la  imprudencia  con  que  Juzef  reia  y 
cantaba  al  pasar  junto  á  los  guardas  de  Hins-al-Ro- 
man.  Pero  sea  que  estos  descuidasen  la  vigilancia,  sea 
que  estuviesen  prevenidos,  los  rondadores  llegaron 
salvos  á  la  plaza  de  Bib-al-bolut. 


III. 


El  príncipe  se  detuvo  en  el  soportal  de  la  casa  donde 
Ábu-Yshac  habia  dejado  su  caballo,  y  llamó  á  una 
ventana  baja.  Oyéronse  tardos  pasos  en  el  interior ,  y 
la  puerta  se  abrió.  Un  viejo  cubierto  con  una  hopa- 
landa negra  ,  de  aspecto  humilde  hasta  la  bajeza ,  de 
blanca  barba  y  lacios  cabellos  canos ,  sobre  los  que  se 
cenia  un  gorro  amarillo,  apareció  llevando  en  la  dies- 
tra un  haz  de  gruesas  llaves ,  y  en  la  siniestra  una 
lámpara,  cuya  luz  lanzaba  trémulos  reflejos. 

— ¿Quién  eres?  preguntó  á  Juzef. 

— Soy  el  que  será,  contestó  con  intención  el  prín- 
cipe. 

—¿Y  quiénes  son  esos  que  te  acompañan?  insistió 
el  viejo  posando  una  mirada  recelosa  en  los  tres  walíes. 

— Son  los  que  me  ayudarán  á  ser ,  repuso  en  voz 
baja  el  joven. 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  59 

— El  Señor  de  Abraham  sea  contigo  y  con  los  tuyos, 
dijo  el  viejo  franqueando  la  puerta  á  los  tres  africanos 
que  entraron  á  una  indicación  del  príncipe. 

El  dueño  de  la  casa  cerró,  conduciendo  á  sus  visi- 
tantes á  un  reducido  aposento,  cuya  miseria  contras- 
taba enérgicamente  con  la  belleza  de  las  casas  de  Bi- 
bal-bolut. 

Las  paredes  estaban  cubiertas  por  altos  armarios 
forrados  de  hierro ,  que  habia  enmohecido  la  humedad 
de  un  pavimento  mal  cubierto  por  una  rota  y  manchada 
estera  de  palma ;  negras  telas  de  araña  festoneaban  el 
techo  sustentado  por  vigas  corroídas,  y  una  fuerte 
reja,  que  correspondía  á  uu  patio  oscuro,  y  ante  la 
cual  habia  una  mugrienta  mesa,  se  dejaba  ver  en  la 
parte  del  aposento  desprovista  de  armarios. 

El  mueblaje  se  reducía  á  un  taburete  forrado  de 
grasienta  baqueta.  El  príncipe  fué  á  sentarse  en  él, 
pero  le  detuvo  el  dueño  de  la  casa. 

—Espera,  le  dijo  este,  el  águila  no  debe  manchar 
su  regio  plumaje  en  el  nido  del  buho. 

Tras  esta  observación ,  el  viejo  abrió  uno  de  los  ar- 
marios, y  sacó  un  rollo  de  tela  que  brilló  deslumbran- 
te, herida  por  la  opaca  luz  de  la  lámpara,  y  cortó  de 
ella  un  pedazo  con  el  cual  cubrió  hasta  el  suelo  el  vie- 
jo taburete;  después  tendió  delante  una  piel ;  la  tela 
era  brocado  de  oro  sembrado  de  rubíes ;  la  piel  de  leo- 
pardo, cuya  cabeza  mostraba  aún  los  ojos  inyectados 
de  sangre  y  los  afilados  v  blancos  dientes. 


60  HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

—Muy  espléndido  estás,  Absalon,  observó  el  prín- 
cipe: este  es  un  trono. 

— O  un  tajo,  contestó  sombríamente  el  judío. 

—Sea  lo  que  quiera  ;  ¿  pero  no  tendrás  otros  tres 
asientos  para  mis  tres  valientes  compañeros  ? 

Los  tres  walíes  se  habian  detenido  en  la  puerta, 
y  á  más  de  estar  envueltos  en  la  sombra,  se  ha- 
bian cubierto  la  cabeza  con  los  capuces  de  sus  alqui- 
celes. 

—¿Acaso  el  siervo  se  sienta  al  par  de  su  señor?  dijo 
el  judío  contestando  á  la  pregunta  del  príncipe:  el 
perro  ha  nacido  para  arrastrarse  á  los  pies  de  quien 
puede  zurrarle  con  su  azote. 

Tres  miradas  profundas  se  perdieron  en  la  oscuri- 
dad, y  tres  manos  membrudas  buscaron  los  puñales, 
cubiertas  pjr  los  alquiceles. 

—Pero  esos  tres  hombres  no  son  perros,  contestó  el 
príncipe  ;  son  tres  leones  que  vienen  á  buscar  garras 
en  tu  casa. 

— ¿Y  vienes  á  eso ,  príncipe?  preguntó  con  inquie- 
tud Absalon. 

Una  mirada  profunda  de  Juzef  Aben-A'-bd-alá, 
contuvo  al  viejo  israelita. 

—En  cuanto  á  garras ,  dijo ,  dárselas  puedo  tales, 
que  no  encuentren  jaco  bien  templado ,  ni  mallas  bas- 
tante fuertes  para  resistir  su  embate. 

— ¿Recuerdas  lo  que  te  propuse  anoche? 

— ¿Puede  olvidar  el  siervo  los  mandatos  de  su  señor? 


HISTORIA   DE  LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  61 

coatestó  el  judío  doblegándose  hasta  apoyar  la  barba 
en  su  pecho. 

— Ahora  bien,  mis  valientes  amigos,  añadió  el  prín- 
cipe levantándose  y  dirigiéndose  á  los  tres  waflíes;  tal 
vez  necesite  mañana  de  vuestro  esfuerzo  ,  y  como  ha- 
béis venido  sin  armas,  justo  es  que  yo  os  las  procure 
tales  como  las  pudiera  desear  el  más  bizarro  caudillo. 
Entrad:  Absalon  dará  á  cada  uno  un  arnés  ,  una  pica, 
una  espada  y  un  caballo  de  batalla.  Entrad. 

Los  tres  walíes  entraron  en  el  aposento,  siempre  cu- 
biertos por  los  capuces. 

'  — Entrad,  les  dijo  el  judío  abriendo  una  puerta  es- 
condida por  un  armario,  y  silhando  al  mismo  tiempo 
de  un  modo  particular. 

Un  negro  apareció  instantáneamente  tras  la  puerta 
recien  franqueada ,  y  alumbrando  con  una  antorcha  un 
largo  pasadizo  estrecho  y  húmedo. 

Los  tres  africanos  entraron  ;  cada  uno  dé  ellos  lle- 
vaba un  puñal  desnudo.  Cuando  hubieron  adelantado 
algún  tanto ,  Juzef  dijo  al  judío : 

— Cumple  tu  promesa. 

— ¿Cumplirás  la  tuya?  dijo  mirándole  intensamente 
Absalon. 

— Sí,  contestó  el  príncipe. 

— ¿Aún  cuando  hubieras  de  manchar  con  sangre  el 
trono  de  tu  padre? 

— Sí ,  por  el  Dios  que  salvó  en  su  huida  al  Profeta. 

— Tú  lo  has  dicho ,  añadió  el  judío  abriendo  otro  de 

4 


02  HISTORIA    DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

los  armarios ,  tras  el  cual  apareció  una  escalera ;  sube, 
al  fin  guardo  el  mayor  de  mis  tesoros ;  tu  vida  está 
en  mis  manos ,  y  ¡  ay  si  el  león  insulta  al  lobo ! 

Dichas  estas  palabras,  Ábsalon  se  perdió  por  la  bó- 
veda en  que  habían  penetrado  los  walíes,  y  el  príncipe 
subió  de  tres  en  tres  peldaños,  y  con  el  corazón  agita- 
do, la  escalera  que  se  abria  delante  de  él. 


II. 


A  su  fin  encontró  una  puerta ;  empujóla  y  adelantó 
en  un  retrete ,  en  el  cual  se  hundieron  sus  pies  so- 
bre una  alfombra  de  la  India ;  una  lámpara  de  alabas- 
tro consumía  aceite  aromático  y  reflejaba  su  melancó- 
lico resplandor  en  paredes  blancas  y  brillantes  como 
el  marfil ,  labradas  con  oro  pulimentado;  al  frente,  cu- 
bierta por  un  tapiz  de  púrpura ,  se  abria  una  comuni- 
cación á  otro  aposento  y  á  través  de  ella  volaba  un  sua- 
vísimo perfume. 

— Hé  aquí  los  judíos,  observó  el  príncipe  atravesan- 
do el  retrete;  miseria,  pestilencia  en  el  exterior;  oro, 
perfumes,  en  los  escondidos  aposentos  de  sus  rameras; 
la  lepra  á  las  puertas  del  paraíso. 

Llegó  al  tapiz  y  le  alzó ;  un  nuevo  aposento ,  más 
rico  que  el  primero ,  deslumhró  al  príncipe  acostum- 
brado á  la  riqueza  de  los  retretes  de  la  Casa  del  Gallo; 
la  alfombra  era  de  oro  y  seda ;  las  paredes  entapizadas 
de  brocado ;  el  techo  de  sándalo ,  incrustado  de  uácar 


HISTORIA   PE    LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  03 

y  ébano  ;  flores  de  Asia  frescas  y  olorosas  encerradas 
en  vasos  de  ágata ;  pájaros  atados  á  hilos  de  oro  acur- 
rucados en  las  cornisas  y  entre  las  flores ,  mostrando 
sus  caprichosos  plumajes;  pebeteros  de  inmenso  valor 
cargados  de  perfumes,  y  lámparas  preciosas,  en  las  que 
daba  pábulo  á  una  luz,  velada  por  gasas  trasparentes, 
purísimo  aceite  de  Siracusa. 

Los  pebeteros  difundían  por  la  estancia  un  ambien- 
te fresco  y  oloroso,  y  parecían  halagar  el  sueño  de  una 
mujer  que  dormía  sobre  almohadones  de  púrpura  en  el 
fondo  del  aposento. 

El  príncipe  observó  rápidamente  sus  adornos,  y  se 
adelantó  comprimiendo  su  corazón,  que  se  agitaba  vio- 
lentamente, hasta  la  hermosa,  Porque  era  muy  her- 
mosa la  mujer  que  dormía  ó  fingía  dormir.  Descuida- 
da, sonriendo  á  sus  sueños,  con  la  cabellera  tendida, 
el  seno  y  los  brazos  desnudos  y  deslumbrantes  de  blan- 
cura, á  la  luz  opaca  de  las  lámparas ,  dejando  ver  ba- 
jo su  túnica  arrollada  un  pié  magnífico  y  parte  de  una 
pierna  adornada  con  una  ajorca  de  oro ,  era  la  más 
hermosa  imagen  del  ángel  de  la  tentación. 

Aben-Juzef  se  arrodilló  sobre  los  almohadones ,  y 
fijó  su  mirada  llena  de  un  amor  insensato  en  aquella 
purísima  niña  que  reia  y  suspiraba  á  un  tiempo ,  á  im- 
pulsos de  su  recóndito  y  dormido  pensamiento.  La 
vista  del  príncipe  devoraba  ansiosa  aquellas  formas  re- 
dondas ,  aquellos  cabellos  negrísimos ,  que  lanzaban 
brillantes  reflejos ,  heridos  por  la  luz  ,  y  se  tendían  en 


64  HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

largos  rizos  sobre  el  lecho,  velando  á  medias  los  des- 
nudos  hombros  de  la  dama  dormida.  La  frente  que 
aquellos  rizados  cabellos  orlaban,  era  tersa  ,  pura  y 
majestuosa  como  la  de  una  sultana  ;  dos  cejas  perfec- 
tamente arqueadas  coronaban  dos  ojos,  que  aunque 
dormidos,  lanzaban  rayos  de  un  fuego  intenso  á  tra- 
vés de  sus  entreabiertas  y  sedosas  pestañas ,  y  sobre 
sus  mejillas,  á  quienes  hubieran  robado  envidiosas  su 
blancura  la  azucena ,  y  la  rosa  su  leve  carmín,  se  sus- 
pendían dos  lágrimas  tranquilas.  La  pureza  de  sus  hú- 
medos y  rojos  labios,  revelaba  á  una  virgen,  y  la 
suave  dilatación  de  su  seno,  enamorados  pensamientos. 

Aben-Juzef ,  pálido  y  tembloroso  de  emoción,  acer- 
caba insensiblemente  su  bello  semblante  al  semblante 
de  la  hermosa:  sentía  su  aliento  impregnado  de  ambro- 
sía, cada  vez  más  cercano  ,  más  ardiente :  toda  su  am- 
biciou  ,  todo  su  porvenir  estaban  allí. 

La  dama  despertó  levantándose  sobre  su  lecho  como 
al  impulso  de  un  poder  invisible. 

— ¿Quién  ha  entrado  aquí?  dijo  Betsabé;  la  hija  del 
gran  rio  quiere  dormir  tranquila  ;  yo  oia  cantar  los  pá- 
jaros de  mi  país ,  y  mis  plantas  pisaban  los  alcázares 
de  mi  padre ;  ¿quién  ha  venido  á  turbar  mi  reposo? 

El  príncipe  se  volvió;  Betsabé  de  pié  envuelta  ente- 
ramente en  su  túnica  de  finísimo  lino,  estaba  delante 
de  él,  mal  despierta  aún,  arrojando  á  su  espalda  con 
sus  pequeñas  manos,  sus  largísimos  cabellos. 

—  ¡Ah,  eres  tú!  ¡lumbre  de  mis  ojos!  exclamó  al 


HISTORIA    DE    LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  6o 

reconocer  al  príncipe ;  también  soñaba  contigo;  le  veia 
pasar,  ginele  en  un  caballo  negro  y  rodeado  de  una 
brillante  corte;  llevabas  en  la  frente  una  corona;  pen- 
diente del  costado  una  espada  de  oro.  Junto  á  tí  cabal- 
gaban, inclinando  su  frente  respetuosa,  wazires  y  ka- 
díes  y  los  alféreces  conducían  delante  tu  bandera  de 
rey:  el  pueblo  te  seguía  victoreando  y  sobre  todo  esto 
brillaba  un  sol  resplandeciente,  ¡  Qué  hermoso  estabas  | 

—  Betsabé  ,  contestó  el  príncipe,  esta  es  la  primera 
vez  que  al  lenguaje  de  nuestros  ojos  se  une  el  de  nues- 
tras bocas,  y  me  hablas  de  tronos;  antes,  cuando  yo 
dormía  tranquilo  sin  conocerte,  cuando  veia  sin  con- 
moverme las  mujeres  de  mi  pequeño  harem ,  cuando 
los  más  ricos  mercaderes  me  mostraban  en  vano  los 
encantos  de  sus  esclavas ,  ¡  qué  feliz  era !  ¡  amaba  á  mis 
hermanos,  amaba  á  mi  padre! 

Betsabé  se  dejó  caer  sobre  los  almohadones. 

—  ¡  Y  ahora  no  eres  feliz,  alma  de  mi  alma ! 
El  príncipe  palideció. 

— No,  dijo,  tu  amor  me  mata.  Si  yo  hubiera  podi- 
do creer  que  tu  serias  mi  señora  y  yo  tu  esclavo.... 
hubiera  huido  de  tí.  Ya  no  es  tiempo  de  retroceder;  no, 
aunque  tuviera  delante  de  mí  el  puente  Sirat ,  con  todo 
su  fuego  eterno. 

Betsabé  lanzó  una  radiante  mirada  al  príncipe. 

—  ¡  Oh  si  tú  supieras....  !  le  dijo  :  mira  ,  y  le  mos- 
tró su  pié  sujeto  por  la  ajorca  á  una  gruesa  cadena  de 
oro  tija  en  el  pavimento  junto  al  lecho. 


66  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

El  príncipe  miró  asombrado  á  Betsabé. 

—  Yo  te  amo ,  dijo  la  virgen ,  condensando  cada  vez 
más  su  amorosa  mirada ,  y  todo  lo  espeíode  tí....  pero 
es  necesario  luchar.,.,  ¿tienes  valor? 

—Sí. 

—  Yo  quiero  ser  sultana. 
El  príncipe  se  estremeció. 

—  Pero  yo  no  puedo  ser  rey;  contestó  Juzef;  maña- 
na mi  hermano  Mohhanmed  será  proclamado  sucesor  á 
la  corona.... 

— Sí,  y  tú,  el  más  valiente,  el  más  querido  de  tu 
padre  entre  tus  hermanos ,  irás  á  vivir  vergonzosa- 
mente en  lo  más  hondo  de  tu  harem ,  óá  morir  sin  glo- 
ria defendiendo  una  corona  que  habrás  perdido  por  co- 
barde.,.. 

Betsabé  pronunció  estas  palabras  con  el  más  frió 
desden  y  rechazó  al  príncipe  con  enojo. 

Juzef  era  muy  joven  aún ;  corría  por  sus  venas  la  ar- 
diente sangre  de  los  Al-Hhamares ,  y  no  podia  tolerar 
nada  que  se  opusiese  á  sus  deseos;  sentía  por  Betsabé 
un  amor  idólatra ,  superior  á  todas  sus  creencias ,  y 
luchaba  procurando  desoír  el  grito  de  sus  deberes.  Más 
de  una  vez  sus  ojos  se  habían  deslumhrado  ante  el  bri- 
llo de  la  corona  de  su  padre ,  y  un  pensamiento  terri- 
ble, inspirado  por  Satanás,  le  agitaba  haciéndole  es- 
tremecer de  espanto.  El  mal  y  el  bien  se  disputaban 
el  dominio  de  su  alma ,  y  aquel  terrible  combate  em- 
pezado ,  apenas  pudieron  desarrollarse  sus  deseos ,  ha- 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS,  67 

bia  dado  á  su  semblante  el  tinte  de  reflexión  y  pru- 
dencia, que  en  la  hospedería  le.  había  hecho  respeta- 
ble á  los  tres  walíes. 

Pero  Juzef  amaba  á  su  padre  y  á  sus  hermanos  ,  y 
apenas  nacidos  aquellos  criminales  deseos ,  desapare- 
jan dejando  marcado  en  su  rostro  el  rubor  y  en  su  al- 
ma un  arrepentimiento  sincero.  Corría  al  mirab,  ora- 
ba y  la  tentación  desaparecía.  Era  un  alma  de  niño 
franca  y  generosa ,  por  más  que  su  pureza  estuviese 
manchada  con  conatos  de  crimen. 

Tal  vez  debía  á  su  madre ,  africana  ambiciosa ,  aque- 
llos insensatos  deseos  de  poder :  allá  en  las  prolijas 
noches  de  invierno ,  cuando  la  lluvia  azotaba  las  espe- 
sas celosías  del  harem  y  el  viento  se  quebraba  zum- 
bando en  los  calados  ajimeces,  la  hermosa  Wahdah 
palidecía ,  sus  ojos  de  una  hermosura  salvaje  lanzaban 
rayos ,  y  oprimía  contra  su  seno  palpitante  al  pequeño 
Juzef,  que  despertaba  al  impulso  de  aquella  presión 
terrible:  Wahdah  le  miraba  ceñuda,  y  una  sonrisa 
horrible  contraía  su  boca  temblorosa ;  recordaba  una 
historia  funesta,  que  encerraba  sus  recuerdos  de  amor; 
recuerdos  dolorosos  que  desgarraban  su  pensamiento. 

III. 

Fingíase  algunos  años  atrás  en  Cairvan  (1).  Yeia  la 
torre  de  un  fuerte  castillo ,  y  un  estrecho  postigo  de  su 

(i)  Antigua  capital  del  Moglirebeb. 


68  HISTORIA.   DE    LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

muro.  La  noche,  oscura  y  medrosa,  tendía  su  negra 
sombra  sobre  un  espeso  palmar,  cuyas  penachudas  co- 
pas mecía  el  viento  de  la  tormenta.  La  lluvia  mojaba 
su  blanca  túnica  de  virgen  ,  y  algún  lívido  relámpago 
iluminaba  su  frente  pálida  de  impaciencia.  Amaba  co- 
mo aman  las  mujeres  de  África :  de  una  vez  y  sola  una 
vez.  Su  pensamiento  volaba  fuera  de  los  muros  hasta 
uu  hombre,  siempre  fijo  en  él.  Su  oído  pretendía  es- 
cuchar el  galope  de  un  caballo ,  cada  vez  que  arrecian- 
do la  lluvia  desplomaba  sus  gruesos  goterones  sobre  la 
tierra  abrasada  y  seca  por  el  sol  del  estío.  Pero  el  ru- 
mor acompasado  y  tenaz  se  prolongaba  ...  era  un  de- 
lirio. Al  fin,  tras  larga  espera,  sentía  distintamente 
pisadas  cautelosas.  Una  mano  prudente  introducía  una 
llave  en  el  postigo,  y  un  hombre  joven  y  hermoso  en- 
vuelto en  un  albornoz  entraba  y  asiendo  su  mano 
temblorosa  la  llevaba  á  una  apartada  galería.  La  llu- 
via continuaba ;  los  relámpagos  eran  más  frecuentes 
y  brillantes;  el  mugido  del  huracán  se  unía  al  ronco 
estallido  del  trueno.  Y  sin  embargo,  la  tempestad  de 
los  elementos  cedia  á  la  tempestad  de  su  pasión.  De 
repente  la  galería  se  iluminaba  con  el  resplandor  de 
cien  antorchas.  Feroces  esclavos  negros,  con  las  cimi- 
tarras desnudas  rodeaban  á  los  amantes.  Un  anoiano, 
de  semblante  noble  y  ademan  imponente,  se  adelan- 
taba en  el  centro  del  círculo  formado  por  los  esclavos. 
Su  brazo  firme,  tranquilo,  se  levantaba  en  un  ade- 
man de  mandato  señalando  al  hemoso  ¡oven  á  quien 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  69 

amenazaban  cien  cimitarras.  Luego  oia  el  choque  del 
acero  contra  el  acero;  el  hombre  de  su  amor  se  de- 
fendía como  un  tigre ;  el  anciano,  tranquilo  siempre, 
presenciaba  la  lucha  sin  tomar  parte  en  ella ;  al  íin  un 
grito  de  dolor  resonaba  sobre  el  estruendo  de  los  ace- 
ros y  un  cuerpo  caia  en  tierra.  Todo  concluia  para 
Wahdah :  sólo  quedaba  á  su  amor  un  recuerdo  fu- 
nesto. 

Sólo  la  quedaba  un  recuerdo  de  dolor. 

El  anciano  walí  de  Gairvan,  la  hacia  conducir  á  su 
harem;  era  su  esclava.  Su  padre  la  habia  vendido  por 
un  caballo ,  cuando  aún  era  niña.  El  walí  de  Gairvan  la 
habia  sentado  cuando  aún  niña  sobre  sus  rodillas,  y 
antes  de  poder  codiciar  su  hermosura,  la  habia  amado 
como  hija.  Wahdah  era  hermosa  como  una  hada,  y  pu- 
ra como  las  brisas  de  la  mañana.  Era  además  valiente; 
apenas  salida  de  la  infancia  5  se  la  veía  acompañando 
al  walí  en  la  caza ;  arrojar  su  venablo  á  las  fieras.  Cre- 
ció obedecida ,  sin  encontrar  obstáculos  á  su  voluntad; 
fiera  y  altiva  con  su  valor  y  su  hermosura,  llegó  á  la 
edad  en  que  pensamientos  desconocidos  mecen  el  in- 
somnio sobre  las  noches  de  la  mujer.  Sensaciones  mis- 
teriosas que  el  corazón  no  puede  descifrar  en  su  pure- 
za; padecimientos  recónditos  que  cubren  con  un  velo 
de  languidez  los  ojos  de  la  virgen.  Sufrió  y  cayó ,  en- 
tregándose á  una  vida  errante  y  solitaria. 

Apenas  el  sol  coloraba  los  horizontes,  la  puerta  del 
muro  se  abría  y  Wahdah  lanzaba  su  caballo  salvaje  á 


70  HISTORIA   DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

través  de  los  bosques ;  á  veces  se  la  veia  en  lo  más  os- 
curo de  ellos,  sentada  sobre  la  punta  de  una  roca,  con 
la  mirada  fija  en  el  espacio,  mientras  una  lágrima  tran- 
quila descendía  hasta  su  blanquísimo  y  descuidado  se- 
no. Su  corazón  sentía  una  extraña  necesidad  de  dila- 
tarse y  dejaba  rebosar  aquella  lágrima  solitaria.  Y  así 
permanecía  hasta  que  el  sol  trasmontaba  los  horizontes 
de  Occidente.  La  noche  la  veia  volver  al  alcázar  de 
Cairvan  aguijoneando  la  veloz  carrera  de  su  caballo, 


IV. 


Un  dia  de  los  más  ardientes  del  estío,  cabalgaba 
lentamente  á  través  del  bosque.  Un  silencio  profundo 
dominaba  cerca  y  lejos ;  los  pensamientos  de  Wahdah 
eran  más  recónditos  y  misteriosos  que  nunca :  su  vida 
era  triste ,  y  todo  la  parecía  estéril  y  sombrío. 

El  bosque  estaba  desierto ,  y  algunos  rayos  del  sol 
penetrando  entre  su  follaje,  doraban  los  enormes 
troncos  de  las  encinas  y  de  los  castaños  silvestres.  La 
joven  caminaba  entre  ellos  abandonadas  las  riendas  á 
su  cabalgadura  sin  dirección  ni  objeto.  El  caballo  tro- 
taba con  ardor  obedeciendo  á  su  instinto  salvaje ,  y 
respiraba  con  placer  el  escaso  aire  de  la  montaña  que 
se  perdía  á  lo  lejos  en  calientes  ráfagas.  Tal  vez  re- 
cordaba el  tiempo  en  que  libre  con  la  espalda  desnuda 
oteaba  en  los  fértiles  valles  del  Atlas. 

Mas  de  repente  se  detuvo,  dilató  las  anchas  nari- 


HISTORIA   DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  7  i 

ees,  irguió  el  flexible  cuello,  se  plantó,  lanzando  un 
relincho  de  espanto ,  y  fijó  su  centelleante  mirada  en 
el  fondo  del  bosque  ;  todo  indicaba  que  el  bruto  habia 
olfateado  uua  fiera ,  y  Wahdah  atenta  á  aquel  aviso, 
armó  una  saeta  en  su  arco  y  esperó. 

No  tardó  en  oirse  un  rugido  que  repitieron  los  ám- 
bitos del  bosque,  al  par  que  una  robusta  voz  que  invo- 
caba á  Alian;  un  árabe,  lanzando  su  caballo  á  rienda 
suelta ,  apareció  entre  las  encinas  inmediatas,  huyen- 
do con  la  velocidad  del  huracán,  de  una  pantera  furio- 
sa que  le  seguia  saltando  sobre  la  maleza ;  el  caballo 
tropezó  y  cayó  arrastrando  á  su  ginete ,  y  la  fiera  se 
arrojó  sobre  él,  á  tiempo  que  Wahdah,  disparando  su 
arco,  clavó  una  saeta  en  el  corazón  de  la  pantera. 

Un  nuevo  rugido  inmenso  y  rabioso  se  dejó  oir,  y  la 
bestia  rodó  sobre  el  césped,  arrojando  de  su  contado 
un  surtidor  de  negra  sangre. 

Cuando  el  árabe  se  repuso  de  su  caida  y  buscó  á  su 
salvador,  Wahdah  vio  unos  ojos  hermosísimos  de  pro- 
funda mirada ,  en  los  cuales  se  retrataba  una  viva  ex- 
presión de  agradecimiento ,  que  volvieron  á  inclinarse 
al  encontrar  los  de  Wahdah ,  como  los  del  imprudente 
que  se  atreve  á  desafiar  el  resplandor  del  sol ;  un  es- 
tremecimiento inmenso  agitó  el  ser  de  la  virgen ,  y 
cuando  pasados  los  primeros  momentos  de  confusión 
su  alma  franca  acogió  ávida  las  protestas  de  agrade- 
cimiento del  extranjero;  cuando  más  adelante  sentada 
junto  á  él  en  la  misma  roca  que  habia  visto  correr  sus 


72  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

lágrimas  sin  objeto,  le  dejó  leer  en  su  alma  de  niña, 
el  árabe  se  encargó  de  hacerla  sentir  que  la  sed  de  su 
corazón  era  de  amor,  y  le  ofreció  el  suyo. 

Wahdah  no  le  ocultó  su  posición :  se  creia  hija  del 
wali  de  Cairvan;  los  ojos  del  extranjero  se  dilataron. 
Wahdah  no  supo  dar  valor  a  la  sonrisa  cruel  que  vagó 
un  momento  en  los  desdeñosos  labios  del  árabe. 
'  Tal  vez  era  un  caudillo  rebelde  vencido  y  desterrado 
por  el  walí,  y  se  regocijó  al  entrever  una  ocasión  de 
arrojar  una  mancha  deshonrosa  sobre  la  frente  del 
noble  anciano.  Insinuante  y  astuto  como  Satanás,  se 
apoderó  del  alma  de  la  incauta  Wahdah ,  y  esta  con- 
sintió en  facilitarle  los  medios  de  entrar  en  el  alcázar 
de  su  enemigo. 

Horrible  fué  para  la  infortunada  el  resultado  de  su 
primera  é  involuntaria  falta.  Habia  bebido  el  amor  has- 
ta las  heces  en  la  palabra  y  en  las  miradas  del  extran- 
jero, y  su  muerte  la  enlutó  el  alma.  Pero  aún  tenia 
que  apurar  la  amargura  de  su  destino.  El  severo  walí 
la  presentó  entre  las  mujeres  de  su  harem ,  como  se 
presenta  á  una  esclava  culpable.  Declaró  que  no  era 
su  hija ,  y  la  mandó  azotar.  Después  llamó  á  un  mer- 
cader judío  y  la  vendió  como  la  habia  compradora 
cambio  de  un  caballo. 

Wahdah  salió,  pues,  del  alcázar  de  Cairvan ,  donde 
habia  sido  señora  por  el  amor  del  walí,  para  ser  escla- 
va de  un  judío ,  que  expuso  en  su  bazar  desnuda  ante 
la  vista  de  más  de  un  extranjero  á  la  desdichada  niña; 


HISTORIA  DE  LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  73 

pero  no  habiendo  en  Cairvan  comprador  bastante  rico 
para  satisfacer  la  codicia  de  Absalon,  que  se  creia  po- 
seedor en  Wahdah  de  un  tesoro  de  hermosura ;  pasa- 
ron dias  bastantes  para  que  la  soberbia  africana  diese 
tregua  á  sus  lágrimas,  y  guardase  en  su  corazón  un 
odio  inmenso  á  todo  lo  que  no  era  la  memoria  del  hom- 
bre á  quien  habia  amado,  y  á  cuya  perfidia  debia  sus 
largos  dias  de  amargura. 

•Entre  tanto ,  el  judío  Absalon  habia  recorrido  el  Mo- 
ghrebeb  presentando  su  esclava  en  los  bazares  más 
concurridos;  los  compradores  se  multiplicaban;  ácada 
mirada  que  se  posaba  sobre  ella ,  cada  vez  que  el  ru- 
bor cubría  su  semblante,  un  nuevo  y  más  terrible  odio 
sustituía  en  su  corazón  á  la  sed  de  venganza  que  lo  de- 
voraba ;  y  ¡  cosa  extraña !  á  medida  que  su  odio  cre- 
cía, era  más  dulce  la  expresión  de  su  semblante  ,  me- 
nos intenso  el  carmín  que  el  rubor  hacia  subir  á  sus 
mejillas. 

Habían  pasado  tres  años  y  ningún  comprador  de  es- 
clavas habia  poseído  lo  bastante  para  llenar  los  deseos 
del  judío;  cada  mes  que  transcurría,  aumentaba  mara- 
villosamente la  hermosura  de  Wahdah,  y  Absalon  aña- 
día á  su  precio  algunos  millares  de  doblas. 

La  africana  habia  dejado  de  ser  una  niña  casi  salva- 
je; tañia  la  guzla  primorosamente,  cantaba  como  una 
alondra,  y  componía  hermosos  versos ;  sus  labios  pur- 
púreos ,  estaban  siempre  embellecidos  por  una  sonrisa 
tentadora,  y  sus  ojos  habían  perdido  lo  bravio  de  su 


74  HISTORIA  DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

mirada,  que  se  adormecía  lanzando  relámpagos  de 
amor,  entre  el  pelo  de  sus  largas  pestañas. 

Wahdah  era  una  hurí  terrestre ,  según  la  expresión 
del  judío,  y  sólo  un  rey,  y  un  rey  podeíoso,  podía  as- 
pirar a  la  posesión  de  la  hermosísima  esclava. 


Y. 


Y  en  verdad,  sí  valor  tiene  la  hermosura,  inmenso 
debía  ser  el  de  la  de  Wahdah;  sus  larguísimos  cabe- 
llos, de  un  negro  azulado,  no  reconocían  rivales;  su 
trente  tersa,  serena,  nacarada,  de  una  majestad  in- 
concebible, parecía  formada  por  Dios  para  dar  un  tes- 
fimonio  de  la  grandeza  de  su  poder ,  y  el  amor  que 
inspiraba  la  intensa  y  dulcísima  mirada  de  sus  ojos, 
era  un  tósigo  mortal  para  el  que  habia  posado  en  ella 
la  suya ;  sólo  una  hurí  podia  poseer  un  cuello  más  vo- 
luptuoso, un  seno  de  más  pura  redondez,  un  talle  más 
flexible,  unas  manos  más  blancas  y  un  pié  más  lindo; 
si  Absalon  hubiese  amado  menos  el  dinero ,  Wahdah, 
no  hubiera  conocido  un  tercer  amo. 

Por  aquel  tiempo  llegó  al  Moghrebeb  la  fama  de  un 
hombre  á  quien  los  muslimes  de  las  tierras  de  Occi- 
dente proclamaban  el  Vencedor  y  el  Magnífico.  Sus 
tesoros  se  ponderaban  hasta  lo  infinito  y  su  generosi- 
dad era  proverbial.  Aquel  hombre  era  rey,  y  se  nom- 
braba Aben-Nazar  ó  más  vulgarmente  Al-Hhamar. 

Absalon,  pues,  atravesó  el  estrecho  en  una  nave, 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  75 

llevando  consigo  á  Wahdah,  y  dejando  atrás  los  cam- 
pos de  Geb-al-Taric  y  de  Al-Gezira,  llegó  á  los  muros 
de  Sevilla  sitiada  entonces  por  el  rey  Ferdeland,  á 
quien  ayudaba  con  una  escogida  caballería  el  rey 
Aben-Al-Hhamar. 

Era  una  noche  oscurísima ;  la  tormenta  dominaba  el 
espacio,  y  las  nubes  arrojaban  un  furioso  aguacero: 
Absalon,  Wahdah  y  los  esclavos  que  la  conducían  en 
un  palanquín  cubierto,  se  extraviaron  y  dieron  en  po- 
der de  los  corredores  que  guardaban  el  recinto  de  la 
ciudad. 

Absalon  fué  conducido ,  mal  su  grado,  con  Wahdah 
delante  de  Aben-Hud,  y  este  se  apoderó  de  la  joven 
sin  pagar  una  sola  dobla  por  ella  al  judío,  que  rasgó 
sus  vestiduras,  le  maldijo,  y  por  lo  tanto  fué  conduci- 
do á  la  mazmorra  más  profunda  de  la  torre  del  Oro. 

El  corazón  de  Wahdah  acabó  de  endurecerse,  y  el 
odio  y  la  crueldad  fueron  sus  pasiones  exclusivas. 

Por  eso  cuando  la  tormenta  lanzaba  el  aguacero  so- 
bre las  torres  de  la  Casa  del  Gallo  y  el  viento  pene- 
traba torciéndose  en  largos  silbos  entre  los  trasparen- 
tes de  los  ajimeces,  una  sombra  misteriosa  y  sangrienta 
vagaba  delante  de  ella  y  refinaba  su  crueldad  y  su 
odio ;  por  eso  estrechaba  furiosa  entre  sus  brazos  al 
pequeño  Juzef ,  único  fruto  de  su  unión  con  Al-Hha- 
mar,  y  lijaba  en  él  su  rencorosa  mirada  de  hiena. 

El  príncipe,  como  todo  lo  que  pertenecía  á  Al-Hha- 
mar,  era  bueno;  generosos  instintos  surgían  en  su  ser, 


76  HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

pero  habia  recibido  la  vida  en  el  seno  de  Wahdah ,  y 
poseía  también  parte  de  la  perversidad  de  la  africana; 
el  bien  y  el  mal  se  albergaban  por  mitad  en  su  alma,  y 
al  choque  de  estas  opuestas  propensiones  debia  sus 
terribles  combates  en  el  camino  de  la  vida. 

Era  soberbio;  no  podia  verá  sangre  fria que  su  her- 
mano Mohhamed  subiese  todas  las  gradas  del  trono, 
mientras  él  quedaba  junto  á  su  base  :  Wahdah  habia 
desarrollado  en  él  deseos  criminales,  y  habia  consegui- 
do mirase  como  extraños  á  sus  hermanos ;  Juzef-ben- 
A'  bd-alá  era  un  cáncer  encubierto  en  la  familia  de 
Al-Hhamar. 

Hasta  entonces  se  habia  dominado ;  se  trataba  sólo 
de  un  trono,  y  la  ambición  no  es  pensamiento  exclu- 
sivo de  los  niños;  Mohhamed  habia  obtenido  la  con- 
fianza de  su  padre,  le  amaba  el  pueblo,  y  pronto  debia 
ser  su  señor  al  par  que  Al-Hhamar ;  Wahdah  aguar- 
daba temblando  aquel  momento ,  porque  Mohhamed, 
nacido  de  otra  sultana,  profundo  conocedor  del  cora- 
zón humano ,  habia  leido  en  el  de  la  africana  ,  á  pesar 
de  su  perfecto  disimulo,  y  la  odiaba  como  el  león  odia 
á  la  serpiente. 

Sólo  Juzef  podia  tener  influencia  para  promover  una 
guerra  intestina  que  pudiera  arrancar  el  poder  de  las 
manos  de  Mohhamed  ;  habia  además  poderosos  vasa- 
llos que  anhelaban  una  ocasión  de  rebelarse  contra  el 
rey ,  y  Juzef  era  el  objeto  más  á  propósito  para  servir 
de  disculpa  á  la  traición. 


HISTORIA   DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  77 

Pero  demasiado  joven  para  que  sólo  el  brillo  de  la 
corona  le  lanzase  á  una  abierta  rebeldía  contra  su  pa- 
dre y  su  hermano ,  era  necesario  tocar  la  fibra  más 
sensible  de  su  corazón ;  el  amor  era  un  medio  eficaz, 
y  Wahdah  le  puso  en  juego. 

Juzef  conoció  á  la  tentadora  Betsabé,  y  desde  en- 
tonces la  amó  con  toda  la  locura,  con  toda  la  idola- 
t  ría  de  que  es  capaz  un  mancebo  de  quince  años  cuan- 
do ve  una  mirada  de  amor  en  los  ojos  de  una  hermo- 
sa. Al  fin  estaba  junto  á  ella;  gozaba  de  ese  éxtasis 
que  se  experimenta  cuando  se  está  al  lado  de  una  mu- 
jer por  quien  se  sueña  despierto,  y  se  vive  dormido; 
aquella  mujer  le  fascinaba,  le  dejaba  ver  su  mirada  de 
amor...  y  le  pedia  un  trono. 

Por  eso  el  rostro  de  Juzef  se  habia  nublado,  y  bro- 
taban en  su  espíritu  sombríos  pensamientos.  Betsabé, 
entre  tanto,  posaba  sobre  el  semblante  del  príncipe  una 
dulce  y  suplicante  mirada. 

El  príncipe  cayó  desfallecido  á  los  pies  de  Betsabé. 

— ¡Oh,  ámame,  lucero  de  mi  alma  ,  dijo  con  voz 
trémula,  ámame  para  que  yo  pueda  vivir,  mírame 
siempre  así!..,  ¡Qué  hermosa  eres! 

— ¡  Te  amo  !  ¡  Te  amo !  ¡Te  amo !  contestó  la  joven 
con  un  acento  que  la  pasión  amortiguaba. 

— ¡  Oh,  si  me  amas,  yo  entregaré  mis  tesoros,  mis 
joyas ,  á  Ábsalon  ,  y  serás  mia  ! 

— ¡Quiero  ser  sultana!  contestó  Betsabé  con  acento 
más  lánguido ,  estrechando  entre  las  suyas  la  mano  de 
Juzef. 


78  HISTORIA   DE   103   SIETE   MURCIÉLAGO?, 

El  príncipe  se  levantó  temblando  y  cubierto  de  un 
sudor  frió. 

— Para  que  tú  seas  sultana ,  dijo  con  voz  caverno- 
sa ,  es  necesario  que  muera  mi  padre  y  mi  hermano, 

— ¡Que  mueran!  contestó  lánguidamente  la  her- 
mosa. 

— ¡Betsabé,  Betsabé!  exclamó  el  príncipe,  pídeme 
mi  envilecimiento,  mi  libertad,  mi  sangre;  pero  no 
me  entregues  á  Satanás. 

— ¿Me  darás  tu  sangre?  preguntó  Betsabé  al  prín- 
cipe fijando  una  nueva  mirada  más  intensa  y  enloque- 
cedora. 

— Sí ,  contestó  el  príncipe ,  en  cuyos  ojos  brilló  una 
valentía  casi  salvaje. 

— Pues  bien ,  la  acepto. 

Juzef  se  sentó  en  el  diván,  y  Betsabé  rodeó  un  brazo 
al  cuello  del  joven  :  entre  tanto  ella  sacó  de  su  cín- 
gulo  un  pequeñísimo  puñal ,  y  su  nacarada  mano  se 
posó  sobre  el  hermoso  y  desnudo  cuello  de  Juzef,  en 
una  de  cuyas  arterias  clavó  la  punta  del  sutil  puñal  : 
una  gota  de  sangre  tiñó  de  púrpura  el  blanco  cuello 
del  príncipe,  y  Betsabé  puso  sus  labios  en  la  herida  y 
chupó. 

El  príncipe  se  estremeció;  un  fuego  dulcísimo  agitó 

su  ser;  cuando  la  joven  retiró  los  labios' de  su  cuello, 

su  rostro  antes  sonrosado  y  lleno  de  vida,  apareció 

blanco  y  frió  como  el  de  un  cadáver. 

— ¡Qué hermoso  estás,  exclamó  Betsabé  contemplan- 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  79 

dolé  con  delirio;  ¡cuánto  te  amo!  y  ¡qué  felices  sere- 
mos si  el  castillo  no  se  levanta  sobre  la  colina! 

—  ¿Qué  castillo  es  ese?  preguntó  admirado  Juzef. 

—  Abre  aquella  ventana,  dijo  Betsabé  por  toda  res- 
puesta, señalando  un  ajimez  situado  en  la  parte  orien- 
tal del  retrete. 

El  príncipe  obedeció. 

—  ¿Qué  ves  desde  ahí  ?  continuó  la  joven. 

— Nada  veo,  contestó  Juzef;  la  sombra  es  muy  densa. 
— Mira  aún. 

Un  rayo  de  la  luna  se  filtró  á  punto  entre  dos  nubes 
que  se  rasgaron. 

—  Nada  veo ,  dijo  entonces  el  príncipe ,  más  que  el 
Cerro  del  Sol,  la  Colina  Roja ,  y  perdidos  en  la  som- 
bra los  jardines  del  Darro. 

—  Pues  bien:  si  las  almenas  de  un  castillo  coronan 
esa  colina  antes  de  un  año ;  si  la  sima  que  está  al  pié 
de  ella  por  la  parte  que  mira  al  Veleta  se  cierra  con 
una  terrible  torre,  entonces  yo  seré.... 

Un  estremecimiento  convulsivo  la  cortó  la  palabra. 

—  ¿Qué  serás?  preguntó  Juzef,  á  quien  hacia  tem- 
blar el  terror  de  la  joven. 

—  ¡Seré  un  murciélago !  contestó  Betsabé,  que  se 
dejó  caer  aterrada  en  el  diván. 

El  príncipe  soltó  una  larga  carcajada  al  escuchar  tal 
respuesta;  tan  ridículo  le  parecía  que  aquella  gentil 
hermosura  pudiera  trasformarse  en  el  ave  símbolo  del 
horror  y  compañera  de  las  tinieblas. 


80  HISTORI-A  BE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—  ¡  Oh ,  no  te  burles ,  príncipe  mió !  continuó  Bet- 
sabé ,  cuyos  ojos  se  llenaron  de  lágrimas ;  si  esa  torre 
maldita  se  levanta  sobre  la  sima,  me  trasformaré  en 
un  negro  y  miserable  murciélago. 

La  risa  del  príncipe  aumentaba  á  medida  que  la  jó- 
\en  formalizaba  más  y  más  su  terrible  profecía. 

—  Mira ,  añadió  Betsabé  rasgando  su  túnica  y  mos- 
trando al  joven  parte  de  su  hermosísima  espalda ,  mira. 

Por  esta  vez  la  risa  del  príncipe  se  cortó  como  por 
encanto,  y  la  expresión  del  estupor  y  de  la  repugnan- 
cia ,  se  pintó  en  sus  ojos ;  en  el  nacimiento  de  aquella 
blanquísima  espalda ,  se  marcaba  vigorosamente  una 
mancha  negra ;  aquella  mancha  se  desplegó  un  tanto, 
agitóse  y  dejó  ver  al  príncipe  dos  sutiles  y  pequeñísi- 
mas alas  de  murciélago. 

Juzef  retrocedió  involuntariamente  é  invocó  áAllah; 
Betsabé  habia  dejado  de  ser  para  él  un  objeto  fascina- 
dor ,  el  fragmento  de  la  nocturna  ave  cuadrúpedo  ,  le 
habia  hecho  olvidar  la  duice  mirada  de  la  virgen  es- 
clava. 

—  ¡  Ya  no  me  amas !  exclamó  Betsabé  cubriéndose  el 
rostro  con  las  manos  y  dejando  oir  sus  sollozos. 

El  príncipe  guardó  silencio. 

Aquella  mujer  misteriosa  se  levantó  y  mirando  fija- 
mente al  príncipe  rasgó  sus  vestiduras  y  mesó  sus  ca- 
bellos. 

— ;  Ah !  exclamó ;  ¡  pereciera  el  dia  en  que  nací ,  y 
la  mano  de  Jehová  hubiera  cubierto  la  noche  en  que 


IIISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  81 

en  torpe  sueño  fui  concebida!  ¡Nunca  el  sol  hubiera 
dorado  con  sus  rayos  mi  cuna  de  maldición,  ni  el  pe- 
cho de  una  mujer  hubiera  alimentado  á  la  hija  de 
misterio  !  ¡  Nunca  mis  ojos  se  hubieran  abierto  á  la  luz 
si  sombra  profunda  y  noche  de  auelo  han  de  cubrirme 
con  los  siglos! 

Su  rostro  tenia  una  sublime  expresión  de  dolor  ,  y 
de  su  frente  purísima  parecía  irradiar  una  pálida  au- 
reola. Ante  aquella  sobrenatural  hermosura,  el  prín- 
cipe vaciló  y  la  conmoción  llenó  de  lágrimas  sus  ojos. 

—  ¡  Oh!  prosiguió  Betsabé;  ¡  buitres  devoren  mi  co- 
razón ,  si  el  amado  de  mi  alma  me  deja!  ¡Seqúense 
mis  ojos ,  si  no  han  de  ver  su  gentileza  !  ¡  Sueño  pro- 
fundo cubra  mi  alma  ,  y  desaparezca  mi  cuerpo ,  como 
la  niebla  de  la  mañana ,  si  él  no  apaga  la  sed  que  me 
devora ! 

—  ¡  Betsabé !  ¡Betsabé  !  exclamó  el  príncipe  asiendo 
una  mano  de  la  desconsolada  hermosura ,  si  tr  me  amas 
y  mi  amor  te  es  tan  precioso  ¿á  qué  es  ese  llanto?  ¿no 
te  amo  yo  como  la  palmera  ama  al  sol ,  el  arroyo  al 
lago  y  la  tórtola  á  su  nido? 

Betsabé  íijó  su  mirada  radiante  de  esperanza  y  de 
amor  en  Juzef. 

—  Pues  bien,  dijo,  si  me  amas,  rompe  el  sortile- 
gio que  me  encadena  á  un  porvenir  horroroso ;  has  que 
esas  asquerosas  alas  caigan  de  mi  espalda  y  seré  tu 
esclava;  mi  poder  fe  protegerá;  yo  seré  siempre  joven 
y  cada  dia  aumentará  nuevo  encanto  á  mi  hermosura; 


82  HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

moraremos  en  alcázares  de  cristal  y  pisaremos  alfom- 
bras de  flores,  seremos  eternos  como  el  porvenir  y  nos 
envidiarán  desde  su  alto  asiento  las  estrellas. 

—  ¿Y  puedo  yo  contribuir  á  tanta  felicidad?  la  pre- 
guntó admirado  el  príncipe. 

—Sí. 

—  ¿Cómo? 

—  Jurando  por  tu  espíritu  no  amará  nadie  más  que 
á  mí;  ser  insensible  á  todo  lo  que  no  me  pertenezca, 
vivir  por  mí  y  para  mí. 

— Pues  bien....  murmuró  Juzef,  lo  juro. 

—  ¿Me  aceptas  por  esposa,  sea  cualquiera  mi  ser 
mujer  ó  genio,  ángel  ó  demonio? 

—Sí. 

—  Acércate,  esposo  mió,  dijo  Betsabé,  ciñendo  el 
cuello  de  Juzef  y  estampando  un  beso  en  su  frente. 


VI. 


EL  joven  creyó  morir;  los  labios  de  la  joven  habían 
abrasado  su  ser  y  una  nueva  vida  llena  de  ambiciones 
desconocidas  y  terribles  hacia  latir  su  corazón;  creyó 
verse  en  la  cumbre  de  una  altísima  montaña  ,  y  que  á 
sus  pies  se  extendían  los  continentes  de  la  tierra  ceñi- 
dos por  los  abismos  del  mar ;  á  su  lado  Betsabé  le  es- 
trechaba dulcemente  entre  sus  brazos ,  y  posaba  en  él 
la  intensísima  mirada  de  sus  negros  ojos,  mientras  en 
su  pequeña  y  lindísima  boca  vagaba  una  sonrisa  de 


HISTORIA   DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  83 

amor.  Parecióle  que  el  mórbido  brazo  de  la  hermosa 
se  teadia  sobre  el  dilatado  hemisferio,  y  que  su  voz 
dulce  y  tentadora  le  decia  : 

—  «¿Qué  quieres  ole  cuanto  el  aire  baña,  la  tierra 
osteuta  ó  azota  el  mar?)) 

Juzef  sólo  queria  el  amor  de  Betsabé  ,  pero  sin  fin, 
como  el  inmenso  espacio  que  se  mostraba  ante  sus 
ojos. 

La  visión  duró  un  momento ;  Juzef  volvió  á  mirar  en 
torno  suyo  el  retrete  de  la  casa  de  Absalon ,  con  sus 
lámparas  veladas  por  gasas ,  sus  pájaros  dormidos  en- 
tre flores,  y  la  hermosísima  esclava  recostada  con  in- 
dolencia en  el  diván. 

—  Mira,  le  dijo  sonriendo  Betsabé,  la  marca  terri- 
ble de  mi  encanto  ha  caído  de  mi  ser ;  y  le  mostró  con 
las  extremidades  de  sus  bellísimos  dedos  las  pequeñas 
alas  de  murciélago,  que  Juzef  habia  visto  algunos  mo- 
mentos antes  sobre  sus  espaldas. 

—  Quémalas  en  aquel  braserillo ,  añadió  Betsabé  se- 
ñalando uno  de  los  perfumeros. 

El  joven  tomó  con  repugnancia  aquel  negro  despojo 
y  le  arrojó  al  fuego;  levantóse  una  llama  azulada  y 
quedó  reducido  á  negra  ceniza. 

—  ¿Ves  algo  en  el  braserillo?  continuó  Betsabé. 

El  príncipe  revolvió  la  ceniza  ,  y  entre  ella  encontró 
un  anillo  de  esmeralda ,  al  rededor  del  cual  estaba 
grabada  la  cifra  cabalística  de  Salomón. 

—  Dame  esa  sortija,  dijo  Betsabé. 


84  HISTORIA   DR   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

El  príncipe  se  la  entregó. 

Un  color  febril  subió  á  las  mejillas  de  la  joven  ,  ; 
una  exclamación  de  insensata  alegría,  rebosó  de  s  '■<■ 
corazón. 

—  ¡  Oh !  gritó :  ya  eres  mió ,  miserable  Ábsalon ;  tu  - 
taba  escrito  y  se  cumplió :  ¿quién  más  poderoso  que  }  o  • 
apagaré  mi  sed  de  venganza  y  mi  sed  de  amor.  Vem  , 
hermanas  mias;  venid  y  alegraos:  el  sol  de  nuestra 
vida  vuelve  á  brillar  más  hermoso  que  nunca. 

VIL 

En  aquel  momento,  por  el  ajimez  que  habia  dejado 
abierto  el  príncipe ,  penetraron  tres  horribles  y  enor- 
mes murciélagos ,  que  revolotearon  al  rededor  de  Bet- 
sabé. 

El  príncipe  estaba  atónito :  Betsabé  tendió  su  mano 
hacia  los  murciélagos  y  dijo: 

—  ¡  Hermana  mia ,  Djeidah ,  ven ! 

Uno  de  los  murciélagos  se  posó  sobre  la  mano  de 
Betsabé  y  batió  impaciente  sus  alas. 

—  ¿De  dónde  vienes  ?  le  preguntó  la  joven. 

—  Del  castillo  de  Comares,  contestó  el  murciélago 
en  un  acento  lleno  de  suave  languidez. 

— ¿Qué  has  encontrado  en  él  ? 

—  Mi  prometido. 

—  ¿Te  conoce? 

—  Me  ha  visto  en  sueños. 


HISTORIA  DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  85 

— ¿Te  ama? 

—  Me  idolatra. 

—  Por  el  poder  del  anillo  del  gran  Salomón  ,  que 
pongo  sobre  tu  cabeza,  vuelve  á  tu  ser,  hermana mia. 

Al  decir  esto  ,  Betsabé  puso  sobre  la  alfombra  a 
murciélago  que  se  trasformó  en  una  nube  blanquísima;] 
la  nube  se  elevó  hasta  cierta  altura,  tomó  formas  y  se 
convirtió  en  una  mujer  hechicera. 

La  admiración  del  príncipe  tocaba  á  su  colmo :  Djei- 
dah  hubiera  podido  pasar  por  la  doncella  más  hermo- 
sa del  mundo,  si  no  hubiera  existido  Betsabé;  sus  ca- 
bellos rubios  y  larguísimos  caian  sueltos  sobre  su  es- 
palda; el  arco  de  sus  cejas  era  perfecto  y  sus  grandes 
ojos  azules  tenían  una  expresión  de  languidez  irresis- 
tible. Cubríala  una  túnica  blanquísima  y  entre  sus  an- 
chos pliegues  se  marcaban  sus  formas  redondas  y  vo- 
luptuosas. Djeidah  se  recostó  muellemente  sobre  el  di- 
ván y  Betsabé  llamó  á  otro  de  los  murciélagos. 

—  ¡  Hermana  mia  Zahra  ,  ven  ! 

El  segundo  murciélago  se  posó  como  el  primero  en 
la  mano  de  Betsabé. 

—  ¿Dónde  has  estado?  le  preguntó  esta. 

—  En  la  fortaleza  de  Guadix  ,  contestó  con  voz  so- 
nora el  murciélago. 

—  ¿Qué  has  hecho  allí? 

—  Guardar  el  sueño  á  mi  prometido. 
—¿Te  conoce? 

-Sí. 


86  HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

—  ¿Te  ama? 
— Me  adora. 

— Por  el  anillo  del  poderoso  Salomón ,  vuelve  á  ser 
lo  que  eras ,  hermana  mia ,  murmuró  Betsabé  ponien- 
do sobre  el  diván  al  negro  murciélago. 

Un  instante  después  una  joven  y  apuesta  doncella 
fijaba  una  profunda  mirada  en  el  príncipe  Juzef :  á  pe- 
sar de  ser  muy  hermosa  ,  la  expresión  de  sus  ojos  par- 
dos y  centellantes  era  sombría  y  fija;  su  hermoso  en- 
trecejo se  fruncía  de  una  manera  terrible  ,  y  sus  labios 
purpúreos  estaban  orlados  de  una  sonrisa  cruel ;  pero 
esta  expresión  desfavorable  duró  sólo  un  momento  :  su 
frente  apareció  tersa ,  sus  ojos  retrataron  la  paz  más 
profunda  y  en  su  pequeña  boca  apareció  una  sonrisa 
candorosa ;  apartó  con  sus  manos,  que  parecían  hechas 
de  alabastro,  los  negros  y  larguísimos  rizos  que  cu- 
brían en  parte  su  semblante  teñido  de  un  leve  matiz 
moreno ,  y  se  sentó  en  el  diván  junto  á  Djeidah,  cu- 
briendo sus  pies  con  la  falda  de  su  ancha  túnica  de  es- 
carlata. 

Revoloteaba  aún  en  torno  de  la  cabeza  de  Betsabé  el 
tercer  murciélago. 

—  ¡  Hermana  mia  Obeidah ,  dijo  Betsabé  tendiendo 
de  nuevo  su  mano  ,  ven  ! 

El  murciélago  se  posó  en  ella. 

—  Vengo  del  alcázar  de  Málaga,  dijo  con  una  voz 
dulcísima. 

—  ¿  Qué  has  hecho  allí  ? 


HISTORIA  DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  Si 

— Velar  á  mi  prometido. 

—  ¿Te  ha  visto? 

—  En  sueños, 

—  ¿Te  ama? 

—  Está  loco  por  mí . 

—  En  nombre  del  alto  y  poderoso  Salomón,  torna  á 
ser  hermosa  ,  hermana  mia. 

Una  tercera  y  linda  joven  apareció  á  la  voz  de  Bet- 
sabé. 

Una  túnica  dorada  pretendía  en  vano  ocultar  lo  aé- 
reo de  su  esbelto  talle ;  la  mirada  de  sus  hermosísimos 
ojos  celestes  era  tan  indiferente  que  hubiera  ofendido 
al  amor;  su  cabellera,  bermeja  como  el  oro,  embelle- 
cía una  frente  en  que  era  difícil  encontrar  las  huellas 
del  más  ligero  pesar.  Obeidah  ocupó  un  lugar  en  el  di- 
ván entre  Djeidah  y  Zahra. 

Entonces  Betsabé  tocó  con  el  anillo  la  cadena  de  oro 
que  sujetaba  su  pié. 

—Rómpase  el  signo  de  mi  esclavitud  ,   exclamó. 

La  cadena  se  rompió  en  mil  pedazos. 

—  ¡  Ya  soy  libre!  gritó  Betsabé,  saltando  hasta  el 
sitio  en  que  el  príncipe  contemplaba  inmóvil  de  asom- 
bro tanta  maravilla ;  ¡ya  soy  reina!  hermanas  mias, 
levantaos. 

—  Tengo  sueño,  contestó  Djeidah,  dilatando  su 
linda  boca  en  un  largo  bostezo. 

—  Siempre  perezosa,  murmuró  Betsabé;  y  tú  Za- 
hra, ¿  has  olvidado  tus  noches  de  dolor,  que  así  repo- 


88  HISTORIA  DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

sas  cuando  hemos  menester  todo  nuestro  esfuerzo  para 
la  ultima  prueba? 

—  Sí ;  contestó  agriamente  Zahra  dirigiéndose  á 
Djeida  y  Obeidah ;  esforcémonos,  hermanas  mias,  para 
que  nuestra  hermana  Betsabé  logre  los  amores  de  su 
bellísimo  príncipe  ;  ayudémosla  para  que  después  nos 
trate  como  esclavas. 

Betsabé  se  mordió  los  labios  impaciente  y  se  dirigió 
á  Obeidah. 

—  Tengo  hambre,  dijo  esta,  fijando  su  mirada  in- 
diferente en  su  hermana. 

— ¡Oh!  sois  las  mismas  exclamó  con  despecho  Bet- 
sabé ;  y  en  verdad  que  he  hecho  mal  en  acordarme  de 
vosotras ,  para  arrancaros  de  vuestra  cautividad ;  tu 
pereza ,  Djeldah ,  te  hace  merecedora  á  que  te  dejen 
dormir  arropada  con  tus  negras  alas  en  el  oscuro  rin- 
cón de  unas  ruinas;  tú,  Zahra,  envidiosa  y  cruel,  no 
debías  volver  á  ver  el  sol ;  y  tu  glotonería,  Obeidah, 
sólo  debia  ser  satisfecha  con  los  insectos  que  encontra- 
ses en  tu  vuelo  nocturno. 

Los  tres  bellos  semblantes  de  las  tres  damas  apos- 
trofadas ,  se  animaron  con  una  expresión  de  cólera ,  y 
se  lanzaron  á  Betsabé. 

— ¿Por  qué  me  llamas  perezosa,  gritó  Djeídah, 
cuando  tus  locuras  de  amor  nos  han  reducido  á  este 
estado? 

— ¿Y  á  mí  envidiosa,  añadió  Zahra,  cuando  harías  pe- 
dazos á  la  mujer  á  quien  amase  tu  hermoso  Juzef  ? 


HISTORIA  DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  89 

— Y  á  mí  glotona  ,  prosiguió  Obeidah ,  cuando  tu 
sed  de  amor  devorará  á  tu  lindo  príncipe? 

Betsabé  habia  retrocedido  ante  el  furor  de  sus  her- 
manas ,  pero  sin  miedo  ,  como  el  luchador  que  se  reti- 
ra á  la  vista  de  su  adversario  para  buscar  el  punto  de 
ataque. 

—  ¿  Sabéis ,  les  dijo  después  de  un  momento  de  ob- 
servación ,  mostrándolas  el  anillo  cabalístico  ,  que  por 
el  poder  de  este  talismán,  como  os  he  sacado  de  vues- 
tros hediondos  nidos  puedo  volveros  á  ellos? 

Las  tres  rebeldes  beldades  palidecieron  ,  y  miraron 
á  su  hermana  con  ansiedad. 

— No  lo  haré,  continuó  Betsabé,  porque  no  soy  ren- 
corosa. Pero  es  necesario  que  nos  unamos  para  incli- 
nar nuestro  doble  destino  á  la  buena  parte,  y  que  pro- 
curemos huir  de  la  mala.  ¿Qué  queréis  mejor,  las  ti- 
nieblas de  la  torre  de  los  Siete  Suelos  ó  los  alcázares 
de  nuestro  padre? 

—Los  alcázares  de  nuestro  padre  ,  contestaron  en 
coro  y  de  la  manera  más  humilde  que  supieron  las 
tres  rebeldes. 

—Pues  bien,  para  eso  es  necesario  luchar.  Cuando 
veníais  á  visitarme  cerniéndoos  sobre  vuestras  alas 
de  crespón,  erais  más  razonables  y  más  humildes; 
me  decíais  con  el  acento  de  la  desesperación :  « Her- 
mana Betsabé ,  arráncanos  de  nuestro  estado ,  y  te 
obedeceremos;  vuélvenos  á  nuestro  ser,  y  seremos 
tus  esclavas. »  Pues  bien,  el  destino  ha  puesto  en  mis 


00  HISTORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

manos  ese  poder,  y  sois  otra  vez  jóvenes  y  hermosas. 

Betsabé  se  detuvo  para  dar  más  prestigio  á  lo  solem- 
ne de  sus  palabras. 

— ¿  Y  qué  hemos  de  hacer?  contestaron  á  la  vez  las 
tres  mujeres  en  el  colmo  de  la  humildad. 

— Abajo  hay  tres  osos  salvajes  que  es  necesario  do- 
mesticar. ¿  Decís  que  os  aman  los  walíes? 

— Sí,  dijeron  las  tres. 

— Pues  bien,  amadlos  vosotras,  ó  á  lo  menos  fin- 
gidlo. 

— Abú-Yshac  es  viejo,  feo  y  avaro,  dijo  Djeídah  ha- 
ciendo un  mohin  de  disgusto ,  y  si  me  abandonas  á  él 
sin  poder ,  me  tratará  como  á  sus  etíopes ,  y  me  ven- 
derá si  hay  quien  le  dé  por  mí  cien  doblas  de  oro. 

— Abu-Abdalá,  dijo  á  su  vez  Zahra,  es  soberbio  y 
me  mirará  como  una  esclava. 

— Abul-Hassan ,  murmuró  Obeidah ,  es  iracundo  y 
celoso,  y  me  azotará  como  á  sus  perros. 

— ¡Por  el  ángel  Leviatan!  gritó  colérica  Betsabé, 
¿quié  os  ha  hecho  pensar,  descontentadizas  hermanas, 
que  yo  os  abandonaré?  ¿Acaso  puedo  yo  subir  al  cie- 
lo de  mi  amor  sin  vosotras  que  sois  mis  alas?  ¿A  qué 
rebelaros  contra  vuestro  destino?  ¿  No  ha  dispuesto  él 
que  guardaseis  el  sueño  de  esos  tres  hombres  y  les 
presentaseis  visiones  tentadoras ,  como  ha  dispuesto 
que  yo  ame  al  hijo  de  un  rey? 

—Pues  bien,  observó  Zahra  ,  matemos  á  esos  tres 
hombres. 


HISTORIA  DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  91 

— Guardaos  bien  de  hacerlo,  dijoBetsabé;  sin  ellos, 
¿quién  haría  perecer  al  hombre  destinado  á  edificar  la 
torre  de  los  Siete  Suelos? 

El  príncipe  que  presenciaba  absorto  esta  terrible 
conversación,  se  estremeció  de  pies  á  cabeza,  y  creyó 
llegada  su  hora  cuando  Zahra  contestó  : 

— ¿Y  para  qué  guardas  á  tu  príncipe?  ¿Acaso  no 
es  hijo  de  ese  hombre,  y  no  puede  llegar  cuando  quie- 
ra hasta  lo  más  reservado  de  su  harén?  ¿Acaso  ncv 
hay  tósigos  y  puñales? 

— El  pueblo  nunca  elige  por  rey  á  quien  ha  asesi- 
nado á  su  padre ,  y  para  fijar  nuestro  porvenir  es  ne- 
cesario que  yo  sea  sultana.  Meditadlo  bien;  un  año 
vuela  con  la  velocidad  del  huracán ,  y  si  ese  año  pasa 
sin  que  haya  muerto  Al-Hhamar...  ¡ayde  nosotras! 

Las  tres  jóvenes  miraron  irresolutas  áBetsabé  ;  esta 
estaba  á  punto ,  irritada  por  su  obstinación,  devol- 
verlas á  trasformar  por  castigo  en  murciélagos. 

—¿Os  resolvéis?  gritó:  sí  ó  no. 

— Sí,  contestaron  con  voz  quejumbrosa  las  tres. 

Entonces  Betsabé  se  volvió  al  príncipe. 

— Amado  mió ,  dijo  ,  vas  á  ver  lo  que  ningún  mor- 
tal puede  contar  ;  ¿  quieres  que  traiga  aquí  los  arcán- 
geles del  sétimo  cielo?  ¿Por  qué  la  luz  de  mis  ojos 
está  tan  triste? 

Juzef  tomó  una  mano  de  su  amada,  y  la  estrechó  en- 
tre las  suyas. 

Betsabé  describió  un  círculo  en  el  suelo  con  el  ani- 


92  HISTORU   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

lio,  murmuró  algunas  palabras  misteriosas,  y  añadió 
con  voz  potente : 

— ¡Espíritus  que  escucháis  mis  conjuros,  esclavos  de 
mi  poder ,  salid  á  luz ! 

yiii. 

Del  centro  del  círculo  trazado  por  Betsabé,  salieron 
tres  genios  horrorosos.  Tras  cada  uno  apareció  una 
comitiva  de  esclavos  de  ambos  sexos,  cubiertos  con 
vestiduras  deslumbrantes  de  riqueza.  Pajes  de  rubias 
guedejas  conducían  en  azafates  de  oro  túnicas  esplén- 
didas y  joyas  de  inestimable  valor.  Diez  guerreros  ára- 
bes cubiertos  de  hierro  acompañaban  á  cada  servi- 
dumbre. 

— Genios ,  dijo  Betsabé  dirigiéndose  á  ellos  ;  os  en- 
trego mis  hermanas.  Llevadlas  á  mi  alcázar ,  y  haced 
cuanto  deseen.  Cuando  luzca  el  cercano  dia,  hacedlas 
subir  á  cada  una  en  un  palanquín ;  que  las  acompañen 
las  esclavas  cubiertas  con  velos,  y  los  esclavos  arro- 
jando bolsas  de  ámbar  llenas  de  oro  á  las  gentes  que 
se  detengan  á  mirarlas :  detrás  de  cada  una  irán  diez 
árabes  armados ,  jinetes  sobre  caballos  superiores  á 
los  de  Persia.  Vosotros  invisibles,  protegeréis  á  mis 
hermanas.  Djeídah  entrará  en  Granada  por  la  puerta 
de  Bib-Lachar  ,  Zahra  por  la  de  Bib-Ataubin,  y  Obei- 
dah  por  la  de  Bib -Elvira.  Todas  irán  al  coso  de  Bib- 
fíainbla,  y  se  colocarán  en  el  sitio  destinado  en  los  mi- 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  93 

radores  para  las  princesas.   Id,  hermanas  mías,  id. 
Cada  una  de  las  jóvenes  desapareció  con  su  comitiva 
á  través  del  círculo  trazado  por  Betsabé,  y  que  se  cer- 
ró tras  ellas. 


IX. 


El  retrete  volvió  á  su  silencio ;  Betsabé  se  dejó  caer 
en  el  diván,  con  el  abandono  de  quien  se  entrega  al 
descanso  después  de  una  larga  lucha ;  su  hermoso  seno 
se  levantaba  dilatado  por  su  fatigada  respiración  y  sus 
ojos  mostraban  la  suave  y  satisfecha  languidez  resul- 
tado de  su  triunfo.  Habia  logrado  en  fin  romper  un  es- 
labón de  la  cadena  de  su  destino  funesto  ,  y  sonreía  de 
antemano  á  un  porvenir  halagador,  rico  de  locas  espe- 
ranzas y  de  deseos  delirantes;  el  color  de  la  púrpura 
tenia  sus  mejillas,  y  su  ser  se  estremecia  lleno  de  una 
felicidad  infinita,  cuando  contemplaba  ante  sí  al  apuesto 
y  hermoso  Juzef,  cuyo  juvenil  semblante  ostentaba  toda 
la  reflexión  que  le  hacia  á  veces  superior  á  su  edad. 

Betsabé  se  adormecía  saboreando  su  ambición  satis- 
fecha,  y  una  sonrisa  de  dicha  inefable  la  embellecía 
hasta  el  punto  de  hacer  imposible  toda  comparación 
con  sus  encantos. 

Pero  el  príncipe  no  la  veia ,  ó  por  mejor  decir,  nada 
veia  de  cuanto  le  rodeaba  ;  creíase  entregado  á  un  sue- 
ño :  ;  tan  incomprensible  era  para  él  cuanto  habia 
acontecido  en  su  presencia ! 


94  HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

A  pesar  de  estar  iniciado  en  los  misterios  que  acom- 
pañan la  existencia  de  las  hadas ,  las  perís ,  los  genios 
y  los  vampiros,  incrédulo  en  esta  parte  como  en  reli- 
gión ,  espíritu  inquieto  que  á  todo  pedia  razones  y  que 
no  creia  en  más  que  en  aquello  que  veia  ó  tocaba, 
siempre  habia  juzgado  los  genios  y  las  hadas,  los  he- 
chiceros y  los  vampiros  ,  creaciones  de  charlatanes  ó 
de  cerebros  enfermos ;  pero  entonces  no  habia  lugar 
á  la  duda  ;  habia  visto ,  habia  tocado ;  recordaba  que 
un  objeto  punzante  habia  herido  sus  carnes ,  que  dos 
labios  ardientes  se  habían  posado  sobre  la  herida  ,  y 
que  al  contacto  de  aquellos  labios  una  sensación  dulcí- 
sima y  desconocida  habia  llegado  hasta  la  médula  de 
sus  huesos.  Además,  ¿no  se  sentía  arrastrado  sin  fuer- 
za ni  voluntad  á  aquella  mujer,  como  la  mariposa  á  la 
luz,  como  el  girasol  al  astro  del  dia,  como  la  sensiti- 
va á  su  compañera?  ¿No  sentía  en  su  alma  parte  del 
alma  de  aquella  mujer  en  la  cual  moraba  la  mitad 
de  la  suya?  ¿Seria  acaso  Betsabé  uno  de  los  horribles 
vampiros,  de  que  habia  oído  hablar  su  nodriza,  que 
toman  las  formas  de  una  mujer  seductora  para  devorar 
más  á  su  salvo  á  su  víctima  ? 

Esta  horrible  sospecha  se  posó  sobre  el  espíritu  de 
Juzef  y  le  oprimió,  le  abrumó,  le  quemó  como  un  rau- 
dal de  hierro  derretido.  Sufría  y  temblaba;  pero  si 
aquel  sufrimiento  y  aquel  terror  hubieran  dejado  de 
existir,  su  corazón  hubiera  estado  roto  en  mil  pedazos. 

Nada  existia  para  él  fuera  de  Betsabé ;  la  amaba  mu- 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  95 

jer  ó  vampiro ,  ángel  ó  demonio;  pero  su  amor  era  fre- 
nético ,  insaciable,  sobrenatural. 

Entre  tanto ,  la  seductora  belleza  le  fascinaba  más  y 
más  con  su  mirada,  que  lanzaba  torrentes  de  amor; 
sus  ojos  dilatados,  húmedos,  brillantes,  hubieran  en- 
loquecido al  morabhita  más  abstraído  en  la  contem- 
plación de  las  grandezas  de  Dios,  y  más  olvidado  de 
las  fragilidades  humanas. 

Betsabé  leia  en  el  pensamiento  de  Juzef  como  en  un 
libro  abierto  ;  era  testigo  de  los  sufrimientos  del  prín- 
cipe, y  contemplándose  causa  de  ellos,  saboreaba  el 
placer  infinito  de  la  mujer  que  ama  y  conoce  la  abne- 
gación del  amor  de  su  amado;  si  el  príncipe  lo  había 
olvidado  todo  por  ella,  ella  no  tenia  pasado  junto  á  Ju- 
zef, ni  más  presente  ni  más  porvenir  que  él. 

Largo  tiempo  estuvieron  los  jóvenes  contemplándose 
en  silencio.  Las  últimas  estrellas ,  mostrándose  á  tra- 
vés de  la  ventana  en  el  cielo  ya  despejado,  subían  len- 
tamente á  lo  alto  del  firmamento;  una  dudosa  faja  la- 
mia la  lejana  cumbre  del  Veleta;  y  el  gallo  madruga- 
dor entonaba  su  canto  matutino. 

Al  primer  canto  del  gallo,  Betsabé  se  levantó,  y 
dirigióse  con  paso  seguro  al  ajimez. 

— Ya  viene  el  dia,  dijo,  la  luna  huye  del  sol,  y 
pronto  su  rayo  de  oro  bañará  tu  hermosa  frente,  ama- 
do mió.  Ya  veo  á  mis  hermanas  rodeadas  de  sus  es- 
clavas que  las  cubren  de  magníficas  vestiduras.  Los 
palanquines  las  esperan.  Hoy  va  á  ser  un  dia  de  triun- 


96  HISTORIA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

fo.  Y  entre  tanto,  ¿qué  hará  el  elegido  de  mi  alma? 

— Estar  á  tu  lado,  gacela  mia,  contestó  el  príncipe, 
acercándose  á  Betsabé ,  y  rodeando  su  reducido  talle 
con  un  brazo  tembloroso. 

La  joven  apartó  suavemente  el  brazo  de  Juzef  y  le 
mostró  algunos  objetos  informes ,  que  se  dejaban  ver 
desde  el  ajimez  perdidos  en  la  sombra  de  la  oscura  ca- 
lle :  eran  los  arqueros  de  la  guardia  negra  que  el  prín- 
cipe habia  mandado  á  Maksan  le  siguiesen. 

— ¿Y  para  qué  son  esos  esclavos?  le  preguntó 
Betsabé. 

— ¡  Ah !  lo  habia  olvidado,  contestó  el  príncipe:  ¡  es 
necesario  que  seas  reina ! 

— ¿Y  para  qué  te  han  acompañado  hasta  aquí  los 
tres  walíes? 

El  príncipe  pasó  la  mano  por  su  frente  que  abrasaba 
con  un  calor  febril. 

— ¡Oh,  esos  hombres!  ¡esos  hombres!  es  verdad; 
son  tres  esclavos  rebeldes. 

— Pues  bien,  es  necesario  que  esos  hombres  levan- 
ten una  bandera  contra  Al-Hhamar,  antes  de  que  el 
sol  que  va  á  aparecer  bañe  sus  cabellos  en  los  mares 
de  Occidente. 

— ¡Oh!  ¡todo  para  tu  ambición!  ¡nada  para  mi  amor! 
exclamó  el  príncipe  fijando  su  insensata  mirada  en 
Betsabé. 

— Silencio,  dijo  esta  poniendo  su  pequeña  mano  en 
la  boca  del  príncipe;  alguien  se  acerca. 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  97 

X. 

Eü  efecto ,  levantóse  el  tapiz  que  cubría  la  puerta 
del  retrete  y  apareció  eu  el  umbral  el  judío  Absalon. 

Al  ver  á  la  joven  junto  al  ajimez,  libre  de  la  cade- 
na que  la  sujetaba  al  diván,  la  palidez  de  la  muerte 
cubrió  su  semblante,  y  sus  carnes  se  estremecieron 
de  terror,  que  se  hizo  más  y  más  perceptible  á  medida 
que  Betsabé  se  aproximaba  á  él;  quiso  huir,  pero  un 
ademan  imperioso  de  ella  le  contuvo  á  su  pesar. 

Los  ojos  de  aquella  incomprensible  mujer,  fijos  so- 
bre el  judío,  tenían  una  extraña  expresión;  su  entre- 
cejo estaba  fruncido  y  la  sonrisa  de  sus  labios  era 
cruel;  Absalon  tenia  fija  su  mirada  en  la  alfombra,  su 
cabeza  notablemente  inclinada  y  sus  brazos  cruzados 
sobre  el  pecho.  Su  agitación  era  cada  vez  más  sensi- 
ble y  todo  en  él  indicaba  miedo  y  humildad. 

— ¿Desde  cuándo,  dijo  al  fin  Betsabé,  el  buitre  se 
humilla  ante  la  alondra?  ¿Por  qué  tiemblas,  mi  se- 
ñor? ¿acaso  no  soy  tu  esclava? 

La  voz  de  Betsabé  era  opaca;  sus  palabras  acentua- 
das penetraban  una  á  una  en  el  corazón  del  judío. 

—  ¡  Perdón !  dijo  con  voz  trémula  arrastrándose  á  los 

pies  de  la  joven.....  no  he  sido  yo yo  no  he  hecho 

más  que  obedecer  á  un  poder  superior. 

—  ¡  Vil  verdugo  de  mujeres!  exclamó  Betsabé  en  un 
acento  concentrado,  ¡miserable  mercader  de  sangre 


98  HISTORIA  DE  LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

humana !  j  átomo  ruin  que  piensas  dominar  los  decre- 
tos del  destino!  ¡arrástrate  ,  arrástrate  á  mis  pies! 

— ¡Perdón!  murmuró  con  voz  sofocada  el  judío. 

— ¡  Perdón !  Tanto  valiera  que  pretendieras  ablan- 
dar con  tu  llanto  de  cocodrilo  la  piedra  negra  que  Dios 
envió  á  Ábraham  con  el  arcángel  Gabriel.  ¡Oh!  ¡yo 
también  me  he  arrastrado  ante  tí  pidiéndote  compa- 
sión; también  yo  he  bañado  con  lágrimas  tus  pies,  y 
has  sido  tan  inflexible  como  yo  ahora  que  besas  la 
orla  de  mi  túnica!  ¿Sabes  tú,  miserable,  los  raudales 
de  odio  que  llena  el  corazón  de  un  prisionero  para  su 
verdugo?  ¿Sabes  tú  lo  que  es  pasar  las  noches  sin 
sueño,  esperando  siempre  que  aparezca  el  dia  de  la 
libertad  y  de  la  venganza? 

Las  manos  de  Betsabé  jugaban  entre  tanto  con  la  sor- 
tija de  esmeralda  de  Salomón;  el  judío  miraba  fasci- 
nado el  terrible  talismán. 

— ¡  Qué  dulce  es,  Ábsalon,  continuó  ella  ,  derramar 
gota  á  gota  nuestro  odio  sobre  la  cabeza  que  nos  lo  ha 
inspirado !  Se  derrama  lentamente  como  se  ha  adqui- 
rido; se  goza  en  la  agonía  del  terror  del  que  nos  ha 
aterrado :  ¡  oh !  ¡  por  el  Dios  de  Ábraham  y  de  Ismael ! 
suplica  á  ese  poder  superior  á  quien  obedeces.  ¡  Mise- 
rable poder!  ¿qué  mal  habia  hecho  yo  para  que  así 
me  sepultarais  en  las  desventuras  y  en  la  desespe- 
ración? 

Absalon  unió  su  rostro  al  pavimento. 

—Sí;  era  hermosa,  y  él  era  repugnante;  me  ama- 


HISTORIA    DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  99 

ba  y  yo  le  aborrecía ;  vengóse  de  mi  desden  y  me  en- 
tregó en  tus  manos :  pues  bien ,  el  destino  te  ha  pues- 
to en  las  mías ;  desde  hoy  probarás  lo  que  es  vivir  en 
la  soledad  y  en  las  tinieblas;  sentir  un  alma  divina  en 
un  cuerpo  monstruoso;  tener  el  corazón  lleno  de  lágri- 
mas, y  devorarlas  sin  que  nadie  las  vea  correr  ni  las 
enjugue. 

— Pero  tú  serás  generosa ,  Betsabé ,  exclamó  el  ju- 
dío ;  si  me  he  visto  obligado  á  retenerte  cautiva ,  en 
cambio  ¿no  has  sido  servida  como  una  reina?  ¿no  te 
he  rodeado  de  todo  cuanto  puede  ser  grato  á  una  mu- 
jer? Perfumes,  flores,  pájaros,  alfombras,  han  ve- 
nido para  tí  de  las  tres  partes  del  mundo.  Cuanto  una 
sultana  puede  pedir  á  su  capricho  lo  has  tenido.  Cuan- 
to hay  de  espléndido  y  deslumbrador  te  ha  rodeado;  y 
si  hubiera  podido,  hubiera  arrancado  de  tu  horóscopo 
eí  signo  fatal  que  cubre  tu  nombre  en  el  libro  del 
destino. 

Betsabé  meditó  un  momento;  el  judío  dio  cabida  á 
una  débil  esperanza. 

— ¡  Oh !  es  verdad ,  observó  Betsabé ,  nada  de  cuan- 
to grande  y  hermoso  sueñe  el  capricho  de  una  mujer, 
ha  estado  lejos  de  mí ;  has  embellecido  mi  cárcel,  co- 
mo se  embellece  la  jaula  de  un  pájaro  de  rico  plumaje 
para  venderle  mejor ;  mis  cadenas  eran  de  oro  ,  ¡  pero 
siempre  cadenas !  Sin  embargo,  sólo  á  un  precio  pue- 
des comprar  mi  compasión. 

— Pide,  dijo  anhelante  Absalon. 


100  HISTORIA  DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS, 

—¿Sabes  que  puedo  sepultarte  en  el  abismo,  sólo 
con  quererlo? 

— Sí,  contestó  trémulo  el  judío. 

— ¿Sabes  que  puedo  condenarte  á  un  hambre  y  un 
frió  eternos? 

—Sí,  añadió  aterrado  el  miserable. 

— ¿Que  puedo  reducirte  á  polvo  como  á  esta  por- 
celana? 

Y  Betsabé  arrojó  furiosa  al  suelo  un  magnífico  jar- 
rón en  cuyo  pedestal  se  apoyaba. 

— ¡  Perdón !  gritó  el  judío  pálido  de  espanto. 
—Tú,  sabio  hebreo,  prosiguió  Betsabé,  conoces  la 
virtud  de  las  yerbas;  tienes  filtros  para  enloquecer  y 
para  matar ,  tósigos  que  hielan  la  sangre  sin  que  que- 
de vestigio  en  la  víctima ;  que  abrasan  el  corazón  y  ha- 
cen saltar  los  ojos  de  sus  órbitas;  brebajes  dorados  y 
trasparentes  como  el  vino ,  fragantes  como  la  mirra  y 
el  aloe,  dulces  como  el  maná  que  Dios  arrojó  en  el 
desierto  sobre  tu  pueblo.  Siempre  llevas  contigo  algún 
pomo  que  encierra  la  muerte,  y  yo  le  quiero. 

Absalon  fijó  en  la  joven  una  mirada  en  que  se  retra- 
taba la  irresolución. 

—Si  me  das  ese  filtro,  continuó  Betsabé,  en  vez  de 
convertirte  en  un  reptil  hediondo,  en  vez  de  entregar 
tu  corazón  á  un  fuego  sin  fin  y  tu  alma  á  una  agonía 
lenta  y  sin  esperanza 

El  judío  hundió  la  mano  entre  los  pliegues  de  su 
hopalanda,  y  mostró  á  Betsabé  un  pomo  de  oro. 


HISTORIA    DE    LOS   SIRTE   MURCIÉLAGOS.  101 

— Te  condenaré  ai  mismo  suplicio  que  me  has  he- 
cho sufrir,  continuó  Betsabé,  arrancando  el  pomo  de 
las  manos  del  israelita.  ¡Absalon!  anadió  tocándole 
con  la  esmeralda  cabalística ;  ve  á  ocupar  el  sitio  que 
yo  he  ocupado  siete  años;  aprisiónete  la  cadena  que  me 
ha  aprisionado;  sírvante  los  esclavos  que  me  han  servi- 
do, y  permanece  así  hasta  que  mi  poder  te  haga  libre. 

Absalon  se  dirigió  vacilante  ai  diván  y  cayó  sobre 
él  aletargado,  mientras  Betsabé  desprendía  un  tapiz  de 
Persia  pendiente  del  techo ,  que  ocultó  tras  sus  plie- 
gues al  diván  y  al  judío. 


XI. 


— ¡  Quién  se  opondrá  ahora  á  nuestro  amor!  dijo 
Betsabé  ocultando  el  pomo  en  su  seno  y  rodeando  sus 
brazos  al  cuello  de  Juzef;  ven,  amado  mió,  esposo 
mió.  Te  llevaré  á  mi  alcázar,  y  te  daré  un  arnés  duro 
como  el  diamante  y  un  caballo  hijo  del  aire.  Tú  serás 
hoy  el  mejor  caballero  de  Granada;  los  más  fuertes 
caerán  en  el  polvo  al  tocarlos  tú ,  y  las  más  hermosas 
quedarán  cautivas  en  tu  amor,  que  yo  sola  gozaré. 
¡Qué  hermoso  dia  va  á  ser  este  que  ya  alumbra  el 
alba,  y  qué  resplandeciente  el  sol  que  la  sigue!  Tú 
serás  el  rey  entre  ellos;  yo  la  sultana  entre  ellas. 

Y  extasiada,  delirante,  abarcaba  entre  sus  manos 
la  cabeza  de  Juzef,  y  le  bañaba  en  una  mirada  satura- 
da de  amor. 


402  HISTORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

De  repente  la  sangre  subió  á  sus  mejillas,  apartóse 
bruscamente  del  príncipe,  y  envolviéndose  en  su  velo, 
exclamó : 

— ¡No  estamos  solos! 

XII. 

Y  en  efecto,  el  tapiz  que  cubría  la  puerta  del  retrete 
se  alzó  á  impulsos  de  una  mano  indiscreta ,  y  uno 
tras  otro  entraron  tres  hombres,  cubiertos  de  hierro  de 
los  pies  á  la  cabeza. 

Eran  los  tres  walíes. 

Adelantábase  Abu-Abdalá  el  de  Málaga ,  abarcando 
con  una  mirada  sombría  el  ancho  retrete;  llevaba  ple- 
gado atrás  el  alquicel  y  su  mano  izquierda  se  apoyaba 
en  la  empuñadura  de  su  espada.  Tras  él  Abu-Yshac, 
dejaba  entrever  sobre  el  embozo  de  su  alquicel  su  mi- 
rada de  raposo ,  yAbu-Hassan,  á  guisa  de  guarda, 
apareció  inmóvil  en  el  cancel  de  la  puerta.  Betsabé, 
cubierta  enteramente  con  el  velo  ,  blanca  é  inmóvil 
como  una  piedra ,  se  veia  en  el  centro  del  retrete  tras 
Juzef ,  que  esperaba  severo  á  Abu-Abdalá. 

— ¡Por  laKaaba!  dijo  este  en  acento  sombrío;  ¿crees 
mancebo,  que  el  hijo  de  mi  madre  no  tiene  más  ocu- 
pación que  guardar  tus  amores  con  esa  ramera? 

Betsabé  permaneció  inmóvil.  Juzef  se  tornó  lívido  y 
acortó  la  distancia  que  le  separaba  de  Abu-Abdalá. 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  103 

— ¡  De  rodillas,  esclavo  ,  gritó  coa  voz  que  la  cólera 
hacia  convulsiva. 

— ¡De  rodillas!  rugió  Abu-Abdalá  echando  mano  á 
la  empuñadura  de  su  espada.  ¡De  rodillas  l  ¿y  ante 
quién? 

—Ante  vuestro  señor,  contestó  Betsabé  adelantando 
un  paso  y  echando  el  velo  á  su  espalda. 

Sea  que  un  poder  misterioso  la  rodease,  sea  que  su 
radiante  hermosura  deslumhrase  á  los  walíes  ,  Abu- 
Abdalá  retrocedió,  Ahu-Yshac  dejó  caer  el  embozo  de 
su  alquicel,  y  Abu-Hassan  abrió  los  ojos  de  una  mane- 
ra extraordinaria. 

Juzef  les  contemplaba  pintada  en  su  semblante  la 
ira,  y  blandiendo  el  venablo,  como  el  toro  que  moja 
la  arena  y  la  arroja  á  sus  ¡jares ,  mientras  mide  el 
sitio  donde  ha  de  herir. 

Betsabé  adelantó  aún  más,  hasta  ponerse  entre  el 
príncipe  y  los  walíes;  la  luz  de  una  lámpara  cercana, 
venciendo  la  todavía  débil  claridad  del  alba,  que  pe- 
netraba por  el  ajimez,  inundaba  con  un  pálido  res- 
plandor su  frente  erguida  en  un  ademan  de  soberbia 
amenaza ;  un  frió  desden  aparecía  en  la  expresión  de 
su  boca  entreabierta ,  y  su  mirada  severa  y  fija  se 
posaba  poderosa  en  los  walíes. 

—Sois  necios,  imprudentes  y  atrevidos ,  dijo  lenta- 
mente Betsabé  marcando  cada  una  de  sus  palabras; 
queréis  vengar  un  ultraje ,  y  en  vez  de  procuraros  una 
fuerte  alianza,  la  hacéis  imposible  dando  oídos  á  vues- 


104  HISTORIA    g    LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

tro  insensato  orgullo  y  mordiendo  la  mano  que  os  pue- 
de proteger,  mancháis  la  sola  bandera  que  debe  flotar 
entre  vosotros  el  dia  del  combate,  idos.  Devorad  vues- 
tra rabia.  Los  Zegríes  son  mejores  que  vosotros,  pues- 
to que  saben  conquistar  los  favores  de  un  rey ;  los  Ze- 
netes  no  se  trocarían  por  los  que  tienen  en  la  lengua 
el  veneno  de  la  serpiente,  la  envidia  en  el  corazón  y  la 
espada  mohosa  y  adherida  á  la  vaina.  ¡  Idos ! 

XIII. 

Ninguno  de  los  tres  walíes  retrocedió  ante  el  des- 
preciativo mandato  de  Betsabé ;  la  contemplaban  fas- 
cinados ;  casi  no  habían  oído  sus  palabras, 

— i  Idos  !  repitió  con  más  fuerza  la  joven. 

— No ,  por  el  Coran ,  dijo  Abu-Ábdalá,  en  cuyos 
ojos  se  mostraba  el  fuego  de  un  entusiasmo  salvaje;  no 
saldremos  de  aquí  sin  haber  aplacado  tu  enojo,  sulta- 
na, sin  que  hayas  dirigido  á  tus  siervos  una  mirada 
de  paz.  No,  tú  no  eres  la  ramera  esclava  del  judío  ;  tu 
eres  una  hurí  que  Dios  nos  envía  para  alentarnos  en 
nuestra  empresa.  Las  palabras  de  tu  boca  fortalecen 
el  corazón;  la  mirada  de  tus  ojos  es  un  raudal  de  deli- 
cias que  arrastra  al  alma  consigo. 

Cada  frase  de  admiración  del  africano ,  hacia  apare- 
cer más  y  más  sombrío  el  semblante  del  príncipe;  Bet- 
sabé permaneció  impasible. 


HISTORIA  DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  10d 

—¿Cuántas  lanzas  has  traído  contigo  Abu-Yshac? 
dijo  al  fin  tras  un  momento  de  silencio  la  joven. 

— Quinientas,  contestó  el  walí. 

—¿Y  tú?  añadió  Betsabé  dirigiéndose  á  Abu- 
Hassan. 

— En  la  falda  de  la  sierra  Elvira,  me  esperan  tres- 
cientas. 

— Y  yo  puedo  hacer  que  hoy  cuando  el  sol  medie 
su  carrera  lleguen  mis  gentes  á  Granada,  añadió  Abu- 
Abdalá. 

— Pues  bien  ,  tú  Abu-Yshac ,  serás  el  caudillo  de 
esta  empresa.  Hoy  á  la  hora  de  adobar ,  tu  gente  divi- 
dida en  tres  tercios ,  entrará  en  Granada  por  las  puer- 
tas de  Bib-Lachar,  de  Bib-Ataubin  y  de  Bib-Al-bolut. 
Mi  señor  es  el  vuestro,  añadió  la  joven  señalando  al 
príncipe,  pero  ni  una  voz  por  él ,  ni  una  mirada,  ni 
una  señal  de  inteligencia.  ¡Idos!  En  la  joyería  de  Ab- 
salon  hallareis  un  tesoro.  Tomadlo  y  haced  con  él  la 
guerra.  En  sus  caballerizas  hay  tres  caballos ;  cabal- 
gad en  ellos ,  y  asistid  á  las  fiestas  encubiertos. 

—¿Y  quién  hará  que  nuestras  gentes  lleguen  á  la 
hora  convenida ,  si  nosotros  asistimos  á  las  fiestas? 
observó  Abu-Yshac. 

Betsabé  le  llevó  á  la  ventana  y  le  mostró  los  escla- 
vos que  esperaban. 

— Maksan  y  los  suyos,  dijo  entonces  la  joven  con- 
testando á  la  pregunta  del  walí, 
—¿Y  serán  fieles? 


106  HISTORIA   DE  LOS    SIETE  MUKCIÉLAGOS. 

— Gomo  el  puñal  á  la  mano.  idos. 

Los  tres  walíes  salieron  por  donde  habían  entrado. 
Betsabé  asió  al  príncipe ,  y  se  perdió  con  él  á  través 
de  una  puerta  cubierta  por  un  tapiz, 

El  retrete  quedó  solitario  y  silencioso.  Sólo  de  vez 
en  cuando  se  escuchaban  profundos  gemidos  en  el  di- 
ván donde  Betsabé  habia  arrojado  á  Áhsalon. 


IV. 


Las  fiestas  de  Bi<2-Raiea!»!a. 


I. 

El  rey  Al-Hhamar,  habia  contemplado  impasible 
aquel  misterioso  período  de  la  historia  que  tanto  ata- 
ñía á  su  porvenir;  su  benévolo  semblante  no  se  habia 
contraído  ante  aquellas  asechanzas  contra  su  existen- 
cia; miraba  con  la  atención  y  curiosidad  de  un  niño,  y 
nada  más. 

El  retrete  de  la  casa  del  judío  habia  desaparecido, 
quedando  en  su  lugar  una  sombra  profunda ,  parecía 
que  al  salir  el  príncipe  y  Betsabé  le  habían  arrastrado 
en  pos  de  sí. 

El  genio  tocó  de  nuevo  con  su  vara  mágica  el  denso 
humo,  y  otro  espectáculo  nuevo   y   sorprendente  se 


Í08  HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

mostró  ante  Al-Hhamar.  Era  la  plaza  de  Bib-Rambla; 
pero  como  entonces,  ostentando  sus  aéreas  torrecillas; 
sus  galenas  afiligranadas  ,  sus  techos  de  pizarra  y  sus 
ostentosos  miradores ;  la  plaza  de  Bib-Rambla  engala- 
nada para  un  fiesta  y  alumbrada  por  el  sol  de  uno  de 
esos  serenos  dias  con  que  espira  el  otoño. 

Ordinariamente  Bib-Rambla  era  el  centro  de  todo  lo 
hermoso ,  de  todo  lo  rico  de  Granada ;  veíanse  en  sus 
bazares ,  ocupados  por  mercaderes  venidos  de  todos 
los  pueblos,  cuanto  puede  soñar  el  deseo;  allí  se  cru- 
zaban las  pláticas  de  amor  y  de  combate  ;  más  de  una 
hazaña  tenia  allí  su  origen,  y  las  profundas  oscurida- 
des de  los  bazares  cubrían  en  su  misterio  más  de  un 
lance  de  amor. 

Pero  aquel  dia  los  soportables  habían  desaparecido, 
cubiertos  por  una  gradería,  destinada  á  dar  asiento  á 
los  que  por  su  fortuna  debían  asistir  á  las  fiestas  de  la 
proclamación  del  príncipe  Mohhanmed. 

Una  fuerte  valla  separaba  el  coso  de  la  gradería  ,  y 
tres  puertas,  la  de  Bib-Ál-bolut,  la  del  Zacatín  y  la 
de  la  Al-Kaissería ,  eran  las  destinadas  á  dar  paso  á 

los  justadores  y  á  los  concurrentes. 


íí. 


Era  muy  de  mañana ;  el  sol  apenas  coloraba  con  una 
estrecha  faja  d  eluz  los  altos  aleros,  las  banderas  y  los 


HISTORIA   DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  109 

tapices  más  elevados  del  mirador  real.  La  brisca,  fresca 
y  saturada  con  los  perfumes  de  las  flores,  agitaba  dé- 
bilmeute  los  espléndidos  cortinajes  de  las  galerías,  los 
tapices  de  vivos  colores  y  caprichosos  dibujos,  que 
desde  las  balaustradas  de  los  estrados,  destinados  á 
los  jueces ,  á  los  príncipes,  á  las  damas  y  á  los  nobles, 
descendían  hasta  tocar  la  arena  del  coso  ;  y  parecía 
adormirse  entre  los  anchos  pliegues  de  la  soberbia  tela 
de  brocado,  suspendida  sobre  el  trono  de  Al-Hhamar, 
y  en  la  que  aparecía,  saliendo  de  las  bocas  de  los  dra- 
gones ,  la  banda  diagonal  azul  sobre  campo  de  plata 
con  el  mote.  «¡Le  galib  ile  Allah!»  (¡Solo  Dios  es 
vencedor!) 

A  pesar  de  sus  galas  y  de  su  magnificencia ,  la  pla- 
za estaba  desierta;  los  ajimeces  y  las  puertas  cerradas. 
Sólo  algún  Daj arillo,  saludando  al  so!  naciente,  altera- 
ba con  sus  trinos  el  profundo  silencio  que  reinaba  cer- 
ca y  lejos.  El  ancho  y  esplendente  coso,  parecía  estar 
sujeto  a!  poder  de  un  encanto. 

El  sol  se  elevó ;  sus  rayos  tocáronla  abandonada  are- 
na, y  al  fin,  perdido  por  la  distancia,  se  elevó  en  el 
espacio  un  rumor  confuso,  que  creció  lentamente  hasta 
dejar  percibir  el  sonido  de  las  atakebiras,  los  añafiles  y 
los  atabales;  un  ruido  sordo,  semejante  al  que  produce 
el  mar  al  estrellarse  en  la  ribera,  se  elevó  después,  y 
al  cabo  el  estruendo  llegó  atronador  hasta  las  puertas 
de  la  plaza,  y  la  de  la  Al-Kaissería  se  abrió. 

Cien  Almorávides,  con  bonetes  verdes  y  sobrevestas 

7 


i  JO  HISTORIA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

de  escarlata,  se  extendieron,  haciendo  calle  á  los  cos- 
tados de  la  puerta,  y  por  medio  de  ellos  aparecieron 
cien  alféreces  sobre  caballos  blancos,  encubertados  de 
guerra  y  llevando  en  las  manos  pendoncillos,  entre  los 
cuales  descollaba  majestuoso  el  rojo  estandarte  real. 

Tras  esto,  apareció  una  cuadrilla  de  trompeteros,  que 
se  detuvo  á  la  puerta,  y  dejó  oir  por  tres  veces  el  cla- 
moreo de  sus  clarines.  Entonces,  como  si  se  hubiera 
roto  el  encanto  que  pesaba  sobre  la  plaza,  se  abrieron 
puertas  y  miradores;  la  multitud  se  precipitó  en  las 
graderías ;  se  llenaron  los  estrados  de  damas ,  y  no  se 
vio  por  todas  partes  más  que  velos  que  se  agitaban, 
joyas  que  brillaban ,  voces  que  herían  los  aires,  acla- 
mando á  Ál-Hhamar  y  ásu  sucesor  Mohhanmed. 

Pronto  la  arena  se  vio  invadida  por  tropas  de  gine- 
tes ,  cuyos  caballos  caracoleaban ,  apiñándose  al  des- 
emboque de  la  puerta  de  la  Ál-Kaissería,  por  la  cual 
apareció  la  comitiva  real. 

Cabalgaba  delante  el  rey ,  oprimiendo  la  espalda  de 
un  magnífico  overo,  cuyas  gualdrapas  de  púrpura  ar- 
rastraban sobre  la  arena.  Llevaba  el  rey  un  caftán  de 
seda  color  de  escarlata  bordado  de  oro;  entre  su  toca 
verde,  entrelazada  de  hilos  de  gruesas  perlas ,  se  veia 
una  magnífica  corona ;  su  diestra  empuñaba  una  larga 
y  cortante  espada ;  en  sus  borceguíes  se  veia  la  espuela 
de  oro  de  los  caballeros  nazarenos ,  y  sobre  su  pecho 
ostentaba  un  pequeño  blasón  de  Castilla,  como  en  mues- 
tra del  pleito  homenaje  que  rendía  en  feudo  y  tributo 


HISTORIA    DE    LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  ill 

al  noble  rey  Ferdelant;  dos  walíes,  de  las  tribus  de 
los  Zenetes  y  de  los  Zegríes,  caminaban  á  pié  á  su  la- 
do, llevando  las  riendas  de  su  corcel,  y  delante  y  en 
pos  del  rey  marchaban  en  buen  órdeu  cien  Almorávi- 
des armados  de  lanzas,  y  en  cuyas  adargas  se  veia  el 
mote  de  Al-Hhamar. 

Tras  esta  comitiva ,  desembocaron  en  la  plaza  cien 
Abencerrajes,  sobre  yeguas  blancas,  engalanados  con 
caftanes  y  bouetes,  mitad  verdes,  mitad  rojos.  Todos 
llevaban  arcos  y  venablos  á  la  espalda ,  y  largas  espa- 
das en  las  manos. 

Entre  ellos  se  distinguia  por  lo  espléndido  de  su  ves- 
timenta ,  semejante  á  la  del  rey,  un  gallardo  mancebo; 
su  semblante,  orlado  de  una  negrísima  y  rizada  barba, 
era  noble  y  tranquilo;  sus  ojos,  de  expresión  dulce  y 
melancólica,  hicieron  suspirar  á  más  de  una  damn,  al 
arrojar  una  mirada  en  los  ámbitos  de  la  plaza.  Su  cabe- 
za, erguida  y  majestuosa,  estaba  cubierta  por  una  faja 
de  Persia  á  manera  de  turbante ,  pero  sin  corona  ni 
adornos.  Aquel  gallardo  joven,  á  quien  los  valientes 
miraban  con  entusiasmo  y  las  hermosas  con  amor,  era 
Mohhanmed  ben-A'bd-Allah-ben-Nazar,  hijo  mayor 
del  rey. 

Tras  este,  penetró  en  la  plaza  otro  cortejo ,  ante  el 
cual  marchaban  músicos  y  bailarinas.  En  el  centro  des- 
collaba un  palanquín  cubierto  por  riquísimos  tapices  y 
cojines  magníficos,  conducido  por  cuatro  esclavos.  So- 
bre él ,  cubierta  con  un  velo,  asentaba  una  mujer,  ob- 


112  HISTORIA   DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

jeto  de  todas  las  miradas  y  del  respeto  general.  Hermo- 
sas doncellas  asiáticas,  engalanadas  con  gran  ostenta- 
ción, llevaban  junto  á  la  dama  encubierta,  pebeteros  de 
oro  exhalando  perfumes,  y  ramilletes  de  flores.  Esta 
mujer  era  la  sultana  Wadah,  esposa  del  rey  y  madras- 
tra del  principe  Mohhanmed. 

Seguíanla  las  esclavas  del  harén ,  cubiertas  con  ve- 
los sobre  palanquines  meaos  ostentosos ;  cerraba  la 
marcha  un  escuadrón  de  esclavos  de  la  guardia  negra, 
á  cuyo  frente  aparecia  Maksan,  embellecido  con  collar 
y  ajorcas  decoro,  y  un  inmenso  populacho ,  llenando  el . 
aire  con  el  estruendo  de  sus  Víctores,  completaba  aquel 
regio  acompañamiento. 

El  rey  atravesó  lentamente  la  plaza,  subió  al  estrado 
real  y  ocupó  el  trono ;  á  su  derecha  se  colocó  el  prín- 
cipe Mohhanmed,  á  la  izquierda  la  sultana  Wadah, 
tras  el  trono  las  esclavas  del  liaren,  y  por  último ,  los 
wazires  del' rey ,  su  katib  (1),  los  cadíes  de  corte  y 
el  alcaide  de  su  caballería. 

Al  pié  del  estrado  real,  se  extendieron  en  tres  filas, 
sóbrela  arena  del  coso,  formando  una  valla  humana, 
los  Almorávides,  los  Abencerrajes  y  los  esclavos  de  la 
guardia  negra.  El  alférez  del  rey  permaneció  entre 
ellos,  sustentando  el  estandarte  real,  y  cuatro  algua- 
ciles de  corte,  á  caballo ,  se  situaron  en  el  coso  dan- 
do su  frente  al  rey,  á  la  distancia  de  diez  picas  del  es- 
trado. 

d)  Secretario. 


HISTORIA   DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  113 

La  agitación  era  general;  las  miradas  de  la  multitud 
estaban  fijas  en  el  rey,  y  cien  mil  bocas  elevaban  un  ru- 
mor unísono  y  confuso,  murmurando  déla  tardanza  de 
las  fiestas :  do  quiera  se  dirigía  la  vista,  no  se  encontra- 
ba más  que  la  multitud  encaramada  en  las  pizarras,  en 
las  galerías,  en  los  ajimeces  y  en  los  estrados  :  el  coso, 
despejado  y  solitario,  iluminado  ya  en  gran  parte  por  el 
sol ,  parecía  encerrado  en  un  marco  de  seres  vivientes, 
que  se  habían  dilatado  entapizando  los  muros  déla  pla- 
za, y  entre  los  cuales  aparecían,  como  ráfagas  deslum- 
brantes, los  tapices,  las  joyos,  los  velos  y  las  plumas: 
al  fondo  de  la  plaza  ondulaba  un  mar  de  cabezas,  y  el 
hálito  que  emanaba  de  aquel  todo  inmenso  y  monstruo- 
so, se  elevaba  hasta  perderse  en  el  espacio,  como  el 
zumbido  de  un  millón  de  colmenas. 

Al  fin  la  multitud  impaciente  vio  al  rey  hablar  con 
Aben-Muza,  alcaide  de  su  caballería,  que  descendió 
del  estrado  real,  cabalgó,  y  seguido  de  los  alguaciles 
y  del  alférez  del  rey  ,  se  adelantó  al  centro  del  coso 
precedido  de  los  trompeteros. 

Por  segunda  vez,  estos  lanzaron  al  espacio  el  triple 
clamsr  de  sus  clarines ;  callaron  las  cien  mil  bocas  de 
la  multitud,  y  la  voz  de  Aben-Muza,  se  elevó  lenta  y 
sonora  en  medio  del  silencio: 

—  Creyentes,  gritó:  en  nombre  del  rey  Mohhan- 
med  ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al- 
Hhamar,  el  vencedor  y  el  magnífico,  á  quien  el  Se- 
ñor fuerte,  el  Poderoso  entre  los  poderosos,  ensalce  con 


114  HISTORIA  DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

su  grandeza,  ¡salud  á  vosotros  sus  valientes  y  leales 
vasallos ! 

Una  exclamación  informe,  espontánea ,  gigante,  fué 
la  contestación  al  saludo  del  rey.  Aben-Muza  con- 
tinuó : 

—  Y  sabed  vosotros  los  que  me  oís ;  cuantos  ausentes 
vivan ;  los  presentes  y  los  porvenir ,  que  el  rey  manda 
y  quiere  que  en  justa  celebridad  de  la  proclamación 
del  príncipe  Mohhanmed-ben-Abd-ÁIlah-ben-Nazar, 
su  sucesor  y  partícipe  en  el  gobierno,  se  hagan  fiestas, 
en  que  justen  y  corran  cañas  y  toros,  todos  los  que 
sean  caballeros,  muslimes  ó  nazarenos,  los  de  cerca  y 
los  de  luengas  tierras,  extrañándose  á  los  judíos  y  á 
los  renegados.  Asimismo,  que  para  presidir  las  fiestas 
se  elija  una  sultana  de  la  hermosura,  entre  las  presen- 
tes, ó  las  que  viniesen,  de  estos  reinos  ó  de  otros,  la 
cual  sultana  será  el  premio  del  vencedor,  si  fuese  libre 
y  así  pluguiese  ásu  voluntad.  Los  jueces  de  la  hermo- 
sura, son  el  wazir  del  rey  Alí-ben-Ibraim ;  su  alcaide 
y  capitán  de  su  guardia,  Mohhanmed-ben-Alí ;  y  su 
secretario  Yahye-ben-Alkatib.  ¡En  nombre  del  rey! 
¡prosperidad  á  los  fieles  muslimes! 

Tornaron  á  sonar  los  clarines;  el  pueblo  unió  á  su 
estruendo  sus  aclamaciones ,  y  el  alcaide  Aben-Muza, 
precediendo  al  alférez  del  rey,  á  los  alguaciles  y  á  los 
trompeteros,  tornó  al  estrado  real,  donde  ya  se  habia 
constituido  por  orden  de  Al-Hhamar,  el  tribunal  califica- 
dor de  la  belleza ,  compuesto  de  tres  ancianos  venera- 


HISTORIA    DE   LOS   HETE   MURCIÉLAGOS.  115 

bles,  cuyos  nombres  habia  relatado  el  alcaide  Aben- 
Muza  en  el  pregón. 

Pero  ni  una  de  las  damas  que  asistían  á  la  fiesta  ba- 
jó de  su  estrado  para  ir  á  disputar  la  primacía  de  su 
hermosura.  Y  las  habia  esplendentes  y  lánguidas,  co- 
mo el  lucero  de  la  tarde  ;  alegres  y  candidas  como  una 
alborada  de  primavera  ;  deslumbrantes  y  majestuosas 
como  el  sol  al  trasmontar  los  mares  en  una  tarde  de  es- 
tío ;  por  una  de  sus  miradas  se  hubieran  vertido  tor- 
rentes de  sangre,  y  por  un  beso  de  sus  labios  de  rubí, 
se  hubiera  dejado  llamar  cobarde  el  más  bizarro  Aben- 
cerraje, 

Pero  habia  en  el  estrado  real  una  dama  á  quien  na- 
die habia  visto  el  rostro,  cubierto  por  un  tupido  velo, 
en  la  que  se  posaban  las  envidiosas  miradas  de  las  her- 
mosuras granadinas  :  tras  aquella  ancha  tela  se  eleva- 
ba una  cabeza,  que  no  podía  menos  de  ser  hermosísi- 
ma, porque  sólo  una  belleza  sin  rival  podia  darla  valor 
para  ostentarse  en  el  indefinible  y  soberbio  ademan  de 
majestad  y  desden  que  ostentaba  cuando  eran  llamadas 
á  disputar  el  valor  de  sus  encantos  tantas  bellísimas 
mujeres.  Por  cima  de  su  velo  brillaban  sus  ojos  de  mi- 
rada penetrante,  é  irresistible ,  y  su  ancha  y  riquísima 
túnica  dejaba  percibir  la  mórbida  redondez  de  sus  for- 
mas. Aquella  mujer  que  hacia  soñar  en  las  huríes,  que 
hacia  indisputable  la  supremacía  de  su  hermosura,  era 
la  esposa  del  rey ;  la  madre  del  príncipe  Juzef-Abd- 
Allah;  la  sultana  Wadah;  la  esclava  castigada  un  tiem- 


116  HISTORIA  DE   LOS   SIFTE   MURCIÉLAGOS, 

po  y  vendida  coa  ignominia  á  un  judío,  por  el  rígido 
walí  de  Cairvan. 

Pero  entre  tanta  dama  irresoluta ,  hubo  una  que  se 
adelantó  de  entre  las  esclavas  del  rey,  y  dejó  caer  su 
velo  ante  los  jueces;  era  una  joven  doncella;  una  en- 
cantadora hija  del  Asia ,  con  sus  rizados  y  sedosos  ca- 
bellos negros,  sus  ojos  nítidos  y  pudorosos;  sus  meji- 
llas tersas  y  ligeramente  morenas,  y  su  cuello  de  cisne 
sustentado  sobre  un  seno  de  formas  virginales.  Los  an- 
cianos jueces  sonrieron  benévolamente  ante  la  niña,  que 
fijaba  en  la  alfombra  del  estrado  su  tímida  mirada,  y 
sólo  la  levantaba  momentáneamente  para  posaría  en  la 
del  príncipe  Mohhanmed  que  la  contemplaba  extasiado; 
después,  avergonzada,  tornaba  á  posarla  en  ¡a  alfom- 
bra y  el  rubor  que  subia  á  su  mejilla  la  hacia  parecer 
más  hermosa. 

Los  jueces  la  preguntaron  su  nombre:  se  llamaba 
Haxima. 

A  falta  de  competencia ,  deliberaron  entre  sí ,  y  ha- 
llando digna  á  Haxima,  iban  á  pronunciar  el  irrevoca- 
ble fallo  en  su  favor,  cuando  el  son  de  una  ronca  trom- 
peta se  dejó  oir  tres  veces  á  través  de  la  puerta  de  la 
Al-Eaissería ,  y  el  alcaide  de  ella ,  rigiendo  un  potro 
cordobés ,  se  adelantó  hasta  el  estrado  real ,  y  hacien- 
do arrodillar  al  bruto,  dije  al  rey : 

—  Señor:  una  princesa  de  Persia,  adonde  ha  llegado 
la  fama  de  tu  invencible  nombre,  que  Dios  eternice, 
pide  licencia  para  asistir  á  las  fiestas,  y  quiere  dispu- 


HISTORIA  DE  LOS   SIFTE   MURCIÉLAGOS.  H7 

tarla  honra  de  ser  elegida  sultana  de  la  hermosura. 

—  Pues  de  tan  lejos  viene,  contestó  el  rey,  y  prince- 
sa es,  franca  esté  la  puerta  y  llegue  hasta  mí. 

El  alcaide  se  inclinó;  hizo  cejar  su  caballo,  y  sin  vol 
ver  la  espalda  al  rey,  des-iparecló  bajó  la  puerta  de  la 
Al-Kaissería,  é  instantáneamente  tornó  á  aparecer, 
•  seguido  por  cuatro  esclavos  que  conducían  en  un  mag- 
nífico palanquín  una  dama  cubierta  con  un  velo.  El  ata- 
vio de  la  recien  tenida  eclipsaba  desde  luego  á  lo  más 
ostentoso  que  se  admiraba  en  los  estrados;  su  túnica 
roja  labrada  de  perlas,  parecía  tejida  de  oro  y  rubíes; 
sus  cabellos  rubios-  escapándose  de  su  toca,  eran  tan 
largos  y  tan  brillantes;  su  talle  tan  esbelto;  su  ade- 
man tan  voluptuoso,  que  el  genio  de  la  envidia  royó  á 
su  placer  más  de  un  corazón  de  mujer,  y  el  amor  se 
asentó  en  más  de  un  alma  de  guerrero.  En  torno  del 
palanquín  caminaban,  cubiertos  por  espléndidas  ves- 
tiduras, pajes  con  perfumeros  y  flores;  esclavos,  os- 
tentando una  magnificencia  maravillosa,  y  última- 
'  mente ,  completando  la  comitiva ,  cabalgaban ,  sobre 
caballos  de  mérito  imponderable ,  diez  hombres  atléti- 
cos  cubiertos  de  hierro  desde  el  almete  basta  los  aci- 
cates. 

Aquella  ostentosa  comitiva  atravesó  lentamente  el  co- 
so, y  se  detuvo  ante  el  estrado  real ;  la  dama  encubierta 
abandonó  el  palanquín  ,  y  á  través  délos  Almorávides, 
los  Abencerrajesy  los  esclavos  de  la  guardia  negra,  que 
habían  abierto  calle  á  una  seña  del  rey ,  saltó  como 


418  HISTORIA  DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

una  gacela  la  gradería,  pasó  sin  inclinarse  delante  de 
Al-Hhainar,  y  se  presentó  echando  el  velo  á  su  espalda 
ante  los  jueces  de  la  hermosura. 

Era  Djeídah,  una  de  las  tres  hermanas  de  Betsabé. 

Ante  la  mirada  de  sus  ojos  azules ,  los  tres  ancianos 
sintieron  hervir  la  sangre,  helada  en  sus  venas ,  como 
en  los  tiempos  de  su  remota  juventud  al  pagar  el  pri- 
mer tributo  al  amor.  La  hermosura  de  Djeídah  era  so- 
brenatural ,  y  hubieron  de  declarar  vencida  á  Haxima, 
que  se  retiró  avergonzada  y  llorosa  entre  sus  compa- 
ñeras. Como  ella,  iba  á  ser  proclamada  Djeídah  sulta- 
na, á  tiempo  que  otro  son  de  trompeta  se  dejó  oir  en 
la  puerta  deBil-Al-Bolut. 

El  alcaide  que  la  guardaba,  se  presentó  ante  el  rey 
y  pidió  licencia  para  entrar  á  ver  las  fiestas  y  deman- 
dar la  calificación  de  sultana  delahermosura,  para  una 
princesa  de  Arabia. 

La  licencia  fué  concedida  y  entró  en  la  plaza  una  co- 
mitiva igual  en  el  orden  y  en  el  número  á  la  primera, 
pero  más  ostentosa ;  la  dama  conducida  en  el  palan- 
quín, vestía  una  riquísima  túnica  de  escarlata,  cubier- 
ta de  piedras  preciosas,  que  brillaban  al  sol  como  un 
cielo  estrellado ;  los  esclavos  iban  ataviados  con  gran 
magnificencia ,  y  la  guardia  que  cerraba  la  marcha,  se 
componia  de  diez  árabes,  jinetes  en  yeguas  blancas; 
llevaban  caftanes  y  alquiceles  azules ;  bonetes  y  adar- 
gas de  plata,  y  lanzas  de  dos  hierros. 

La  que  al  frente  de  aquel  lucido  cortejo,  atravesaba 


HISTORIA   DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  119 

pausadamente  el  coso,  era  Zahra,  otra  de  las  hermanas 
dn  Betsabé. 

AI  llegar  á  la  gradería  del  estrado  real,  la  salvó  de 
un  salto,  fijó  en  Al-Hhamar  su  terrible  mirada,  y  con- 
testando orgullosamente  á  su  saludo,  pasó  junto  á  la 
sultana  Wadah,  altiva  y  desdeñosa,  y  se  presentó  á 
los  jueces. 

Estos  quedaron  admirados :  al  ver  á Djeidah  creyeron 
tener  ante  sí  un  trasunto  de  la  belleza  ideal  que  el 
hombre  adivina  en  las  huríes:  parecióles  imposible  que 
hubiese  otra  mujer  sobre  la  tierra  bastante  hermosa  pa- 
ra poder  rivalizar  con  ella;  sin  embargo,  tenían  ante 
sí  á  Zahra ,  con  su  sonrisa  fascinadora  :  sus  ojos  os- 
tentaban la  dulzura  y  la  pureza  de  los  de  la  palo- 
ma; su  frente  iluminada  por  el  sol,  parecía  tomar  de 
él  su  brillante  color  levemente  moreno,  y  el  vien- 
to de  la  mañana  mecia  con  trabajo  los  rizos  de  su 
profusa  cabellera,  saturándose  en  ellos  con  un  ex- 
quisito perfume.  Los  jueces  declararon  solemnemen- 
te ,  poniendo  la  mano  diestra  en  el  corazón  y  la  si- 
niestra sobre  su  espada,  que  Djeidah  y  Zahra  eran 
un  prodigio  de  hermosura ,  que  las  creían  iguales  en 
encantos,  y  que  debían  ser  declaradas  al  par  sultanas 
de  la  fiesta. 

Pero  esta  opinión  era  contraria  á  los  usos  de  aquel 
tiempo,  que  sólo  permitían  una  hermosura  en  el  trono 
de  las  justas.  Por  otra  parte  el  sol  adelantaba  su  paso, 
avanzaba  el  dia,  y  el  pueblo  impaciente,  á  quien  im- 


120  HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

portaba  sobre  todo  que  se  empezase  la  fiesta ,  voceaba 
pidiendo  se  soltase  el  primer  toro. 

Los  jueces  abandonaron  sus  puestos  y  fueron  reem- 
plazados por  otros,  que  se  admiraron  como  los  prime- 
ros ante  la  belleza  de  las  dos  hermanas,  y  juraron  por 
la  Santa  Kaaba,  que  era  su  hermosura  de  igual  valor, 
y  la  elección  de  una  sola  imposible. 

Afortunadamente  llegó  entonces  el  alcaide  de  la  puer- 
ta del  Zacatin  á  suspender  la  discordia,  anunciando  que 
una  princesa  de  Egipto  solicitaba  licencia  del  rey  para 
presentarse  ante  los  jueces. 

Otorgóla  el  rey,  y  al  frente  de  un  acompañamiento 
semejante  á  los  de  Djeidah  y  Zahra,  apareció  la  terce- 
ra princesa  cubierta  de  una  túnica  dorada  y  un  velo 
blanco. 

Abandonó  el  palanquín  al  pié  de  la  gradería ,  subió 
al  estrado ,  se  deslizó  impasible  junto  al  rey  y  la  sul- 
tana Wadah,  y  se  descubrió  ante  los  jueces. 

Era  Obeidah,  la  tercera  hermana  de  Betsabé. 

La  admiración  llegó  al  colmo ;  habíase  creído  impo- 
sible existiese  una  mujer  tan  hermosa  como  Djeidah,  y 
aparecían  dos:  los  cabellos  dorados  de  Obeidah  valían 
tanto  como  los  rubios  de  Djeidah  y  los  negros  de  Zahra; 
su  frente  era  tan  tersa  como  la  de  sus  hermanas ;  su 
mirada  tan  enloquecedora  como  las  de  ellas ,  y  su  talle 
tan  esbelto  y  tan  redondo  como  los  suyos.  Las  dificulta- 
des de  la  elección  habían  acrecido  y  hubo  de  recurrir- 
seal  dictamen  del  rey. 


HISTORIA  DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  424 

Pero  Al-IIhamar  opinó  del  mismo  modo  que  los  jue- 
ces, y  aíirmó  por  sj  pueblo  y  su  corona,  que  las  tres 
princesas  eran  dignas  cada  una  de  por  sí ,  de  ser  ele- 
vadas al  envidiable  trono  de  la  hermosura. 

Sólo  quedaba  una  esperanza ;  sólo  existia  una  mujer 
cuyos  encantos  pudieran  aventajar  álos  de  lastres  prin- 
cesas. 

Esta  mujer  era  Wadah,  la  soberbia  africana,  la  ma- 
dre del  príncipe  Juzef-Aben-Abd-Allah. 

El  rey  la  mandó  acercarse ,  y  en  su  nombre  pidió 
para  ella  la  declaración  de  sultana  de  la  hermosura :  el 
velo  descubrió  la  frente  de  Wadah. 

La  majestad  de  su  ademan,  lo  poderoso  de  su  mira- 
da, lo  puro  de  las  formas  de  su  desdeñosa  boca,  lo  lím- 
pido de  su  serena  frente  y  lo  brillante  de  los  sedosos  ca- 
bellos que  la  coronaban,  arrancó  una  exclamación  de 
asombro. 

Treinta  veces  la  habia  dado  la  primavera  sus  flores, 
y  otras  tantas  las  golondrinas  habían  aparecido  con  el 
estío  á  admirar  su  belleza,  desde  el  dia  en  que  los  ge- 
nios presidieron  su  venida  á  la  luz. 

Cada  una  de  aquellas  primaveras  se  habia  despojado 
de  una  siempreviva  para  enriquecer  su  corona  de  her- 
mosa, y  la  habia  concedido  un  nuevo  encanto  ;  la  mu- 
jer á  quien  Dios  puso  en  el  Paraíso ,  no  pudo  ser  más 
hermosa. 

Ibase  á  pronunciar  el  fallo  :  las  tres  princesas  esta- 
ban vencidas:  una  amarga  sonrisa  de  triunfo  lucia  en 


122  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

los  labios  de  Wadah,  á  quien  un  secreto  terror  hacia 
mirar  con  odio  á  las  extranjeras.  Un  momento  más  y 
las  fiestas  empezaban. 

Pero  á  punto,  tras  la  puerta  de  Bih-Al-Bolut,  se 
elevó  una  música  estrepitosa;  resonaron  voces  perdi- 
das de  aclamación,  y  un  alcaide  se  presentó  ante  el  rey 
y  demandó  una  licencia  semejante  á  las  anteriores,  y 
que  como  ellas  fué  concedida  para  una  princesa  de  la 
India. 

Abrióse  de  nuevo  la  valla  del  coso.  Una  tropa  de  es- 
clavos tañendo  dulzainas,  atabales  y  bandolinas,  se 
adelantó  en  marcha  mesurada  ostentando  los  vivos  co- 
lores de  sus  chales  y  de  sus  tocas.  Tras  ellos,  cuatro 
esclavos  guiaban  á  un  camello,  que  dejaba  tras  sí  una 
anchísima  alfombra  de  seda  y  oro  plegada  sobre  su  lo- 
mo :  sobre  aquella  alfombra  que  se  prolongaba  perdién- 
dose tras  la  puerta,  aparecieron  veinte  hermosas  don- 
cellas vestidas  de  blanco  y  coronadas  de  mirto,  dan- 
zando al  compás  de  la  música  que  las  precedía  :  tras 
ellas  marchaban  esclavas  con  pebeteros  sobre  las  ca- 
bezas, rodeando  á  una  dama  sentada  sobre  un  caballo 
leonado  de  maravillosa  hermosura,  que  hacia  retem- 
blar la  tierra  bajo  sus  cascos,  orgulloso  de  su  carga, 
y  cuya  enhiesta  cabeza  atirantaba  las  dobles  y  larguísi- 
mas riendas  que  asian  cuatro  jóvenes  doncellas  con  tra- 
jes de  genios:  otras  cuatro  sostenían,  impidiendo  toca- 
sen á  la  alfombra,  las  deslumbrantes  gualdrapas  de 
púrpura  que  cubrían  al  corcel,  y  otras  dos,  marchando 


HISTORIA   DE   EOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  I*i3 

á  pié,  llevaban  abauicos  de  plumas,  destinados  á  im- 
pedir que  los  rayos  del  sol  hiriesen  la  frente  de  la 
princesa. 

Era  esta  Betsabé.  Su  purísima  frente  cubierta  por 
un  velo  de  gasa,  era  más  hermosa  que  la  luna,  cuando 
en  una  serena  noche  de  estío  se  ostenta  velada  por  una 
nubécula  trasparente, 

Seguíanla  multitud  de  esclavos,  plegando  sobre  un 
palanquín  la  alfombra,  que  dejaba  como  un  rastro  tras 
las  huellas  de  su  corcel. 

Cuatro  hombres  constituían  su  comitiva.  Uno  de  ellos 
cabalgaba  en  un  fogoso  potro  cordobés,  negro  como  la 
noche  é  indómito  como  el  huracán.  Su  dueño  era  ga- 
llardo á  maravilla  ;  llevaba  la  faz  oculta  con  la  celada 
de  su  bonete  de  acero,  primorosamente  cincelado  co- 
mo las  demás  piezas  de  su  magnífica  armadura  de  guer- 
ra, cubierta  en  parie  por  una  sobrevesta  de  seda  ver- 
de briscada  de  oro.  Verde  era  su  alquicel,  verde  su 
penacho,  verde  el  asta  y  el  pendoncillo  de  su  lanza  de 
dos  hierros,  y  verde  su  ancha  adarga,  en  cuyo  centro 
se  veia  pintado  un  negro  murciélago,  con  este  mote  en 
caracteres  cúficos  de  oro  sobre  fondo  rojo :  Si  no  ven- 
zo, esta  es  mi  suerte. 

Seguíanle,  cabalgando  en  una  misma  línea,  los  otros 
tres  hombres.  Negros  y  poderosos  eran  sus  caballos; 
negros  sus  alquiceles;  negras  sus  fuertes  lanzas,  y,  como 
el  delantero,  ostentaban  en  sus  adargas  un  murciélago 
orlado  con  el  mismo  mote,  pintado  sobre  campo  rojo. 


124  HISTORIA  DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

Tanta  magnificencia,  tanta  belleza,  hizo  olvidar  un 
momento  su  impaciencia  á  los  que  esperaban ,  y  Bet- 
sabé  subió  la  gradería  del  estrado  real ,  y  llegó  ante 
los  jueces  saludada  por  ruidosas  aclamaciones. 

Habia  bastado  á  la  multitud  ver  lo  majestuoso  de  su 
ademan ,  lo  aéreo  de  su  talle,  para  descubrir  en  ella 
una  mujer  hermosa  cuanto  puede  soñarla  un  enamo- 
rado pensamiento.  Pero  cuando  el  velo  dejó  de  cubrir 
su  frente;  cuando  el  todo  de  su  maravillosa  hermosura 
ostentó  lo  irresistible  de.  su  poder,  una  palidez  terrible 
cubrió  el  semblante  de  Wadah ,  un  estremecimiento 
involuntario  corrió  por  sus  miembros,  y  sus  ojos.se  fi- 
jaron atónitos  con  la  expresión  del  terror  en  la  joven. 
Esta  contemplaba  también  á  Wadah,  pero  como  el 
vencedor  que  muestra  su  insolente  mirada  de  triunfo 
ante  el  vencido;  los  que  presenciaban  aquel  extraño 
acontecimiento,  sólo  vieron  en  Wadah  el  odio  instin- 
tivo de  toda  mujer  bella  que  contempla  ante  sí  á  otra 
más  hermosa  :  en  Betsabé  el  orgullo  pueril  de  un 
triunfo  sobre  una  rival. 

Sin  embargo,  Wadah  y  Betsabé  hacia  mucho  tiempo 
que  se  conocian,  mucho  tiempo  que  se  odiaban  con  to- 
da la  fuerza  del  odio  peculiar  á  la  mujer. 

Entre  tanto  los  jueces,  tras  una  breve  deliberación, 
fallaron  que  Betsabé  era  la  sultana  de  la  hermosura,  á 
falta  de  otra  más  encantadora,  y  ocupó  el  trono  en  me- 
dio de  las  aclamaciones  de  la  multitud;  el  rey  se  colo- 
có á  la  derecha  en  asiento  más  bajo,  la  sultana  Wadah 


HISTORIA   DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  125 

á  la  izquierda,  y  Djeidah,  Zahra  y  Obeidah  delante  de 
ella  en  el  último  peldaño  de  la  gradería. 

Las  comitivas  que  habían  acompañado  á  las  cuatro 
hermanas,  se  retiraron  tras  la  valla;  los  Abencerrajes 
los  Almorávides  y  los  esclavos  de  la  guardia  negra, 
formaron  de  nuevo  en  triple  fila;  los  alguaciles  se  co- 
locaron en  su  lugar  en  el  coso  á  diez  picas  de  distancia 
dando  frente  al  rey,  y  por  tercera  vez  los  trompeteros 
llenaron  el  espacio  con  el  áspero  son  de  sus  clarines. 

La  fiesta  tan  anhelada  empezaba. 

Abrióse  una  puerta  colocada  bajo  la  gradería  en  la 
parte  de  la  plaza  frontera  al  estrado  real ,  y  dio  paso  á 
diez  Zenetes  cabalgando  en  yeguas  blancas;  mostraban 
jaeces,  caftanes,  bonetes,  adargas  y  pendoncillos  ro- 
jos, tomados  de  oro,  y  ostentando  en  su  traje  el  mote 
de  Al-Hhamar :  seguíanles  diez  esclavos  negros,  asi- 
mismo vestidos  de  rojo  y  oro,  conduciendo  diez  yeguas 
blancas  con  jaeces  semejantes  á  las  que  montaban  los 
Zenetes:  tras  estos  esclavos,  aparecieron  otros  seis  con 
el  mismo  atavío,  envueltos  en  anchos  alquiceles ,  y  ro- 
deados de  una  espléndida  servidumbre;  cerraba  la 
marcha  un  joven  africano  de  moreno  semblante,  ojos 
brillador.es  y  miembros  robustos ;  vestía  un  traje  ri- 
quísimo de  brocado  de  oro  sobre  rojo,  y  en  su  turban- 
te se  balanceaba  una  garzota  de  inestimable  valor; 
mostraba  sobre  el  pecho  un  pequeño  escudo,  en  el  que 
estaba  pintado  un  salvaje  sosteniendo  un  mundo,  con 
este  mote  en  oro  sobre  verde :  Con  más  puedo. 


126  HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

Aquel  feroz  caballero  era  conocido  con  el  nombre  de 
Aben-Alí-Atar,  alcaide  de  Ronda,  y  respetado  por  va- 
liente, doquier  se  levantaba  un  pendón  ó  se  reunían 
los  más  bravos  de  los  caballeros  granadinos. 

Nadie,  á  pesar  de  permitirse  según  el  pregón  entrar 
en  plaza,  osó  rivalizar  con  el  respetado  Alí-Atar :  él 
solo  fué  á  saludar  ante  el  trono  de  la  hermosura,  á 
Betsabé,  y  la  pidió  licencia  para  rejonear  el  primer 
toro. 

Una  sonrisa  extraña  lució  en  los  labios  de  Betsabé, 
cuya  blanquísima  mano  arrojó  una  llave  de  oro  que  el 
africano  recogió  en  su  bonete  :  saludó  profundamente 
al  rey,  partió  al  galope  al  otro  extremo  de  la  plaza,  y 
entregó  la  llave  á  un  alguacil  que  se  dirigió  con  ella  á 
una  pequeña  puerta  ;  entretanto  el  acompañamiento  de 
Aben-Alí-Atar  desapareció  tras  la  valla ;  los  seis  negros 
de  los  alquiceles  rojos  se  extendieron  en  el  coso  al  re- 
dedor de  la  puerta  que  se  iba  á  abrir,  y  el  mantenedor 
tomando  un  pesado  rejón,  se  colocó  jactancioso  á  un 
lado  de  ella.  Sonaron  los  clarines  en  medio  de  un  si- 
lencio profundo;  el  alguacil  abrió  la  puerta,  y  un  toro 
de  piel  negra  y  reluciente  se  lanzó  en  el  coso. 

Era  un  valiente  animal  nacido  en  las  breñas  de  Ron- 
da ;  ligero  como  el  aire,  bravo,  bien  armado ;  su  detu- 
vo en  medio  de  la  arena  y  revolvió  su  feroz  mirada  en 
torno  suyo,  provocado  por  los  silbos  y  los  gritos  que 
arrojaba  la  multitud  como  un  vendabal;  los  hombres 
estaban  de  pié,  las  damas  agitaban  sus  lenzuelos ,  los 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  127 

alguaciles  colocados  frente  al  mirador  real,  fijaban  la 
aterrada  vista  en  el  bruto  preparándose  á  huir  á  la  pri- 
mera señal  de  peligro  :  Aben-Alí-Alar,  entre  tanto,  ro- 
deado de  los  esclavos  lidiadores,  se  acercó  al  trote  de 
su  yegua  al  toro,  que  se  volvió  lentamente,  azotó  con 
su  cola  los  ¡jares,  bajó  la  potente  cabeza,  como  saludan- 
do á  su  adversario,  hízose  pausadamente  atrás,  arro- 
jando á  larga  distancia  la  arena  que  arrancaban  del 
coso  sus  brazos  cortos  y  nerviosos,  y  dejó  oir  un  bra- 
mido ronco  y  poderoso.  En  aquel  momento  todos  los 
ojos  estaban  fijos,  todas  las  lenguas  mudas. 

Al  fin  el  toro  partió  como  un  venablo  envistiendo  á 
Alí-Atar ;  el  rejón  de  este  hendió,  silbando,  la  distan- 
cia que  le  separaba  del  toro,  y,  rozando  ligeramente 
su  lomo,  se  clavó  en  la  arena  :  un  bramido  atronador 
retembló  en  los  aires  :  la  yegua  y  su  jinete  rodaron 
por  el  coso ,  y  seis  alquiceles  rojos  flotaron  entre  el 
caballero  vencido  y  la  bestia  vencedora  :  engañado  por 
ellos,  el  toro  siguió  á  los  esclavos,  y  Aben-Alí-Atar 
cabalgó  en  otra  yegua  que  le  fué  presentada. 

El  rostro  del  africano  mostraba  una  expresión  terri- 
ble; parecia  que  el  demonio  de  la  cólera  y  del  orgullo 
humillado,  había  ocupado  su  alma:  lívido,  tembloroso 
de  furor,  coa  los  dientes  apretados,  y  los  ojos  inyecta- 
dos de  sangre ,  lanzó  en  torno  una  mirada  de  despre- 
cio á  la  multitud  que  aplaudía  al  toro,  y  otra  indescri- 
bible á  Betsabé,  cuya  mirada  sin  objeto  parecia  fijarse 
en  una  imagen  retratada  en  su  alma:  sin  embargo, 


128  HISTORIA  DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

cuando  Alí-Atar  partió  de  nuevo  al  encuentro  del  toro, 
quien  la  hubiera  observado  hubiera  visto  en  su  mano 
el  anillo  cabalístico  de  Salomón,  mientras  su  lengua 
murmuraba  algunas  ininteligibles  palabras :  en  aquel 
momento  el  toro  arrancó  en  su  segunda  embestida  ,  y 
sin  dar  tiempo  á  Alí-Atar  de  arrojarle  su  rejón,  arrolló 
ala  yegua,  y  desdeñando  la  llamada  de  los  rojos  alqui- 
celes de  los  esclavos,  se  cebó  en  ella  y  en  su  jinete: 
la  sangre  corrió  ;  Alí-Atar  espirante  voló  por  el  aire 
tres  veces  arrojado  por  las  terribles  astas ,  y  otras  tan- 
tas fué  herido  de  muerte.  Después  el  toro  siguió  á  los 
esclavos ,  se  ensangrentó  en  ellos,  arrolló  á  los  algua- 
ciles, y  se  hirió,  acometiendo  inútilmente  á  los  Almo- 
rávides, los  Abencerrajes  y  los  esclavos  de  la'guardia 
negra,  que  le  recibieron  con  la  punta  de  sus  largas  pi- 
cas, muchas  de  las  cuales  se  rompieron  al  empuje. 

El  toro,  empero,  pareció  no  haber  menguado  en  vi- 
gor con  aquella  lucha  terrible;  conociendo  lo  inútil  de 
sus  esfuerzos  en  aquella  parte,  se  adelantó  al  centro 
del  coso  y  persiguió,  aunque  tarde,  á  los  quo  retiraban 
los  despojos  de  Alí-Atar,  de  sus  dos  yeguas  y  de  algu- 
nos esclavos :  el  toro  era  dueño  del  terreno :  nadie  pa- 
recía ante  él :  entonces  como  el  atleta  que  tras  un  com- 
bate se  prepara  con  el  descanso  para  otro ,  se  echó  en 
tierra  y  con  el  oído  atento,  la  vista  inquieta  y  las  ore- 
jas enhiestas,  esperó. 

Deshonroso  era  para  los  caballeros  granadinos  con- 
templar impasibles  un  coso  abandonado,  en  que  un  to- 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  i 29 

ro  se  atrevía  á  reposar  con  tan  inaudita  é  insufrible 
insolencia ;  la  sangre  hirvió  en  el  corazón  de  algunos, 
que  confiando  en  su  brazo  y  en  su  buena  estrella,  ca- 
balgaron en  las  nueve  yeguas  blancas  que  restaban  de 
las  que  habían  aparecido  en  muestra,  y  rodeados  de 
más  de  cien  esclavos,  precediendo  la  licencia  del  rey, 
entraron  en  el  coso. 

De  ver  eran  aquellos  valientes  jóvenes  disputando  ca- 
da uno  de  por  sí,  merced  á  la  velocidad  de  sus  cabal- 
gaduras ,  el  honor  de  ser  el  primero  en  arrojar  su  rejón 
á  la  fiera,  preparada  de  nuevo  al  combate :  triste  era 
en  verdad  ver  rodar  por  la  arena  á  aquellos  cumplidos 
caballeros ,  que  en  más  de  un  combate  habían  ensan- 
grentado el  asta  de  sus  lanzas  hasta  la  mano,  y  habían 
dado  días  de  gloria  á  su  patria  venciendo  á  los  nazare- 
nos. Todos  cayeron :  arrollábalos  el  toro  como  el  ven- 
dabal  doblega  y  rompe  las  jóvenes  palmeras,  y  la  fiesta 
era  ya  un  objeto  de  horror.  Desvanecíanse  las  damas; 
juraban  los  valientes;  gritaba  el  populacho;  afligía  al 
rey  la  sangre  de  sus  caballeros  inútilmente  vertida ,  y 
el  toro  entre  tanto  se  enseñoreaba  de  la  liza ,  poblada 
sólo  de  cadáveres  y  moribundos.  El  terror  cundía  ;  na- 
die osaba  medirse  con  aquel  soberbio  animal  á  quien 
el  hierro  no  rendía  y  que  crecía  con  el  castigo. 

Pasaba  entre  tanto  el  tiempo ;  el  rey ,  por  medio  de 
un  pregón,  ofreció  mil  doblas  de  oro  á  cualquiera  que, 
esclavo  ó  muslim,  villano  ó  caballero,  fuese  vencedor 
del  toro. 


130  HISTORIA    DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Pero  ni  la  gloria  ni  la  ambición  fueron  bastantes  á 
decidir  á  ninguno  á  tamaña  empresa.  Esperóse  largo 
espacio;  el  rostro  del  rey  se  nubló;  todos  sus  vasallos 
esquivaban  el  peligro.  Por  primera  vez  tenia  lugar  en 
Granada  el  deshonroso  espectáculo  de  un  peligro  es- 
quivado. Al-Hhamar  bajó  de  su  asiento  á  pesar  de  las 
súplicas  de  Wadah,  tomó  de  manos  del  alcaide  de  su 
caballería  Aben-Muza  un  poderoso  caballo ,  y  sin  más 
compañía  que  su  brazo  y  un  rejón ,  se  lanzó  en  la  are- 
na. Aquel  ejemplo  de  inmensa  y  serena  valentía,  pro- 
dujo un  efecto  maravilloso;  el  aire  retumbó  herido  por 
un  millón  de  aclamaciones,  y  los  gritos  de  ¡Al-Hhamar 
le  galibl  ( ¡Al-Hhamar  el  vencedor! )  salieron  de  todas 
las  bocas ,  al  mismo  tiempo  que  por  todas  las  puertas 
de  la  valla  se  precipitaron  tropas  de  jinetes. 

Llegado  era  el  momento  del  supremo  esfuerzo  del 
bruto ;  un  silencio  profundo  dominaba  en  las  balaus- 
tradas, en  los  miradores  y  en  las  galerías.  En  el  estra- 
do real,  Wadah,  á  pesar  de  su  fiereza,  pálida  como  un 
cadáver,  posaba  una  angustiosa  mirada  en  Al-Hhamar, 
que  acompañado  de  su  hijo  el  príncipe  Mohhanmed, 
caracoleaba  en  derredor  del  toro  en  medio  de  sus  ca- 
balleros, á  quienes  en  vano  gritaba  furioso  se  retira- 
sen; más  allá  el  desconocido  de  la  verde  vestidura,  el 
arnés  cincelado  y  la  adarga  con  un  murciélago  por  em- 
presa; aquel  hombre  que  asistía  á  las  fiestas  como  va- 
sallo de  una  princesa  de  la  India;  con  su  verde  alqui- 
cel plegado  en  el  brazo  izquierdo  y  su  ancha  espada 


HISTORIA   DE  LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  131 

desnuda  cu  la  diestra,  se  veia  á  pié  en.  la  arena  á  po- 
ca distancia  del  rey  y  del  príncipe  Mohhanmed ;  la 
mirada  que  Wadah,  lijaba  á  veces  en  aquel  joven  ,  re- 
velaba una  angustia  más  profunda  que  la  que  posa- 
ba en  An-llhamar,  al  par  que  un  relámpago  de  odio 
brillaba  en  sus  ojos,  cuando  los  tornaba  al  príncipe 
Mohhanmed. 

Betsabé  entretanto  revolvia  entre  sus  lindísimos  de- 
dos la  terrible  esmeralda,  y  en  su  rostro  frió  é  impasible 
se  traslucía  una  vaga  y  cruel  expresión  de  triunfo  cada 
vez  que  el  toro  hacia  rodar  uno  de  los  leales  y  valien- 
tes caballeros  que  formaban  una  valla  humana  ante 
Al-Hharaar.  Al  fin  todos  cayeron  heridos  ó  fuera  de 
combate ,  y  sólo  quedaron  ilesos  el  rey ,  el  príncipe  y 
el  caballero  del  verde  atavío. 

A  falta  de  otros  contrarios ,  el  toro,  á  quien  parecía 
prestar  fuerzas  un  extraño  poder ,  se  lanzó  sobre  el 
príncipe  Mohhanmed;  el  valiente  joven  arrojó  en  vano 
su  rejón,  que  pasó  silbando  á  poca  distancia  del  furio- 
so bruto:  Al-Hhamar,  sin  tener  más  tiempo  que  el  ne- 
cesario para  interponer  su  caballo  entre  el  de  su  hijo 
y  la  fiera,  rodó  á  su  empuje,  como  habian  rodado  an- 
tes tantos  otros :  oyóse  entonces  en  medio  del  terror 
general  un  grito  salvaje  :  vióse  al  caballero  délo  ver- 
de arrojar  su  alquicel  entre  el  rey  y  el  toro ;  sacarle  en 
medio  de  la  plaza ;  burlar ,  merced  á  la  flotante  tela, 
sus  embestidas,  y  en  fin  asestar  contra  él  la  aguda  pun- 
ta de  su  luciente  espada:  su  alquicel  llamó  al  toro; 


i  32  HISTORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

este  partió  un  momento  después;  hombre  y  bestia 
cayeron  en  tierra  ;  pero  antes  de  que  pudiese  ser  no- 
tado distintamente,  el  hombre  se  levantó  sano  y  salvo, 
mientras  el  toro  espiró ,  lanzando  un  raudal  de  negra 
sangre,  por  una  ancha  herida  que  habia  abierto  en  su 
cerviz,  al  penetrar  hasta  la  empuñadura,  la  espada  del 
desconocido. 

El  peligro  de  que  con  tan  maravilloso  valor  habia 
salvado  á  Ál-Hhamar  y  al  príncipe  luohhanmed,  habia 
causado  tan  profunda  sensación,  que  mil  voces  se  le- 
vantaron para  aclamar  vencedor  al  esforzado  caballero, 
y  para  pedir  se  le  concediese  ser  premiado  por  la  sul- 
tana de  la  hermosura.  Pero  el  rey ,  repuesto  de  su  cai- 
da,  meditó  que  no  podia  concederse  tal  merced  al  que 
sólo  habia  vencido  una  prueba,  y  si  bien  juró  por  su 
espíritu  recompensar  de  una  manera  digna  de  su  gran- 
deza servicio  tan  distinguido,  volvió  al  estrado,  y  sus- 
pendiendo la  salida  del  segundo  toro,  mandó  se  cor- 
riesen sortijas. 

Entonces  los  esclavos  clavaron  en  el  centro  de  la  pla- 
za un  hermoso  árbol,  en  una  de  cuyas  desnudas  ramas, 
cubierta  por  una  plancha  de  acero,  asomaba  impercep- 
tiblemente el  círculo  de  una  sortija  de  oro.  Cubriéronse 
con  arena  los  rastros  de  sangre,  y  todos  se  prepararon 
al  próximo  y  menos  peligroso  espectáculo,  olvidados 
ya  de  los  horrores  del  primero. 

Entre  tanto,  Wadah,  que  habia  caido  desvanecida 
entre  sus  esclavas ,  al  ver  á  Al-Hhamar  por  la  arena, 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  133 

había  vuelto  en  sí ,  y  solicitaba  del  rey  licencia  para 
alejarse  de  la  fiesta. 

—  Rey  y  señor,  le  decía:  tu  sierva ,  después  del 
horrible  peligro  en  que  te  ha  visto,  no  puede  hallar 
placer  en  otra  cosa  que  en  la  soledad :  si  permaneciese 
aquí,  creería  verte  aún  en  tierra  delante  del  furioso 
animal ,  á  quien  ese  valiente  caballero  ha  vencido.  Dé- 
jame que  en  el  retiro  del  alcázar  piense  en  tí ;  que  te 
espere  recordando  los  hermosos  dias  de  nuestro  primer 
amor. 

El  rey  fijó  una  mirada  extraña  en  la  sultana. 

-—  Sí;  quiero  estar  sola,  continuó  esta  :  necesito  es- 
tar sola ;  el  ruido  de  esas  voces  me  lastima ,  mi  cabeza 
se  pierde...  tiemblo,  ¿no  lo  ves? 

En  efecto,  Wadah  temblaba;  Betsabé  fijaba  en  ella 
una  mirada  sombría;  Djeidah,  Zahra  y  Obeidah  pres- 
taban una  descuidada  atención  á  aquellos  misteriosos 
terrores  que  paradlas  eran  una  historia  completa  En 
aquel  reducido  círculo  se  agitaban  todas  las  pasiones 
que  pueden  combatir  al  corazón.  El  rey  dudó  aún. 

—  ¿Y  quién  dará  luz  á  mis  ojos,  dijo,  si  tú  te  sepa- 
ras de  mí ,  sol  de  mi  vida?  ¿Cómo  podré  yo  apreciar  el 
valor  de  mis  caballeros,  si  al  separarte  de  mí  tan  tur- 
bada, llevas  contigo  mi  cuidadoso  pensamiento? 

,    Wadah  contestó  señalando  con  una  elocuente  mira- 
da á  Betsabé ;  el  rey  palideció. 

—  Ya  lo  ves ,  añadió  Wadah ,  como  concluyendo  el 
pensamiento  que  sus  ojos  habían  empezado  á  expresar; 


134  HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

padezco  como  tu  temes,  me  fascina  esa  mujer,  su  vis- 
ta me  atormenta,  déjame  partir. 

El  rey  inclinó  la  cabeza  resignado,  y  permitió  á  su 
esposa  abandonar  las  fiestas.  Wadah  salió,  rodeada  de 
sus  esclavas,  y  meditabunda  y  preocupada  llegó  á  la 
casa  del  Gallo. 

Despidió  á  su  servidumbre ,  encerróse  en  su  retre- 
te ,  y  una  vez  sola,  se  abandonó  á  las  pasiones  que  ha- 
bía contenido  en  presencia  del  rey  y  de  la  corte.  Wa- 
dah ,  no  era  ya  la  mujer  hermosa  que  inspiraba  insen- 
satos  amores,  como  su  mirada  tranquila  é  indiferente; 
era  una  pantera  furiosa á  quien  se  ha  insultado  ;  no  ha- 
bía en  ella  ni  terror  ni  amor ;  sus  ojos  lanzaban  un  fue- 
go sombrío;  su  boca  entreabierta  producia  una  especie 
de  rugido  sordo  y  continuo;  su  hernioso  seno  se  eleva- 
ba agitado  por  una  respiración  violenta;  sus  lindos 
pies  hacían  retemblar  el  pavimento  con  un  paso  fuerte, 
apresurado ,  circular ,  como  el  de  una  íiera  encerrada 
en  una  jaula  :  todo  presagiaba  en  ella  una  deesas  ter- 
ribles borrascas  del  alma  que  al  estallar  aterran,  y  que 
causan  la  muerte  de  quien  las  excita. 

Nada  oia ,  nada  veia :  el  presente  no  existia  para 
ella  ;  recuerdos  terribles  le  traían  su  pasado,  y  terro- 
res incógnitos  le  fingían  un  porvenir  horroroso,  que 
ella  había  querido  evitar  y  al  cual  le  arrojaba  una  ma- 
no invisible  y  poderosa.  Su  carácter  salvaje  se  suble- 
vaba contra  aquel  poder  superior :  su  voluntad  enér- 
gica la  hacia  pensar  en  la  lucha,  pero  aquella  lucha  era 


niSTORU   DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  135 

de  un  éxito  dudoso  :  habia  momentos  en  que  se  creia 
impotente,  y  el  conocimiento  de  su  impotencia  la  ir- 
ritaba. 

Algunas  veces  la  arrancaba  de  sus  terribles  pensa- 
mientos un  sonido  vago,  perdido  en  la  distancia  y  en 
el  espacio ;  era  el  son  de  las  trompetas  de  la  tiesta  que 
resonaban  de  tiempo  en  tiempo:  con  él  se  levantaba  el 
rumor  confuso  de  las  voces  del  pueblo  que  aclamaba  á 
un  vencedor.  Su  vista  se  dilataba  :  creia  ver  á  su  hijo 
Jucef  en  aquel  caballero  de  lo  verde,  arrancando  sor- 
tijas que  nadie  habia  logrado  tocar;  arrojando  de  la 
silla ,  á  los  botes  de  su  lanza ,  á  los  caballeros  de  bra- 
zo más  fuerte;  arrojando  empresas  y  divisas,  ganadas 
á  los  vencidos,  á  los  pies  de  Betsabé.  Veia  lucir  en 
los  labios  de  este  una  sonrisa  de  amor  y  de  triunfo,  y 
la  irritación  de  su  alma  la  animaba  con  un  fuego  som- 
brío ;  volvía  á  su  paseo  circular,  á  su  terrible  furor,  á 
sus  pensamientos  de  venganza. 

En  uno  de  aquellos  accesos ,  se  detuvo  delante  de 
un  pequeño  alhamí ,  abierto  en  el  muro  y  adornado 
con  labores  y  signos  extraños:  levantó  el  mármol  que 
le  servia  de  pavimento  y  tomó  de  debajo  de  él  una  ta- 
bla negra ,  escrita  con  caracteres  rojos ;  sentóse  en  el 
suelo  y  colocó  la  tabla  sobre  sus  rodillas  :  luego  sacó 
de  su  seno  un  punzón  de  oro,  y  tocó  uno  de  aquellos 
nombres  escritos  en  caracteres  cabalísticos  ,  y  esperó ; 
pero  nadie  apareció  ante  ella,  como  en  otro  tiempo,  al 
impulso  de  aquel  contacto  mágico:  su  poder  habia  ce- 


i 36  HISTORIA    DK   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS. 

dido  á  un  poder  superior,  y  el  ensalmo  sólo  contestó 
con  una  muestra  horrorosa  :  la  tabla  se  cubrió  de  san- 
gre que  rebosó  de  ella  y  manchó  las  vestiduras  de  Wa- 
dah;  lentamente  se  levantó  una  llama  azulada,  que  la- 
mió primero  indecisa  los  bordes  del  talismán  y  después 
le  cubrió  enteramente,  se  elevó,  osciló  y  se  consumió. 
En  vez  de  los  caracteres  misteriosos,  los  ojos  de  Wa- 
dah  vieron  sobre  la  negra  superficie  de  la  tabla,  siete 
murciélagos  horribles  que  la  miraban  con  sus  peque- 
ños ojos  de  fuego,  que  batían  sus  alas  de  crespón,  y 
que  parecían  mofarse  de  ella,  abriendo  sus  horribles 
bocas  con  un  mohín  extraño,  muy  semejante  á  la  risa 
de  un  condenado. 

El  rostro  de  Wadah  expresó  una  feroz  alegría  á  la 
vista  de  las  siete  alimañas :  sus  labios  murmuraron  un 
conjuro,  y  los  murciélagos  dilataron  nuás  sus  bocas, 
como  contestando  con  una  risa  insolente. 

Wadah  palideció.  En  aquel  momento  había  creído 
ver  a  través  de  la  tabla  fatal  el  rostro  de  un  cadáver; 
creyó  haber  visto  en  él  al  nombre  de  su  último  amor  : 
amor  frenético  que  llenaba  su  existencia ,  que  la  de- 
voraba, que  la  consumía;  sobre  aquel  rostro,  el  tósi- 
go había  dejado  impresas  manchas  lívidas:  sus  ojos  es- 
taban cubiertos  por  un  velo  de  sangre ,  y  á  través  de 
los  apretados  dientes,  fluía  por  su  boca  entreabier- 
ta roja  espuma.  Wadah  arrojó  horrorizada  la  tabla  á 
un  perfumero,  cuyo  fuego  la  devoró  lentamente,  al 
par  que  de  las  siete  bocas  de  los  siete  murciélagos 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  137 

que  ardían  ,  emanaban  siele  carcajadas  horribles. 
—  ¡Oh !  ¿  qué  es  esto  ?  gritó  Wadah  en  el  colmo  del 
terror  :  ¿con  que  todo  lo  que  amo  ha  de  perecer,  y  he 
de  perecer  yo  con  ellos,  y  mi  poder  será  inútil  para 
contrarestar  el  poder  de  ese  miserable?  ¡No,  no  será... 
aunque  lo  quieran  todos  los  arcángeles  del  sétimo 

cielo  ! 

Su  hermoso  semblante  mostrábase  entonces  en  una 
de  esas  terribles  expresiones ,  que  si  una  vez  se  han 
visto  no  se  olvidan  jamás :  sus  cabellos  se  habían  des- 
ordenado y  caian  como  un  velo  sobre  su  frente:  lijos 
sus  ojos,  amenazadores  y  sombríos ,  brillaban  con  un 
fuego  semejante  al  que  debió  lucir  en  los  de  Eblís 
cuando  fuá  arrojado  del  Paraíso  :  su  boca  entreabierta 
permitía  ver  sus  blanquísimos  dientes,  apretados  por 
la  rabia;  sentada  en  el  suelo,  replegada  sobre  sus  ro- 
dillas, los  brazos  apoyados  en  ellas  y  las  manos  cris- 
padas, clavando  las  uñas  en  su  semblante,  hubiera  he- 
cho temblar  al  más  osado  y  retroceder  al  más  atre- 
vido. 

Pero  todo  aquel  furor  creciente,  inmenso,  era  mas 
de  lo  que  puede  sufrir  un  corazón  mortal:  habia  pasa- 
do más  allá  de  los  límites  naturales,  y  se  deshizo  en 
lágrimas:  Wadah  lloraba  por  la  primera  vez. 

De  repente  se  levantó ,  tomó  una  lámpara  de  oro  co 
locada  en  un  nicho,  la  encendió,  cubrióse  con  un  ve- 
lo, salió  del  retrete  y  entró  en  una  oscura  galería;  al 
fin  de  ella  abrió  una  puerta,  bajó  algunos  escalones,  y 


138  HISTORIA    DE   LOS   S1F.TE   MURCIÉLAGOS. 

se  adelantó  a  lo  largo  de  un  estrecho  y  pendiente 
transito. 

El  lugar  por  donde  caminaba  Wadah  era  una  mina 
que  comunicaba  con  uno  de  los  extremos  del  Albaicin; 
al  liu  de  ella  abrió  otra  puerta,  subió  una  escalera, 
y  atravesando  algunos  retretes,  se  encontró  al  fin  en 
el  que  habia  servido  de  prisión  á  Betsabé,  y  donde  su- 
jeto á  su  poder  yacía  Absalon. 

•  lámparas  estaban  apagadas,  los  braserillos  sin 
i,  los  pájaros  mudos  5  las  llores  marchitas;  una 
luz  pálida  penetraba  por  el  ajimez,  á  través  de  los  do- 
bles lapices,  \  un  silencio  profundo  dominaba  en  aquel 
magnífico  retrete.  Wadah  coloco  su  lampara  sobre  el 
mismo  pedestal  que  algunas  horas  antes  sostenía  el 
janon  de  porcelana  ,  arrojado  al  suelo  por  el  furor  de 
Betsabé ,  y  cuyos  restos  aún  se  veian  sobre  la  alfom- 
bra. El  diván  se  ocultaba  tras  sus  cortinajes  de  púr- 
pura, y  nada  indicaba  que  aquel  recinto  estuviese  ha- 
bitado. 

Wadah  observó  todo  esto  en  silencio ;  compuso  su 
desordenada  cabellera,  cubrióse  con  el  velo,  y  diri- 
giéndose con  paso  recatado  al  diván,  levantó  el  tapiz  y 
miró :  la  lámpara  arrojó  su  débil  reflejo  hasta  el  fondo 
de  aquel  lecho,  y  dejó  ver  á  la  sultana  un  hombre  que 
dormía  :  era  Absalon. 

Su  semblante  pálido,  en  que  naturalmente  estaba 
retratada  la  miseria  de  su  espíritu,  mostraba  entonces 
una  expresión  de  dolor ,  reflejo  sin  duda  de  algún  en- 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS.  13'1 

sueño  horroroso ;  á  través  de  su  boca  entreabierta  se 
veían  entrechocarse  sus  dientes,  y  un  sudor  copioso 
filtraba  de  sus  blancos  y  escasos  cabellos,  y  se  desliza- 
ba por  su  frente. 

Wadah  contempló  por  algún  tiempo  á  aque!  hombre 
con  severo  semblante ;  sus  ojos  se  tiñeron  de  una  som- 
bría expresión  de  cólera ,  que  creció  progresivamente 
hasta  estallar ;  luego  asió  con  fuerza  la  hopalanda  del 
judío  y  la  sacudió  con  furor : 

— Despierta,  miserable,  gritó. 

Ábsalon  se  levantó  aterrado;  sus  ojos  soñolientos  se 
dilataron,  y  su  boca  temblorosa  dio  salida  á  un  grito: 

—  ;  Perdón ,  Betsabé !  exclamó. 

—  ¡Betsabé!  ¡Siempre  Betsabé!  prorumpió  colérica 
Wadah.  ¡Siempre  esa  mujer!  ¿Qué  has  hecho  de  ella, 
miserable?  ¿Dónde  está? 

El  judío  pasó  su  descarnada  mano  por  su  frente ,  y 
miró  con  asombro  á  la  sultana. 

—  No  es  Betsabé,  dijo.  . 

—  ¿Qué  has  hecho  de  ella?  repitió  con  más  fuerza 
Wadah. 

—  ¡Estaba  escrito !  murmuró  el  judío. 

—  ¿Pero  qué  estaba  escrito?  exclamó  impaciente  la 
sultana,  ¿Quién  es  esa  mujer? 

—  Esa  mujer...  repitió  con  el  acento  del  idiotismo 
Absalou ;  esa  mujer  es  la  muerte...  esa  mujer,  es  la 
condenación. 

Wadah  se  impacientaba  :  sus  labios  temblaban ,  su 


440  HISTORIA    DE   LOS    BíETE    MURCIÉLAGOS. 

seno  agitado  dejaba  percibir  cada  uno  de  los  violentos 
latidos  de  su  corazón. 

—  ¿Esa  mujer?  repitió  aún. 

—  No  tiene  padre  entre  los  hombres,  ni  sus  dias  es- 
tán contados,  contesto  Absalon ,  ni  mujer  la  ha  acer- 
cado á  su  pedio,  ni  tumba  se  cerrará  sobre  ella;  es  la 
hija  de  los  conjuros,  el  espíritu  de  Eblís,  el  arcángel 
tentador  que  inspira  los  amores  impuros  y  las  vengan- 
za crueles...  esa  mujer  es  el  destino  de  una  raza  que 
acerca  al  horizonte  de  los  mares  de  la  muerte  el  sol  de 
su  existencia. 

Absalon  parecía  inspirado;  Wadah  le  escuchaba  con 
ansiedad. 

—  Pero  esa  raza,  continuó  Absalon,  dejará  sobre  el 
horizonte  del  pasado  reflejos  de  grandeza,  que  mira- 
rán con  respeto  los  que  vengan  con  el  porvenir...  Esa 
raza  será  raza  de  mártires,  y  sus  espíritus  purificados 
con  el  sufrimiento,  subirán  como  un  perfume,  alií  don- 
de todo  es  eterno ,  donde  todo  es  hermoso ,  donde  el 
espíritu  de  Dios  vuela,  llenando  de  felicidad  infinita 
cuanto  con  él  está...  Esa  raza  es  una  raza  de  justos. 

—  ¿Y  qué  raza  es  esa?  preguntóle  estremecida 
Wadah. 

—  Allá  en  los  remotos  confines  de  África,  prosiguió 
Absalon ,  como  si  no  hubiese  oido  la  pregunta  de  Wa- 
dah ,  en  un  campo  fértil ,  rebosa  de  un  lago  el  Bahr- 
el-Azrak  (rio  azul).  Corre  entre  bosques  de  palmeras 
y  se  une  al  gran  rio  donde  moran  el  hipopótamo  y  el. 


.'  .-'   HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  141 

cocodrilo.  El  mismo  dia  que  los  espíritus  invisibles  pre- 
sidian el  nacimiento  de  Ebn-al-IIhamar ,  un  hombre 
pobre,  descalzo,  fatigado,  caminaba  por  la  ribera  del 
Bahr-el-Azrak,  á  poca  distancia  del  punto  donde  este 
rio  se  une  al  sagrado  Nilo ;  llevaba  en  la  espalda  un 
cofre  y  en  él  alguna  joyería  falsa,  unos  cubiletes  y  una 
tabla  de  ajedrez.  Era  un  juglar  que  recorría  los  adua- 
res, ejercitando  su  triple  profesión  de  médico  ,  merca- 
der y  jugador  de  manos;  todos  le  conocían  y  se  apar- 
taban de  su  paso,  arrojándole  algunas  monedas  de 
cobre,  porque  le  tenían  por  mago  y  le  temían;  sin 
embargo ,  el  pretendido  mago  estaba  reducido  á  la  mi- 
seria más  horrible  :  siempre  errante,  sus  pies  se  en- 
sangretaban  caminando  sobre  los  arenales,  y  su  piel, 
defendida  tan  sólo  por  un  sucio  turbante  y  un  roto  al- 
quicel, sufría  los  ardores  del  sol,  que  la  quemaba,  po- 
sándose sobre  ella  como  una  plancha  de  hierro  enro- 
jecido. 

Aquel  hombre  caminaba  sin  duda  á  la  ventura,  pues- 
to que  ni  un  aduar,  ni  una  ciudad  se  veían  á  muchas 
leguas  de  distancia;  sin  embargo,  andaba  cuanto  po- 
día, y  en  poco  tiempo  llegó  al  lugar  donde  el  Bahr-el- 
Azrak  se  une  al  Nilo. 

Allí  se  detuvo ,  no  pudiendo  pasar  adelante ,  y  se 
sentó  al  pié  de  una  palmera. 
,  —  ¿Y  qué  me  importa  tu  juglar?  gritó  Wadah  im- 
paciente;  ¿qué  tiene  que  ver  con  esa  mujer? 

Pero  Absalon  nada  oía,  nada  veían  sus  ojos;  mos- 


142  niSTORIA   DE   LOS  SIETE  MURCIÉLAGOS. 

traban  una  mirada  fija,  sin  objeto,  insensata;  sus  ca- 
bellos estaban  erizados,  su  voz  era  lúgubre;  Wadah 
mordió  impaciente  sus  labios,  sentóse  sobre  la  alfom- 
bra, cruzó  los  brazos,  inclinó  la  cabeza  sobre  el  pedio 
y  se  resigné  á  esperar  uu  momento  de  lucidez  en  la 
demencia  del  viejo.  Este  entre  tanto  había  continuado 
su  relato. 

—  El  juglar  miró  atrás  y  se  contristó  al  ver  el  largo 
camino  que  tenia  que  desandar  para  encontrar  una 
tienda  ó  una  cabana,  puesto  que  adelante  le  cerraba 
el  paso  la  confluencia  <l<i  los  dos  rios. —  ¡Si  al  menos, 
dijo,  tuviera  una  barca! — En  aquei  momento,  de  entre 
un  is  cañí  s  situadas  en  la  opuesta  ribera,  apareció  una 
balsa  que  adelantó  hasta  llegar  a  la  orilla;  nadie  la  di- 
rigía: había  venido  por  si  misma,  á  no  ser  que  la  im- 
se  algún  invisible  cocodrilo. 

Aunque  deseoso  de  proseguir  su  marcha  ,  el  juglar 
tuvo  miedo  de  aquellos  maderos  entrelazados  con  jun- 
cos, que  sin  que  nadie  al  parecer  los  impeliese,  ha- 
bían subido  la  corriente,  fuerte  en  aquel  punto  en  ra- 
zón al  caudaloso  desagüe  del  Babr-el-Azrak,  y  que  se 
mantenían  inmóviles  convidándole  á  la  travesía;  pero 
luego  meditó  que  allí  se  encerraba  un  misterio ,  y  su 
miedo  cedió  á  su  curiosidad. 

Resolvióse,  pues ,  levantóse  y  saltó  en  la  balsa,  que 
como  si  no  esperase  nada  más,  se  separó  de  la  orilla 
y  se  abandonó  á  la  corriente  con  la  \elocidad  de  una 
saeta.  Ya  no  era  tiempo  de  retroceder.  El  Nilo  arras- 


niSTORLV    DE  LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  143 

traba  con  violencia  su  turbia  corriente,  y  pretender 
llegar  á  nado  á  cualquiera  de  sus  riberas,  hubiera  sido 
buscar  una  muerte  segura.  Por  mucho  que  fuera  el  ter- 
ror del  juglar,  hubo  de  resignarse  á  aquel  viaje  ter- 
rible. 

La  balsa  aumentaba  maravillosamente  en  velocidad. 
El  juglar  veia  pasar  á  sus  costados  las  dos  riberas  con 
la  misma  rapidez  que  pasa  una  tromba  sobre  un  are- 
nal. Los  montes,  tu  valles,  las  colinas,  parecian  cor- 
rer como  sombras ;  la  corriente  era  cada  vez  más  rui- 
dosa ,  más  sensible ;  la  estrella  de  la  tarde  reverbera- 
ba ya  en  la  inmensidad  del  firmamento,  y  algunas  bri- 
llantes estrellas  palidecían  ante  el  sol  que  to  ^a  al 
Occidente. 

La  balsa  siguió:  dejó  el  centro  del  rio  y  penetró  en 
un  cañaveral ;  á  medida  que  adelantaba,  las  cañas  eran 
más  elevadas;  se  estrechaba  el  cauce,  los  follajes  se 
unian  y  menguaba  la  luz ;  al  fin,  sólo  quedó  una  cla- 
ridad nebulosa,  un  ambiente  pesado,  unas  aguas  ne- 
gras y  silenciosas.  Y  la  balsa  corría  como  una  saeta 
disparada  sobre  aquella  superficie  tersa  en  que  se  re- 
flejaba el  color  mate  y  frió  de  la  niebla. 

Al  fin  la  balsa  desembocó  en  un  lago ,  abrillantado 
por  el  reflejo  de  una  hoguera  que  ardia  sobre  una  roca 
de  granito  rojo,  situada  en  medio  de  las  aguas;  la  bal- 
sa chocó  en  ella  y  empezó  á  sumergirse  lentamente, 
obligando  al  juglar  á  tomar  tierra.  La  balsa  desapare- 
ció al  fin,  y  quedó  solo,  con  su  joyería  y  su  tablero  de 


144  HISTORIA    DH    LOS    SirTK    MURCIÉLAGOS. 

ajedrez,  sobré  aquella  pequeña  piedra  que  se  elevaba 
en  el  centro  de  un  reducido  lago,  rodeado  de  espesa 
maleza,  cubierto  por  un  celaje  sombrío  y  alumbrado 
por  la  luz  de  una  hoguera  solitaria. 

El  juglar  buscó  una  habitación  humana  y  dio  vuelta 
á  la  roca;  en  la  parte  opuesta  á  aquella  á  donde  habia 
arribado,  encontró  la  boca  de  una  gruta  y  entró.  Sus 
tojos,  deslumhrados  por  el  vivo  resplandor  de  la  ho- 
guera ,  nada  vieron  durante  un  cor'o  espacio;  luego  las 
tinieblas  fueron  desvaneciéndose,  y  en  el  fondo  vio  una 
puerta  que  al  llegar  á  ella  se  abrió  por  sí  misma:  el 
juglar  pudo  entonces  ver  un  pequeño  aposento,  cuyas 
paredes  eran  negras  y  cubiertas  de  inscripciones  mis- 
teriosas y  signos  cabalísticos  pintados  con  tinta  roja; 
veíanse  allí  la  lengua  de  la  serpiente  de  mar,  junto  á 
los  ojos  del  águila  de  los  trópicos;  huesos  informes  del 
Roe  (1),  dientes  de  lobo  rabioso  y  uñas  de  cocodrilo; 
hallábanse  allí  alimañas  no  conocidas ,  reptiles  de  for- 
mas horribles,'  abortos  espantosos;  y  entre  todos  estos 
objetos,  instrumentos,  armas  y  utensilios  de  hechura 
y  usos  extraños ,  cuantas  producciones  vegetales  en- 
cierran el  tósigo  y  el  narcótico  :  filtros  para  matar, 
para  enloquecer,  para  envejecer,  para  inspirar  amor 
y  aborrecimiento;  todo  cuanto  dañoso  encierra  la  na- 
turaleza ,  colocado  con  orden  sobre  las  mesas  y  sobre 

(4)  Ave  fabulosa  que,  según  los  orientales,  posee  tan  gigantes- 
cas alas  que  la  bastan  para  sepultar  en  las  sombras  mns  profundas 
la  prate  de  la  lien-a  sobre  que  vuela,  al  pasar  entre  ella  y  el  sol 


HISTORIA    DE    LOS    SÍETE    MURCIÉLAGOS.  i  45 

las  paredes  de  aquel  aposento,  dentro  del  cual  tembla- 
ba el  imprudente  juglar ,  pesaroso  hasta  el  fondo  del 
alma  de  haberse  aventurado  en  aquella  balsa  maldita 
que  le  habia  conducido  á  lugar  tan  siniestro. 

Y  no  eran  las  alimañas  y  las  redomas  donde  estaba 
encerrado  tanto  veneno,  lo  que  causaba  su  miedo :  era 
otro  objeto  más  horrible  que  todos  aquellos  horrores 
lo  que  le  hacia  temblar  y  le  enmudecía:  era  un  hom- 
bre sentado  sobre  un  escabel  de  tres  pies ,  cubierta  la 
cabeza  con  un  bonete  puntiagudo,  negro  como  su  tú- 
nica, y  como  ella  cubierto  de  caracteres  rojos.  Aquel 
hombre  entonaba  un  canto  fúnebre ,  cuyas  palabras,  á 
pesar  de  ser  ininteligibles,  hacian  temblar  el  corazón 
del  que  las  escuchaba  ;  su  rostro  era  feroz ,  malévolo, 
surcado  de  manchas  lívidas ,  y  animado  por  dos  ojos 
redondos,  pequeños  y  relucientes  como  carbunclos; 
unos  cabellos  lacios  y  una  barba  revuelta  y  larguísi- 
ma, de  color  de  plomo  blanquecino,  afeaban  aquel  sem- 
blante que  por  sí  solo  bastaba  á  causar  horror ;  bajo  la 
ancha  hopalanda  de  aquel  ser  terrible  ,  se  veian  des- 
cubiertas sus  manos  secas  y  huesosas  como  las  de  una 
momia ,  que  se  ocupaban  en  remover  con  una  larga 
espátula  de  hierro  enmohecido,  un  brebaje  de  color  im- 
puro que  hervía  á  sus  pies  en  una  vasija  de  materia  y 
forma  extrañas ;  de  ella  se  levantaba  en  espiral  una  co- 
lumna de  fuego  rojizo  que  se  abria  paso  fuera  de  aquel 
antro  por  una  claraboya  abierta  en  la  roca,  y  que  apa- 
reciendo sobre  ella ,  era  la  hoguera  que  abrillantaba 

9 


146  HISTORIA    DE    LOS    SIRTF.    MURCIÉLAGOS. 

las  aguas  del  lago  sobre  el  cual  habían  flotado  los  ma- 
deros que  condujeron  hasta  aquel  sitio  al  juglar. 

De  tiempo  en  tiempo  el  viejo  dejaba  el  escabel ,  to- 
maba una  redoma  y  vertía  en  la  vasija  parte  de  su  con- 
tenido, entonando  un  canto  misterioso  y  desagradable; 
el  brebaje  hervia  con  más  fuerza ,  el  fuego  chispeaba 
rugiendo,  y  un  humo  blanquecino,  impregnado  de 
miasmas  hediondos,  se  extendía  en  aquel  reducido 
ámbito,  lamia  las  paredes,  envolvía  las  formas  y  se 
disipaba  al  lin,  devorado  por  la  misma  hoguera  que  le 
había  producido. 

El  juglar  observaba  inmóvil  cuanto  sus  ojos  veian;  el 
viejo  parecía  no  apercibirse  de  su  presencia ;  al  íin  sus 
ojos  ardientes  se  fijaron  en  aquel  hombre  tembloroso, 
sus  labios  se  contrajeron  con  una  mueca,  extraña  son- 
risa peculiar  á  su  semblante;  su  pecho  se  levantó,  pro- 
duciendo un  ruido  semejante  al  estertor  de  un  moribun- 
do, y  se  dejo  oir  su  voz  ronca,  estridente  y  cavernosa. 

—  ¡Acércate,  Djeouar !  dijo  al  juglar. 

—  ¡Djeouar!  exclamó  Wadah,  levantándose  como 
herida  por  un  recuerdo  terrible,  y  saliendo  de  la  iner- 
cia á  que  se  habia  abandonado  ante  el  delirio  del  judío. 
¿Conoces  tú  á  Djeouar?  ¿Sabes  quién  es  Djeouar? 

La  voz  de  la  africana  dejaba  notar  las  inflexiones  de 
la  cólera,  del  odio,  del  terror;  el  grito  que  acompañó 
á  su  pregunta  fué  tan  terrible  que  Absalon  se  levantó, 
miró  en  torno  suyo  con  espanto  y  pasó  las  manos  por 
su  frente  que  devoraba  la  fiebre. 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  i  47 

La  sultana  y  el  judío,  de  pié,  frente  á  frente,  mu- 
dos entrambos,  retratada  la  cólera  en  la  mirada  de 
la  una  y  la  insensatez  en  la  del  otro ,  se  contemplaron 
durante  un  breve  espacio. 

Wadah  fué  la  primera  que  rompió  el  silencio. 

—  ¿Conociste  á  Djeouar?  preguntó  al  judío  clavan- 
do su  crispada  mano  en  uno  de  sus  hombros. 

Absalon  miró  á  la  sultana  de  una  manera  estúpida, 
sus  ojos  vagaron  inciertos ,  y  se  dejó  caer  desplomado 
sobre  el  diván. 

— Yodormia,  dijo  reuniendo  con  trabajo  sus  re- 
cientes recuerdos;  soñaba  con  mi  pasado...  con  una 
mujer...  esa  mujer  era...  Betsabé...  sí;  era  Betsabé; 
Ja  hija  de  los  conjuros...  la  hija  de  Eblís...  Betsabé, 
la  hechura  de  Djeouar. 

— Sí,  sí,  dijo  Wadah,  procurando  ayudar  la  memo- 
ria del  judío ;  recordabas  á  un  hombre  á  quien  otro, 
hechicero  sin  duda,  había  llevado  ante  sí;  á  quien 
nombraba.. . 

— Djeouar,  es  verdad,  exclamó  Absalon  soltando 
una  carcajada  semejante  á  la  de  un  niño  que  encuentra 
un  objeto  perdido  y  ansiado;  Djeouar..,  ya  me  acuer- 
do... estaba  junto  al  hechicero,  y  este  le  dijo: 

—Acércate,  Djeouar. 

Djeouar,  el  juglar,  se  acercó  temblando;  el  hechi- 
cero le  contempló  á  su  sabor. 

La  sultana,  que  hasta  escuchar  aquel  nombre  mis- 
terioso habia  estado  abismada  en  sus  pensamientos, 


148  HISTORIA.  DE   LO?   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

contuvo  entonces  el  aliento,  temerosa  de  interrumpir 
al  judío.  Este  continuó: 

— Te  he  elegido,  le  dijo,  para  confiarte  un  encargo 
mió,  porque  eres  entre  los  hombres  el  más  á  propósito 
para  llenar  mis  deseos. 

Djeouar  se  inclinó  y  tuvo  menos  miedo. 

—Eres  ambicioso,  continuó  el  hechicero  :  levantas- 
te muy  alta  tu  vista  y  pensaste  ser  uno  de  esos  hom- 
bres que  mandan  á  los  demás,  que  los  gobiernan  se- 
gún su  voluntad,  que  juegan  con  las  vidas  y  con  las 
haciendas:  era  la  suprema  felicidad.  Te  creíste  ver  en 
tus  delirios  para  el  porvenir,  recostado  en  un  sofá  de 
oro  y  purpura,  rodeado  de  esclavos  y  de  mujeres  cu- 
biertas de  joyas,  en  un  alcázar  de  mármol,  adurmién- 
dole á  los  vapores  del  opio,  y  mandando  azotar  á  tus 
walíes  como  á  perros,  y  degollar  á  tus  vasallos  como 
carneros ;  torrentes  de  sangre  pasaron  delante  de  tí,  y 
entre  ellos,  vírgenes  de  ojos  brillantes  y  bocas  sonro- 
sadas ;  te  entregaste  en  demasía  al  halago  de  tus  sue- 
ños, y  cuando  al  despertar  te  viste  pobre,  miserable, 
impotente,  expuesto  á  ser  degollado  por  uno  de  esos 
hombres  cuya  suerte  envidiabas,  los  aborreciste,  te 
hiciste  santón  y  predicaste  á  los  miserables  como  tú, 
guerra  eterna  á  todo  lo  que  era  dominio,  á  todo  lo  que 
era  fuerte.  La  desdicha  de  los  unos ,  la  pobreza  de  los 
otros,  la  envidia  de  los  más,  fueron  para  tí  poderosos 
auxiliares,  y  te  rebelaste  contra  el  califa  de  Damasco. 
Pero  el  califa  envió  contra  tí  uno  de  sus  eunucos  y  al- 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  i 49 

gunos  esclavos,  y  te  venció,  te  aprisionó  y  te  encerró 
en  una  mazmorra.  Con  pretexto  de  castigar  su  traición, 
gravó  á  sus  pueblos  con  enormes  tributos,  añadió  le- 
yes bárbaras  á  las  que  hacia  cumplir  con  harta  rigidez 
á  los  suyos,  y  degolló,  ahorcó,  empaló  y  crucificó  á 
los  que  entre  ellos  eran  más  ricos  ó  le  inspiraban  más 
recelos ;  tú  debiste  morir  entonces ,  pero  yo  tenia  pro- 
yectos acerca  de  tí,  y  te  salvé  por  medio  de  mi  poder 
sobrenatural.  Una  noche  se  abrieron  las  puertas  de  tu 
prisión  y  te  encontraste  en  el  campo  al  aire  libre ,  con 
tu  saco  lleno  de  relumbrones,  tus  cubiletes  y  tu  mu- 
griento tablero  de  ajedrez.  Habías  visto  desvanecer- 
se un  sueno ,  pero  al  pasar  habia  dejado  sus  huellas 
en  tu  alma;  no  pudiendo  dominará  los  fuertes,  no 
creyendo  en  el  poder  de  la  ayuda  de  los  débiles, 
aborreciste  á  los  primeros  y  despreciaste  á  los  se- 
gundos ;  el  aborrecimiento  y  el  desprecio  para  con 
tus  semejantes  te  hicieron  egoísta  :  el  egoísmo  te  hizo 
cruel. 

Pero  quedaban  aún  en  tí  ambiciones  secundarias: 
tus  sueños  de  grandeza  te  hicieron  pesado  el  trabajo 
del  pobre,  y  te  dominó  la  indolencia  ;  soñaste  entonces 
tesoros  :  si  no  podias  ser  califa,  podias  muy  bien  ser 
rico :  pero  como  los  cubiletes ,  las  joyas  de  cobre  y  el 
ajedrez,  apenas  le  producian  el  dinero  suficiente  para 
un  miserable  alimento ,  meditaste  otro  medio  más  con- 
veniente :  compraste  con  ahorros  debidos  á  tristes  dias 
de  hambre  y  privaciones ,  un  arco  y  algunos  venablos, 


150  HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

y  esperaste  al  primer  transeúnte.  El  que  no  había  po- 
dido ser  califa,  fué  ladrón. 

Te  se  unieron  algunos  árabes  de  las  cabilas  salva- 
jes, y  no  fué  ya  cá  los  caminantes  indefensos,  sino  á  las 
caravanas,  á  las  que  acometiste;  todo  fué  perfectamen- 
te mientras  diste  su  parte  en  las  presas  al  califa ,  es  de- 
cir, mientras  le  pagaste  un  misterioso  y  vergonzoso 
tributo  por  tus  latrocinios;  pero  un  dia  acometiste  á 
una  caravana  que  conducía  presentes  del  califa  para  el 
schah  de  Persia  :  defendiéronlo  los  soldados,  destro- 
zaron á  los  tuyos  y  te  sepultaron  otra  vez  en  una  maz- 
morra. Tu  primera  derrota  te  inspiró  desconíianza  para 
con  los  demás  hombres,  y  te  hizo  cruel :  la  segunda  le 
obligó  á  desconfiar  de  tus  propias  fuerzas,  y  te  hizo 
cobarde.  El  califa  te  mandó  crucificar;  pero  si  me  ha- 
bías convenido  por  cruel,  por  cobarde  aumentabas  en 
valor  á  mis  ojos.  La  crueldad  y  la  cobardía  constituyen 
al  asesino  sin  piedad,  al  hombre  sin  corazón.  Como  la 
vez  primera,  te  abrí  las  puertas  de  tu  encierro  y  te 
viste  libre ,  con  tu  saco  provisto  de  tus  pobres  recur- 
sos de  subsistencia. 

Mientras  la  ambición  y  la  avaricia  dominaron  tu  co- 
razón, durmió  en  él  otro  sentimiento,  violento  en  tí, 
capaz  de  arrastrarte  á  todo :  el  amor ;  pero  no  el  amor 
hijo  de  la  naturaleza,  sino  un  sentimiento  impuro,  in- 
contrastable ,  devorador.  Si  esa  hubiera  sido  tu  única 
ambición  en  los  dias  en  que  tu  frente  estaba  tersa ,  tus 
ojos  brillantes,  tu  barba  negra  y  tu  cuerpo  gentil,  hu- 


HISTORIA    PE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  loi 

hieras  podido  hallar  algunas  ventajas;  pero  cuando 
buscaste  el  amor ,  tus  ambiciones  frustradas  habían  ar- 
rugado horriblemente  tu  rostro;  tus  ojos  habían  ad- 
quirido la  repugnante  expresión  que  distingue  al  trai- 
dor ,  y  tu  cuerpo  se  había  encorvado  bajo  el  peso  de 
los  sufrimientos.  Has  perdido  tu  tiempo ,  y  al  fin  estás 
ante  mí  con  el  corazón  lleno  de  odio  y  el  pensamiento 
de  venganzas.  Eres  el  hombre  que  necesito,  y  por  eso 
te  he  traído  hasta  aquí. 

—  ¿Y  qué  quieres  ?  preguntó  Djeouar  al  hechicero. 

—  ¿Ves  el  licor  que  hierve  en  esa  vasija? 

—  Sí. 

—Encierra  el  bien  y  el  mal,  y  en  la  llama  que  pro- 
duce vamos  á  leer  el  horóscopo  de  un  hombre  que  está 
á  punto  de  venir  á  la  luz. 

El  viejo  se  levantó ,  asió  á  Djeouar  y  le  hizo  mirar 
al  Poniente  á  través  de  la  llama. 
.  — ¿  Qué  ves?  le  preguntó. 

—  Veo  una  tierra  fértil,  contestó  Djeouar,  rodeada 
de  colinas  y  montañas,  pero  no  la  conozco, 

—  Es  el  país  de  Andalus  (1) ;  ¿no  ves  más? 

—  Sí :  un  pueblo  sobre  nn  monte. 

—  Mira  aún. 

— Un  castillo  sobre  el  pueblo. 

—  ¿Y  en  el  castillo? 

—  Un  retrete,  un  diván  y  una  mujer  hermosa,  ro- 
to Andalucía. 


152  HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

deada  de  esclavas.  Padece  horriblemente :  está  próxi- 
ma al  alumbramiento. 

El  hechicero  hizo  entonces  á  Djeouar  tornarse  al 
Oriente. 

—  ¿Qué  ves? 

—  Veo  el  nacimiento  del  Bahr-el-Azrak,  y  más  aba- 
jo un  pueblo  junto  á  un  lago.  Sobre  el  pueblo  un  al- 
cázar; en  los  jardines  del  alcázar  una  mujer  joven  y 
hermosa. 

Un  relámpago  de  pasión  lució  en  los  ojos  del  juglar 
al  ver  la  mujer  que  dormía  guarecida  del  sol  bajo  una 
enramada  de  jazmines  en  el  alcázar;  sus  labios  entre- 
abiertos  temblaban  con  la  convulsión  de  la  cólera,  por- 
que junto  a  aquella  mujer  habia  un  hombre  que  se  ex- 
tasiaba contemplando  su  semblante  lleno  de  dulzura, 
al  que  un  hermoso  sueño,  sin  duda,  prestaba  una  son- 
risa purísima  y  satisfecha. 

—  Ti'i  amas  á  esa  mujer,  observó  el  hechicero  á 
Djeouar. 

—  Sí :  contestó  este  con  voz  sombría. 

—Esa  mujer  es  la  esposa  del  wazir  Áben-Sal-Chem, 
á  quien  adora ,  y  de  quien  es  amada  con  idolatría.  Aún 
no  ha  corrido  una  luna  desde  que  el  amor  unió  sus  des- 
tinos, y  mira  cuan  felices  parecen.  Sin  embargo,  si  tú 
quieres ,  esa  felicidad  desaparecerá  y  serán  tan  des- 
graciados como  tú,  que  tienes  el  corazón  seco  como  las 
aristas  que  lanza  esa  hoguera. 

—  ¿Y  qué  he  de  hacer  ? 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  163 

—  Ocupar  mi  lugar  ,  porque  voy  á  morir.  Te  dejaré 
parte  de  mi  poder,  y  alcanzarás  por  él  cuanto  lias  am- 
bicionado. 

—  ¿  Seré  rey  ? 

— De  la  creación :  tu  mano  poseerá  el  bien  y  el  mal, 
usarás  de  él  á  tu  antojo,  te  obedecerán  los  espíritus 
invisibles,  y  estarán  abiertos  al  par  para  tí  los  jardines 
del  Edera ,  y  las  sombras  y  el  fuego  eterno  del  pro- 
fundo. El  juglar  se  estremeció  de  terror ,  y  casi  estuvo 
á  punto  de  rehusar  tan  terrible  herencia ;  pero  recordó 
su  abyección ,  sus  ambiciones  malogradas,  sus  ultrajes 
pasados,  su  pobreza  y  su  sufrimiento.  El  ángel  de  la 
tentación  le  envolvió  en  sus  alas ,  y  derramó  en  su  al- 
ma la  esperanza  y  los  deseos  insensatos.  Creyó  verse 
joven ,  hermoso ,  rico ;  volvieron  á  pasar  ante  él  sus 
sueños  de  sangre  y  exterminio,  y  las  vírgenes  de  ojos 
negros  envueltas  en  sus  flotantes  velos.  Creció  el  odio 
que  profesaba  al  hombre,  la  pasión  que  le  arrastraba 
hacia  la  mujer  que  dormía  bajo  la  enramada  de  jazmi- 
nes, y  se  embriagó  bajo  el  encanto  de  la  realización 
de  sus  deseos.  Arrojó  lejos  de  sí  el  cofre  donde  guar- 
daba sus  joyas  de  cobre  ,  sus  cubiletes  y  su  tablero  de 
ajedrez,  y  se  tornó  resuelto  al  hechicero. 

— Acepto  tu  poder,  dijo. 

— Pues  bien,  mira:  aquel  pueblo  asentado  junto  al 
rio,  en  las  márgenes  del  lago,  es  Dembea  (1) ;  la  mu- 

(1)  Pequeña  ciudad  de  Egiplo,  siluada  á  la  parle  orieníal  del  lago 
que  lleva  su  mismo  nombre. 

9. 


154  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

jer  que  duerme  en  él  eu  los  jardines  del  alcázar,  es 
Noérai ,  la  esposa  de  Aben-Sal-Chem,  la  mujer  á  quien 
amas.  Aquella  distante  ciudad,  perdida  entre  las  bru- 
mas de  Occidente  en  el  país  de  Andalus,  es  Arjona; 
pasados  algunos  instantes  nacerá  en  su  castillo,  de 
aquella  mujer  que  grita  y  padece  rodeada  de  esclavas, 
un  varón  que  se  nombrará  Aben-al-IIhamar,  y  que  más 
tarde ,  cuando  la  barba  haya  rodeado  su  rostro  y  le 
haya  tostado  el  sol  durante  largos  dias  de  combate, 
fundará  un  reino  fuerte  sobre  el  mismo  país  de  Anda- 
lus, á  los  pies  de  una  sierra  cuya  altísima  frente  siem- 
pre está  y  estará  cubierta  por  la  helada  del  invierno. 
El  ¡icor  que  hierve  en  esa  vasija  es  su  horóscopo:  ho- 
róscopo incierto  en  el  que  luchan  por  mitad  el  bien  y 
el  mal;  yo  he  sido  el  mal  genio  de  sus  mayores,  pero 
mis  dias  están  contados,  y  en  el  momento  en  que  él 
vea  la  luz,  las  sombras  de  la  muerte  serán  con  mi  es- 
píritu. Es  necesario  que  ese  hombre  sucumba  con  su 
raza:  es  necesario  que  la  mujer  que  nacerá  transcur- 
ridos diez  años,  de  Noemi  y  Aben-Sal-Chem,  sea  el  án- 
gel tentador  de  Al-Hhamar. 

E\  viejo  parecía  menguar  en  fuerzas  á  medida  que 
el  fuego  producido  por  el  negro  brebaje  aumentaba  en 
brillantez  é  intensidad.  Su  rostro  estaba  cárdeno  y  su 
voz  era  más  ronca  y  más  débil. 

—Cuando  mi  vida  se  apague,  continuó  el  viejo  ,  se 
apagará  la  luz  de  ese  fuego  ;  entonces  verterás  sobre 
mí  el  licor  que  haya  quedado,  y  esperarás;  luego  to- 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  155 

marás  lo  que  encuentres  de  mis  restos :  en  ello  está  tu 
poder;  serás  poderoso  hasta  el  punto  de  crear  seres  á 
tu  capricho,  pero  guárdate  bien  de  hacerlo,  porque 
perderás  tu  poder  y  serás  como  los  demás  hombres,  y 
se  agravarán  las  miserias  que  te  aquejan. 

— ¿Pero  podré  ser  rico? 

-Sí. 

-—¿Y  tener  alcázares  y  esclavos? 

— Sí. 

— ¿Y  el  amor  de  Noemi? 

—Sí.  Pero  ha  llegado  el  momento,  dijo  el  viejo  es- 
tremeciéndose; la  llama  oscila,  se  debilita,  se  apaga. 

Y  así  era  verdad :  la  columna  de  fuego ,  tan  viva  po- 
cos momentos  antes,  decreció  hasta  quedar  reducida á 
una  llama  azul,  indecisa  y  vaporosa  que  osciló  al  fin, 
se  dilató  un  instante ,  lamió  los  bordes  de  la  vasija  y 
se  evaporó  perdida  en  la  oscuridad.  El  hechicero  ha- 
bía caido  con  ella :  Djeouar,  pálido  de  terror ,  contem- 
plaba el  cadáver  alumbrado  por  un  resplandor  débil 
emanado  de  la  vasija  donde  reposaba  un  líquido  de  co- 
lor de  oro. 

Pero  la  ambición  dominó  los  terrores  del  juglar ,  y 
el  filtro  fué  vertido  por  él  sobre  el  cuerpo  del  hechi- 
cero. 

Volvió  á  aparecer  la  llama,  inmensa,  rugiente  como 
un  toro  salvaje ;  primero  consumió  la  hopalanda,  luego 
hizo  crugir  las  carnes,  devoró  los  huesos,  se  dilató  y 
espiró. 


i  56  HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 

Entonces  el  juglar  vio  con  asombro  que  entre  aque- 
lla negra  ceniza  quedaba  un  despojo;  era  una  calavera 
blanca  como  el  marfil,  cubierta  de  inscripciones  y  sig- 
nos rojos. 

Era,  sin  duda,  el  cráneo  del  hechicero. 

Djeouar  le  tomó,  y  como  si  aquel  resto  humano  hu- 
biese tenido  un  poder  superior,  sus  ojos  se  oscurecie- 
ron ,  el  frió  déla  muerte  corrió  por  sus  huesos;  sus 
piernas  (laquearon  y  rodó  por  tierra  aletargado. 

Cuando  volvió  en  sí ,  se  encontró  sentado  al  pié  de 
la  palmera  donde  había  tomado  descanso  en  la  confluen- 
cia del  Nilo  y  del  Bahr-el-Azrak:  el  cofre  donde  con- 
ducía sus  cubiletes  y  sus  utensilios  estaba  junto  á  él; 
el  sol  descendía  al  horizonte,  inundando  de  una  luz  ro- 
jiza los  arenales,  y  á  lo  lejos  se  escuchaba  un  ruido 
sordo,  profundo,  continuo,  semejante  al  batir  del  mar 
contra  una  roca  en  un  dia  de  tormenta, 

— Mucho  he  dormido,  exclamó  Djeouar  aterrado;  el 
semoum  (1)  avanza,  y  no  hay  ni  uua  gruta  ni  un  kan 
donde  defenderme  de  su  soplo  abrasador.  ¡Si  al  menos 
fuera  verdad  lo  que" he  soñado! 

El  juglar  miraba  trémulo  al  horizonte:  el  ruido  au- 
mentaba progresivamente ;  al  fin  se  dejó  ver  la  tromba 

(i)  Semoum  ó  sarnyel,  viento  que  reina  á  veces  en  el  desierto.  Se 
anuucia  con  gran  ruido  ;  á  su  llegada  ,  el  cielo  parece  encarnado  ó 
inflamado  :  mata  al  momento  por  la  sofocación ;  á  los  que  abrasa  se 
reducen  á  polvo  cuando  se  les  toca;  sin  embargo,  no  altera  sus 
formas. 


HISTORIA   DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS.  157 

impulsada  por  el  semoum;  montañas  de  arena  avan- 
zaban con  una  velocidad  espantosa:  el  juglar  se  pros- 
ternó, resignado  á  morir. 

Cuando  ya  habia  perdido  toda  esperanza ,  una  vio- 
lenta ráfaga,  precursora  de  la  tromba,  arrolló  el  cofre 
del  juglar,  colocado  en  la  pequeña  eminencia  donde 
descollaba  la  palmera,  á  cuyo  pié  habia  tomado  des- 
canso ;  la  tapa  del  cofre  se  abrió,  y  con  las  joyas  de 
cobre,  los  cubiletes  y  el  ajedrez,  rodó  un  objeto  que 
volvió  la  esperanza  á  Djeouar. 

Era  una  calavera  que  parecía  de  marfil,  cubierta  de 
inscripciones  y  signos  rojos. 

La  tromba  llegaba  ya  ;  parecia  que  el  mundo  iba  á 
desquiciarse,  arrebatado  por  el  semoum\  las  palmeras, 
los  espinos,  las  rocas,  cedían  á  su  paso,  y  arrancados 
de  su  asiento  ,  aumentaban  la  tromba.  El  Nilo  mugía, 
como  saludando  al  terrible  viajero ,  y  los  cocodrilos 
huyeron  aterrados  á  esconderse  entre  sus  grutas  festo- 
neadas de  algas. 

Era  un  momento  supremo:  el  juglar  asió  la  calave- 
ra, y  exclamó : 

—  Si  no  ha  sido  un  sueño  cuanto  ha  pasado  por  mí, 
ábrete  Nilo,  obedeciendo  al  poder  de  este  talismán; 
álcese  en  tu  oscuro  fondo  un  alcázar  para  mí ,  y  pase 
la  tromba  sin  agitar  uno  solo  de  los  mechones  de  mi 
barba. 

El  Nilo  obedeció,  y  como  un  tiempo  el  Dios  de  Moi- 
sés separó  las  aguas  del  Mar  Rojo  para  dar  paso  á  su 


15S  HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

pueblo  (i),  se  abrió  la  corriente  del  Nilo,  y  Djeouar 
descendió  á  pié  enjuto  hasta  el  fondo  de  su  cauce. 

En  él  encontró  un  alcázar  maravilloso  :  su  ambición 
de  riqueza  estaba  satisfecha;  el  pórfido,  el  oro  y  las 
piedras  preciosas  brillaban  por  todas  partes;  pero  no 
había  ni  un  esclavo,  ni  un  animal ,  ni  un  pájaro  en  su 
recinto  solitario  :  dominaba  en  él  el  silencio  de  la 
muerte. 

Djeouar  estaba  trastornado  con  tan  repentino  cambio 
de  fortuna;  agolpábanse  á  su  pensamiento  funestísimos 
recuerdos,  y  le  parecía  estar  entregado  á  un  sueño 
engañador :  tocaba  las  columnas,  los  muros,  las  puer- 
tas de  aquel  palacio  ,  como  quien  al  ver  un  objeto  que- 
rido posa  sobre  él  sus  manos  temeroso  de  que  no  sea 
una  sombra  que  se  desvanezca  al  llegar  á  ella. 

Al  fin  sus  ideas  se  aclararon:  vióse  cubierto  de  an- 
drajos en  medio  de  aquel  alcázar  abandonado ,  y  evocó 
esclavos  que  aparecieron  á  su  voz  y  le  cubrieron  de 
galas.  Luego  mandó  le  preparasen  un  caballo,  y  por 
el  poder  de  su  talismán  volvió  al  sitio  donde  creia  ha- 


,1]  Algunos  extrañaran  que  en  una  leyenda  mahometana  consig- 
nemos uno  de  los  mayores  milagros  de  la  Escritura.  Los  que  cono- 
cen las  creencias  muculmanas  saben  ,  como  nosotros ,  que  Mahoma 
compuso  su  religión  de  las  dos  más  difundidas  en  la  Arabia,  la  ju- 
dia y  la  cristiana,  y  conservó  á  Jesús  el  nombre  de  profeta,  como 
Jesús  lo  habia  conservado  á  Moisés.  En  muchas  de  sus  oraciones 
llaman  á  Noé  el  profeta  de  Dios;  á  Abraham,  el  amigo  de  Dios  ;  á 
Ismael,  el  sacrificado  á  Dios;  á  José,  el  veridico  de  Dios;  á  Moisés, 
el  que  habló  con  Dios;  á  Jesucristo,  el  espíritu  de  Dios. 


HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  Ib9 

ber  soñado ,  y  donde  le  habia  sorprendido  el  semoum. 

La  palmera  no  existia  ya:  habia  sido  arrebatada  por 
la  tromba;  el  ambiente,  rojo  é  inílamado  antes,  estaba 
límpido  y  azul;  el  sol  habia  traspuesto  el  horizonte,  y 
la  luna  llena  alumbraba  la  inmensidad,  produciendo 
destellos  pálidos  y  brillantes  en  las  inquietas  ondas  del 
Nilo  y  del  Bach-el-Azrak. 

El  juglar  aguijó  su  caballo  y  caminó  corriente  arri- 
ba por  la  margen  de  este  último  rio ;  el  animal  era  li- 
gero como  una  gacela,  y  antes  del  amanecer ,  á  pesar 
de  existir  una  distancia  enorme  desde  el  punto  de  par- 
tida de  Djeouar,  vio  los  muros  de  Dembea. 

Esperó  á  que  abriesen  las  puertas,  y  entre  tanto  hizo 
para  sí  el  razonamiento  siguiente: 

— Soy  poderoso  ,  es  verdad ;  yo  podria ,  con  sólo 
quererlo,  llevar  á  Noemi  á  los  climas  más  remotos,  y 
vengarme  de  Aben-Sal-Chem ;  pero  yo  no  haré  uso  de 
ese  poder  más  que  para  probar  si  es  la  virtud  de  ella 
ó  mi  fealdad ,  lo  que  ha  hecho  un  imposible  para  mí 
de  esa  mujer.  Me  rodearé  de  fausto  y  de  hermosura, 
derramaré  el  oro  á  manos  llenas ,  y  si  mis  deseos  no 
se  satisfacen,  preciso  será  creer  que  mi  destino  me 
aparta  de  ella. 

Djeouar  acarició  la  calavera,  que,  encerrada  en  un 
saco  de  cuero ,  pendía  del  arzón  de  la  silla. 

— Ahora  bien  ,  dijo:  es  preciso  que  yo  tenga  una  co- 
mitiva, y  vengo  solo;  las  puertas  van  á  abrirse  y  quie- 
ro entrar  en  la  ciudad  con  el  aparato  de  un  príncipe. 


100  HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

En  tanto  el  juglar  meditaba,  la  aurora  habia  mostra- 
do su  luz  en  el  horizonte  ,  y  los  pájaros  despertaban 
en  sus  nidos  y  entonaban  al  Criador  su  canto  matuti- 
no; en  los  confines  de  las  praderas  se  levantaba  de  las 
chozas  y  de  los  aduares  un  humo  blanquecino ,  que 
mostraba  que  los  habitantes  del  campo  se  preparaban 
á  su  cotidiana  tarea.  Por  el  camino  que  habia  seguido 
Djeouar,  se  veia  alzarse,  entre  la  bruma  de  la  mañana, 
una  nube  de  polvo  que  avanzaba  con  rapidez  hasta  de- 
jar percibir  en  medio  de  ella  una  tropa  de  jinetes  y 
camellos ,  que  se  dirigía  al  punto  donde  esperaba 
Djeouar. 

Cuando  hubieron  llegado,  el  que  los  acaudillaba  echó 
pié  á  tierra,  y  prosternándose  ante  el  juglar,  le  dijo: 

— Nosotros  somos  esclavos  de  la  calavera  mágica,  y 
hemos  sabido  tu  deseo  de  tener  una  comitiva  y  un 
aparato  dignos  de  un  príncipe:  henos  aquí. 

Djeouar  contó  cien  jinetes  en  los  hombres  que  ha- 
bían venido  con  el  que  estaba  prosternado  á  sus  pies: 
mas  allá,  cien  árabes  conducían  otros  tantos  camellos 
cargados  de  cofres  y  tiendas ;  los  jinetes  eran  jóvenes, 
hermosos,  robustos,  ricamente  ataviados  y  armados  con 
espadas  y  lanzas ;  los  caballos  pertenecian  á  la  raza 
más  estimada  en  Arabia,  y  eran  negros  y  fogosos;  los 
esclavos  que  conducían  los  camellos ,  venían  vestidos 
de  blanco,  color  que  hacia  resaltar  el  cobrizo  de  su 
piel :  todos  miraban  con  respeto  al  juglar,  y  su  caudi- 
llo estaba  aún  prosternado  ante  él. 


HISTORIA    DE  LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  161 

—Levántate,  le  dijo  Djeouar,  ¿cómo  te  llamas? 

— Yo  soy  el  genio  Zim-Zam,  contestó  el  pregunta- 
do, y  soy  esclavo  del  talismán  que  posees. 

— Pues  bien,  dijo  el  juglar,  desde  ahora  eres  mi 
walí,  y  te  nombras  Alí-Zim-Zam.  ¡  Alí-Zim-Zam!  Haz 
que  se  armen  mis  tiendas,  y  que  reposen  mis  camellos. 

En  un  momento  doscientas  tiendas  de  riquísimo 
cuero  se  alzaron  en  la  pradera  á  un  tiro  de  venablo  de 
las  puertas  de  la  ciudad:  entre  ellas  se  elevaba  una  de 
tela  de  seda,  sobre  cuya  cúspide  ondeaba  un  pendón 
verde.  En  torno  de  aquel  real,  se  veian  de  trecho  en 
trecho  jinetes  apoyados  en  largas  lanzas  guardando  las 
avenidas;  los  camellos  se  agrupaban  en  el  centro  al- 
rededor de  la  tienda  del  pendón  verde ,  y  dentro  de 
ella,  gozando  de  su  reciente  y  magnífica  fortuna, 
Djeouar  aparecía  muellemente  recostado  en  un  sofá, 
sobre  una  alfombra  de  la  India. 

Ante  él,  el  genio  Zim-Zam,  esperaba  de  pié  y  en 
una  actitud  respetuosa  sus  órdenes. 

— ¿Sabes  mis  deseos?  preguntó  al  genio. 

—Sí ,  poderoso  señor;  contestó  este,  inclinándose; 
quieres  usar  de  tu  poder  de  modo  que  nadie  vea  en  tí 
más  que  un  hombre  adornado  de  todos  los  dones  que 
el  grande  Allah  concede  á  sus  protegidos.  • 

— Es  verdad.  Quiero  ser  hermoso  y  joven. 

El  genio  sacó  de  entre  los  pliegues  de  su  faja  una 
planchita  ovalada  de  plata,  en  cuya  bañada  superficie 
se  reproducían  las  formas  que  se  mostraban  ante  ella; 


162  HISTORIA   DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

y  la  presentó  al  juglar.  Lo  atezado  de  su  rostro,  sus 
profundas  arrugas,  sus  ojos  pequeños,  de  expresión 
traidora  y  cruel ,  su  barba  cenicienta  y  descompuesta 
y  su  cuerpo  encorvado  y  miserable  habían  desapareci- 
do: en  cambio  era  un  mancebo,  en  cuyo  semblante 
noble  brillaban  dos  ojos  negros  de  sublime  expresión, 
coronados  por  dos  cejas  perfectamente  arqueadas;  su 
frente  ,  blanca  ,  pálida  y  altiva,  estaba  ceñida  por  un 
chai  de  vivos  colores,  entretejido  de  oro;  sus  labios, 
de  color  de  púrpura,  mostraban  un  finísimo  bigote  y 
una  barba  semejante  al  terciopelo;  su  cuerpo,  cubier- 
to por  un  caftán  de  inapreciable  valor,  era  gallardo 
como  una  palmera,  fuerte  como  un  cedro,  y  esbelto 
como  el  de  una  hermosa  odalisca,  üjeouar,  en  fin,  ha- 
bía pasado  del  extremo  de  la  fealdad  y  de  la  miseria,  á 
Jo  supremo  de  la  hermosura  y  de  la  riqueza. 

Pero  su  alma  era  la  misma  :  revolvíanse  en  ella  sus 
ambiciones,  sus  rencores,  sus  crueles  venganzas.  Era 
el  mismo  asesino  cobarde  sin  dolor  ni  compasión.  Su 
amor  impuro  guardaba,  aún  con  más  fuerza  que  nun- 
ca, el  recuerdo  de  Noemi,  y  su  odio  para  con  el  wisir 
Aben-Sal-Chem,  había  llegado  al  colmo.  Ni  recordaba 
su  pasado,  ni  pensaba  en  el  porvenir;  para  él  no  exis- 
tía más  que  el  presente. 

—  ¿Cuáles  son  mis  riquezas?  preguntó  después  de 
haberse  contemplado  satisfecho  en  la  plancha  de  plata. 

El  genio  llegó  á  la  puerta  de  la  tienda ,  é  hizo  un 
ademan  imperioso  á  los  esclavos,  que  instantáneamen- 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  I6,i 

te  entraron  en  ella,  cargados  de  cofres  que  dejaron  á 
los  pies  de  Djeouar.  Zim-Zam  los  abrió  uno  tras  otro: 
armaduras  de  guerra,  dignas  de  un  sultán;  ropas  de 
lino,  finísimas  cual  si  fueran  destinadas  á  una  mujer; 
caftanes,  túnicas,  almazares,  alquiceles ,  fabricados  con 
las  materias  á  que  ha  dado  mayor  precio  el  capricho  de 
los  hombres;  todo  un  tesoro  en  joyas  y  en  dinero,  fueron 
los  objetos  que  contestaron  á  la  pregunta  del  juglar, 
que,  obedeciendo  á  su  avaricia,  hundió  sus  manos  con 
deleite  entre  las  joyas  y  el  dinero,  los  contempló,  y  por 
un  momento  lo  olvidó  todo  en  presencia  de  su  tesoro. 

— Yo  necesito  á  más  de  esto,  dijo  al  fin  dirigiéndose 
al  genio ,  el  nombre  de  un  príncipe.  ¿Cómo  he  de  nom- 
brarme? 

Zim-Zam  puso  en  las  manos  de  Djeouar  un  perga- 
mino perfumado ,  del  que  pendía  sujeto  á  una  cinta 
verde,  un  sello  grabado  en  un  anillo  de  oro. 

Era  una  carta  del  sultán  de  las  Indias ,  que  enviaba 
un  presente  al  wisir  Aben-Sal-Chem,  y  la  rogaba  aten- 
diese según  su  rango  á  su  sobrino  Aben-A'bd-Allah- 
Charyahr. 

— Estoy  satisfecho,  dijo  el  juglar,  guardando  entre 
su  faja  el  pergamino.  ¿Qué  gente  es  aquella,  dijo  mi- 
rando á  través  de  la  puerta  de  la  tienda,  que  sale  de 
la  ciudad  y  viene  hacia  este  sitio? 

—  Son  campeadores,  contestó  el  genio  ,  que  Aben- 
Sal-Chem  envía  para  reconocer  nuestro  campo.  Yoy  á 
recibirlos. 


i  65  HISTORIA    DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS. 

Zim-Zam  cabalgó  de  un  salto  en  su  caballo,  que  le 
esperaba  cerca  de  la  tienda,  hizo  montar  á  los  árabes 
sobrantes  de  la  guardia  del  real,  y  se  adelantó  con  ellos 
al  encuentro  del  walí,  que  al  frente  de  algunos  jinetes 
venia  de  la  ciudad. 

Cuando  estuvieron  á  poca  distancia,  Zim-Zam  bajó 
el  hierro  de  su  lanza ,  sacó  el  pié  derecho  del  estribo 
en  señal  de  paz,  y  avanzó  hasta  el  walí  que  le  recibió 
del  mismo  modo. 

—  ¿  Quién  sois,  de  dónde  venís  ?  preguntó  el  de  la 
ciudad  al  genio. 

—  Somos  esclavos  de  un  poderoso  príncipe  de  la  In- 
dia ,  y  venimos  viajando  con  él  por  el  mundo.  Mi  se- 
ñor (rae  un  presente  y  una  carta  para  tu  amo  el  wisir 
A.ben-Sal-Chem ,  >  puedes  llegar  hasta  él  y  escuchar 
palabras  de  amistad  y  paz  de  su  boca  como  las  escu- 
chas de  la  mía. 

—  El  Señor,  Dios  de  Ismael,  sea  con  tu  señor  y  con- 
tigo, contestó  el  walí ,  pasando  su  lanza  á  la  mano  iz- 
quierda, y  tendiendo  la  diestra  al  genio  que  la  aceptó; 
llévame  ante  tu  señor  y  besaré  las  huellas  de  sus  pies, 
y  llevaré  su  carta  al  magnífico  wisir  Aben-Sal-Chem. 

El  walí  partió ,  y  antes  de  que  trascurriese  una  hora 
sintióse  un  gran  movimiento  en  la  ciudad;  llenáronse 
los  muros  de  árabes  cubiertos  de  galas;  abriéronse  las 
puertas,  y  enmedio  de  una  lucida  comitiva,  apareció 
Aben-Sal-Chem,  que,  separándose  de  los  suyos,  partió 
al  galope  y  se  adelantó  al  encuentro  del  juglar ,  que 


HISTORIA    DE   LOS   S1FTE   MURCIÉLAGOS.  465 

salia  al  suyo  de  igual  modo;  al  encontrarse  entrambos 
se  desmontaron  á  un  mismo  tiempo  ,  se  abrazaron ,  y 
recíprocamente  se  besaron  en  la  mejilla  izquierda. 
Después  Djeouar  llevó  á  su  tienda  al  wisir,  le  hizo 
sentar,  y  le  contó  una  historia  mentirosa  que  justifica- 
ba su  viaje,  y  que  Aben-Sal-Chem  creyó  con  la  mayor 
buena  fe  posible. 

El  juglar  veia  acercarse  el  logro  de  sus  deseos;  iba 
á  entrar  rico ,  bello  y  poderoso ,  en  una  ciudad  de  la 
cual  habia  salido  miserable ,  viejo,  huyendo  de  un  su- 
plicio infame  y  cruel ;  su  enemigo  se  entregaba  en  sus 
manos ,  y  creia  ya  ver  ante  sí ,  concediéndole  la  sonri- 
sa de  su  amor ,  á  la  hermosa  Noemi. 

El  juglar  y  el  wisir  tornaron  á  cabalgar  ;  los  escla- 
vos plegaron  las  tiendas ,  pusiéronse  en  movimiento 
jinetes  y  camellos,  y  toda  aquella  lucida  tropa  se  di- 
rigió á  la  ciudad  á  través  de  una  multitud  de  curiosos. 

Al  llegar  á  la  puerta,  Djeouar  reparó  en  una  escar- 
pia clavada  sobre  ella,  y  preguntó  al  wisir,  el  objeto 
á  que  estaba  destinada. 

— Espera  la  cabeza  de  un  hombre,  contestó  severa- 
mente el  wisir,  como  si  aquella  pregunta  hubiese  des- 
pertado en  su  memoria  recuerdos  desagradables. 

Djeouar  pareció  satisfecho  con  aquella  breve  res- 
puesta ,  puesto  que  respetó  el  silencio  del  wisir ,  que 
calló ,  abismado  en  profundas  cavilaciones. 

Pasaron  bajo  del  arco  de  la  puerta,  y  penetraron  en 
las  calles  de  la  ciudad  que  eran  anchas  y  mostraban 


í  66  niSTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

hermosos  edificios  ;  llenábanlas  multitud  de  hombres 
que  victoreaban  tá  Aben-Sal-Chem,  y  tendían  sus  alqui- 
celes á  los  pies  de  su  caballo  para  que  pasase  sobre 
ellos;  algunas  blancas  manos,  saliendo  por  las  entre- 
abiertas celosías,  agitaban  lenzuelos  ó  arrojaban  flo- 
res. Todo  demostraba  que  el  wisir  era  querido  por  los 
habitantes  de  Dembea. 

A  pesar  de  estas  demostraciones,  Sal-Chcm  mar- 
chaba al  lado  del  juglar  triste  y  meditabundo. 

—  ¿Qué  castigo  piensas  será  bastante,  dijo  dete- 
niéndose de  improviso  y  dirigiéndose  á  Djeouar,  para 
castigar  al  hombre  que  ha  osado  penetrar  en  mi  baño 
y  poner  su  mirada  en  mi  esposa? 

—  La  muerte  en  la  tierra,  y  la  condenación  en  lo 
profundo. 

—  Pues  bien,  repuso  con  furor  el  wisir,  la  muerte 
no  será  con  ese  hombre,  que  ha  huido  de  mi  poder  con 
el  auxilio  sin  duda  de  Eblis...  La  escarpia  esperará  en 
vano  su  cabeza...  He  consultado  las  estrellas  por  medio 
de  astrólogos  y  nada  han  podido  decirme ;  ofuscaba  sus 
seutidos  un  poder  superior.  ¿Es  verdad  que  en  la  In- 
dia hay  magos  á  cuyos  conjuros  se  abre  el  libro  del 
porvenir? 

—  Sí. 

—  ¿Traes  alguno  contigo? 

—  Sí. 

—  Muéstramelo,  exclamó  el  wisir  deteniendo  su  ca- 
ballo. 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGO?.  167 

—  Yo  soy,  contestó  solemnemente  Djeouar. 

Aben-Sal-Chem  ,  palideció  al  saber  que  tenia  junto  á 
sí  y  que  habia  besado  en  la  mejilla,  á  uno  de  esos  ter- 
ribles seres  que  mandan  á  los  astros,  que  compelen  á 
los  elementos  y  evocan  de  sus  tumbas  los  cadáveres.  El 
juglar  conoció  lo  desventajoso  de  la  posición  en  que  se 
habia  colocado  respecto  á  un  hombre,  para  con  el  cual 
no  pensaba  valerse  por  entonces  del  inmenso  poder  que 
le  habia  legado  el  hechicero ,  y  se  apresuró  á  desvane- 
cer los  terrores  que  presentía  en  la  medrosa  mirada  del 
wisir. 

—La  magia,  dijo,  es  una  de  esas  ciencias  oscuras, 
inspiradas  por  Satanás.  El  espíritu  de  Dios  sólo  des- 
ciende á  los  que  han  purificado  su  alma  con  la  oración 
y  práctica  de  todas  las  virtudes:  sólo  el  justo  puede 
leer  en  el  pasado  ,  en  el  presente  y  en  el  porvenir;  el 
espíritu  profético  es  la  luz  del  mundo ;  los  conjuros  de 
la  magia  son  los  reflejos  del  fuego  impuro  que  encien- 
de Eblis  en  el  corazón  de  los  malvados.  Yo  soy  profe- 
ta, no  mago. 

La  expresión  de  terror  que  se  mostraba  en  los  ojos 
del  wisir,  se  tornó  en  una  expresión  de  respeto.  Lle- 
gaban entonces  á  las  avenidas  del  alcázar.  La  comitiva 
se  habia  aumentado  con  multitud  de  curiosos,  que  se 
agolpaban  en  derredor  del  wisir  y  del  juglar,  y  admi- 
raban la  riqueza  de  su  vestidura  y  de  su  acompaíia- 
miento.  El  wisir  invitó  á  Djeouar  á  que  se  hospedase 
en  su  compañía,  y  este  aceptó.  Zim-Zam  y  los  suyos 


168  niSTORIA   DE  LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

fueron  á  hospedarse  á  un  kan,  y  el  juglar  y  Aben-Sal- 
Chem  entraron  en  el  alcázar. 

Era  este  ostentoso;  las  galerías,  los  patios  y  los  re- 
tretes estaban  construidos  con  magnificencia ;  los  es- 
clavos y  las  guardias  se  contaban  en  gran  número.  La 
comida  que  sirvieron  á  Djeouar,  fué  exquisita.  Cuando 
quedó  solo  con  el  vvisir,  este  le  dijo : 

— Tuyo  es  cuanto  miras,  príncipe  Aben-Charyahr; 
tu  discreción  y  tu  hermosura  han  cautivado  mi  amis- 
tad ,  y  voy  á  llevarle  junto  á  mi  esposa.  Tú ,  que  lees 
en  los  corazones,  me  dirás  si  el  suyo  está  puro  ó  si  debo 
poner  su  cabeza  en  la  escarpia  destinada  para  el  hom- 
bre que  ha  huido  de  mi  poder. 

Djeouar  no  deseaba  otra  cosa  que  ver  ante  sí  á  Noe- 
mi ;  consintió ,  y  en  pos  del  wisir,  tras  haber  atravesa- 
do el  alcázar ,  entró  en  un  gran  retrete  situado  en  el 
centro  de  una  torre  gigantesca. 

Al  fondo  de  él ,  se  veia  una  mujer  indolentemente 
reclinada  en  un  diván,  rodeada  de  flores  y  perfumes, 
escuchando  el  cantar  de  algunas  esclavas,  acompañado 
de  la  guzla  que  una  de  ellas  tañia.  Aben-Sal-Chem  y 
Djeouar  se  detuvieron  tras  el  tapiz  de  la  puerta ,  para 
oir  el  siguiente  romance  : 

Entre  celajes  de  fuego,  tras  el  ocaso  se  pone  (i) 
el  sol,  y  su  oscuro  manto  despliégala  sombra  informe. 

(i)  Hemos  impreso  los  versos  según  los  escriben  los  árabes,  que 
de  cada  dos  de  nuestro  romance,  hacen  uno  que  dividen  en  dos  par- 
tes. Así  nuestro  primer  verso  equivale  á  la  primera  mitad  ó  primer 


HISTORIA   DE    LOS    SIETE    MURC.ÉLAf.OS.  109 

El  lucero  de  la  tarde  en  trémulos  resplandores 

reverberando  aparece,  mensajero  de  la  noche. 

Se  amengua  la  luz ;  el  día  va  á  alumbrar  á  otras  regiones, 

y  la  tiniebla  se  extiende  llenando  los  horizontes. 

¡Bella  lámpara  de  plata,  que  el  firmamento  recorres, 

brilla  siempre  entre  la  bruma,  que  te  envuelve  en  sus  vapores 

como  trasparente  gasa  que  á  velar  te  se  descoge  ! 

¡Brilla  siempre  misteriosa,  mientras  murmurando  corre 

el  rio,  que  á  tus  destellos  reflejos  de  plata  rompe, 

y  en  la  sonante  ribera,  entre  sus  ondas  veloces, 

espadañas  acaricia,  y  humildes  plantas  recoge  ! 

Mas  si  mi  hermosa  aparece,  á  verte  en  sus  miradores, 

entre  las  nubes  ¡oh  luna!  tu  pálida  faz  esconde, 

que  donde  brillan  los  ojos  de  Noémi  abrasadores, 

poco  son,  no  tus  reflejos,  sino  el  fulgor  de  cien  soles. 

Calló  la  esclava,  y  el  wisir  y  el  juglar  se  adelanta- 
ron ;  la  vista  de  este  último  produjo  algún  desorden; 
la  mayor  parte  de  las  esclavas  huyeron,  y  otras  se  cu- 
brieron con  sus  velos;  la  mujer  que  reposaba  en  el 
diván  se  levantó  ruborosa ,  y  recibió  con  una  sonrisa 
de  amor  á  Aben-Sal-Chem,  y  un  ademan  digno  y  res- 
petuoso al  juglar. 

El  judío  se  detuvo  en  este  punto ,  como  fatigado  de 

hemistiquio  árabe,  que  ellos  llaman  sadrilbait  ó  entrada  del  verso, 
y  el  segundo  verso  al  segundo  hemistiquio  ú  ogzibait,  que  significa 
cabo  de  verso-  Ambos  hemistiquios  son  de  igual  número  de  silabas, 
de  modo  que  una  estrofa  de  nuestros  romances ,  equivale  á  cuatro 
hemistiquios,  ó  sean  dos  versos  árabes. 

\0 


\10  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

tan  larga  relación  ;  la  sultana  Wadah,  esperó  en  vano 
á  que  prosiguiese;  aquella  historia  la  interesaba  en 
demasía,  para  que  no  procurase  saberla  hasta  el  fin; 
parecíale,  sin  embargo,  un  delirio  de  Absalon;  el  judío 
había  dado  á  su  voz  la  inílexion  de  un  canto  monótono 
y  triste ;  semejante  al  que  usan  los  juglares  en  sus  his- 
torias de  hadas  y  encantamientos;  por  otra  parte,  ¿có- 
mo Absalon  recordaba  no  sólo  los  detalles  más  minu- 
ciosos, sino  también  los  romances  cantados  en  una  his- 
toria que  no  era  la  suya? 

Sin  embargo,  recuerdo  ó  delirio,  verdad  ó  mentira, 
la  leyenda  la  habia  revelado  un  nombre  conocido  para 
ella:  el  nombre  de  Djcouar.  Habia  escuchado  con  an- 
siedad al  judío  desde  que  pronunció  aquel  nombre,  y 
habia  esperado  descubrir  un  misterio,  que  tal  vez  era 
el  de  su  existencia  y  el  de  su  amor. 

Pero  Absalon  habia  dejado  de  hablar;  retratábase  en 
su  semblante  la  misma  expresión  de  dolor ,  que  habia 
visto  en  él  la  sultana  al  levantar  el  tapiz  del  diván  don- 
de estaba  aprisionado ;  el  retrete  habia  sido  envuelto 
de  nuevo  en  el  silencio  más  profundo. 

Acercábase  en  tanto  la  hora  de  adohar;  el  sol  iba  á 
tocar  el  punto  que  marca  la  mitad  de  su  carrera ;  la 
fiesta  seguía ,  puesto  que  de  tiempo  en  tiempo  se  es- 
cuchaba el  son  de  trompetas  y  atabales ;  un  presenti- 
miento funesto  pesaba  sobre  el  alma  de  Wadah ,  y  se 
unia  de  una  manera  incomprensible  á  la  historia  que 
habia  dejado  suspendida  el  judío. 


HISTORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  171 

— Es  preciso  acabar ,  dijopara  sí;  es  preciso  que 
este  hombre  hable. 

Y  sacudió  un  brazo  del  judío,  que  tornó  en  sí,  no 
aterrado  como  la  vez  primera  y  con  la  insensatez  pin- 
tada en  sus  ojos,  sino  de  una  manera  natural;  miró  en 
torno  suyo ,  y  al  ver  á  Wadah,  se  alzó  del  diván  y  se 
prosternó  con  respeto. 

— ¡Oh  poderosa  señora!  exclamó  ,  ¿por  qué  llegas 
hasta  tu  siervo  en  la  hora  de  la  desgracia? 

Absalon  no  era  entonces  un  loco.  Wadah  le  exami- 
nó atentamente  antes  de  responder, 

—¿Qué  haces  aquí?  le  preguntó. 

Absalon  tembló,  pero  no  contestó. 

—Tienes  miedo  á  esa  mujer ,  observó  la  sultana  ;  su 
poder  te  aterra ,  pero  yo  quiero  que  hables ;  es  ya  tarde 
para  volver  atrás ;  quiero  saber  hasta  el  fin  la  historia 
de  Djeouar. 

El  judío  palideció,  contuvo  una  exclamación  que  ya 
rebosaba  de  sus  labios ,  y  procurando  sonreírse ,  con- 
testó : 

—Es  verdad ;  habré  soñado ;  mis  sueños  son  extra- 
ños ;  quien  los  presenciara,  me  creería  despierto. 
¡  Djeouar ! — Y  el  judío  dilató  más  su  singular  sonrisa, 
que  tenia  algo  de  la  expresión  del  espanto.  —  ¡Era 
Djeouar  con  quien  soñaba!  ¡Oh!  ese  cuento  es  terri- 
ble, y  desde  que  le  oí  á  un  anciano  de  mi  raza,  le  re- 
produzco con  frecuencia  en  mis  sueños. 

Una  llamarada  de  cólera  subió  del  corazón  á  los  ojos 


172  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

de  Wadah.  Era  la  primera  vez  que,  después  de  mu- 
chos años,  se  atrevía  un  hombre  á  oponerse  á  sus  de- 
seos. Aquella  mirada  fué,  sin  embargo,  un  relámpago. 
Su  irritación,  próxima  á  estallar ,  rodó  en  su  corazón, 
expresándose  en  un  estremecimiento  espantoso. 

—¿Sabes  quién  soy?  Le  preguntó  la  africana  con 
voz  breve  y  acentuada. 

— Sí,  poderosa  sultana,  lo  sé. 

— ¿Sabes  mi  nombre? 

— ¿Acaso  me  he  atrevido  á  desear  conocerlo?  repuso 
vivamente  el  judío,  cuyo  semblante  pálido  iba  tornán- 
dose en  lívido,  al  par  qne  el  de  Wadah  se  enrojecía. 

—  ¡Oh!  tan  olvidadizo  es  el  señor,  que  no  recuerda 
el  nombre  de  su  esclava  !... 

El  judío  miró  con  asombro  á  la  africana. 

— Yo  en  cambio,  añadió  esta,  nada  he  olvidado.  Te 
vi  entrar  un  dia  en  el  alcázar  del  rey ,  y  te  reconocí 
ú  pesar  de  haber  trascurrido  15  años  desde  la  época 
en  que  nos  separamos.  Venias  á  presentar  al  magnífico 
Ebn-Al-Hhamar,  mi  esposo,  una  bellísima  esclava.  Pero 
no  halló  gracia  en  el  rey,  y  volviste  con  ella  á  tu  casa 
á  donde  te  hice  seguir.  Aquella  misma  noche  yo ,  cu- 
bierta con  un  velo,  llamé  á  tu  puerta ,  vi  á  la  esclava, 
y  te  la  compré  para  un  joven ,  que  al  dia  siguiente 
pasó,  por  instigación  mia,  bajo  tus  miradores,  y  vio  á 
Betsabé.  Tú  hiciste  lo  demás.  No  me  habías  reconoci- 
do más  que  como  la  esposa  ¿el  rey,  y  adivinaste  que 
yo  debia  tener  un  gran  interés  cuando  exponía  la  paz 


HISTORIA    I>K    LOS   SIliTE    MURCIÉLAGOS.  i  73 

de  mi  vida  yendo  á  buscarte  á  tu  casa ;  creíste  haber 
penetrado  mi  secreto ;  te  habia  dejado  traslucir  que  yo 
necesitaba  un  objeto  bastante  poderoso  para  arrastrar 
al  príncipe  Jucef  á  una  lucha.  Pero  esa  lucha  ¡  insensa- 
to! no  debia  ser  contra  su  padre  el  rey  Al-Hhamar,  á 
quien  amo  con  toda  la  fuerza  de  mi  amor ;  debia  ser 
contra  el  príncipe  Mohamet ,  por  quien  siento  mi  co- 
razón rebosando  odio.  Ayer  Betsabé  era  esclava,  hoy 
está  libre  y  quiere  ser  reina. 

El  judío  sufría  toda  la  influencia  de  un  terror  pánico; 
su  corazón  le  decía  que  aquella  mujer  tan  hermosa 
podia  para  él  ser  la  muerte ;  para  él ,  miserable  ,  que 
se  estremecía  al  pensar  en  el  no  ser,  porque  á  pesar  de 
su  impotencia,  aún  no  le  habia  abandonado  ese  sueño 
tenaz  que  se  llama  esperanza,  y  que  acompaña  al  hom- 
bre hasta  la  agonía.  El  espanto  erizaba  sus  cabellos, 
porque  en  el  semblante  de  aquella  mujer  habia  empe- 
zado á  leer  con  trabajo  una  historia,  como  se  lee  una 
inscripción,  cuyos  caracteres  han  sido  alterados  por  el 
tiempo,  porque  cada  período  de  la  vida  de  Wadah,  ha- 
bia dado  una  expresión  á  su  semblante :  cuando  sólo 
contaba  12  anos  y  salia  del  alcázar  de  Cairvan  para  re- 
correr las  selvas  sobre  su  caballo  salvaje,  era  una  niña 
pura ,  candorosa ,  en  cuyos  hermosos  ojos  negros  se 
notaba  la  dulce  melancolía  causada  por  las  primeras  y 
misteriosas  sensaciones  de  un  amor  sin  objeto;  después 
cuando  vio  correr  ante  sí  la  sangre  del  hombre  á  quien 
habia  abierto  su  alma  de  virgen,  el  dolor,  el  despecho 

10. 


474  HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

y  la  vergüenza  de  un  castigo,  tal  vez  injusto,  cubrió  su 
frente,  tan  tersa  y  tranquila  antes,  con  una  nube  som- 
bría, que  revelaba  en  ella  una  ilusión  marchita,  y  el 
primer  impulso  de  venganza;  pensando  en  su  desagra- 
vio, ocultando  sus  padecimientos  por  orgullo,  se  hizo 
reservada ,  cruel ,  suspicaz ;  la  franca  sonrisa  de  su 
boca  desapareció,  para  dar  lugar  á  otra  afectada,  y 
tras  la  cual  un  observador  hubiera  encontrado  siempre 
la  amargura  de  un  alma  contrariada  en  sus  más  que- 
ridas sensaciones.  Entonces  contaba  15  años.  Desde 
aquella  época  había  dejado  de  verla  Absalon,  y  en  los 
otros  15  años  que  trascurrieron  hasta  el  dia  en  que, 
llegando  el  judío  á  Granada,  pudo  verla  junto  al  rey, 
en  las  íiestas  y  en  las  monterías  tan  frecuentes  en 
aquel  tiempo,  nada  en  la  sultana  despertó  sus  recuer- 
dos, ni  cuando  una  noche  se  presentó  en  su  casa  para 
comprar  á  Betsabé,  vio  en  ella  más  que  la  esposa  del 
rey,  ante  cuyas  plantas  se  prosternó,  para  escuchar 
las  órdenes  que  respecto  á  la  conducta  que  debía  se- 
guir en  los  amores  del  príncipe  con  la  esclava,  salieron 
breves  é  imperiosas  de  los  labios  de  Wadah. 

Y  no  era  posible  que  la  hubiese  reconocido:  la  sul- 
tana no  era  la  mujer  esbelta ,  aérea  ,  semejante  á  una 
sílfide  como  15  años  atrás:  era  más  hermosa,  si;  sus 
formas  se  habían  desarrollado ,  su  hermosura  había 
llegado  al  colmo,  sus  ojos  habían  adquirido  la  expre- 
sión peculiar  que  la  costumbre  de  ser  obedecida  á  la 
primera  indicación  da  á  la  mirada  de  una  reina ;  Wa- 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  17o 

dah,  en  fin,  se  habia  trasformado  en  gran  manera ;  sin 
embargo,  Absalon,  cuya  atención  habia  despertado 
los  acontecimientos  del  momento  ,  creyó  r  ^conocer 
aquella  mirada  límpida,  penetrante,  imperiosa:  creyó 
ver  levantarse  otra  mujer  entre  la  niebla  de  sus  leja- 
nos recuerdos;  pero  dudó,  y  calló. 

—  ¡Oh!  yo  no  te  he  olvidado,  Absalon  ,  repitió  la 
sultana,  en  cuya  voz  se  notaba  una  inflexión  de  ame- 
naza ,  no  he  olvidado  las  humillaciones  que  he  debido 
á  tu  sórdida  avaricia;  entonces  era  tu  esclava,  como 
ahora  tu  señora  ;  entonces  estaba  sujeta  á  tu  poder 
como  tú  !o  estás  al  mió.  ¿Cuál  piensas  seria  tu  suerte 
si  yo  dijese  á  mi  amado :  señor,  el  hombre  que  maltra- 
ta á  la  que  tú  llamas  luz  de  tus  ojos,  está  en  tu  ciudad; 
tu  siervo  es,  el  que  por  una  infamia  fué  mi  señor,  y  yo 
quiero  su  cabeza? 

Absalon  era  cobarde,  y  creyó  sentir  ya  en  su  cuello 
el  filo  del  fatal  alfanje;  una  angustia  mortal  y  un  de- 
caimiento extremo  eran  las  señales  que,  pintadas  en  su 
rostro,  respondían  de  su  padecimiento;  á  pesar  de  esto 
continuó  en  su  obstinado  silencio. 

— ¡  Hablarás !  gritó  Wadah  con  voz  sombría  desnu- 
dando un  puñal  con  mango  de  oro,  y  apoyando  su  agu- 
da punta  en  el  seno  del  judío. 

Este  dio  un  grito,  saltó  del  diván,  y  quiso  huir,  pero 
cayó  contenido  por  la  cadena  de  oro  que  le  aprisionaba 
como  á  Betsabé. 

—¡Oh,  qué  es  esto!  exclamó  Wadah,  viendo  la  ca- 


i  76  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

dena  cubierta  de  signos  cabalísticos,  que  hasta  enton- 
ces había  estado  oculta  bajo  la  hopalanda  del  judío; 
¿quién  te  ha  sujetado  de  esa  manera?  Luego  aquí  vue- 
la un  poder  superior  que  tú  con  tu  ciencia  y  tu  maldad 
no  puedes  contrarestar?  ¿Conque  está  maldito  todo 
cuanto  me  rodea? 

— Esa  mujer  es  la  muerte  ,  dijo  profundamente  el 
judío,  esa  mujer  es  la  condenación. 

—  ¡Pues  bien!  ¡la  historia  de  esa  mujer!  ¡la  de 
Djcouar!  ¡la  de  Noémi!...  ó  tu  vida. 

El  judio  asió  aterrado  las  rodillas  de  Wadah  y  unió 
sollozando  su  rostro  á  la  alfombra. 

— Sí,  dijiste  que  Djeouar  y  el  wisir  entraron  en  el 
aposento  de  Nogmi...  ¿quién  era  esa  mujer?  preguntó 
temblorosa  Wadah. 

El  judío  hizo  un  esfuerzo  penoso,  se  incorporó,  y 
dijo  con  voz  lenta  y  lúgubre : 

—Esa  mujer  era  tu  madre;  Djeouar  era  mi  herma- 
no; el  wisir  Aben-Sal-Chem  el  enemigo  de  nuestra 
raza. 

La  sultana  palideció  al  oir  aquella  inesperada  res- 
puesta; su  corazón  se  estremeció,  sus  rodillas  se  do- 
blaron, cayó  sin  fuerzas  sobre  el  diván  ,  y  dos  lagri- 
mas arrancadas  por  la  emoción,  al  par  dulces  y  amar- 
gas ,  brotaron  de  sus  ojos ,  que  hasta  entonces  sólo 
habían  mostrado  el  fuego  de  un  amor  ardiente,  ó  la  ex- 
presión de  una  soberbia  ó  de  un  furor  sin  límites.  Tal 
vez  ella  en  su  existencia  de  lucha  y  de  odio ,  había 


HISTORIA   DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  177 

adormecido  en  el  fondo  de  su  alma  aquel  sentimiento; 
tal  vez,  acostumbrada  á  la  soledad  y  al  aislamiento, 
había  reconcentrado  en  sí  misma  sus  afecciones;  pero 
al  fin  el  amor  inmenso  que  llena  el  corazón  de  las  ma- 
dres; esa  voz  de  la  naturaleza,  sin  la  cual  la  especie 
humana  seria  una  raza  de  fieras ,  se  reveló  en  ella  con 
la  vehemencia  peculiar  á  todas  sus  pasiones.  Con  la 
rapidez  inherente  al  pensamiento,  retrocedió  al  pasa- 
do, creyó  ver  á  su  madre  hermosa  y  desgraciada,  se- 
parada de  su  hija ,  tendiendo  hacia  ella  sus  brazos, 
y  sufriendo  con  su  ausencia  como  ella  sufría  cuando 
estaba  separada  del  príncipe  Jucef  A'bd-Allah.  Sólo 
una  madre  sabe  cuanto  puede  amar  y  sufrir  una 
madre. 

Por  eso  dos  lágrimas  solas  y  ardientes  habían  brota- 
do de  sus  ojos ;  lágrimas  que  se  evaporaron  al  rodar 
por  sus  ardientes  mejillas,  enrojecidas  por  la  influen- 
cia de  encontradas  pasiones ;  un  deseo  en  Wadah  era 
una  exigencia;  una  exigencia  contrariada  producía  en 
ella  el  terrible  furor  á  que  con  tanta  frecuencia  se  en- 
tregaba. 

— ¿Dónde  está  mi  madre?  gritó  encarándose  con  el 
judío,  cuya  situación  respecto  á  Wadah  se  hacia  cada 
vez  más  difícil. 

Absalon  se  anonadó;  el  grito  y  el  ademan  de  Wadah 
eran  tan  imponentes  como  los  de  una  pantera  que  bus- 
ca al  hijuelo  que  le  han  robado. 

—¿Dónde  está  mi  madre?  ¿Qué  ha  sido  de  ella? 


i 78  MSTOMA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

repitió  con  acento  terrible  Wadah.  ¡Su  historia!  ¿Lo 
oyes?  ¡Quiero  saber  su  historia! 

El  judío  se  abandonó  sin  esperanza  á  su  destino;  sus 
ojos  volvieron  á  rodar  con  la  expresión  del  insensato; 
un  sordo  gemido  salió  de  sus  labios,  cayó  sobre  el  di- 
ván, cerró  los  ojos,  y  su  voz  volvió  ú  elevarse  como 
un  canto  lúgubre ,  perdido ,  emanado  de  la  tumba.  Pa- 
recía que  un  poder  superior  dominaba  aquella  extraña 
situación. 

—  Nocmi  era  muy  hermosa,  continuó  el  judío;  Noe- 
mi  sólo  contaba  doce  años;  pero  sus  encantos  no  te- 
nian  número  :  Djeouar  la  amaba  porque  era  hermosa, 
y  la  aborrecía  porque  era  hija  y  esposa  de  los  enemi- 
gos de  sus  padres.  Djeouar  por  su  amor  y  su  venganza 
había  vendido  su  cuerpo  á  Azrael  (1),  y  su  espíritu  á 
Satanás.  Djeouar,  el  horrible  juglar,  el  de  la  barba 
macilenta,  el  de  los  hundidos  ojos,  el  de  la  espalda  en- 
corvada, había  pedido  al  infierno  una  de  esas  frentes 
altivas  que  inspiran  respeto,  una  de  esas  miradas  que 
infiltran  en  quien  las  ve,  un  amor  sin  fin,  y  uno  de 
esos  cuerpos  gallardos ,  que  revelan  la  fuerza  y  la  ma- 
jestad. Todo  se  lo  habia  concedido  el  espíritu  condena- 
do,  y  al  fin  estaba  entre  Noemi  y  Aben-Sal-Chem,  go- 
zándose en  el  cercano  logro  de  su  amor  y  de  su  ven- 
ganza. Cuando  tras  una  breve  platica ,  el  wisir  salió 
con  Djeouar  del  aposento  de  su  esposa,  esta  se  levantó 
recatadamente,  llegó  á  la  puerta,  separó  un  tanto  el 

(1)  El  ángel  de  la  muerte. 


HISTOfUA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  í  79 

tapiz,  miró  con  el  rostro  teñido  de  púrpura  y  latiéndole 
el  corazón  al  juglar  que  se  alejaba  por  una  larga  gale- 
ría, y  cuando  ya  no  le  vio,  un  hondo  suspiro  rebosó  de 
su  pecho,  quedó  inmóvil  en  el  lugar  donde  se  encon- 
traba, y  sus  ojos  se  llenaron  de  lágrimas. 

Entre  tanto  Aben-Sal-Chem  preguntaba  á  Djeouar, 
qué  juicio  habia  formado  de  su  esposa. 

— El  corazón  de  la  mujer  es  un  abismo  en  cuyo  fon- 
do sólo  se  ven  tinieblas ,  contestó  Djeouar ;  tengo  que 
apelar  á  la  ciencia ;  y  esta  noche  si  tienes  valor  para  ir 
solo  al  sitio  que  te  designe,  te  daré  á  conocer  si  tu  es- 
posa es  culpable  ó  inocente. 

—  ¿Y  qué  sitio  es  ese?  preguntó  el  wisir. 

—  En  la  ribera  oriental  del  lago,  hay  una  ensenada 
que  penetra  entre  dos  montañas ,  formando  un  canal 
sinuoso ;  al  fin  de  él ,  bajo  la  cortadura  de  la  monta- 
ña ,  existen  las  ruinas  de  una  cabana ,  cercada  por  un 
vallado.  Ve  esta  noche  allí,  cuando  las  estrellas  me- 
dien su  curso,  y  te  revelaré  tu  presente  y  tu  porvenir. 

— Pero  aquel  es  un  lugar  maldito,  donde  no  osa  pe- 
netrar ningún  buen  muslin,  observó  el  wisir  palide- 
ciendo. 

— Sí,  en  aquel  lugar  hace  treinta  años  se  cometió  un 
asesinato.  Desde  entonces  está  inhabitado  y  huyen  de 
él  las  aves  y  los  animales.  Sin  embargo ,  el  Destino  me 
manda  que  sólo  allí  hable,  y  sólo  allí  hablaré. 

El  wisir  prometió  ir  solo,  y  Djeouar  se  separó  de  él 
y  con  pretexto  de  descansar ,  entró  en  el  aposento  que 


i$0  HISTORIA     DF.    LOS    SIRTE    MURCIÉLAGOS. 

se  le  tenia  destinado,  y  donde  le  esperaban  esclavos. 
Despidiólos,  y  cuando  quedó  solo  tocó  la  calavera, 
que  encerrada  en  el  saco  no  había  abandonado,  y  dijo: 

—  Quiero  llegar  hasta  la  puerta  del  retrete  de  Noo- 
mi,  sin  ser  visto  por  ojo  humano. 

Apenas  había  expresado  su  deseo ,  cuando  le  vio 
cumplido;  hallóse  tras  el  tapiz  que  cubría  la  puerta  de 
aquel  retrete;  levantóle  y  miró:  Noemi  estaba  sola 
sentada  en  el  diván,  con  la  cabeza  puesta  entre  las 
manos ,  y  los  brazos  apoyados  en  sus  rodillas;  sus  lar- 
gos cabellos  negros  caian  como  un  velo  sobre  sus  hom- 
bros y  parte  de  su  semblante  ,  y  su  mirada  estaba  fija 
en  el  pavimento. 

Djeouar  levantó  el  tapiz  y  entró ;  sus  pasos  resona- 
ron sobre  el  mármol ,  y  Noemi  levantó  la  vista  ,  le  vio 
dio  un  grito,  y  quiso  huir;  pero  la  contuvo  una  mira- 
da del  juglar,  semejante  á  la  de  la  serpiente  que  fasci- 
na á  una  avecilla. 

Djeouar  siguió  adelante,  y  cuando  llegó  junto  á 
Noemi,  notó  que  temblaba,  y  un  movimiento  de  des- 
pecho agitó  su  corazón. 

—  ¿Por  qué  tiemblas  ante  mí,  paloma  mia  ?  la  pre- 
guntó dulcemente  el  juglar. 

El  seno  de  Noemi  se  elevó  al  impulso  de  una  sensa- 
ción desconocida;  sus  ojos  se  elevaron  hasta  posar  una 
mirada  tímida  en  los  de  Djeouar  y  palideció.  Los  ojos 
del  juglar  arrojaban  de  sí  torrentes  de  pasión,  pero  de 
una  pasión  impura  como  su  alma;  los  de  Noemi  revé- 


niSTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  4  SI 

laban  un  amor  naciente,  tímido,  purísimo  á  veces;  re- 
pugnancia ,  desden  y  temor  otras;  su  espíritu  luchaba 
entre  el  amor  y  el  horror.  Un  poder  invisible  la  arras- 
traba al  juglar,  y  sin  embargo  rechazaba  á  aquel 
hombre  por  un  impulso  independiente  de  su  voluntad 
como  su  amor. 

Djeouar  leyó  hasta  en  el  fondo  del  alma  de  Noemi, 
y  apreció  en  lo  que  valia  la  lucha  que  la  agitaba;  co- 
noció que  jamás  el  amor  dominaría  al  terror  en  Noemi, 
y  se  enfureció. 

—  ¡Oh!  dijo  para  sí ;  no  es  la  virtud  de  la  mujer  ni 
mi  fealdad  los  que  me  separan  de  Noemi ;  es  mi  desti- 
no. Pues  bien,  ese  destino  fatal  pesará  sobre  todo  cuan- 
to me  rodee ,  y  aliviaré  mi  dolor  gozándome  en  el  do- 
lor de  los  otros.  Si  esta  mujer  no  puede  ser  mi  aman- 
te, será  mi  esclava  y  me  vengaré. 

Luego,  sentándose  en  el  diván,  trajo  hastasí  á  Noemi. 

—  Escucha,  la  dijo,  yo  te  amo;  esta  es  la  tercera 
vez  que  llegó  hasta  tí  para  decírtelo,  y  es  la  tercera 
también  que  me  desdeñas. 

Noemi  miró  con  espanto  á  Djeouar ,  no  recordaba 
haberle  visto  hasta  entonces,  y  sin  embargo,  parecía 
encontrar  algo  de  común  entre  la  límpida  y  radiante 
mirada  del  hermoso  joven,  y  la  sombría  é  impura  del 
juglar,  que  habia  visto  antes  prosternarse  dos  veces  á 
sus  pies.  Creyó  ser  presa  de  un  sueño,  y  pasó  las  ma- 
nos por  su  frente  como  queriendo  arrancar  de  ella  una 
cruel  pesadilla. 

ii 


182  niSTORlA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

—  No,  no  sueñas,  dijo  el  juglar,  presintiendo  el 
pensamiento  de  la  joven;  yo  he  creído  también  soñar, 
y  estoy  despierto  como  tú;  nuestro  destino  está  enla- 
zado, y  lo  que  está  escrito  se  cumplirá. 

— ¿  Pero  qué  está  escrito  ?  murmuró  con  espanto  la 
hermosa. 

—  ¿Acaso  anida  la  golondrina  en  otra  palmera  que 
en  aquella  donde  debe  anidar?  ¿Acaso  el  hombre  pue- 
de evitar  el  empeñarse  en  la  senda  á  donde  le  arroja  su 
destino?  iNo.  Destino  mió  era  amarte;  te  vi  un  dia  en 
las  margenes  del  lago,  y  te  amé;  destino  mió  era  lle- 
gar hasta  ti ;  esperé  la  noche,  y  á  favor  de  la  sombra 
escalé  los  muros  de  los  jardines,  y  te  vi...  ¡  Oh  !  me 
desdeñaste  con  horror,  huíste  de  mí  aterrada,  como 
hubieras  huido  de  un  horrible  reptil ;  sin  embargo,  vol- 
ví otra  vez,  y  fui  más  desgraciado  que  la  primera;  me 
vi  encerrado  en  una  mazmorra ,  sentenciado  á  morir,  y 
mi  cabeza  fué  destinada  á  ocupar  una  escarpia  en  las 
puertas  de  la  ciudad ;  pero  cuando  ya  sentía  los  pasos 
del  verdugo,  cuando  el  frió  de  la  muerte  corría  por  la 
médula  de  mis  huesos,  los  hierros  que  me  aprisio- 
naban se  rompieron,  una  mano  invisible  abrió  mi  pri- 
sión y  me  encontré  libre  en  el  campo,  sobre  un  ca- 
mino solitario  alumbrado  por  la  hermosa  luz  de  la 
luna;  me  protegía  un  poder  superior,  y  con  él  he 
vuelto,  no  como  antes,  deforme  y  miserable,  sino 
hermoso,  rico  y  lleno  de  poder  ;  si  me  hubieras  ama- 
do, mujer  i  cuántas  lágrimas  hubieras  evitado  á  tus 


IIISTOHIA   DE    LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS.  i 83 

ojos!  ¡cuánta  felicidad  hubieras  debido  á  tu  deslino! 
— Pues  bien,  sea  como  quiera,  contestó  Noemi,  le- 
vantándose con  dignidad  y  echando  atrás  con  un  movi- 
miento de  su  hermosa  cabeza  su  profusa  cabellera;  sea 
como  quiera  acepto  mi  destino  :  el  Señor  fuerte,  el  sa- 
bio entre  los  sabios,  el  justo  entre  los  justos,  ha  puesto 
á  prueba  mi  corazón.  Antes  de  verte  hoy  ,  amaba  á  mi 
esposo,  amaba  á  mis  flores,  amaba  la  luz  que  se  des- 
prende de  ese  cielo  purísimo  y  el  hermoso  sol  que  re- 
verbera en  su  inmensidad;  pero  mi  amor  era  tranqui- 
lo, y  el  odio  no  habia  penetrado  en  mi  alma;  desde 
que  estás  hoy  á  mi  lado ,  mi  alma  ha  cambiado  entera- 
mente; me  devora  un  amor  solo,  inmenso,  abrasador, 
y  con  él  un  odio  sin  fin,  sin  perdón,  y  por  tí  y  para  tí 
son  ese  amor  y  ese  odio;  amémonos  y  aborrezcámonos. 
Cúmplase  nuestro  destino. 

—  ¿Y  por  qué  no  amarnos  siembre?  murmuró  el  ju- 
glar posando  una  ardiente  mirada  en  Noemi. 

—  ¡  Amarnos !  contestó  esta  con  un  acento  que  pa- 
recía inspirado  y  con  los  ojos  llenos  de  lágrimas ;  mu- 
chas veces,  sentada  en  aquel  ajimez,  he  visto  tras- 
montar el  sol  los  horizontes  entre  ráfagas  de  sangre,  y 
me  ha  estremecido  un  vago  presentimiento ;  muchas 
veces  desde  ese  mismo  lugar ,  he  mirado  la  luna  opaca 
y  sombría  reflejando  sobre  mi  frente ,  y  las  oscuras  nu- 
bes que  han  pasado  delante  de  ella ,  me  han  parecido 
horribles  visiones  que  me  lanzaban  desde  la  inmensidad 
miradas  de  amenaza ;  he  escuchado  palabras  de  mal- 


184*  niSTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

dicion  entre  los  bramidos  del  viento  de  !a  tempestad, 
y  arropada  en  el  fugitivo  manto  del  relámpago,  he 
visto  cien  veces  una  frente  hermosa  y  amenazadora  se- 
mejante á  la  tuya  ;  y  yo  lie  amado  y  he  aborrecido  esos 
terrores  como  te  amo  y  te  aborrezco. 

En  aquel  momento  la  radiante  faz  de  Noemi  tenia 
mucho  de  semejante  á  la  de  Djeouar,  ambos  á  dos  eran 
más  que  mortales;  había  algo  más  allá  de  la  vida  re- 
tratado en  sus  miradas ;  sus  pasione?  al  par  eran  más 
violentas  que  las  de  los  hombres.  Entrambos  se  com- 
prendieron, entrambos  se  respetaron. 

Pasó  un  momento  de  silencio  solemne.  Al  fin  le  rom- 
pió Djeouar. 

— Aquí  se  encierra  un  misterio,  dijo,  que  no  alcanzo 
á  comprender ;  esta  noche  es  preciso  que  vayas  allí, 
añadió  señalando  un  punto  del  lago  á  Noemi,  y  que  era 
el  mismo  lugar  que  MMna  indicado  á  Aben-Sal-Chem. 

—Iré,  contestó  Noemi. 

— A  la  media  noche. 

—A  la  media  noche. 

Tras  esto,  Djeouar  por  donde  había  entrado,  y  Noe- 
mi por  la  parte  opuesta,  abandonaron  el  retrete. 


III. 


Llegó  la  noche  oscura  y  silenciosa;  el  lago  Dembea 
dormía  bajo  su  pabellón  de  sombra ;  de  vez  en  cuando 


HISTORIA    DE    LOS   SlETc   MURCIÉLAGOS.  485 

un  relámpago  rasgaba  las  tinieblas,  y  una  caliente 
ráfaga  iba  á  perderse  murmurando  en  las  quebraduras 
de  las  rocas.  La  ciudad  y  el  castillo,  en  los  cuales  re- 
lumbraban algunas  luces,  se  destacaban  negros  en  la 
sombra,  como  un  giDante  de  cien  ojos  de  fuego  desti- 
nado á  velar  sobre  la  naturaleza  dormida. 

Era  cerca  de  la  media  noche :  en  la  parte  oriental 
del  lago,  en  el  fondo  de  una  quebradura,  situada  entre 
dos  montes,  donde  penetraban  las  aguas  formando  un 
estrecho  canal,  habia  un  hombre  que  llevaba  en  la 
mano  una  antorcha,  y  buscaba  al  parecer  un  lugar  de- 
terminado en  el  reducido  terreno  que  existia  entre  las 
aguas  y  la  cortadura  de  la  montaña :  saltó  por  cima  de 
una  pequeña  cerca  casi  arruinada ,  en  cuyo  interior 
crecía  el  espino  silvestre  en  torno  de  un  ciprés  seco,  y 
entró  al  fin  en  una  cabana,  que  por  su  estado  indicaba 
un  remoto  abandono;  clavó  la  antorcha  en  el  suelo ,  y 
sentóse  sobre  los  escombros. 

Este  hombre  era  Djeouar;  pero  Djeouar  con  su  de- 
formidad ,  con  su  miseria  y  su  cofre  de  juglar.  Su  sem- 
blante revelaba  con  más  fuerza  que  nunca  las  pasiones 
de  su  espíritu,  y  enrojecido  por  la  luz  de  la  antorcha, 
se  semejaba  al  de  un  espíritu  condenado.  Su  mirada 
estaba  tenazmente  fija  en  un  ángulo  de  la  cabana  sobre 
una  pequeña  prominencia  cubierta  de  un  musgo  ver- 
dinegro y  húmedo. 

—Allí  fué,  murmuró  el  juglar;  si  yo  me  atreviese... 

Un  movimiento  inequívoco  de  terror  corrió  por  el 


1.%  HISTORIA   DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

cuerpo  del  juglar,  motivado  por  el  objeto  que  reflejaba 
en  su  pensamiento. 

—  Sí,  es  preciso,  continuó;  va  á  venir,  y  yo  quiero 
oir  la  resolución  de  su  suerte  de  la  boca  de  mi  padre. 

Tras  esto,  abrió  el  cofre  y  tomo  de  dentro  de  él  la 
calavera  mágica. 

—  ¡  Ob  tú!  dijo  mirando  siempre  á  la  prominencia; 
¡oh  tú ,  que  has  dormido  treinta  años  bajo  el  musgo  de 
tu  fosa,  surge  de  ella  como  el  dia  en  que  entraste  en 
este  fatal  recinto! 

Apenas  pronunciadas  estas  palabras,  la  tierra  se 
rasgó  en  la  parte  donde  el  juglar  fijaba  su  mirada,  dejó 
descubierta  una  huesa,  y  del  fondo  de  ella  se  levantó 
un  hombre. 

Era  un  joven  cárabe;  su  traje  revelaba  á  un  jefe  de 
tribu,  y  su  blanco  alquicel  estaba  manchado  desangre 
sobre  el  costado  izquierdo;  sus  feroces  ojos  grises,  de 
una  movilidad  extraordinaria,  recorrieron  en  un  mo- 
mento el  espacio  abierto  ante  ellos,  y  se  elevó  su  voz 
gutural,  lenta  y  sombría  entre  el  silencio  que  domina- 
ba cerca  y  lejos. 

—  ¿Quién  trae  á  mi  hijo,  exclamó,  hasta  la  tumba 
de  su  padre?  ¿Por  qué  emplaza  aquí  cá  su  enemigo  en 
medio  de  la  noche? 

Djeouar  se  prosternó. 

— La  sangre  pide  sangre,  contestó  temblando  el  ju- 
glar, y  la  tuya  reclama  la  de  Aben-Sal-Chem. 

—  ¡La  venganza!  exclamó  el  árabe:  ¡siempre  la 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  487 

venganza  en  el  corazón  del  hombre!  ¡Siempre  la  que 
se  llama  justicia  humana  pretendiendo  anteponerse  á 
la  justicia  de  Dios!  ¡  Lo  que  está  escrito  se  cumplirá,  y 
el  dia  que  ha  de  venir  sólo  Dios  lo  sabe ! 

—  ¡La  venganza!  exclamó  Djeouar  levantándose  y 
encarándose  á  su  padre;  ¡sí,  la  venganza!  Nuestros 
enemigos  los  fuertes  y  los  poderosos  cortan  nuestra 
carne  á  su  placer,  y  encarcelan  nuestro  espíritu  á  su 
antojo.  Siervos  somos  de  ellos,  y  en  vano  es  pedir  á 
ese  Dios  justicia  y  amparo.  Rebaño  sin  pastor  son  los 
débiles  en  quien  se  ceba  el  tigre  y  cuya  sangre  bebe. 
¡Venganza,  sí,  contra  ellos,  los  que  han  vertido  la 
sangre  de  nuestro  padre  y  deshonrado  á  nuestra  ma- 
dre; los  que  nos  han  lanzado  pequeñuelos  y  sin  am- 
paro al  hambre  y  á  la  desnudez  después  de  haberse 
hartado  y  abrigado  con  nuestro  pan  y  nuestra  túnica! 
¡  Venganza,  sí ,  contra  Aben-Sal-Chem  !  porque  yo  soy 
Djeouar,  tu  hijo,  el  mendigo  abandonado  por  Dios  y 
protegido  por  Satanás. 

El  árabe  miró  severamente  á  Djeouar  que,  pasado 
el  primer  impulso  de  terror,  sostuvo  con  insolencia  la 
mirada  de  su  padre. 

—  ¡Hijo  mió  !  exclamó  este  con  amargura.  ¡  Es  ver- 
dad que  eres  mi  hijo,  como  es  verdad  que  la  desgracia 
y  el  crimen  han  pesado  sobre  mí !  ¡  Hijo  mió,  tú !  Sí; 
la  justicia  de  Dios  es  incomprensible  ;  yo  había  sido 
ambicioso  y  cruel,  y  me  castigó  haciendo  que  tú  na- 
cieras de  mí !  Me  castigó ,  entregando  á  mi  esposa, 


188  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

du'ce  tímida  paloma,  eu  las  manos  de  mi  enemigo.  Y 
bien;  ¿qué  quieres  de  mí,  tú  que  te  nombras  mi  hijo, 
\  \  ienes  á  turbar  el  sueño  de  tu  padre  en  :u  huesa  de 
expiación? 

—Quiero  derramar  sobre  ella  la  sangre  de  tu  asesino. 

— ...  Porque  mi  asesino  posee  una  mujer  hermosa  a 
quien  amas,  le  interrumpió  con  severidad  el  árabe; 
porque  mi  asesino  te  ha  perseguido  y  te  ha  encarcela- 
do, porque  le  aborreces,  y  quieres  engañaile  á  tí  pro- 
pio creyendo  un  acto  do  justicia,  lo  que  no  es  más  que 
un  crimen,  al  que  unos  el  sacrilegio.  Vuélveme  a  mi 
reposo;  tu  vista  me  estremece,  y  estos  momentos  de 
vicia  500  más  terribles  para  mí,  que  esa  fosa  fria  y  hú- 
meda lo  ha  sido  durante  treinta  anos. 

—  ¡  Oh  !  ¿no  quieres  su  sangre?  pues  bien,  la  ten- 
drás; él  perecerá  aquí ,  y  ella  será  mi  esclava.  Tienes 
razón,  ¿qué  me  importas  tú,  ni  el  universo,  ni  los 
siete  cielos  de  Dios,  sin  Noemi?  Quiero  que  sea  mia  y 
lo  sera. 

— Te  engañas,  miserable  impío,  gritó  el  árabe;  te 
engañas,  porque  Dios  no  permitirá  que  la  impureza 
una  al  hermano  con  la  hermana...  porque  Nuemi  es  la 
hermana  de  Djeouar. 

El  juglar  lanzó  una  insolente  carcajada. 

—  j  Lo  sabes !  es  verdad ,  continuó  el  árabe ;  ese  ta- 
lismán que  te  ha  prestado  el  infierno,  te  permite  leer 
en  el  presente  y  el  pasado ;  pero  no  leas  en  el  porve- 
nir.., porque  yo  te  maldigo,  Djeouar,  \   el  porvenir 


IIITORIA  DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  189 

de  los  hijos  malditos  por  su  padre,  es  la  muerte  y  la 
condenación. 

En  aquel  momento  oyó  Djeouar  un  ruido  semejante 
al  de  una  barca  que  choca  en  tierra.  Animáronse  sus 
mejillas  con  un  fuego  febril,  tocó  la  calavera,  murmu- 
ro un  conjuro,  y  el  árabe  se  hundió  en  la  fosa  que  se 
cerró  sobre  el.  Al  punto  un  hombre  ,  atraido  por  el 
resplandor  de  la  antorcha,  penetraba  en  las  ruinas. 

Djeouar  se  colocó  de  manera  que  la  sombra  ocultase 
su  semblante ,  y  se  envolvió  en  su  alquicel ;  el  hombre 
que  llegaba  se  adelantó,  y  la  luz  de  la  antorcha  reflejó 
en  su  rostro. 

Era  el  wisir. 

—  ¿Estás  ahí,  príncipe  Aben  Charyarh?  dijo,  diri- 
giéndose al  juglar,  con  un  acento  en  cuya  convulsión 
se  mostraba  el  terror  de  su  espíritu. 

— Sí,  contestó  Djeouar,  y  á  la  verdad  no  te  espera- 
ba. ¡  Amas  demasiado  á  Nocmi ! 

El  acento  de  Djeouar  era  sombrío,  el  terror  de  Aben- 
Sal-Chem  se  colmó. 

—  ¡  Lo  sabes !  Aquí  en  este  sitio ,  exclamó  el  wisir, 
le  vi  ante  mí...  estaba  desarmado...  se  habia  roto  su 
espada  luchando  con  los  mios...  tras  él  se  agrupaban 
llorosos  una  mujer  hermosa  y  dos  niños ,  y  el  anciano 
emir  parecía  dispuesto  á  vender  cara  su  vida... 

—Todo  lo  sé,  contestó  con  acento  solemnemente 
marcado  Djeouar;  el  emir  sólo  te  dijo:  «He  huido  por 
ellos»,  y  te  señaló  sus  hijos  y  su  esposa. 

a. 


190  HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGC3. 

El  juglar  se  detuvo  para  observar  el  rostro  del  w¡- 
sir;  estaba  cadavérico,  sus  dientes  se  entrecbocaban  y 
le  dominaba  un  temblor  convulsivo. 

El  implacable  juglar,  continuó: 

—  El  emir  era  valiente;  la  mitad  de  su  espada  le 
hubiera  bastado  para  cerrar  tus  ojos  á  la  luz;  pero  tus 
soldados  aparecieron,  y  una  saeta  se  clavó  en  el  cos- 
tado izquierdo  de  tu  enemigo.  Todo  acabó;  la  muerte 
fué  con  él. 

Hubo  otro  intervalo  de  silencio  más  solemne  que  el 
primero. 

—Mucho  debes  amar  á  Noemi,  continuó  el  juglar, 
cuando  arrostras  por  su  amor  tan  terribles  recuerdos. 

—  ¡  Si  la  amo  !  exclamó  el  wisir.  Ella  es  la  hurí  que 
Dios  me  ha  concedido,  apiadado  quizá  de  mis  remor- 
dimientos, y  si  me  engañase,  su  sangre  caería  aquí, 
aunque  Eblis  tendiese  ante  ella  sus  alas  para  estor- 
barlo. 

— Pues  bien,  Aben-Sal-Cbem,  esa  mujer  no  te  ama. 

Una  exclamación ,  semejante  á  un  grito  arrancado 
por  un.  dolor  agudo,  rebosó  del  fondo  del  alma  del 
wisir. 

—Esa  mujer,  continuó  Djeouar ,  vendrá  aquí  esta 
noche  en  busca  de  un  amante. 

—  ¡Mientes!  gritó  furioso  el  wisir. 

— Y  ese  amante ,  soy  yo.  Añadió  Djeouar  descu- 
briéndose y  colocándose  de  modo,  que  la  luz  de  la  an- 
torcha hirió  de  lleno  su  semblante. 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  491 

—  ¡El  juglar !  gritó  Aben-Sal-Chem,  á  quien  el  es- 
tupor hizo  retroceder  aterrado: 

— Sí,  el  juglar,  contestó  Djeouar  adelantando  len- 
tamente y  asiendo  con  su  crispada  mano  un  brazo  de 
su  enemigo.  ¡El  juglar  que  se  venga!  ¡Has  colocado 
para  mí  una  escarpia  en  las  puertas  de  Dembea ! 
¡Bien,  servirá  para  tí!  ¿lo  entiendes?  ¡Y  aquí,  donde 
tú  robaste  la  vida  y  la  esposa  al  emir,  te  arrancará  la 
vida  y  la  esposa  su  hijo  el  juglar!  ¡  Porque  yo  soy  hijo 
del  emir  de  Egipto  Abu-Djeouar. 

—  ¡Hijo  del  emir!  murmuró  Aben-Sal-Chem  fijando 
una  mirada  insensata  en  el  juglar.  ¡Hermano  de  Noemi! 

—Sí,  su  hermano  y  su  amante  ;  pero  ella  no  sabe 
que  soy  su  hermano ,  porque  tú  que  lo  sabes  vas  á 
morir. 

— No;  es  imposible,  ella  no  vendrá,  exclamó  Aben- 
Sal-Chem  contentando  á  su  pensamiento  dominante; 
ella  me  ama,  y  te  desprecia.  ¡  Mientes ,  no  vendrá ! 

Djeouar  llevó  entonces  al  wisir  á  la  orilla  del  lago. 

—  ¡Que  no  vendrá!  dijo  cuando  hubieron  llegado; 
pues  bien,  escucha  :  ¿No  te  parece  que  en  medio  del 
silencio  se  levanta  en  el  lago  ruido  de  remos,  y  que  á 
pesar  de  la  niebla  se  ve  una  luz  opaca  que  avanza  ha- 
cia aquí? 

En  efecto,  se  oia  el  ruido  y  se  veia  la  luz ;  los  ojos  y 
los  oídos  de  Aben-Sal-Chem  devoraban  la  niebla  y  el 
silencio. 

Muy  pronto  no  pudo  dudarse  que  una  barca  se  diri- 


402  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

gia  á  la  ensenada.  La  guiaba  un  solo  remero ,  y  una 
antorcha  clavada  en  su  proa  dejaba  ver  que  conducía 
á  una  mujer.  Abeu-Sal-Cheni  reconoció  á  Noemi,  dio 
un  grito  salvaje  y  quiso  desasirse  de  Djeouar  ,  pero 
este  le  sujetó,  como  le  hubiera  contenido  una  cadena 
de  bronce ;  entonces  el  visir  quiso  desnudar  su  puñal, 
pero  se  anticipó  el  juglar  y  le  desarmó. 

—  ¡Miserable  asesino!  exclamó  luchando  con  la  fuer- 
za de  la  desesperación,  aunque  iuútilmente  el  wisir. 

Djeouar  no  contesto;  con  una  fuerza,  que  no  era  de 
esperar  en  él,  contrahecho  y  envejecido  por  los  sufri- 
mientos, arrojo  por  tierra  al  wisir,  le  puso  una  rodilla 
sobre  el  pecho,  y  Levantó  lentamente  el  puñal  de  Aben- 
Sal-Cbem,  que  cerró  los  ojos  resignado  a  morir. 

Pero  fuese  que  el  recuerdo  de  la  maldición  de  su 
padre  le  aterrase;  fuese  un  sentimiento  de  crueldad 
el  que  le  impeliese  á  respetar  la  existencia  de  su  ene- 
migo, bajó  el  puñal  con  la  misma  lentitud  que  lo  ha- 
bía levantado,  y  murmuró  al  oído  de  Aben-Sal-Chem 
estas  terribles  paiabras : 

— Vive,  pero  vive  para  sufrir  como  he  suírido  yo; 
vive  para  ver  en  los  brazos  de  otro  á  la  mujer  de  tu 
amor. 

Nada  contestó  Aben-Sal-Chem,  estaba  desmayado. 

— ¡Zim-Zam!  murmuró  el  juglar. 

El  genio  se  presentó  instantáneamente. 

— Te  he  mandado  esta  tarde  que  construyeses  un 
alcázar  en  el  fondo  del  lago. 


HISTORIA    DE    LOS    SIRTE    MURCIÉLAGOS.  193 

— Cumplidos  están  tus  deseos,  poderoso  señor,  con- 
testó el  genio. 

— Que  en  lo  más  profundo  de  él  pusieses  un  cala- 
bozo. 

— Así  es,  repuso  el  genio. 

— Pues  bien,  lleva  á  él  ese  hombre,  añadió  Djeouar 
señalándole  el  wisir,  y  cárgalo  de  cadenas. 

El  genio,  después  de  haber  envuelto  en  su  alquicel 
á  Aben-Sal-Chem,  desapareció  con  él  hundiéndose  en 
las  aguas  del  lago,  y  Djeouar  tornó  á  la  cerca,  junio  á 
la  cual  esperaba  Noemi  envuelta  en  su  túnica. 

Djeouar  habia  vuelto  á  parecer  el  joven  hermoso  y 
rico  ;  sólo  habia  necesitado  la  deformidad  para  la  ven- 
ganza; para  el  amor  aceptaba  la  belleza  que  debia  al 
talismán. 

Al  llegar  junto  á  Noemi  asió  una  de  sus  manos,  que 
ella  le  abandonó  temblando,  y  la  condujo  por  una 
abertura  del  vallado  hasta  la  cabana  donde  ardia  aún, 
clavada  en  el  suelo,  la  antorcha. 

—Siéntate,  la  dijo,  tendiendo  su  alquicel  sobre  las 
ruinas. 

La  joven  obedeció  ;  Djeouar  se  sentó  á  sus  pies  á  al- 
guna distancia;  ambos  permanecieron  mudos:  él  con- 
templando con  avidez  á  Noemi ;  esta  ruborosa  y  tré- 
mula, fijando  su  mirada  en  el  suelo  musgoso  de  las 
ruinas. 

Todo  contribuía  á  hacer  solemne  aquella  situación; 
la  lobreguez  y  el  silencio  de  la  noche ;  las  paredes  en- 


194  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

negrecidas,  que  sustentaban  aún  algunas  maderas  cu- 
biertas de  tierra  y  juncos,  entre  los  cuales  brotaba  el 
jaramargo;  la  antorcha,  irradiando  una  claridad  osci- 
lante, y  dejando  oir  de  tiempo  en  tiempo  su  áspero 
chascarar,  un  conjunto,  en  fin,  sombrío  y  apenador, 
hacia  presumir  la  gravedad  del  motivo  que  había  im- 
pulsado a  Djeouar  á  emplazar  á  aquel  sitio  á  la  mujer 
de  su  amor. 

—  Hubo  un  tiempo  en  la  tierra  de  Egipto,  dijo  el 
juglar  rompiendo  el  silencio,  un  valiente  emir;  era 
justiciero,  aunque  cruel  en  su  justicia,  y  habia  llegado 
a  la  edad  en  que  las  pasiones  se  desarrollan  é  inflaman 
el  corazón.  Dividía  su  tiempo  entre  el  pórtico  de  su  al- 
cázar, donde  hacia  justicia  al  pueblo,  el  retiro  del  ali- 
rab,  donde  elevaba  a  Dios  su  espíritu,  las  arenas  del 
desierto,  donde  daba  caza  á  los  leones,  ó  las  fronteras 
de  sus  vecinos,  á  los  cuales  llevaba  con  frecuencia  la 
guerra  á  la  primera  provocación:  justiciero,  religioso, 
bizarro  y  prudente,  era  respetado  por  su  virtud  y  te- 
mido por  su  rigidez.  El  califa  de  Damasco  le  llamaba 
Seifu-Plslarn  ( Espada  del  Islam;,  y  sus  enemigos  Al- 
muweiyíd-Billah  (  Favorecido  de  Dios).  Este  hombre 
debia  haber  sido  feliz,  y  sin  embargo,  no  habia  libado 
más  que  amargura  en  la  copa  de  su  destino.  Niño,  le 
habían  vendido  sus  padres;  hombre,  le  habían  hecho 
traición  los  que  creyó  amigos,  y  harto  joven  aún,  á  los 
veinte  años ,  habia  leido  todas  las  amargas  frases  del 
libro  de  la  experiencia  escrito  por  el  desengaño.  Es- 


HISTORIA   OE    LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  195 

clavo,  habia  luchado  por  alcanzar  una  libertad  adqui- 
rida á  fuerza  de  constancia;  libre  y  soldado,  habia  su- 
bido paso  á  paso  la  trabajosa  pendiente  de  la  fortuna, 
y  cuando  llegó  á  su  colmo  y  pudo  mirar  desde  la  al- 
tura á  que  lo  habia  elevado  la  justicia  del  califa  ,  el 
abismo  insondable  desde  donde  habia  surgido  hasta  la 
cumbre  del  favor  y  de  los  honores ,  su  vista  sondeó 
aquel  abismo,  y  en  su  oscuro  fondo  halló  ultrajes  que 
vengar,  lágrimas  que  recoger  y  seres  que  exterminar. 
En  aquel  abismo  estaba  su  pasado,  y  su  pasado  habia 
dejado  huellas  profundas  en  sus  recuerdos. 

Entre  aquellos  recuerdos  se  alzaba  un  hombre. 
Aquel  hombre,  colocado  por  su  destino  sobre  la  huella 
del  emir,  le  habia  comprado  á  sus  padres,  cuando  sólo 
contaba  diez  años;  le  habia  perseguido ,  cuando  habia 
logrado  huir  de  su  padre ,  y  cuando  al  frente  de  las 
tropas  del  califa  habia  recorrido  triunfante  las  fronte- 
ras enemigas,  la  calumnia  emanada  de  aquel,  se  habia 
levantado  siempre  entre  él  y  su  próspera  fortuna.  Era 
el  mal  genio  que  seguía  por  dó  quier  al  emir  Abu- 
Djeouar. 

Hubo  un  dia  en  que  aquellos  dos  hombres  se  encon- 
traron llenos  arabos  de  odio  ;  el  uno ,  por  una  larga 
historia  de  sufrimientos  y  desgracias  ;  el  otro,  por  una 
envidia  miserable :  la  lucha  debia  ser  decisiva.  Abu- 
Djeouar,  el  caudillo  del  califa,  el  guerrero  de  fortuna, 
el  favorecido  de  Dios,  envistió  como  un  león  al  mise- 
rable Muza  Kelb-namir  [Moisés,  Corazón  de  Tigre),  que 


196  HISTORIA    DE    LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

le  esperó  coa  la  traición  y  la  rabia  del  tigre.  El  com- 
bate fué  tremado;  las  aguas  del  Nilo  se  tiñeron  de 
sangre:  tres  soles  y  tres  iunas  brillaron  tristes  y  som- 
bríos sobre  el  campo  de  aquel  reto  singular  de  hombre 
a  hombre,  y  dos  ejércitos  poderosos,  de  árabes  el  uno, 
de  egipcios  el  otro,  enrojecieron  sus  cimitarras  hasta 
la  empuñadura,  y  sus  lanzas  hasta  las  manos.  Y  el 
Dios  grande,  el  Dios  de  las  batallas,  el  Dios  que  tien- 
de su  mano  vencedora  sobre  los  justos  y  los  valientes, 
arrolló  las  gentes  del  pérfido  Kelb-namir,  como  el 
viento  azota  las  endebles  cañas,  y  las  quiebra  y  pasa 
sobre  ellas.  Kelb-namir  y  su  wali  Abcn-Sal-Chem, 
que  entonces  contaba  trece  años,  huyeron  llevando 
tras  sí  los  restos  de  sus  huestes,  y  Abu-Djeouar  pene- 
tró triunfante  en  Dembea,  y  sobre  el  alminar  de  la  gran 
mezquita  clavó  la  bandera  vencedora  del  califa. 

Abu-Djeouar  habia  satisfecho  su  odio;  habia  exter- 
minado á  sus  enemigos;  habia  vencido;  el  califa  le 
honró  con  magníficos  presentes ,  le  envió  su  espada  y 
le  nombró  emir  de  Egipto. 

Pero  el  caudillo  feroz,  el  hombre  que  hasta  entonces 
sólo  habia  pensado  en  su  venganza,  se  encontró  subyu- 
gado y  vencido  á  la  vez.  Enlre  las  esclavas  abandona- 
das por  Kelb-namir  en  su  alcázar  de  Dembea,  habia 
encontrado  una  hechicera  doncella,  hija  de  la  Persia, 
de  ojos  garzos ,  cabello  brillante  y  tez  blanca.  Fué  la 
única  que  tuvo  una  mirada  dulce,  exenta  de  terror 
ante  el  emir,  entre  aquellas  mujeres  que  habían  huido 


HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS.  497 

gritando  á  esconderse  en  el  fondo  del  harem.  Abu- 
Djeouar  la  tendió  la  mano,  y  Sayaradur  (Schallara- 
durr,  Árbol  de  Perlas),  se  arrojó  en  sus  brazos. 

—  ¿Y  quién  era  esa  mujer?  murmuró  en  voz  casi 
ininteligible  Noemi. 

El  juglar  se  estremeció  al  escuchar  aquella  voz  tí- 
mida, pudorosa,  que  vibraba  en  su  corazón  llena  de 
un  poder  invencible. 

— Esa  mujer  era  tu  madre,  contestó. 

—  ¡Mi  madre!  yo  nunca  la  conocí,  repuso  Noemi, 
cuyos  ojos  se  humedecieron.  ¿Cuántos  años  han  sido 
desde  que  el  emir  conoció  á  la  esclava? 

— Treinta  y  dos  veces  el  estío  ha  pasado  desde  en- 
tonces sobre  el  lago. 

—  ¡  Treinta  y  dos  veces !  exclamó  Noemi.  Yo  sólo 
cuento  doce  años;  antes  de  mí  debieron  venir  otros.... 
¿qué  ha  sido  de  mis  hermanos? 

— Esta  es  una  historia  triste,  contestó  Djeouar  do- 
minando su  emoción ,  una  historia  de  lágrimas  para  tí, 
y  desangre  y  venganza  para  tus  hermanos.  Sólo  Dios 
sabe  dónde  están,  añadió  el  juglar  anteponiéndose  á 
una  pregunta  de  Noemi.  Tal  vez  murieron  con  su  pa*- 
dre,  aquí ;  tal  vez  tu  túnica  cubre  el  sitio  de  la  tierra 
sobre  la  cual  se  derramó  su  sangre. 

Noemi  palideció. 

— Pero  la  hora  de  la  venganza  ha  sonado  ya.  La  es- 
pada de  la  justicia  se  ha  levantado,  y  Aben-Sal-Chem 
ha  caido. 


198  HISTORIA   DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Un  grito  terrible  salió  de  la  garganta  de  Noemi. 

— Sí,  ha  caido  Aben-Sal-Chem ;  el  asesino  de  tu 
padre,  el  verdugo  de  tu  madre,  el  miserable  esclavo 
engrandecido  por  el  crimen. 

.Noemi  sufría  herida  en  su  corazón:  aquella  historia 
llena  de  crueles  revelaciones,  destilaba  gota  á  gota  so- 
bre ella  toda  su  amargura ;  su  frente  se  abrasaba  ;  sus 
ojos  fijos  iban  enrojeciéndose  al  par  que  pasaba  sobre 
ellos  un  velo  fúnebre:  Era  la  pantera  que  arrancada  de 
su  cubil  pequefiueta,  dulce  y  mansa  hasta  conocer  su 
linaje,  se  alzaba  al  cabo  liera,  amenazadora,  imponen- 
te en  su  primera  embestida.  Era  una  digna  hija  de 
Sayaradar,  una  digna  hermana  de  Djeouar,  que  obscr- 
vó  profundamente  el  primer  impulso  de  aquella  mujer, 
en  cuya  alma  tras  tanta  pureza  y  tanto  amor,  dormían 
una  valentía  y  una  fiereza  sin  límites. 

Sin  duda  en  aquella  cabana  abandonada,  en  las  ori- 
llas de  aquel  lago  silencioso,  volaba  el  mal  genio  de* 
crimen  y  de  la  venganza ;  sin  duda  pesaba  sobre  ella 
un  terrible  decreto  del  Altísimo.  Tal  vez  habia  algo 
más  que  humano  en  Noemi  y  Djeouar. 

Entrambos  posaban  su  mirada  en  la  mirada  del  otro; 
entrambos  sentían  rodar  la  tormenta  en  sus  corazones, 
y  entrambos  la  contenían. 

—  ¡  Aben-Sal-Chem  ha  sido  el  enemigo  de  mi  padre! 
¡Oh!  no  puede  ser!  exclamó  Noemi.  ¡Aquí  han  muerto 
mis  hermanos!  ¡  Y  tú  lo  sabes !  ¿Quién  eres  tú? 

—¿Quién  soy  yo  ?  contestó  lúgubremente  Djeouar: 


HISTORIA    DE    LOS    SlfeTfi    MURCIÉLAGOS.  199 

tanto  valdría  que  preguntases  á  esas  ruinas,  á  ese  lago, 
á  ese  cielo  encapotado  por  las  tinieblas. 

—Pero  tu  padre... 

— Murió  como  tu  madre,  Noemi;  murió  asesinado 
como  ella  murió  de  vergüenza  y  desesperación.  Escu- 
cha :  el  emir  amó  á  la  esclava  y  la  hizo  su  esposa  ,  y 
esta  amó  al  emir,  como  aman  los  arcángeles  á  Dios; 
los  dos  eran  jóvenes  y  hermosos.  El  genio  de  la  felici- 
dad posó  sobre  ellos ,  y  á  los  dos  años  después  que 
unieron  sus  destinos  tenían  dos  hijos ;  el  valiente  emir 
creyó  terminadas  sus  pruebas  sobre  la  tierra,  y  que 
Dios  le  anticipaba  el  Edem  dándole  el  amor  de  Saya- 
radur.  Vivia  tranquilo ,  reposando  sobre  sus  victorias 
y  adormido  en  la  límpida  mirada  de  su  esposa.  Pero 
Eblis,  el  espíritu  terrible  á  quien  Dios  permite  el  mal 
para  poner  á  prueba  la  virtud  de  los  hombres,  arrojó 
un  día  á  un  mancebo  ante  el  paso  del  emir. 


IV. 


Era  una  ardiente  tarde  de  verano :  Abu-Djeouar  ca- 
balgaba al  trote  de  su  caballo  por  las  márgenes  de 
Barh-el-Azrah ;  llevaba  un  arco  á  la  espalda  ,  y  en  la 
mano  una  azagaya ;  el  caballo  trotaba  con  ardor ;  los 
ojos  del  emir  escudriñaban  los  breñales,  las  malezas, 
las  quebraduras  de  las  rocas:  de  repente  dio  un  grito 
de  alegría  ;  frente  á  él  se  doblegaba  el  follaje  de  un 


200  HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

cañaveral,  y  sobre  la  seca  hojarasca  resonaban  sordas 
pisadas.  El  emir  armó  su  arco  y  asestó  la  azagaya  al 
cañaveral  que  se  abrió ,  pero  en  vez  de  un  león,  según 
había  creído  el  emir,  que  había  salido  á  caza,  se  le 
presentó  un  mancebo. 

Por  un  momento  Abu-Djeouar ,  que  se  entregaba 
con  facilidad  á  la  cólera,  tuvo  asestada  la  azagaya  con- 
tra el  desconocido  ,  que  no  era  culpable  de  otro  crimen 
que  el  de  no  ser  león;  el  mancebo  y  el  emir  se  con- 
templaron un  momento  en  silencio;  el  uno,  sereno  é 
inmóvil;  el  otro,  ceñudo,  blandiendo  su  terrible  aza- 
gaya. 

—  ¿Quién  eres?  dijo  a»  fin  con  acento  breve  é  im- 
perioso el  emir. 

— Soy  Ahen-Sal-Chem,  contestó  con  voz  segura  y 
respetuosa  el  mancebo  que  se  inclinó. 

—  ¿De  qué  país  eres?  insistió  el  emir. 
— De  Arabia,  reposo  el  joven. 

—  ¿Qué  haces  aquí? 

— Busco  el  cubil  de  una  leona  que  he  visto  bajar 
esta  mañana  á  las  corrientes.  Me  parece  que  está  crian- 
do y  busco  los  cachorros. 

El  emir  se  desarmó  ;  si  no  había  encontrado  un  león, 
había  encontrado  un  cazador  de  leones. 

— Acércate,  dijo  el  emir  adelantando  al  propio  tiem- 
po su  caballo. 

Aben-Sal-Chem  se  acercó;  tenia  los  párpados  abra- 
sados por  el  sol ,  y  sus  labios  secos  y  áridos,  brotaban 


HISTORIA    DE    LOS   SIKTE    MURriÉLAGOS.  201 

sangre.  El  emir  conoció  que  la  sed  ie  devoraba  ,  y  le 
mostró  una  calabaza  llena  de  agua  que  colgaba  del 
arzc:i  de  su  silla. 

El  árabe  rehusó  beber;  el  semblante  del  emir  se 
nubló. 

— Sólo  de  un  enemigo  se  rechaza  el  agua,  el  pan  y 
la  sal.  La  sed  te  aflige  y  rehusas  mi  agua. 

—No  tengo  sed ,  repuso  con  energía  ,  aunque  con 
respeto,  Aben-Sal-Chem. 

El  emir  dejó  de  nuevo  la  calabaza  en  su  lugar ,  y 
con  continente  reposado  dirigió  de  nuevo  la  palabra  al 
árabe . 

—  ¿Y  estás  seguro  de  encontrar  el  cubil?  le  dijo. 
El  árabe  se  tornó  lentamente  hacia  la  cortadura  de 

una  roca,  extendió  su  brazo  desnudo  á  ella ,  y  señaló 
al  emir  la  estrecha  grieta  de  una  gruta,  á  la  cual  con- 
ducía un  áspero  sendero  perdido  á  trechos  entre  una 
agria  maleza  de  espinos. 

En  efecto,  el  emir,  escuchando  con  alguna  atención, 
oyó  los  pequeños  bramidos  de  los  leonzuelos  ham- 
brientos. 

—  ¿Sabes,  añadió  dirigiéndose  al  árabe,  que  te  ex- 
pones á  un  peligro  terrible,  robando  los  cachorros  an- 
tes de  haber  muerto  á  la  madre?  No  tienes  caballo  y 
ella  te  seguirá  y  te  alcanzará. 

El  árabe ,  por  toda  respuesta  ,  puso  gravemente  su 
diestra  en  la  empuñadura  de  su  yatagán. 
El  emir  miró  con  asombro  á  Aben-Sal-Chem ;  apenas 


202  HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 

contaba  quince  años;  casi  se  sonrojó  de  que  un  niño  se 
aventurase  á  una  empresa  que  tal  vez  él ,  experto  y 
esforzado  cazador,  hubiera  respetado. 

—  ¿Conque  dices  que  están  allí?  repuso  el  emir  con 
toda  la  franca  alegría  de  un  cazador  que  encuentra  una 
pieza.  Adelante. 

Y  desmontó  del  corcel,  le  ató  á  un  espino,  y  dijo  al 
árabe : 
— Ve  delante. 
El  árabe  no  se  movió. 

—  ¡Guia  !  añadió  con  impaciencia  el  emir. 

— Son  mios ,  dijo  pausadamente  el  árabe,  y  quiero 
ir  solo. 

—  ¡Guia!  repitió  con  imperio  Abu-Djeouar  levan- 
tando su  azagaya  sobre  la  cabeza  de  Aben-Sal-Chem. 

VA  árabe  palideció;  un  relámpago  de  cólera  lució  en 
sus  ojos,  y  su  mano  buscó  instintivamente  la  empuña- 
dura del  yatagán;  pero  se  contuvo.  Inclinó  la  cabeza 
resigaado,  y  se  dirigió  en  lento  paso  á  la  maleza  que 
cubria  la  entrada  del  sendero  que  terminaba  en  la 
gruta  de  la  cortadura. 

El  emir  le  seguia  á  alguna  distancia.  El  árabe  an- 
daba en  paso  recto,  seguro,  marcado,  sin  volver  atrás 
la  cabeza,  sin  advertir  al  emir  !as  dificultades  del  ter- 
reno que  él  vencía  con  suma  facilidad.  Al  íin  se  inter- 
naron en  los  espinos;  al  principio  la  senda  era,  aunque 
escabrosa,  practicable,  y  el  sol  filtraba  sus  rayos  á  tra- 
vés del  ancho  follaje;  algo  más  adelante  la  maleza  se 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  203 

estrechaba,  menguaba  la  luz  interceptada  por  la  espe- 
sura ,  la  senda  se  hacia  tortuosa  y  tajada  con  fre- 
cuencia. 

El  árabe  desnudó  su  yatagán,  y  se  abrió  camino  á 
través  de  los  arbustos  que  cortaba.  Apresuró  su  mar- 
cha, adelantó  al  emir ,  y  en  la  vuelta  de  una  quebra- 
dura esperó. 

Su  moreno  semblante  se  cubrió  de  una  palidez  som- 
bría:'sus  ojos  brillaron  animados  de  una  expresión 
salvaje,  adelantó  su  cabeza  en  el  ademan  de  la  mayor 
atención  ,  como  el  tigre  que  espera,  y  una  sonrisa  hor- 
rible dilató  sus  labios.  Al  fin  resonaron  los  pasos  del 
emir,  y  el  ruido  que  hacia  su  alfanje  cortando  la  espe- 
sura: el  árabe  apretó  con  mano  convulsiva  la  empu- 
ñadura de  su  yatagán,  sus  cejas  se  fruncieron,  y  sus 
ojos  se  fijaron  reflexivos ;  sin  duda  un  pensamiento 
nuevo  pasó  por  su  inteligencia,  puesto  que  al  sentir 
cerca  ya  al  emir,  abandonó  su  actitud  de  acecho,  vol- 
vióse hacia  la  continuación  de  la  senda ,  abrióse  paso  á 
cuchilladas  entre  los  espinos,  y  se  alejó  murmurando : 

— Aún  no  es  tiempo. 

Y  siguió  trepando  con  ardor  por  el  sendero  cortado 
ya  sobre  la  roca,  estrecho  y  resbaladizo.  Al  fin  llegó  á 
una  plataforma;  sobre  ella,  á  cuatro  pies  de  altura, 
se  alzaba  la  grieta  á  la  que  conducian  desde  allí  dos 
escarpaduras  asperísimas. 

El  árabe  empezó  á  trepar  por  una  de  ellas,  con  el 
cuerpo  encorvado,  el  oído  atento  y  el  yatagán  prepa- 


204  HISTORIA    DE    I.OS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

rado.  Un  poco  después  el  emir  apareció  en  la  plata- 
forma y  avanzó  por  la  otra  escarpadura.  Con  alguna 
ventaja  el  cárabe  llegó  á  la  abertura  de  la  caverna,  y 
lanzó  una  mirada  salvaje  á  su  oscuro  fondo.  Nada  se 
veia,  nada  se  escuchaba.  Aben-Sal-Chem  hubiera  creí- 
do que  nada  existia  en  ella,  á  no  ser  por  un  olor  fuerte 
y  acre  que  le  reveló  el  rastro  de  la  leona. 

El  árabe  invocó  á  Dios,  y  se  adelantó:  entonces  en 
el  fondo  de  la  gruta  brillaron  dos  puntos  luminosos  co- 
mo carbunclos;  agitóse  una  sombra  informe,  y  un  ru- 
gido atronador  retembló  en  los  aires  inmenso  y  terri- 
ble; el  emir  llegaba  entonces  á  la  grieta. 

—  ¡La  leona!  exclamó  con  grito  bravio  el  árabe: 
¡  Allah-Akbark! 

—  ¡Allah-Akbark!  repitió  con  voz  pujante  el  emir 
armando  su  arco  en  la  entrada  de  la  cavern:i. 

Un  segundo  rugido,  más  fuerte,  más  amenazador 
que  el  primero,  fué  la  señal  de  la  acometida  de  la  fie- 
ra. Aben-Sal-Chem  la  vio  cargar  sobre  él  y  la  recibió. 
El  choque  fué  tremendo :  el  yatagán  del  árabe  se  abrió 
paso  á  través  del  pecho  de  la  leona ,  que  se  lanzó  de 
un  salto  sobre  la  plataforma  arrastrando  consigo  al  ca- 
zador. 

Sin  el  emir,  Eben-Sal-Chem  no  hubiera  abierto  los 
ojos  á  la  luz:  pero  sus  dias  no  estaban  contados.  La  aza- 
gaya del  valiente  Abu-Djeouar,  rasgó  silbando  la  dis- 
tancia, y  se  clavó  vibrante  en  el  cráneo  de  la  leona, 
que  dio  su  postrer  y  tremendo  salto,  lanzó  un  rugido 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  205 

de  agonía,  y  cayó  inerte  junto  al  árabe,  que  con  la 
violencia  de  la  caida  desde  la  gruta  hasta  la  platafor- 
ma, había  perdido  el  sentido. 

Embarazosa  era  la  situación  del  emir:  dejar  allí 
abandonado  junto  á  un  antro  de  leones  á  un  hombre  á 
quien  ya  amaba,  como  amaba  á  todos  los  valientes,  fué 
un  pensamiento  que  rechazó  con  indignación.  Esperar 
solo  el  inminente  peligro  de  la  vuelta  del  macno,  era 
esperar  una  muerte  segura. 

Y  el  tiempo  corría,  el  sol  tocaba  al  Occidente,  escu- 
chábase ya  el  aullido  de  las  fieras  que  volvían  á  sus 
cavernas,  y  los  pájaros  volaban  á  su  nido. 

Pero  á  tiempo  por  entre  las  quebraduras  de  las  rocas 
resonaron  roncas  bocinas,  y  una  tropa  de  jinetes  ar- 
mados de  lanzas  y  azagayas  entraron  al  galope  de  sus 
caballos  en  el  valle  donde  habia  encontrado  al  árabe 
el  emir. 

Eran  los  esclavos  de  este  que  le  buscaban ;  el  va- 
liente cazador  llevó  la  bocina  á  sus  labios,  la  hizo  so- 
nar tres  veces,  y  sus  gentes  vinieron  á  él. 

Entre  tanto  el  emir  bajó  á  la  plataforma ;  la  leona 
habia  caido  sobre  el  árabe ,  que  aún  permanecía  sin 
sentido:  el  emir  le  puso  la  mano  sobre  el  corazón;  aún 
latía  ;  la  hora  suprema  no  habia  llegado  aún  para 
Aben-Sal-  Chem. 

—  ¡Loado  sea  Dios!  exclamó  el  emir,  á  tiempo  que 
cuatro  de  los  suyos  ponían  á  sus  pies  cuatro  leoncillos 
que  habían  encontrado  en  el  antro :  ¡  loado  sea  Dios ! 

12 


206  HISTORIA  DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

no  sólo  adquiero  cuatro  animales  de  la  mejor  raza  para 
mi  leonera,  sino  que  he  encontrado  un  valiente  cazador 
de  leones. 

Poco  después  aquella  tropa,  siguiendo  á  su  señor, 
entraba  al  galope  de  sus  caballos  en  Dembea ,  y  algo 
más  larde  Aben-Sal-Chem,  conducido  en  un  palanquín, 
tornaba  en  si  en  un  lecho  junto  al  cual  estaba  sentado 
el  emir. 

El  árabe  debía  su  vida  á  Abu-Djeouar ,  y  sin  em- 
bargo, aún  después  de  haber  turnado  a  sus  fuerzas,  no 
expresó  su  agradecimiento  a  su  bienhechor,  que  le 
honró  con  las  mayores  distinciones,  y  le  hizo  jefe  de 
sus  cazadores. 


V. 


Atribuyo  el  noble  emir  á  causas  extrañas  la  tacitur- 
nidad y  el  desabrimiento  del  árabe;  jamás  este  tocó 
manjar  alguno  en  el  alcázar,  ni  durmió  bajo  su  techo, 
ni  acudió  á  él  sino  cuando  el  emir  le  llamaba  para  or- 
denarle le  siguiese  á  la  caza. 

Entcnces  perseguía  con  ardor  al  león  ó  la  pantera, 
corría  todo  un  dia  como  un  perro  por  los  breñales,  de- 
lante del  caballo  del  emir,  y  terminada  la  cacería,  iba 
á  ocultarse  en  la  misma  cabana  donde  estamos;  en  el 
otro  extremo  habia  un  pequeño  y  rústico  mirab,  y  en 
él,  abstraído  del  trato  del  mundo,  vivía  un  anciano  mo- 
rabita. 


HISTORIA    DK    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  207 

El  miraf)  ha  desaparecido ,  y  sólo  queda  la  cabana 
arruinada. 

Un  dia  el  emir  llamó  á  su  cazador,  este  se  presentó, 
como  siempre,  ceñudo,  taciturno,  bravio. 

—Quiero  dar  un  espectáculo  de  caza  á  mis  mujeres, 
le  dijo  el  emir ;  mañana  al  amanecer  estarás  con  mis 
cazadores  en  la  parte  oriental  del  lago.  Haré  que  con- 
duzcan allí  dos  de  los  leones  más  feroces  que  tengo,  y 
espero  que  Dios  nos  dará  un  buen  dia. 

El  árabe  se  inclinó  según  costumbre,  y  "partió ;  pero 
en  vez  de  encaminarse  á  su  albergue,  se  dirigió  por  la 
margen  izquierda  del  Barh  el-Azrak,  hasta  llegar  á  un 
pequeño  aduar  plantado  en  torno  de  una  palmera  en  la 
confluencia  de  aquel  rio  con  el  Nilo. 

Algunos  caballos  pacían  junto  á  las  tiendas,  y  algu- 
nos feroces  árabes  se  ocupaban  en  afilar  las  puntas  de 
sus  lanzas  como  preparándose  á  una  expedición. 

A.ben-Sal-Chem  pasó  entre  ellos  sin  dirigirles  ni  una 
palabra,  ni  un  ademan  amistoso,  y  entró  en  una  tienda 
colocada  en  el  centro  del  aduar. 

En  ella,  tendido  sobre  una  estera  de  palma,  estaba 
Muza  Kelb-namir;  su  edad  llegaría  á  treinta  años;  su 
semblante  era  feroz;  junto  á  él  estaban  sus  armas,  y 
más  allá  los  arneses  de  sus  caballos;  su  meditación  era 
profunda  y  no  reparó  en  Aben-Sal-Chem. 

—  Heme  aquí,  dijo  el  árabe.  Ha  llegado  el  dia.  Ma- 
ñana al  amanecer  cabalga  con  los  tuyos  en  dirección  á 
las  montañas  por  la  parte  oriental  del  lagoDembea. 


C20S  HISTOniA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

— Al  amanecer  cabalgaré. 

—Y  tiempo  es,  añadió  el  árabe,  de  que  yo  reciba 
mi  recompensa. 

—  ¿  Y  qué  quieres? 

— Escucha,  soy  lujo  de  un  pescador;  mi  vida  ha  pa- 
sado triste  y  afanosa  entre  el  trabajo  y  la  servidumbre; 
á  los  doce  años  arrojé  las  redes  y  el  remo  ,  y  empuñé 
este  yatagán;  te  he  servido  en  la  guerra  y  en  la  caza, 
y  quiero,  si  recobras  tu  poder,  que  eleves  contigo  al 
hombre  a  quien  lo  debes.  Quiero  riquezas,  mujeres  y 
esclavos;  quiero  pasar  por  el  hijo  de  tu  hermano; 
quiero  ser  poderoso. 

— Lo  seras. 

— No  basta  eso;  es  preciso  que  delante  de  tus  ára- 
bes me  beses  en  la  mejilla,  y  me  declares  tu  pariente; 
el  triunfo  embriaga  ,  y  después  de  él  podrías  ser  olvi- 
dadizo. 

Kelb-namir  se  levanto,  tocó  una  bocina,  á  cuyo  so- 
nido se  agruparon  en  torno  de  la  tienda  más  de  cien 
árabes. 

— ¡Creyentes!  les  dijo  Kelb-namir ;  Ábeu-Sal-Chem, 
este  que  veis  a  mi  diestra,  es  hijo  de  mi  hermano  ;  yo 
le  adopto  por  hijo,  y  quiero  que  por  tal  le  tengáis. 

Un  murmullo  de  asentimiento  fué  la  contestación  de 
los  árabes. 

— Jurad  que  reconoceréis  en  mí ,  dijo  Aben-Sal- 
Chem,  al  heredero  de  Kelb-namir ,  que  muerto  él  le 
elevareis  á  su  dignidad. 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  209 

Los  árabes  guardaron  un  silencio  estúpido. 

— Juradlo,  exclamó  con  imperio  Kelb-namir. 

Los  cárabes  juraron  por  el  profeta ;  y  como  Kelb-na- 
mir y  Aben-Sal-Chem  se  retirasen  al  interior  de  la  tien- 
da, se  dispersaron  y  tornaron  en  silencio  á  aguzar  sus 
lanzas  y  á  afilar  sus  yataganes. 

Aben-Sal-Chem  salió  de  la  tienda  y  se  perdió  á  lo 
largo  de  la  margen  del  rio.  Una  hora  más  tarde ,  diez 
árabes  partían  á  toda  la  carrera  de  sus  veloces  caba- 
llos en  distintas  direcciones. 

Al  amanecer  del  dia  siguiente  el  aduar  se  había  au- 
mentado de  una  manera  prodijiosa;  las  tiendas  llena- 
ban la  llanura;  los  árabes  enjaezaban  sus  caballos,  y 
Kelb-namir  recorría  en  todas  direcciones  el  campa- 
mento, y  ordenaba  su  hueste,  cuyo  número  ascendía  á 
diez  mil  hombres. 


VI. 


Cuando  el  sol  se  levantó  en  el  horizonte,  aquella 
tropa  cabalgaba  corriente  arriba ,  por  la  margen  iz- 
quierda del  Barh-el-Azrak.  A  la  hora  de  adohar  dieron 
vista  al  lago  Dembea,  y  escucharon  el  son  de  las  boci- 
nas de  caza,  y  el  rugido  de  los  leones  acosados  por  los 
árabes  y  por  los  perros.  Kelb-namir  se  adelantó  solo  á 
través  de  las  quebraduras,  y  desembocó  en  un  extenso 
valle.  Su  vista  de  águila  vio  al  fondo  de  él  una  tienda 

12. 


210  HISTORIA    PE    LOS    SIRTE   MURCIÉLAGOS. 

colocada  sobre  una  roca,  y  en  ella  una  mujer  rodeada 
de  esclavas. 

Era  Sayaradur. 

Una  tropa  de  esclavos  etíopes  defendía  las  avenidas, 
y  mas  abajo,  en  el  fondo  del  valle,  el  emir  Abu-Djeouar 
seguido  de  Aben-Sal -Cliem  y  sus  cazadores,  acababa 
de  rendir  a  un  formidable  león. 

El  rostro  de  Kelb-namir  se  nubló  con  una  expresión 
de  odio;  contempló  al  emir  un  momento,  y  murmuró 
con  voz  lúgubre : 

— lia  terminado  tu  cacería,  emir;  pero  la  mia  empie- 
za ahora. 

Y  acercó  á  sus  labios  la  bocina,  que  lanzó  por  tres 
veces  su  vibrante  sonido  en  las  concavidades  de  las 
rocas. 

Por  la  garganta  donde  estaba  Kelb-namir,  se  lanza- 
ron tras  él  sobre  el  valle  los  diez  mil  árabes,  agitando 
sus  alquiceles  y  blandiendo  sus  lanzas. 

En  el  primer  momento,  el  emir  creyó  amiga  aquella 
tropa,  que  bajaba  con  la  rapidez  y  el  ruido  de  un  tor- 
rente por  la  falda  de  la  montaña;  pero  cuando  vio  la 
bandera  roja  de  su  enemigo,  cuando  le  reconoció  ca- 
balgando ?[  frente  de  los  suyos,  lanzó  un  rugido  seme- 
jante á  los  del  león  que  habia  vencido,  y  llamó  junto  á 
sí  al  escaso  número  de  cazadores  que  le  acompañaban. 

Pero  estos  estaban  sobornados  por  Áben-Sal-Chem, 
y  le  rodearon  pretendiendo  desarmarle. 

El  emir  sólo  contaba  veinte  años ;  era  fuerte  y  va- 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  2H 

líente  como  un  tigre,  y  los  primeros  que  se  acercaron 
á  él  cayeron  bajo  los  golpes  de  su  espada. 

—  ¡Ah!  ¡eres  tú  también,  traidor!  exclamó  viendo 
á  Aben-Sal-Chem  que  le  acometía. 

— Mientes,  gritó  el  árabe,  yo  no  soy  traidor ;  nunca 
he  dormido  bajo  tu  techo  por  mi  voluntad  ,  ni  he  to- 
cado tu  mano  ,  ni  he  comido  tu  pan  ni  tu  sal. 

Entonces  llegaba  Kelb-namir,  seguido  en  tropel  por 
su  hueste ;  el  polvo  producido  por  los  caballos  oscure- 
cía el  ambiente :  los  gritos  se  levantaban  en  un  zumbi- 
do inmenso  y  rugiente  como  el  semoum^-  Abu-Djeouar 
se  vio  perdido,  tornó  su  caballo  á  la  roca  donde  estaba 
Sayaradur,  y  se  abrió  paso  á  cuchilladas  entre  los  ca- 
zadores que  le  rodeaban. 

Los  esclavos  etíopes  se  habían  puesto  en  salvo  con 
Sayaradur,  los  hijos  del  emir  y  las  mujeres  de  su  ha- 
rem. El  caballo  de  Abu-Djeouar,  estimulado  con  los 
gritos  de  la  gente  de  Kelb-namir,  corría  con  una  velo- 
cidad increíble;  salvó  las  gargantas,  atravesó  los  va- 
lles, llegó  á  las  márgenes  del  lago,  y  alcanzó  á  los  etío- 
pes que  habían  huido  antes  que  el  emir. 

Este  puso  sobre  la  grupa  de  su  caballo  á  Sarayadur, 
tomó  en  sus  brazos  á  sus  hijos ,  y  siguió  corriendo, 
en  tanto  que  en  las  revueltas  de  la  montaña  aparecía 
ya  Kelb-namir  aguijando  á  su  caballo  que  corría  á 
rienda  suelta,  seguido  por  Aben-Sal-Chem  y  los  diez 
mil  árabes. 

Los  esclavos  etíopes  quisieron  proteger  la  huida  de 


212  HISTORIA    DE    LOS    ^lETE   MURCIÉLAGOS. 

su  señor,  y  se  lanzaron  con  las  lanzas  tendidas  y  las 
adargas  al  pecho  sobre  los  árabes,  que  aún  no  habian 
avanzado  de  la  garganta  de  la  montaña. 

Aquel  espectáculo  era  horrible.  En  el  centro  del  va- 
lle las  esclavas  del  harem,  abandonadas  por  los  etío- 
pes, huian  á  ocultarse  en  la  selva  vecina,  lanzando 
agudos  gritos ;  por  la  parte  oriental  del  lago  se  veia 
corriendo  sin  rienda  un  valiente  caballo  negro,  cubier- 
to el  cuerpo  de  espumoso  sudor,  y  los  ijares  de  sau- 
gre.  Sobre  el  llevaba  sus  dos  hijos  el  emir,  rugiente  y 
sombrío,  á  cuya  cintura  se  asia  Sayaradur ,  desmele- 
nada, pálida  ,  lijando  una  mirada  colérica  en  la  parte 
occidental,  donde  con  el  valor  de  la  desesperación  se 
batían  los  leales  etíopes  con  las  gentes  de  Kelb-namir; 
y  sobre  todo  esto  un  sol  abrasador,  una  atmósfera  in- 
flamada, y  en  ella  una  banda  de  buitres,  cerniéndose 
sobre  el  combate,  llamados  por  el  olor  de  la  sangre 
que  ya  regaba  el  suelo. 

Pero  de  en  medio  de  los  que  lidiaban  se  adelantó  un 
jinete,  seguido  por  algunos  más,  y  atravesó  el  valle  á 
toda  carrera:  el  caballo  del  emir  habia  caido  muerto 
de  fatiga,  y  él  con  sus  hijos  y  Sarayadur  habia  entra- 
do en  el  terreno  que  rodea  el  vallado  que  guarda  esta 
cabana;  imposible  era  pasar  adelante;  por  una  parte 
estaba  el  lago,  por  otra  la  cortadura  de  la  montaña,  y 
la  que  restaba  era  el  camino  del  valie  por  donde  avan- 
zaba Aben-Sal-Chem. 

El  mirab  estaba  cerrado;  el  emir  llamó  á  su  puerta, 


HISTORIA   DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  213 

y  nadie  contestó;  entonces  entró  en  la  cabana  sin  sos- 
pechar que  aquel  era  el  asilo  del  hombre  que  le  habia 
vendido  á  su  enemigo. 

Desde  allí  vio  á  Dembea;  en  las  almenas  se  veían 
algunas  atalayas  mirando  al  lugar  del  combate  ;  sus 
huestes  salían  de  la  ciudad  en  su  socorro  ,  y  tornó  su 
valor  con  su  esperanza.  Una  hora  bastaba  á  su  ejército 
para  llegar  á  él;  un  momento  á  Aben-Sal-Chem  para 
dar  cima  á  su  traición. 

Un  grito  feroz  del  emir  indicó  á  Sayaradur  que  la 
lucha  tocaba  á  su  término ;  el  emir  se  batia  cuerpo  á 
cuerpo  con  Aben-Sal-Chem  y  los  árabes  que  le  habían 
seguido;  rota  su  espada,  herido  y  fatigado,  se  retiró  á 
la  cabana,  siempre  dando  frente  á  los  asesinos;  Aben- 
Sal-Chem  fué  el  primero  que  entró. 

Sayaradur  se  colocó  entre  él  y  el  emir ;  los  dos  niños 
lloraban  sin  comprender  nada  de  lo  que  sucedía. 

— Eres  un  cobarde:  dijo  Aben-Sal-Chem  á  Abu- 
Djeouar;  has  huido. 

—He  huido  por  ellos,  contestó  con  dignidad  el  emir, 
señalando  á  su  esposa  y  á  sus  hijos;  y  se  lanzó  sobre 
el  árabe  traidor,  á  tiempo  que  una  saeta  disparada  por 
los  que  entraban  arrojó  per  tierra  sin  vida  al  valiente 
emir. 


214  HISTORIA    DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 


VIL 


Djeouar  se  detuvo  para  observar  la  impresión  que 
producía  en  Noemi  el  relato  de  aquella  historia:  estaba 
pálida,  aterrada;  sus  ojos  arrojaban  una  mirada  me- 
drosa en  los  del  juglar,  dos  lágrimas  surcaban  sus 
blancas  mejillas. 

Djeouar  continuó: 

— Sayaradur  había  caido  sin  sentido,  al  ver  correr 
la  sangre  del  emir,  y  cuando  tornó  en  sí  se  encontró 
en  el  alcázar  de  Dembea  sobre  su  mismo  lecho,  y  cre- 
yó que  todo  lo  que  había  visto  era  un  sueño  horroroso. 
Pero  pronto  la  realidad  se  presentó  ante  ella.  Kelb- 
namir  entro  y  con  él  Aben-Sal-Chem.  Su  esposo  hai»ia 
muerto;  sus  hijos  habían  sido  abandonados,  y  sus  ene- 
migos se  habian  apoderado  de  Dembea.  Sayaradur  tor- 
naba á  ser  esclava. 

— ¿  Y  mi  padre?...  preguntó  Noemi. 

—  ¡Tu  padre!..,  murmuró  con  espanto  Djeouar. 
— El  emir...  ¿qué  fué  del  emir?  repuso  Noemi. 

— Hace  treinta  años  que  murió  Ábu-Djeouar ,  con- 
testó con  acento  solemne  el  juglar,  y  tú  sólo  cuentas 
doce. 

—  ¡  Oh !  es  verdad,  exclamó  Noemi ;  el  emir  no  pudo 
ser  mi  padre;  á  no  ser  que... 


HISTORIA    DE  LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  215 

Una  idea  supersticiosa  cruzó  por  la  mente  de  la  niña. 
Djeouar  leyó  en  su  pensamiento. 

— No,  la  dijo;  el  mismo  dia  en  que  el  valle  y  la  ca- 
bana se  habían  teñido  de  sangre,  el  morabita  que  ha- 
bitaba el  mirab,  volvió  de  la  montaña,  donde  habia  ido 
á  buscar  sus  frugales  provisiones ;  vio  la  tierra  cu- 
bierta de  cadáveres,  mientras  que  algunos  buitres  vo- 
laban hacia  la  cabana  y  el  mirab;  llegó  á  la  primera  y 
encontró  en  ella  el  cadáver  del  emir  y  sus  hijos,  el  uno 
de  dos  años  y  el  otro  de  uno,  que  lloraban  desampara- 
dos; sepultó  el  cadáver;  tomó  los  niños,  los  entregó  á 
una  nodriza  á  quien  contó  su  historia  para  que  se  la 
refiriese  más  adelante,  y  se  tornó  á  su  mirab...  Tu  pa- 
dre, Noemi...  es  Muza  Kelb-namir. 

—  ¡  El  asesino  del  esposo  de  mi  madre ! 

— Sí ;  pero  tu  madre  no  fué  culpable.  Año  tras  año 
pasaron  diez  y  ocho  ,  sin  que  un  solo  dia  Kelb-namir 
dejase  de  arrastrar  su  amor  á  las  plantas  de  Sayara- 
dur ;  diez  y  ocho  años  dia  por  dia,  la  encontró  inexo- 
rable y  más  hermosa,  y  á  medida  que  pasaban  anadian 
más  fuerza  al  fuego  del  amor  del  árabe,  más  y  más 
odio  al  corazón  de  la  esclava. 

Una  noche  Kelb-namir  velaba  y  se  entregaba  á  toda 
la  desesperación  hija  de  su  amor  insensato.  Terribles 
pensamientos  le  dominaban ,  la  rabia  devoraba  su  co- 
razón. 

La  lámpara  se  habia  apagado ;  por  los  abiertos  aji- 
meces penetraba  frió  y  ruidoso  el  viento  de  la  tempes- 


216  HISTORIA   DE   LOS    hlETE   MURCIÉLAGOS. 

tad ;  Kelb-namir  se  revolvía  sobre  la  piel  de  tigre  de 
su  lecho. 

En  medio  de  su  insomnio  creyó  oir  el  ruido  de  un 
vuelo  pausado  á  poca  distancia  de  su  cabeza ;  el  vuele 
se  cruzaba  en  todas  direcciones;  pasaba,  volvía  á  pa- 
sar, se  perdia  y  se  agitaba  por  intervalos  cada  vez  más 
cercano.  Al  fin  sintió  unas  alas  sutiles  y  frias  que  azo- 
taban su  rostro,  y  oyó  una  voz  dulcísima  que  murmuró 
en  su  oído: 

— Una  noche  de  placer  con  Sayaradur,  por  tu  eter- 
nidad conmigo. 

Kelb-namir  saltó  del  lecho  despavorido  al  escuchar 
aquella  voz  sobrenatural,  y  se  lanzó  al  ajimez  á  respi- 
rar el  aire  de  la  tormenta.  La  noche  estaba  oscurísi- 
ma ;  por  delante  de  sus  ojos  veia  pasar  en  aquel  cielo 
encapotado ,  cuatro  sombras  informes  que  se  cernían 
en  los  aires,  y  pasaban  y  volvían  á  pasar ,  y  se  aleja- 
ban y  tornaban  á  acercarse. 

Eran  cuatro  murciélagos  enormes ;  cuatro  vampiros. 

Y  allí  también ,  perdida  en  la  oscuridad  ,  arrastrada 
entre  las  ráfagas  de  la  tormenta ,  tornó  á  resonar  la 
voz  misteriosa ;  otra  vez  oyó  Kelb-namir  las  incitantes 
y  terribles  palabras : 

—Una  noche  de  placer  con  Sayaradur ,  por  tu  eter- 
nidad conmigo. 

—  ¡Luces!  ¡luces!  gritó  Kelb-namir ,  retrocediendo 
helado  de  espanto  hasta  el  centro  de  su  retrete. 

Y  despertó  á  sus  esclavos ,  y  llamó  á  sus  guardas, 


HISTORIA   DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  217 

que  llegaron  en  tropel  junto  á  Kelb-namir,  con  las  pi- 
cas en  ristre,  cual  si  los  enemigos  hubiesen  penetrado 
en  Dembea. 

Kelb-namir  recorrió  su  retrete ,  su  alhamí ,  su  alcá- 
zar, desde  los  alminares  hasta  los  jardines.  Las  puer- 
tas estaban  cerradas  y  los  atalayas  despiertos;  ninguno 
habia  visto  la  mujer  que  buscaba  su  señor. 

Tal  vez  habia  sido  el  sueño  apenador  de  una  tor- 
mentosa noche  de  estío. 

Kelb-namir  alejó  á  sus  guardas  y  á  sus  esclavos, 
volvió  á  su  retrete,  cerró  las  puertas  y  los  ajimeces,  y 
calenturiento,  desvelado,  buscó  el  libro  de  sus  poemas, 
se  acercó  á  la  lámpara  y  leyó. 

Pero  en  vano  quiso  alejar  de  sí  aquella  medrosa  vi- 
sión ;  en  lo  más  alto  de  la  cúpula  resonó  de  nuevo  el 
vuelo  de  los  vampiros  que  descendieron  en  una  larga 
espiral,  batieron  las  alas  en  derredor  de  la  lámpara 
hasta  apagarla,  y  otra  vez  dijo  en  el  oído  de  Kelb-na- 
mir, la  voz  lánguida  é  incitante: 

— Una  noche  de  placer  con  Sayaradur ,  por  tu  eter- 
nidad conmigo. 

No  era  sueño,  era  una  realidad  aterradora  ;  los  es- 
píritus invisibles  volaban  en  torno  de  Kelb-namir  ,  á 
quien  lo  intenso  de  su  terror  dio  fuerzas. 

—  ¿Quién  eres  tú,  dijo,  que  entre  las  tinieblas  lle- 
gas á  incitarme?  ¡Espíritu  ó  materia,  arcángel  ó  de- 
monio, déjate  ver  ante  mí! 

Apenas  pronunciada  aquella  imprecación ,  una  luz 

13 


218  HISTORIA    DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

cárdena  inundó  el  retrete ;  en  el  centro  de  él  se  alzó 
una  sombra  confusa,  que  tomó  formas ,  y  dejó  ver  á 
Kelb-namir  una  mujer. 

Pero  una  mujer  hermosa ,  como  no  es  posible  hallar 
otra  sobre  la  tierra.  Envuelta  en  una  ancha  y  flotante 
túnica  de  finísimo  lino  ,  majestuosa  y  severa  ,  con  sus 
largos  y  brillantes  cabellos,  sus  ojos  de  mirada  límpida 
y  penetrante,  y  su  esbelto  talle ,  fascinó  á  Kelb-namir 
con  el  mágico  y  poderoso  prestigio  que  la  rodeaba. 
Tres  vampiros  giraban  rápidamente  en  torno  de  su  ca- 
beza describiendo  una  negra  y  fatídica  aureola ,  y  un 
perfume  suavísimo,  emanado  de  aquel  extraño  conjun- 
to, llenaba  el  retrete,  y  enlanguidecía  los  sentidos  de 
Kelb-namir,  que  cayó  de  rodillas,  y  unió  su  rostro  al 
pavimento. 

— Levántate,  muslim ,  dijo  la  visión  con  una  voz  so- 
nora, semejante  á  la  que  habia  resonado  tres  veces  en 
los  oídos  del  árabe ;  levántate  y  escucha  : 

Kelb-namir  se  levantó. 

— Yo  soy  Betsabé,  la  hada  de  los  amores  impuros, 
añadió  con  un  acento  dulce  é  incitante  la  aparición.  Yo 
soy  la  que,  encerrada  en  la  forma  de  un  vampiro,  ha- 
lago el  sueño  de  los  amores  insensatos,  y  protejo  á  los 
que  arden  en  su  fuego.  Yo  soy  poderosa :  ¿qué  quieres 
de  mí? 

Kelb-namir  tembló. 

— Yo  soy  muy  hermosa,  prosiguió  el  hada,  te  amo  y 
te  daré  el  amor  de  Sayaradur,  si  me  das  tu  eternidad. 


HISTORIA    DE   I.OS    SIKT.E    MURCIÉLAGOS.  2Í0 

Era  la  cuarta  vez  que  el  árabe  oia  esta  terrible  pro- 
puesta; su  corazón  se  abrasaba  ,  su  sangre  corría  con 
rapidez,  todo  su  ser  sufria  la  influencia  de  aquel  me- 
droso prodigio  ;  y ,  á  pesar  de  todo,  sus  ojos  devoraban 
la  radiante  hermosura  de  la  hada,  y  tras  ella  veia  á  Sa- 
yaradur,  hermosa  también  con  todo  el  prestigio  de  un 
amor  combatido  durante  diez  y  ocho  años;  su  espíritu 
se  nubló,  envolviéronle  visiones  tentadoras,  la  hada  se 
acercaba  lentamente;  su  hermosura  crecía,  el  perfume 
que  emanaba  de  ella  le  embriagaba.  Al  fin  los  brazos 
de  la  mujer  aparecida  rodearon  el  cuello  de  Kelb-na- 
mir,  y  su  boca  se  clavó  en  su  boca  quemándola  en  un 
largo  y  ardiente  beso. 

—Una  noche  con  Sayaradur ,  y  tu  eternidad  conmi- 
go, tornó  á  decir  la  voz  dulcísima  en  el  oído  del  árabe. 

—Sí,  murmuró  este,  cayendo  fascinado  sobre  el 
seno  de  la  hada. 

Era  aquello  un  letargo  tranquilo,  rico  de  sensacio- 
nes, profundo  como  la  muerte.  Aquella  mujer  extraña 
estrechó  con  su  brazo  siniestro  el  cuerpo  inerte  de 
Kelb-namir,  y  sacando  de  entre  sus  ropas  un  agudo 
puñal  de  oro,  le  hirió  en  el  cuello,  aplicó  sus  labios  á 
la  herida,  y  devoró  la  sangre  del  árabe.  El  pacto  es- 
taba terminado,  y  Kelb-namir  despertó. 

Era  otro  hombre ,  sentíase  con  una  actividad  y  una 
fuerza  extremas;  su  inteligencia  se  habia  desarrollado 
maravillosamente;  su  amor  á  Sayaradur  habia  crecido; 
su  alma  se  quemaba  en  él. 


220  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

— Una  noche  con  Sayaradur,  murmuró,  volviéndose 
á  la  bada. 

Esta  le  asió  de  una  mano  y  le  condujo  hasta  la  puerta 
del  retrete  de  la  esclava,  levantó  el  tapiz,  y  lanzó  den- 
tro á  Kelb-namir  que  adelantó  lentamente. 

Sayaradur  dormía  y  soñaba ;  creia  ver  á  su  esposo 
como  veinte  años  antes  el  dia  que  había  entrado  triun- 
fante en  Dembea;  sentía  sobre  sus  frescas  mejillas  co- 
loradas por  el  ruhor,  el  roce  ardiente  de  los  labios  del 
emir ;  sentía  sus  manos  apoyándose  en  sus  hombros 
desnudos,  y  despertó ;  sus  ojos  se  abrieron ;  no  soñaba, 
y  sin  embargo  tenia  ante  sí  el  semblante  de  su  esposo; 
sus  manos  se  apoyaban  en  sus  hombros,  su  boca,  tré- 
mula de  amor,  se  posaba  en  su  boca. 

No  era  un  sueño ,  no.  Sayaradur  estaba  en  los  bra- 
zos de  su  esposo;  dio  un  grito  de  alegría,  inclinó  la 
cabeza  sobre  el  pecho  de  aquella  hermosa  aparición  y 
se  desmayó. 

Entonces  la  hada  volvió  á  tomar  las  formas  de  vam- 
piro, entró  en  el  retrete ,  revoloteó  alrededor  de  la 
lámpara  y  la  apagó. 

Sayaradur  dormía  entre  los  brazos  de  Kelb-namir,  á 
quien  el  poder  de  la  hada  había  revestido  con  las  for- 
mas del  emir  Abu-Djeouar. 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  221 


VIII. 

El  sol  penetró  al  dia  siguiente  á  través  de  las  gasas 
que  cu!)iian  los  ajimeces,  y  Sayaradur  despertó  son- 
riendo de  amor  y  de  felicidad.  Pero  al  arrojar  una  mi- 
rada al  hombre  que  juzgaba  su  esposo  ,  su  corazón  se 
heló,  y  lanzó  un  grito  desgarrador.  Kelb-namir,.  vuelto 
á  su  propia  figura,  dormía  junto  á  ella. 

Todo  su  odio ,  toda  su  repugnancia ,  se  revelaron 
contra  el  árabe,  comprendió  que  habia  sido  engañada 
por  una  fascinación  mágica  ,  y  en  su  furor  arrancó  su 
puñal  á  Kelb-namir,  y  le  hirió  tres  veces  en  el  pecho. 
El  árabe  se  estremeció  en  las  convulsiones  de  la  ago- 
nía, abrió  un  momento  sus  ojos  á  la  luz,  y  los  cerró 
para  siempre,  sin  que  de  ninguna  de  las  tres  heridas 
manase  una  sola  gota  de  sangre. 

Sayaradur  le  contempló  aterrada  ;  comprendió  que 
la  muerte  era  el  porvenir  que  la  esperaba  después  de 
haber  asesinado  á  su  señor;  tuvo  miedo  ,  le  cubrió  con 
las  ropas  del  lecho,  y  huyó  del  retrete. 

Pero  las  puertas  y  los  muros  del  alcázar  estaban 
guardados;  do  quiera  encontraba  un  etíope  feroz  ó  un 
silencioso  eunuco;  triste  y  aterrada  volvió  á  su  retrete 
y  se  encerró  en  él. 

Por  un  impulso  involuntario  de  temor  y  de  odio,  le- 
vantó las  ropas  de  su  lecho;  Kelb  namir  habia  desapa- 


222  HISTORIA    DE  LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

recido;  ni  una  señal,  ni  un  rastro  quedaban  del  asesi- 
nato del  árabe. 

Oyéronse  entonces  en  el  alcázar  gritos  de  dolor; 
Aben-Sal-Chem,  al  frente  de  la  guardia  etíope,  en- 
traba en  el  retrete  de  Kelb-namir,  donde  sus  escla- 
vos le  habían  encontrado  muerto ;  ni  una  herida,  ni  un 
golpe  hallaron  en  su  cuerpo ;  el  veneno  no  habia  dejado 
tampoco  en  él  señales  de  su  paso. 

Como  heredero  de  Kelb-namir,  Aben-Sal-Chem  ocupó 
su  lugar  en  Dembea.  Aquella  tarde ,  al  ponerse  el  sol, 
el  árabe  fué  sepultado  junto  al  lago,  á  la  sombra  de 
una  acacia,  con  el  rostro  vuelto  al  Oriente. 

Tendió  la  noche  su  sombra  en  el  espacio,  y  la  tor- 
menta se  cernió  sobre  Dembea.  Entonces ,  á  la  luz  de 
Jos  relámpagos,  aparecieron  cuatro  vampiros  sobre  la 
sepultura  de  Kelb-namir,  le  sacaron  de  ella,  y  asién- 
dole por  los  extremos  de  la  túnica,  se  hundieron  con  él 
en  el  lago. 

La  hada,  después  de  haber  dado  una  noche  de  amor 
al  árabe,  le  arrastraba  consigo  á  la  eternidad. 


IX. 


Entre  tanto,  Sayaradur  lloraba  retirada  en  el  alcá- 
zar. Pasaron  dias  tras  dias  ,  y  conoció  con  terror  que 
era  madre:  la  vergüenza  y  el  dolor  minaron  su  exis- 
tencia ;  y  á  pesar  del  respeto  con  que  la  trataba  Aben- 


HISTORIA  DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  223 

Sal-Chem,  que,  satisfecha  su  ambición,  por  la  cual  ha_ 
bia  arrostrado  el  crimen,  era  justo  y  bueno,  la  desdi- 
chada murió  nueve  meses  después,  al  dar  á  luz  una 
hermosa  niña. 

— La  niña  eras  tú,  añadió  Djeouar,  cortando  su  re- 
lación y  dirigiéndose  á  la  joven ,  que  le  escuchaba  fas- 
cinada. 

El  juglar  continuó: 

— Aben-Sal-Chera  lloró  sinceramente  sobre  los  res- 
tos de  tu  madre;  la  mandó  conducir  á  esta  cabana ,  y 
sus  restos  fueron  sepultados  junto  á  los  del  emir.  Des- 
pués Aben  Sal-Chem  te  tomó  en  sus  brazos,  te  besó  en 
la  frente  y  te  llamó  Noemi  [la  hermosa). 

Contaba  entonces  treinta  y  tres  años ,  y  á  pesar  de 
que  la  fortuna  ¡e  habia  hecho  rico,  respetado  y  pode- 
roso, quedaba  en  su  corazón  un  lugar  vacío,  que  sólo 
podia  llenarse  con  el  amor  de  la  mujer.  Habia  com- 
prado esclavas  en  los  bazares  de  Oriente  ;  las  habia 
robado  de  los  alcázares  de  sus  enemigos ;  princesas  de 
Arabia  y  de  la  India  habían  inclinado  su  frente  orgu- 
llosa  encerradas  en  su  harem ;  habia  alcanzado  la  her- 
mosura en  la  mujer;  pero  no  habia  hallado  la  pureza, 
la  dulzura,  el  amor;  habia  conquistado  y  robado  escla- 
vas, pero  no  habia  tenido  aún  una  amante. 

Por  eso,  cuando  te  vio  en  sus  brazos,  pura,  hermo- 
sa, huérfana,  hija  del  misterio,  sonrió  á  su  porvenir. 
«  Yo  la  encerraré,  dijo ,  en  mi  mirab  ,  como  la  prenda 
sagrada  de  mi  felicidad;  viviré  por  ella;  la  guardaré 


224  HISTORIA  DENLOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

como  una  flor  preciosa ,  que  tomaré  para  mí  cuando  el 
cáliz  de  su  amor  se  dilate ;  ella  me  amará  ,  porque  á 
nadie  conocerá  sobre  la  tierra  más  que  á  mí,  y  embe- 
llecerá el  otoño  de  mi  vida,  para  hacerme  olvidar  los 
remordimientos  de  su  primavera,  y  los  insomnios  ape- 
nadores  de  su  estío. 

Y  así  lo  hizo  como  lo  habia  pensado :  retiróse  en 
gran  manera  del  mundo;  dejóse  versólo  para  hacer 
justicia  y  gobernar  á  su  pueblo ;  adquirió  fama  de  san- 
to, y  en  vez  de  orar  á  Dios  en  el  mirab,  se  dedicó  á  tí 
sólo,  como  el  avaro  que  emplea  su  vida  en  la  alqui- 
mia, siempre  pensando  en  el  oro  que  ambiciona. 

Tú  entre  tanto  crecías;  el  Altísimo  te  daba  con  cada 
alborada  una  gracia,  con  cada  noche  un  sueño  de  pu- 
reza. Tú  lo  sabes,  Noemi ;  no  conociendo  á  Dios,  por- 
que el  impío  no  te  habia  dicho  su  nombre,  le  adorabas 
en  el  firmamento  azul,  en  las  aguas  del  lago,  en  el 
mugido  de  la  tormenta  y  en  la  luz  del  relámpago.  Sen- 
tías sin  comprender,  y  orabas  sin  palabras ;  eras  pura 
y  santa ,  y  no  debías  hacer  la  felicidad  de  un  reprobo. 

Hace  un  año,  Aben-Sal-Chem  te  engalanó,  te  sacó 
de  tu  retiro  y  te  hizo  conocer  su  alcázar ;  un  faki  se 
encargó  de  explicarte  los  misterios  del  libro  de  Dios,  y 
los  mundos  de  la  vida  y  de  la  inteligencia  se  abrieron 
ante  tí. 

Mientras  esto  acontecía,  tus  hermanos,  los  niños 
abandonados  junto  al  cadáver  de  su  padre,  mendigan 
el  pan  de  la  miseria;  el  uno  era  juglar  como  yo ;  el  otro 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  225 

¡  desdichado  de  él !  habia  vendido  su  alma  por  su  amor, 
y  ante  las  plantas  de  una  hebrea  habia  abjurado  la  re- 
ligión de  sus  padres;  tomó  un  nombre  judío,  y  se  nom- 
bró Ábsalon. 

—  ¿Y  dónde  está?  preguntó  con  interés  Noemi. 

—  No  lo  sé,  contestó  el  juglar ;  tal  vez  le  ha  exter- 
minado la  justicia  de  Dios.  Tu  hermano  mayor, 
Djeouar,  murió  hace  un  año,  el  mismo  dia  en  que  yo 
te  r,  í  en  las  márgenes  del  lago. 

—  ¿Y  quién  te  ha  contado  esa  funesta  historia?  le 
preguntó  Noemi ,  fijando  en  él  una  mirada  escudriña  - 
dora. 

Djeouar  la  sostuvo  sin  inmutarse,  y  refirió  á  Noemi 
ia  manera  como  habia  llegado  á  sus  manos  la  calavera 
mágica.  Después  continuó: 

—Yo  te  amo,  Noemi :  contigo  podría  ser  aún  hon- 
rado y  virtuoso ;  tu  amor  me  salvaría.  Aben-Sal-Ghem 
ha  perecido  ;  mi  poder  es  inmenso  ;  si  quieres  ser  sul- 
tana, tuyas  serán  cuantas  arenas  y  cuantas  aguas 
alumbra  el  sol  en  las  regiones  y  en  los  mares  del 
Oriente ;  te  he  traído  aquí  para  revelarte  tu  pasado,  en 
este  mismo  sitio  donde  se  ha  vertido  la  sangre  del  es- 
poso de  tu  madre,  y  donde  ella  misma  está  sepultada. 
Quiero  que  me  ames,  y  me  amarás. 

—  ¿Acaso  no  te  amo?  dijo  Noemi  levantándose  pá- 
lida y  conmovida.  ¿Acaso  no  eres  tú  el  hombre  que  yo 
he  visto  en  mis  sueños?  ¿No  está  unido  mí  destino  á 
tu  destino  ? 

13. 


226  HISTORIA    DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—Pues  bien,  exclamó  Djeouar  acercándose  á  la  jo- 
ven, unamos  nuestro  amor,  embriaguémonos  en  él; 
olvidemos  nuestro  pasado  y  hagamos  que  nos  envidien 
los  arcángeles  de  Dios. 

—  ¡  Aparta!  gritó  con  terror  Noemi,  no  me  toques; 
hay  entre  los  dos  un  abismo  que  nos  separa,  no  sé  por 
qué ,  pero  jamás  seré  tu  esposa. 

—Pues  bien,  serás  mi  esclava. 

—  i  Tu  esclava  yo ! . . . .  Y  bien,  podrás  matarme  y . , . . 
nada  más. 

—  ¿Con  que  nunca  serás  mia?  gritó  rechinando  los 
dientes  el  juglar. 

— Nunca,  exclamó  Noemi  aterrada. 

—  ¡  Zim-Zam !  exclamó  colérico  Djeouar. 
El  genio  apareció. 

—Abre  camino  á  mi  alcázar ,  y  conduce  á  él  esta 
mujer. 

El  genio  tomó  en  sus  brazos  á  Noemi ,  extendió  su 
alquicel  sobre  las  aguas ,  sentóse  en  él  al  par  que 
Djeouar,  y  aquellos  tres  seres  se  hundieron  lentamente 
en  el  lago. 

A  medida  qne  descendían,  las  tinieblas  se  disipaban; 
destellos  sin  cuento  de  brillantes  colores ,  reverbera- 
ban ante  los  ojos,  produciendo  una  luz  dulce  y  diáfa- 
na; hadas  cubiertas  con  velos  de  cristal  nadaban  en 
torno  del  alquicel  del  genio  ,  y  en  el  fondo  del  lago  se 
levantaba  un  palacio  maravilloso ,  labrado  con  esme- 
raldas y  topacios.  Djeouar  entró  ,  depositó  en  el  más 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  227 

magnífico  de  sus  retretes  á  Noemi ,  y  dijo  al  genio: 

— Tú  la  guardarás ;  que  el  sueño  pese  sobre  sus 
párpados  en  mi  ausencia,  y  que  sólo  despierte  cuando 
sea  mi  voluntad ;  ahora  un  ejército  y  un  tesoro  en 
Dembea. 

Los  deseos  del  juglar  se  vieron  satisfechos  apenas 
concebidos.  Encontróse  con  una  lucida  hueste  junto  á 
Dembea,  cuando  el  alba  aparecía  en  el  horizonte,  y  se 
hizo  abrir  las  puertas. 

— Creyentes:  dijo  á  la  multitud  que  le  rodeaba 
atraída  por  el  fausto  de  su  comitiva ;  yo  soy  hijo  del 
emirAbu-Djeouar-al-Seifu-r-Islam-Al-muweiyid-Billah 
asesinado  hace  treinta  años  por  el  wissir  Aben-Sal- 
Chem.  Yo  he  muerto  al  asesino,  y  vengo  á  sentarme 
entre  vosotros  en  el  alcázar  de  mi  padre. 

El  vulgo  está  siempre  predispuesto  en  favor  de  las 
novedades,  y,  además  de  esto,  los  esclavos  del  juglar 
arrojaban  en  profusión  monedas  de  oro  á  la  multitud. 
Algunos  viejos  recordaban  el  gobierno  justo  del  emir, 
y  se  declaraban  en  favor  de  su  hijo;  crecieron  las  dá- 
divas de  dinero,  adelantaron  lanzas  y  pendones,  y  por 
una  parte  el  interés  y  por  otra  el  miedo,  abrieron  ca- 
mino á  Djeouar  hasta  el  alcázar,  en  cuyo  pórtico  fué 
aclamado  emir. 

Envió  un  magnífico  presente  al  califa,  y  se  adurmió 
en  los  goces  de  su  próspera  fortuna. 

Todos  los  dias  tocaba  Djeouar  la  calavera  mágica,  y 
por  su  virtud  se  trasladaba  al  alcázar  del  lago  ;  todos 


228  HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

los  dias  veia  á  Noemi  dormida  y  guardada  por  el  genio. 

Pero  Djeouar  era  infortunado  en  amores;  como  de 
otras  mujeres  le  separaba  de  Noemi  un  poder  superior; 
sólo  con  ella  era  inútil  su  talismán. 

Pasó  un  ano,  dos,  tres,  hasta  nueve,  y  empezó  á  cor- 
rer el  décimo  ;  Djeouar  había  llegado  al  colmo  del  des- 
pecho; aquella  mujer  qne  dilataba  su  corazón,  era  para 
él  un  imposible;  perdió  la  esperanza  y  se  abandonó  á 
su  destino. 

Entonces  se  dijo : 

— Si  no  hay  una  mujer  sobre  la  tierra  que  me  dé  su 
amor,  yo  buscaré  una  hermosura  más  allá  de  la  vida; 
yo  evocaré  los  espíritus  del  mar  y  los  genios  del  aire, 
y  lograré  el  amor  de  una  hurí. 

Entonces  recordó  la  aparición  misteriosa  de  Kelb- 
namir;  entonces  su  cerebro  enfermo  soñó  encontrar  la 
felicidad,  tras  la  cual  habia  corrido  en  vano,  en  las  ha- 
das convertidas  en  vampiros ,  y  en  pos  siempre  de  su 
insensato  deseo,  asió  la  calavera  y  las  conjuró. 

Los  cuatro  vampiros  vinieron  á  posarse  á  los  pies  de 
Djeouar,  y  fijaron  en  él  con  ansiedad  sus  pequeños  ojos 
saugrientos ;  el  juglar  los  contempló  con  horror. 

—Dejad  esas  impuras  formas,  les  dijo,  y  mostraos 
ante  mí  tal  cual  habéis  sido. 

Cnatro  hermosas  doncellas  aparecieron  en  vez  de  los 
murciélagos. 

Eran  Betsabé,  Djeidah,  Zarha  y  Obeidah. 

Un  grito  de  admiración  del  juglar ,  hizo  reir  á  las 


HISTORIA    Í>E    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  229 

cuatro  hadas.  Para  ellas  era  inútil  el  prestigio  que 
el  talismán  daba  al  juglar;  le  veian  tal  cual  era  en 
realidad;  miserable  ,  envejecido,  encorvado,  con  su 
mugriento  alquicel,  su  arquilla  y  sus  cubiletes. 

— Mirad  qué  lindo  mochuelo,  hermanas  mias,  dijo 
Obeidah  sin  curarse  del  furor  que  subia  del  corazón  á 
los  ojos  de  Djeouar. 

— No,  es  un  camello  humano,  dijo  Zarha. 

— El  demonio  en  figura  de  jorobado,  añadió  Djeidah. 

— Pues  bien,  ese  hombre  nos  ama,  dijo  Betsabé,  y 
cree  engañarnos  con  la  apariencia  que  le  ha  prestado 
el  poder  del  cráneo  de  nuestro  padre.  Alegrémonos, 
hermanas  mias;  se  acerca  el  momento  de  nuestra  li- 
bertad. Matemos  á  este  hombre,  y  apoderémonos  de 
su  talismán. 

Djeouar  se  vio  acometido  por  aquellas  cuatro  hermo- 
sísimas criaturas,  pero  tuvo  tiempo  de  contenerlas  con 
el  mismo  poder  que  las  habia  evocado.  Su  cólera  habia 
crecido  hasta  el  colmo;  y  si  hubiera  obedecido  el  talis- 
mán á  su  deseo,  las  hubiera  exterminado. 

Pero  por  primera  vez  su  voluntad  tuvo  que  doble- 
garse á  lo  escrito  por  el  destino;  el  libro  del  porvenir 
se  abrió  ante  él  por  un  pasaje  fatídico  y  siniestro. 
Djeouar  leyó  convulso  aquella  terrible  escritura : 

«En  las  tierras  de  Occidente,  decia,  hay  un  monte 
dominando  á  un  pueblo;  en  la  parte  oriental  del  mon- 
te hay  un  abismo,  y  sobre  aquel  abismo  se  elevará  una 
torre :  hijos  del  Islam  acrecerán  el  pueblo,  y  un  nieto 


230  HISTORIA    DE    LOS  SIETE   MURCIÉLAGOS. 

de  reyes  elevará  un  castillo  sobre  la  colina  y  sobre  el 
abismo.  Así  está  escrito;  y  tú ,  juglar,  y  vosotras  ha- 
das condenadas,  dormiréis  en  su  oscuridad,  y  dormirán 
con  vosotras  los  que  fueren  vuestros  amantes.  Pero  si 
lográis  fascinar  al  hombre  que  ha  fde  edificar  el  casti- 
llo ;  si  lográis  exterminarlo  antes  que  ponga  pensa- 
miento ó  mano  sobre  él ,  volvereis  á  vuestros  alcázares 
del  aire  y  á  vuestros  jardines  de  los  lagos.» 

Y  Djeouar  que  esto  leyó ,  consultó  con  su  talismán 
para  que  le  explicase  el  misterio  de  su  profecía,  y  el 
talismán  le  dijo : 

«  La  ciudad  es  Granada  ;  el  monte  la  Colina  Roja; 
el  castillo  la  Alhambra,  y  el  nieto  de  reyes,  Móhamet- 
Aben-A'bd-Allah-Aben-Jucef-Aben-Nazar-Aben-Al- 
hhamar  el  de  Arjona.  Si  la  torre  se  levanta,  las  cuatro 
hadas  y  sus  amantes  dormirán  en  ella  por  toda  la  eter- 
nidad convertidos  en  murciélagos,  y  tú  estarás  en  ella 
hasta  que  se  rompa  el  encanto.  Tu  salvación  ó  tu  con- 
denación son  un  misterio  insondable  del  destino,  que 
sólo  puede  leer  el  Altísimo.» 

— ¿Conque  mi  poder  no  alcanza  á  mi  porvenir?  ex- 
clamó Djeouar,  ¿con  que  he  de  seguir  atado  á  esta  ca- 
dena fatal,  y  en  vano  será  que  luche  por  romperla? 

La  rabia  ahogó  su  voz ;  volvióse  á  Betsabé  y  sus  tres 
hermanas,  y  les  dijo : 

— Volved  á  vuestra  forma  y  cumplid  vuestro  des- 
tino. 

Djeidah,  Zahra  y  Obeidah  se  convirtieron  en  murcié- 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  231 

lagos;  pero  Betsabé  permaneció  con  figura  humana,  y 
sólo  en  el  centro  de  su  blanca  espalda  nacieron  dos 
pequeñísimas  y  negras  alas. 

—Soy  tu  esclava,  dijo  con  repugnancia  la  hermosa, 
pero  jamás  conseguirás  mi  amor;  eres  feo,  horrible, 
hediondo,  y  me  inspiras  horror ,  yo  veo  en  el  porvenir: 
mi  amado  es  un  príncipe  hermoso  y  joven,  á  quien 
amaré  tanto  como  te  desprecio. 

—  ¡  Me  desprecias  tú  también!  gritó  con  furor  el  ju- 
glar. ¡Tú,  miserable  espíritu  condenado  por  Dios !  ¡Tú, 
hermosa  como  la  tentación  é  impura  como  el  nido  del 
cocodrilo!  ¡Tú también!  ¡Oh!  ¡Tú  seguirás  mi  desti- 
no ;  tú  sentirás  como  yo  la  sed  implacable  de  un  amor 
insensato! 

Djeouar  murmuró  un  conjuro,  y  Betsabé  se  encontró 
aprisionada  en  una  cadena  de  oro  cubierta  de  signos 
cabalísticos. 

Pero  ni  las  dificultades,  ni  el  temor  de  la  condena- 
ción eterna  fueron  bastantes  á  extinguir  en  Djeouar  el 
fuego  abrasador  de  su  amor  á  la  mujer ;  acordóse  de 
que  podía  crear  con  el  poder  del  talismán,  y  se  burló 
de  la  amenaza  del  mago ;  este  le  había  dicho : 

— «Serás  poderoso  hasta  el  punto  de  crear  seres  á 
tu  antojo;  pero  guárdate  bien  de  hacerlo,  porque  per- 
derás tu  poder  y  serás  como  los  demás  hombres.» 

A  pesar  de  esto,  Djeouar  quiso  asemejarse  al  Espí- 
ritu Inmenso,  al  Criador,  al  Dios  que  ha  dado  vida  y 
luz  á  cuanto  es  sobre  la  tierra,  y  cuanto  guarda  el  mar» 


232  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

y  cuanto  el  aire  baña;  quiso  crear  una  mujer,  hermosa 
como  la  que  acompañó  al  primer  hombre  en  el  Paraíso. 

La  evocó  y  la  vio ;  pero  como  se  ve  un  relámpago,  ó 
una  aparición,  ó  una  ráfaga  que  pasa  entre  las  nubes; 
la  mujer  surgió  de  la  nada,  hermosa,  con  todos  los  in- 
centivos de  la  pureza  y  del  amor;  pero  al  par  Djeouar 
se  encontró  de  repente  al  pié  de  la  palmera  donde  ha- 
bía descansado  en  la  confluencia  del  Nilo  y  del  Barh- 
el-Azrak. 

¿Habia  sido  aquello  una  visión?  ¿Habia  dormido  el 
semoum  en  el  fondo  del  golfo  Pérsico,  y  el  mago,  y  la 
calavera,  y  Dembea ,  y  Noemi ,  y  Aben-Sal-Chem ,  no 
habían  sido  más  que  fantasmas  de  un  ensueño  som- 
brío? 

No :  todo  era  verdad,  porque  junto  á  él ,  sujeta  á  su 
cadena  de  oro,  cubriéndose  con  su  velo,  estaba  Betsa- 
bé,  la  hada  de  los  sueños  impuros  y  de  los  amores  in- 
sensatos. 

—No,  no  sueñas,  dijo  la  hada  leyendo  en  el  pensa- 
miento de  Djeouar;  cuanto  has  visto  es  verdad;  pero 
esa  verdad  sólo  existe  para  nosotros;  porque  Aben- 
Sal-Chem  y  Noemi ;  cuantos  en  Dembea  te  han  cono- 
cido y  respetado ,  libres  por  tu  imprudente  ambición 
del  encanto  que  pesaba  sobre  ellos,  abrirán  los  ojos  á 
la  luz  de  esta  alborada ,  y  creerán  cuanto  ha  sucedido 
un  sueño  que  olvidarán  al  fin.  Sn  Dembea  todo  es  paz; 
la  escarpia  destinada  para  tu  cabeza  aún  está  sobre  la 
puerta;  pero  ve:  el  wissir  al  olvidar  su  encanto  te  ha 


HISTORIA   DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  233 

olvidado  también.  Ahora  soy  una  mortal  como  tú ,  y 
tengo  necesidades  como  tú.  Vamos  á  la  ciudad,  yo  to- 
caré la  guzla  y  bailaré,  y  tú  seguirás  tu  profesión  de 
juglar.  Vamos. 

Y  Betsabé  se  levantó.  Djeouar  ia  siguió  lentamente, 
y  al  trasmontar  el  sol  de  aquel  dia,  llegaron  á  Dembea. 

La  escarpia  estaba  sobre  la  puerta.  La  paz  más  pro- 
funda reinaba  en  las  calles,  los  mercaderes  cerraban 
sus  tiendas,  y  los  habitantes  se  dirigian  á  sus  moradas. 
Algunos  curiosos  se  agrupaban  alrededor  de  Betsabé 
y  del  juglar,  que  la  seguía  asiendo  la  cadena  de  oro, 
miserable,  viejo  y  cansado  con  su  arquilla  á  la  espalda. 

Aquellos  dos  seres  formaban  un  maravilloso  con- 
traste; ella  deslumbrante  de  hermosura  y  de  riqueza, 
con  sus  negros  y  brilladores  cabellos  entrelazados  de 
perlas,  su  túnica  de  púrpura,  sus  sandalias  aljofaradas, 
sus  ajorcas  de  oro  y  diamantes  y  su  guzla  de  marfil,  en 
la  que  tañia  lánguidos  cantares  ;  él  horrible,  hediondo, 
rebozado  en  un  mugriento  alquicel ,  y  cubierta  la  ca- 
beza con  una  toca  desgarrada;  y  así,  por  medio  del 
pueblo,  sufriendo  los  sarcasmos  y  los  insultos  más  gro- 
seros, llegaron  al  bazar  de  las  esclavas. 

Creyó  la  multitud  que  Betsabé  se  ponia  de  venta,  y 
los  más  ricos  se  adelantaron  ;  pero  con  admiración  de 
todos,  el  juglar  y  la  esclava  se  detuvieron  en  el  atrio 
del  bazar. 

-Saca  la  alfombra  que  hallarás  en  tu  cofre,  dijo 
Betsabé  á  Djeouar. 


234  HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

El  juglar  abrió  el  cofre,  y  dentro  de  él  encontró  dos 
objetos  que  le  llenaron  de  admiración;  uno  era  el  al- 
quicel de  Zim-Zam  y  otro  la  calavera  del  mago. 

— Yo  no  veo  esa  alfombra,  dijo  Djeouar. 

Betsabé  tomó  el  que  habia  servido  de  alquicel  al  ge- 
nio; era  una  finísima  tela  de  seda  azul  de  grandes  di- 
mensiones, de  forma  cuadrada  y  cubierta  de  signos 
mágicos,  escritos  con  oro.  Extendióla,  hizo  sentar  en 
un  ángulo  de  ella  al  juglar,  y  alzándose  aérea  y  gentil 
en  su  centro ,  empezó  una  danza  llena  de  encantos  y 
voluptuosidad,  uniendo  al  lánguido  son  de  la  guzla  su 
voz  dulce  y  sonora  en  un  canto  dulcísimo. 

Pronto  la  multitud  rodeó  la  alfombra ;  la  danza  y  el 
canto  de  la  esclava  crecían  en  rapidez  y  en  armonía; 
la  cadena  de  oro  agitándose  asida  á  su  lindísimo  pié, 
completaban  aquel  acompañamiento  fantástico ,  al  en- 
trechocarse sus  eslabones  que  producían  un  sonido 
acompasado,  vibrante  y  sonoro.  Los  cabellos  de  la  hada 
se  destrenzaron,  formando  una  negra  y  flotante  au- 
reola en  torno  de  su  hermosísimo  semblante. 

Cuando  cesó  la  danza  y  la  joven  se  sentó  fatigada 
en  el  centro  de  la  alfombra ,  mientras  con  la  más  des- 
cuidada languidez  componía  sus  cabellos  y  reparaba  el 
desorden  de  su  túnica,  cayeron  sobre  su  regazo  y  so- 
bre la  alfombra  monedas  de  oro ,  de  plata  y  de  cobre; 
cada  uno  de  los  espectadores  vació  su  bolsa,  y  cuando 
Betsabé,  indiferente  siempre,  reunió  el  dinero,  encon- 
tró una  enorme  cantidad  en  oro,  que  guardó  en  el  co- 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  235 

fre,  y  con  un  desden  propio  de  una  sultana,  arrojó  á  la 
multitud  las  monedas  de  plata  y  de  cobre;  después  re- 
cogió la  alfombra,  entregó  el  cofre  á  Djeouar,  y  po- 
niendo en  sus  manos  el  extremo  de  la  cadena,  ella  y  él 
se  abrieron  paso  entre  las  gentes  que  los  rodeaban ,  y 
fueron  á  hospedarse  á  un  kan. 

Y  así  vivieron  un  año;  ella  cantaba  y  tañia  en  las 
plazas  y  en  los  bazares;  él  entre  tanto,  ceñudo  y  silen- 
cioso, permanecía  en  el  ángulo  de  la  alfombra,  sumido 
en  hondas  meditaciones. 

Cada  dia  era  mayor  la  cantidad  que  el  pueblo  arro- 
jaba á  la  hermosa  esclava ,  y  llegó  uno  en  que  encon- 
traron reunido  casi  un  tesoro. 

Ella  acrecía  en  encantos;  él  menguaba  en  fuerza;  su 
espalda  se  encorvaba  más  y  más ;  su  barba  encanecía 
y  sus  hundidos  ojos  se  amortiguaban  ;  los  sufrimientos 
habían  hecho  de  él  un  imbécil;  después  de  haber  ama- 
do á  Noemi,  amándola  aún,  amaba  á  Betsabé;  pero 
siempre  le  era  fatal  su  destino;  estaba  condenado  al 
aislamiento  y  á  la  desesperación.  Betsabé  le  aborrecía 
como  esclava;  le  despreciaba  como  mujer ,  y  le  inspi- 
raba desgarradores  pensamientos  como  hada. 

Nunca  existió  hombre  más  desdichado  que  Djeouar. 

Un  dia,  el  mismo  que  terminaba  un  año  después  de 
aquel  en  que  habia  perdido  su  poder  por  su  ambición, 
Betsabé  le  llamó  junto  á  sí  cuando  entraron  en  el  kan. 

El  miserable  se  acercó  temblando.  Nadie  hubiera 
conocido  en  él  al  señor,  y  en  ella  á  la  esclava. 


236  HISTORIA   DE  LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

— Djeouar,  le  dijo  Betsabé;  hemos  adquirido  lo  bas- 
tante para  satisfacer  nuestras  necesidades;  ya  no  vol- 
veremos á  divertir  á  esas  miserables  turbas  que  pagan 
con  su  oro  el  placer  de  admirar  mi  hermosura.  Hemos 
asegurado  los  goces  materiales;  y  además  de  eso  ha 
cambiado  nuestro  destino. 

El  juglar  fijó  una  mirada  estúpida  en  la  mujer  mis- 
teriosa. 

— Ahora  mismo  hay  en  el  alcázar  una  mujer  próxi- 
ma á  dar  á  luz  una  niña,  añadió  la  hada,  y  esa  niña  se 
nombrara  Wahdah  {Amor).  Antes  de  ser  mujer  será 
esclava,  poique  así  está  escrito:  cuando  corran  quince 
primaveras  de  su  vida,  será  sultana.  Un  rey  poderoso 
la  dará  su  amor,  pero  antes  ella  habrá  amado  á  otro. 
Y  ese  otro  serás  tú. 

Djeouar  sintió  despertarse  en  el  fondo  de  su  alma  la 
sed  de  amor  que  presidia  su  existencia,  y  se  estre- 
meció. 

— Djeouar  es  imbécil,  dijo;  Djeouar  es  miserable, 
Djeouar  es  viejo. 

—  Yo  he  leído  en  el  pasado,  en  el  presente  y  en  el 
porvenir,  contestó  Betsabé;  muchas  veces,  cuando  he 
vuelto  cansada  de  la  danza,  en  vez  de  entregarme  al 
sueño,  he  meditado;  yo  veia  en  tí  algo  superior  á  la 
raza  humana,  y  en  vano  me  afanaba  por  descifrar  el 
misterio  de  tu  historia:  dos  noches  ha  que,  ya  tarde, 
á  la  hora  en  que  mis  hermanas  entraban  por  aquella 
ventana  á  visitarme,  recordé  que  ellas  podían  ir  al  lu- 


HISTORIA    DK    LOS    SILTE    MURCIÉLAGO?.  237 

gar  donde  se  oculta  el  espíritu  de  nuestro  padre,  y  tal 
vez  lograrían  aclarar  lo  que  para  raí  no  era  más  que 
tinieblas;  y  llamé  á  mi  hermana  Djeidah,  que  vino  á 
posarse  junto  á  mí. 

—  ¿Sabes  dónde  mora  el  espíritu  de  nuestro  padre? 
le  pregunté. 

—En  las  grutas  donde  nace  el  Gran  Rio  (el  Nilo ), 
me  contestó:  allí  moramos  nosotras  durante  el  dia,  y 
reposamos  junto  á  él. 

—Pues  bien,  hermana  mia,  repuse,  si  el  espíritu  de 
nuestro  padre  está  despierto  ,  pregúntale  quién  es 
Djeouar. 

Djeidah  me  ofreció  preguntárselo ,  partió  y  volvió 
anoche. 

—Ya  sé  quién  es,  me  dijo;  Djeouar  es  una  hechura 
de  Eblis. 

El  juglar  se  estremeció. 

—Sí,  continuó  Betsabé;  un  dia,  hace  muchos  siglos, 
Eblis  estaba  triste,  más  triste  que  de  costumbre  ;  pen- 
saba cómo  haria  para  ser  igual  á  Dios,  a  Yo,  decia,  soy 
poderoso,  pero  mi  poder  es  estéril ;  puedo  amargar  los 
dias  del  hombre  y  hacer  que  en  la  balanza  de  su  juicio 
pese  más  el  mal  que  el  bien ;  pero  no  puedo  crear,  es- 
toy solo  y  necesito  un  ser  que  sufra  conmigo.»  Eblis, 
pues,  evocó  un  hombre,  pero  el  hombre  no  apareció. 
Entonces,  dijo:  «Tenderé  mis  alas  y  llegaré  á  las 
puertas  del  quinto  cielo,  donde  están  las  badas ,  y  en- 
gañaré á  la  más  pura  y  hermosa.»  Y  batió  las  negras 


238  HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 

alas,  pasó  como  una  saeta  junio  á  la  luna,  se  cernió 
sobre  el  sol  y  llegó  á  la  puerta  del  quinto  cielo.  Pero 
los  muros  eran  de  diamante,  y  tan  altos,  que  la  pene- 
trante vista  del  espíritu  condenado  no  encontraba  su  fin. 
Eblis  sacudió  furioso  las  puertas  de  oro,  y  ni  aun  las 
conmovió. 

—  ¿Quién  eres,  preguntó  desde  adentro  una  voz 
dulce  como  el  rumor  de  un  arroyuelo. 

— Soy  un  arcángel  que  ha  caido  del  sétimo  cielo, 
contestó  Eblis,  dulcificando  su  ronca  voz;  mis  alas  se 
han  quemado  al  pasar  junto  al  sol,  y  estoy  cansado. 
¿Y  quién  eres  tú? 

—Yo  soy  Nurminasoh  (  Nurminash-Shoh ,  Luz  del 
Alba),  y  estoy  esperando  que  pase  la  sombra,  para  ir 
á  alumbrar  el  mundo ;  contestó  desde  adentro  la  voz. 

--Pues  bien,  sal  y  yo  iré  contigo,  dijo  Eblis. 

Poco  después  la  puerta  se  abrió,  y  apareció  una  hada 
hermosísima;  sus  cabellos  eran  rubios,  su  frente  blan- 
ca, sus  ojos  celestes  y  su  boca  sonrosada ;  llevaba  una 
larguísima  y  flotante  túnica  sembrada  de  estrellas  y 
celeste  como  sus  ojos ;  su  aliento  era  balsámico  y  la 
acompañaban  los  céfiros ;  Eblis  se  escondió  en  el  pór- 
tico, y  cuando  la  puerta  se  cerró,  dejando  fuera  á  Nur- 
minasoh, se  lanzó  sobre  ella,  como  el  alcon  sobre  la 
paloma,  la  estrechó  entre  sus  negros  y  membrudos 
brazos,  y  la  besó  en  la  frente  ;  la  hada  dio  un  grito  de 
terror  y  Eblis  se  alejó  riéndose  de  su  dolor. 

Nurminasoh  dio  á  luz  algún  tiempo  después  un  hijo, 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  239 

que  tuvo  por  nombre  Aben-al-Nurwaddallá  (Hijo  de  la 
Luz  y  las  /¡nieblas).  Desde  el  dia  en  que  perdió  su 
pureza  entre  los  brazos  de  Eblis,  la  hada  no  pudo  en- 
trar en  el  quinto  cielo,  y  desde  entonces  hasta  ahora 
vuela  alrededor  del  mundo,  dejando  caer  sobre  él  su 
llanto  y  precediendo  al  sol.  Aben-al-Nurwaddallá  fué 
un  reprobo  y  pocos  justos  ha  habido  en  su  generación, 
de  la  cual  son  los  únicos  que  restan  Djeouar  y  su  her- 
mano Absalon. 

—  ¿Y  no  te  ha  dicho  más  nuestro  padre?  pregunté 
á  Djeidah. 

—Sí,  me  dijo  ;  añadió  que  sabia  los  sufrimientos  de 
Djeouar,  y  que  aunque  estaba  irritado  contra  él  le  con- 
cedería una  hermosura,  una  inteligencia  y  una  juven- 
tud eterna,  si  llevaba  su  calavera  al  lugar  de  su  des- 
canso. 

—  ¡Oh!  la  llevaré  ,  la  llevaré,  murmuró  Djeouar; 
¿dónde  reposa  tu  padre? 

— En  la  misma  gruta  á  donde  te  condujo  una  balsa 
hace  diez  años. 

El  juglar  no  esperó  más  ;  sujetó  la  cadena  de  la  hada 
á  una  columna ,  como  acostumbraba  todas  las  noches 
antes  de  entregarse  al  sueño,  tomó  el  cofre  donde  guar- 
daba la  calavera,  y  salió  de  Dembea. 

El  dia  siguiente  á  la  misma  hora  volvió  junto  á  Bet- 
sabé;  su  deformidad  había  desaparecido;  era  otra  vez 
el  joven  hermoso,  sabio  y  opulento;  vestía  el  alquicel 
mágico  del  genio  Zim-Zam ,  y  bajo  él  traia  un  objeto 


240  HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

oue  recató  cuidadosamente  de  las  miradas  deBetsabé. 

Era  un  gran  libro  escrito  en  pergamino,  forrado  con 
una  tela  de  seda  azul  y  cerrado  con  cordones  de  oro. 

— Ha  sonado  la  hora ,  dijo  á  la  hada ;  esta  es  la  úl- 
tima vez  que  estaremos  juntos;  sigúeme. 

Djeouar  tomó  la  cadeüa  de  Betsabé,  salió  cou  ella 
del  kan,  y  se  encaminó  al  alcázar  de  Aben-Sal-Chem. 

—Yo  soy  un  astrólogo,  dijo  á  los  guardas,  y  quiero, 
si  tu  señor  lo  desea ,  descifrar  el  horóscopo  de  la  hija 
que  acaba  de  nacerle. 

Algún  tiempo  después,  Djeouar  y  Betsabé  entraban 
en  el  retrete  de  Noemi ,  donde  en  una  cunita  de  ébano 
dormía  una  niña.  Aben-Sal-Chem  fijaba  sobre  ella  una 
mirada  sombría;  la  recien  nacida  tenia  toda  la  seme- 
janza de  la  belleza  de  Djeouar.  Noemi  estaba  aterrada 
ante  el  silencioso  furor  de  su  esposo. 

El  juglar  se  acercó,  llevando  la  frente  casi  cubierta 
con  los  pliegues  de  su  toca  y  rebozado  hasta  ios  ojos 
en  su  alquicel. 

—  ¿Quién  eres?  le  preguntó  Aben-Sal-Chem. 
—Un  astrólogo  árabe,  contestó  Djeouar. 

—  ¿Puedes  decirme  el  horóscopo  de  esta  criatura? 
— Hé  aquí  lo  que  ha  de  influir  en  su  destino,  en 

el  de  tu  esposa  y  en  el  tuyo;  dijo  Djeouar,  mostrán- 
dole el  libro  azul  que  ocultaba  bajo  su  alquicel,  y  sen- 
tándose á  los  pies  del  wisir  y  de  Noemi,  junto  á  la  cu- 
na donde  dormía  la  niña. 
Todos  guardaron  silencio.  Djeouar  abrió  el  libro  y 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS.  241 

empezó  á  leer.  Nada  había  en  su  relato  que  hiciese 
referencia  al  horóscopo.  Lo  que  Djeouar  relataba  era 
la  historia  de  los  amores  de  un  rey  nazareno  con  una 
judía. 

Y  á  pesar  de  esto,  apenas  empezada  la  lectura, 
Aben-Sal-Ghem  ,  Noemi  y  Betsabé,  sintieron  que  sus 
miembros  se  enlanguidecían,  que  pesaban  sus  párpa- 
dos, y  menguaban  sus  fuerzas;  un  sopor,  profundo  co- 
mo la  muerte  ,  cerró  sus  ojos,  y  dejaron  caer  inertes 
las  cabezas  sobre  los  pechos. 

Djeouar,  sin  dejar  de  leer ,  extendió  sobre  el  pavi- 
mento su  alquicel,  arrastró  á  él  á  Aben-Sal -Chem,  á 
Noemi,  á  Betsabé  y  á  ¡a  niña;  sentóse  junto  á  ellos  y 
prosiguió  su  lectura.  El  alquicel  se  elevó  lentamente; 
salió  á  través  de  la  cúpula  del  retrete  y  se  lanzó  en  el 
espacio  dirigiéndose  al  Magreb. 

Djeouar  seguía  leyendo;  los  cuatro  seres  puestos 
por  él  sobre  el  alquicel,  dormían  profundamente,  y 
eran  conducidos  á  través  de  la  inmensidad  con  una  ra- 
pidez maravillosa;  Djeouarlveia  pasar  bajo  sus  plantas 
las  nubes,  y  á  través  de  ellas,  las  montañas,  los  cam- 
pos, los  ríos,  los  lagos  y  los  mares.  Al  fin,  cuando  la 
noche  empezó  á  enseñorearse  en  el  espacio,  el  alquicel 
descendió  sobre  una  ciudad  musulmana,  y  se  detuve 
en  ei  terrado  de  una  de  sus  casas. 

Djeouar,  aunque  con  dificultad,  leia  aún  en  el  libro 
misterioso;  la  luz  de  la  luna  llena  había  seguido  á  la 
del  crepúsculo ;  las  estrellas  reverberaban  en  los  cie- 

44 


242  HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

los ,  cual  clavos  de  diamante,  en  una  inmensa  bóveda 
de  zafiros. 

La  ciudad  á  que  habia  arribado  el  juglar,  era  Cair- 
van;  desde  el  terrado  donde  se  posaba,  se  veian  las 
altas  y  estrechas  calles,  perdidas  en  una  penumbra 
que  cortaba  con  su  luz  blanca  y  tibia  la  luna ,  al  lejos, 
sobre  una  altura,  velado  por  las  brumas  de  la  noche, 
y  perdido  en  una  lontananza  de  vapores,  se  veía  un 
recinto  torreado.  Era  el  alcázar  del  walí. 

Djeouar  cerró  el  libro  ;  tomó  el  velo  de  Betsabé,  le 
rasgó,  vendó  con  él  los  ojos  y  la  boca  á  Aben-Sal- 
Chem  y  á  Noemi ;  ató  sus  brazos  y  pronunció  un  nom- 
bre : 

—  ¡Absalon!  dijo. 

Nadie  contestó.  El  juglar  volvió  á  repetir  con  impe- 
rio aquel  nombre. 

Oyéronse  entonces  tardos  pasos  en  la  escalera  que 
conducía  al  terrado ,  y  un  hombre  cubierto  con  una 
hopalanda  negra ,  y  ceñidos  sus  cabellos  con  un  gorro 
amarillo,  apareció  ante  el  juglar. 


IX. 


Al  llegar  á  este  punto  de  aquella  historia  terrible, 
en  que  estaban  consignados  los  crímenes  y  las  desgra- 
cias de  toda  una  generación,  el  judío  se  detuvo  de 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  243 

nuevo,  abrió  los  ojos  aterrado  y  los  fijó  en  la  sultana, 
que  le  escuchaba  pálida  y  conmovida. 

—  ¿Aún  dura  ese  horrible  sueño?  murmuró  con 
acento  trémulo  el  judío.  ¿Aún  giran  á  mi  alrededor  los 
espíritus  condenados,  y  las  sombras  de  túnicas  ensan- 
grentadas? 

Incorporóse  con  trabajo  sobre  el  diván,  y  miró  á  la 
sultana. 

—  ¿Quién  está  conmigo?  murmuró.  ¡Ah!  ¡eres  tú, 
la  esposa  del  rey!  ¡Wahdah,  mi  sobrina,  la  hija  de 
Noemi,  ia  nieta  de  Kelb-namir,  la  última  mujer  de  la 
raza  maldita!  ¿Qué  quieres  de  mí? 

—  ¡Betsabé!  murmuró  con  acento  breve  la  sultana. 

—  ¡Oh!  ¡Sí,  Betsabé!  Tu  historia  está  unida  á  su 
historia  ;  tu  destino  está  en  sus  manos ;  siento  la 
muerte  junto  á  mí  y  mis  ojos  leen  en  la  inmensidad. 

Volvió  á  dominar  por  un  momento  el  silencio.  Absa- 
lon  se  dejó  caer  de  nuevo  en  el  diván ,  y  su  voz  tornó 
á  resonar  como  antes  en  un  canto  lúgubre  y  monótono. 

— Hace  treinta  años,  dijo,  era  el  principio  de  una 
hermosa  noche  de  verano;  la  luna  brillaba  lanzando 
sobre  Cairvan  su  diáfana  luz,  desde  un  cielo  sin  nu- 
bes; pero  aquella  noche  tan  serena,  era  para  mí  noche 
de  sombras  y  de  dolor;  con  la  luz  del  dia,  se  habia 
apagado  la  luz  de  los  ojos  de  mi  esposa,  de  mi  buena 
y  noble  Raquel;  los  ángeles  habían  llevado  su  espíritu 
al  seno  de  Dios ,  y  yo,  triste  y  sin  ventura,  lloraba 
junto  á  su  cadáver. 


244  HISTORIA    DE    LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 

Sólo  me  acompañaban  el  silencio  y  el  dolor,  cuando 
oí  una  voz  que  me  llamaba  ;  era  la  voz  de  mi  hermano; 
dudé,  y  escuché;  la  voz  volvió  á  pronunciar  mi  nom- 
bre; aquella  voz  partia  del  terrado,  y  á  pesar  de  mi 
terror,  subí. 

—  ¡  Hermano  mió !  dijo  Djeouar ,  hace  mucho  tiempo 
que  no  nos  vemos ;  desde  entonces  un  espíritu  de  mal- 
dición ha  volado  junto  ó  nosotros;  yo  he  vendido  mi 
alma  á  Eblis ;  tú  has  renegado  de  Dios;  él  tenga  piedad 
de  nosotros. 

—  ¿Qué  quieres  de  mí?  le  pregunté. 

Djeouar  me  asió  de  la  túnica  y  me  llevó  hasta  la 
cunita  de  cedro.  Tú,  Wahdah,  hermosa  ya,  dormías 
en  ella. 

— Cuando  trascurran  doce  años,  me  dijo  Djeouar, 
yo  habré  muerto  ,  y  esta  niña,  mujer  ya,  será  tu  es- 
clava. Entonces  la  darás  este  amuleto 

Djeouar  se  inclinó  sobre  la  cuna ,  y  sacó  de  entre 
sus  ropas  una  tablita  de  ébano  cubierta  de  caracteres 
rojos,  y  un  punzón  de  oro,  que  rae  entregó. 

— Este  amuleto  la  protejerá,  hará  inmarchitable  su 
hermosura,  y  por  él  llegará  á  ser  la  esposa  de  un  rey. 
Guárdalo,  y  cuando  el  destino  te  arroje  junto  á  ella, 
cuando  haya  muerto  yo,  se  lo  entregarás. 

Yo  guardé  el  amuleto.  Djeouar  continuó ,  señalán- 
dome á  Betsabé,  que  dormía  aún. 

— Hé  aquí  un  ser  condenado,  me  dijo :  un  ser  sujeto 
al  poder  de  un  encanto,  y  que  es  necesario  permanezca 


H!^TOR!\    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  24o 

así  hasta  que  el  rey  que  ha  de  ser  esposo  de  Wahdah, 
levante  la  torre  sobre  el  abismo.  ¡Ay  de  nosotros  y  ay 
de  ellos,  si  el  encanto  de  esta  mujer  se  rompe! 

—  ¿Y  qué  he  de  hacer? 

—Que  ojo  humano  no  la  vea,  ni  mancebos  alcancen 
su  hermosura ,  ni  tu  corazón  se  conmueva  con  sus  lá- 
grimas. Toma,  añadió  arrojando  sobre  mi  túnica  la  mi- 
tad del  oro  que  contenia  una  bolsa  de  cuero  ;  eres  po- 
bre y  no  tienes  con  qué  dar  sepultura  á  tu  esposa. 

Djeouar  arrastró  fuera  de  la  alfombra  mágica  á  Bet- 
sabé,  puso  la  cadena  de  oro  que  le  aprisionaba  en  mis 
manos,  y  elevándose  con  la  alfombra,  atravesó  los  ai- 
res y  fué  á  posarse  en  la  selva  cercana  á  Cairvan,  donde 
hace  diez  y  siete  años  ibas  tu,  hermosa  y  pura,  los  ar- 
dientes dias  de  estío,  sobre  las  espaldas  de  tu  caballo 
salvaje. 

Allí  dejó  á  tu  padre  entre  la  espesura,  á  tí  junto  á 
él,  y  envolviéndose  en  el  alquicel  mágico,  tornó  con  tu 
madre  á  Cairvan ,  compró  una  casa ,  y  se  hizo  cazador 
y  mercader  de  pieles  de  fieras. 

Entonces  nos  veíamos  todos  los  dias,  y  me  contó  su 
historia,  la  de  Noemi,  la  de  Betsabé :  yo  me  habia  de- 
dicado al  comercio  de  joyas,  y  entrambos  nos  habia- 
mos  enriquecido. 

Pero  él  estaba  siempre  entregado  á  una  desespera- 
ción sombría;  amaba  á  Noemi,  pero  un  poder  superior 
le  apartaba  dé  ella;  de  ella,  cuya  vida  se  extinguía 
lentamente  como  la  del  árbol  herido  por  el  hacha.  Su- 

14. 


246  HISTORIA    DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

fria  y  callaba;  ni  una  sola  queja  salió  de  sus  labios  du- 
rante doce  años ;  ni  una  sola  vez  la  infeliz  preguntó  por 
su  hija  ni  por  su  esposo,  á  pesar  de  amarlos  con  toda 
su  alma. 

Llegó  un  dia  en  que  no  pudo  dejar  el  lecho ;  la  pa- 
lidez de  la  muerte  habia  cubierto  su  frente,  y  se  habían 
amortiguado  sus  ojos  ,  alrededor  de  los  cuales  el  su- 
frimiento habia  señalado  un  círculo  cárdeno.  Entonces 
me  llamó,  hízome  sentar  junto  su  lecho,  y  me  nombró 
por  la  primera  vez  á  su  esposo  y  á  su  hija. 

Yo  no  me  atreví  á  negarme  á  este  último  y  santo 
deseo  de  tu  madre ;  todo  se  lo  revelé.  Tu  padre  al  des- 
pertar del  letargo,  en  la  selva  de  Cairvan,  se  encontró 
solo  contigo:  creyóse  aún  en  Dembea  y  llamó  á  sus 
esclavos ;  sólo  contestó  á  su  voz  el  grito  del  chacal 
hambriento;  al  fin  comprendió  que  estaba  lejos  de  los 
suyos,  en  una  tierra  extranjera  abandonado  á  su  desti- 
no. El  odio  con  que  te  habia  mirado  por  tu  extraña  se- 
mejanza con  Djeouar,  acreció  con  su  desesperación. 
El  pensamiento  de  exterminarte  surgió  de  su  alma; 
pero  no  pudo  dominar  la  repugnancia  que  le  inspiraba 
tan  horrible  crimen.  Te  tomó  en  sus  brazos,  y  resuelto 
á  separarte  de  sí,  se  dirigió  al  castillo,  y  se  presentó  al 
anciano  y  justo  walí  de  Cairvan. 

— Esta  muchacha,  le  dijo,  es  mi  hija,  y  promete  ser 
muy  hermosa.  ¿Cuánto  me  darás  por  ella? 

—¿Qué  quieres?  respondió  el  walí. 

—Dame  un  caballo. 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  247 

El  caballo  fué  entregado  á  Aben-Sal-Chera,  que  par- 
tió aquel  mismo  dia  en  dirección  á  Túnez ,  y  desespe- 
rado murió  en  batalla,  sirviendo  á  la  tribu  de  los  Zeya- 
nes  contra  los  Amohades ,  el  primer  dia  de  la  luna  de 
dilhagia  del  año  seiscientos  cuarenta  de  la  Egira  (1 ). 

Esta  funesta  nueva  acabó  de  postrará  tu  madre,  que 
murió  entre  mis  brazos.  Lo  demás  lo  sabes;  un  dia  en- 
contraste á  Djeouar  en  el  bosque  perseguido  por  una 
pantera,  y  le  amaste  porque  así  estaba  escrito.  Tu 
amor  le  mató  y  te  hizo  mi  esclava;  tu  destino  te  llevó 
junto  al  rey  Aben-Al-hhamar,  y  eres  sultana. 

Pero  entre  tí  y  el  rey  se  ha  levantado  Betsabé  ;  Bet- 
sabé,  q^e  es  la  muerte ;  Betsabé,  que  es  la  condena- 
ción. 

—  ¡Oh!  no,  no  será,  exclamó  Wahdah,  mirando  con 
ansiedad  al  judío. 

—Lo  que  está  escrito  se  cumplirá ,  murmuró  Absa- 
Ion ,  cuya  voz  era  cada  vez  más  débil.  Si  la  hada  con- 
denada fascina  al  rey,  la  torre  no  se  levantará,  y  tú  y 
los  tuyos  caeréis  bajo  el  poder  de  Eblis. 

—  ¡No  será  I  repitió  Wahdah,  porque  yo  diré  al  rey 
la  historia  de  esa  mujer. 

— Has  perdido  tu  talismán ,  murmuró  con  acento 
casi  imperceptible  el  judío;  el  fuego  lo  ha  devorado,  y 
has  perdido  con  él  el  amor  de  Al-hhamar. 

—  ¿Y  no  hay  esperanza?  gritó  desesperada  la  sul- 
tana, asiéndose  de  la  hopalanda  del  judío. 

(1)    1242  de  Jesucristo. 


248  HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—  Sí,  murmuró  este  trabajosamente,  ve  á  la  Colina 
Roja  ,  baja  á  la  sima  ;  en  ella  vela  el  espíritu  de 
Djeouar. 

Absalon  enmudeció,  su  cabeza  cayó  sobre  el  diván  y 
sus  ojos  mates  rodaron  en  sus  órbitas.  Wahdah  le  con- 
templó con  terror.  El  judío  era  un  cadáver. 


En  medio  del  silencio  que  siguió  á  este  espantoso 
suceso,  se  levantó  al  lejos  una  voz  sonora,  aquella  voz 
decia: 

—  ¡Creyentes,  venid  á  la  oración!  acercaos  al  Dios 
santo,  al  Dios  fuerte,  al  Dios  justo;  ¡venid  á  la  ora- 
ción! 

Era  el  muecin  de  la  mezquita  cercana  ,  que  lla- 
maba á  los  fieles  desde  el  alminar  á  la  oración  de 
adohar. 

Y  tras  aquel  clamor  solitario  y  piadoso,  se  alzó  otro 
clamor,  inmenso,  terrible,  que  partía  del  coso  de  la 
fiesta;  oyéronse  gritos,  choques  de  armas,  y  sonidos 
de  clarines  y  atabales;  era  un  estruendo  de  batalla, 
pero  de  una  batalla  encarnizada  á  muerte. 

Muy  pronto  aquel  estruendo  se  extendió ;  abriéronse 
puertas  y  ajimeces,  y  desde  el  del  retrete  de  la  casa  de 
Absalon  vio  la  sultana  á  los  guardas  del  palacio  y  del 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  249 

castillo  de  Hinznarroman  ,  correr  desnudando  sus  es- 
padas en  dirección  á  Bib-rrambla. 

Y  el  estruendo  crecía;  la  lucha  se  prolongaba;  al- 
gunas saetas  perdidas  pasaban  silbando  por  cima  del 
ajimez  donde  está  Wahdah  temblorosa. 

Era  un  contraste  terrible;  fuera,  la  muerte,  ruidosa, 
armada,  imponente;  dentro,  silenciosa,  fria,  macilenta; 
allá  el  combate;  en  el  retrete  el  cadáver  del  judío. 

Aquel  retrete  tan  rico,  tan  sonoro,  tan  alegre  antes, 
con  sus  pebeteros  de  oro,  el  canto  de  sus  pájaros  y  la 
tenue  luz  de  sus  lámparas;  aquel  diván  embellecido 
con  la  hermosura  de  Betsabé,  se  habían  tornado  en  un 
sepulcro  sombrío  y  en  un  lecho  mortuorio. 

Volaba  allí  un  espíritu  maldito;  faltaba  aire  y  vida: 
aquellas  paredes  mataban. 

Wahdah  tomó  de  nuevo  la  lámpara  de  oro  que  aún 
ardia,  se  lanzó  al  pasaje  subterráneo,  llegó  á  su  retrete 
en  el  alcázar,  abrió  la  puerta  que  algunas  horas  antes 
habia  cerrado,  y  llamó  colérica  á  su  servidumbre. 

—  ¡  Mi  palafrén,  mi  arco  y  mi  azagaya  !  gritó  al  ver 
el  primer  esclavo  que  se  acercaba. 

La  voluntad  de  la  sultana  fué  instantáneamente  sa- 
tisfecha: ciñóse  la  cabeza  con  un  bonete  de  acero,  ca- 
balgó de  un  salto  en  un  valiente  caballo  negro,  se  hizo 
seguir  por  el  escaso  número  de  g:netes  que  habían 
quedado  guardando  la  Casa  del  Gallo,  y  gritó : 

—  ¡A.  Bib-rrambla ! 

La  cabalgata  partió;  Wahdah  aguijó  su  caballo  ,  se 


250  HISTORIA    DE   LOS   S1FTE    MURCIÉLAGOS. 

deslizó  á  lo  largo  de  las  murallas  del  castillo,  atravesó 
á  rienda  suelta  algunas  calles  y  se  lanzó  en  el  Zacatín. 


XI. 


Hermosa  estaba  en  su  furor  Wahdah,  como  el  sol,  á 
través  de  las  nubes  de  una  tormenta  de  estío;  era  la 
misma  mujer  que  en  otro  tiempo  en  los  bosques  de 
Cairvan,  habia  muerto  á  la  pantera,  que  sin  ella  hu- 
biera devorado  al  hombre  de  su  primer  amor;  era  la 
amante  que  corria  al  lado  de  Al-hhamar,  su  amado 
para  poner  su  pecho  ante  él,  era  la  valiente  africana 
de  sangre  ardiente  y  corazón  varonil. 

Muy  pronto  se  encontró  envuelta  entre  los  Zenetes 
que  se  defendían  en  un  ángulo  del  coso  contra  los  par- 
ciales de  los  rebeldes  walíes. 

La  plaza  ofrecía  un  espectáculo  imponente;  cuando 
al  llegar  la  hora  de  adohar,  las  gentes  de  los  walíes, 
que  obedeciendo  las  órdenes  trasmitidas  á  ellos  por 
Maksan,  habían  penetrado  en  la  ciudad  forzando  las 
puertas  de  Bib-lachar,  Bib-ataubin  y  Bib-alboiut,  en- 
traron en  la  plaza  forzando  las  guardias  de  las  puertas, 
las  damas  huyeron  de  los  estrados  y  las  galerías,  y  los 
hombres  se  lanzaion  al  coso  á  rechazar  aquella  gente 
advenediza,  que  gritaba  revolviendo  sus  caballos: 

—  ¡Muerte  á  Al-hhamar  y  al  príncipe  Mohamet! 

Entonces,  cuando  el  combátese  hacia  forzoso,  cuan- 


HISTORIA    DF-  LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  251 

do  todos  los  buenos  muslimes  se  habían  agrupado  en 
torno  de  Al-hhamar,  que  cabalgaba  tras  de  su  bandera 
como  en  un  dia  de  batalla,  se  vio  con  extrañezaque  el 
caballero  del  verde  atavío,  declarado  vencedor  en  los 
toros,  las  sortijas ,  las  cañas,  y  las  justas  de  las  fiestas; 
que  aquel  paladín  tan  bizarro,  que  había  arrancado  de 
la  silla  á  los  botes  de  su  lanza  á  los  caballeros  de  más 
pujanza  del  reino,  permaneciese  impasible  presencian- 
do un  combate ,  sobre  el  estrado  real  á  las  plantas  de 
Betsabé. 

Además,  ésta,  acompañada  de  las  otras  tres  prince- 
sas extranjeras,  y  rodeada  de  las  comitivas  ostentosas 
con  que  se  habían  presentado  en  las  fiestas,  permane- 
cía impasible  en  un  campo  de  sangre  en  que  volaba 
más  de  un  venablo,  y  en  que  más  de  una  lanza,  arro- 
jada por  un  brazo  membrudo,  habia  venido  á  clavarse 
rechinando  en  la  gradería  sobre  que  posaba  su  pié. 

Ni  habia  en  ella  piedad  ni  terror;  sus  ojos  brillado- 
res,  fijos  y  sombríos,  lanzaban  una  mirada  intensa, 
continua,  fatídica,  en  Al-hhamar,  siguiéndole  do  quie- 
ra se  encontraba ,  ora  al  frente  de  los  suyos ;  ora  con 
la  espada  en  alto,  revolviendo  su  corcel  entre  sus  ene- 
migos. 

Nunca  habia  estado  menos  feliz  Al-hhamar ;  lidiaba 
al  fi  ente  de  los  mismos  con  quienes  habia  vencido  ba- 
tallas en  campo  abierto ,  y  sin  embargo  aquel  dia  no 
adelantaba  tan  sólo  el  trecho  de  una  pica ;  sentíase ,  sí, 
empujar,  arrastrar,  perder  terreno ;  caían  á  centenares 


252  HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS. 

los  suyos;  su  hijo  Mohamet  habia  perdido  el  caballo,  y 
su  valiente  pendón j,  arrancado  cien  veces  por  manos 
leales  de  manos  moribundas,  cejaba  como  impelido 
por  un  poder  superior.  Crecía  el  tumulto;  sobre  el  es- 
truendo de  las  armas  surgía  el  grito  de  los  combatien- 
tes, y  al  par  que  unos  clamaban  ¡muerte  á  Al-hhamar! 
oíase  atronador  como  el  rugido  de  un  león  furioso ,  el 
grito  de  guerra  de  los  soldados  del  rey :  ;  Al-hhamar 
le  galib ! 

Y  entonces,  cuando  la  lucha  se  acercaba  á  su  térmi- 
no, cuando  Al-hhamar  y  los  suyos  habían  6Ído  recha- 
zados hasta  el  estrado  real ,  cuando  Betsabé  mostraba 
en  sus  ojos  la  alegría  del  triunfo;  fué  cuando  Wahdah 
precipitó  su  caballo  en  la  plaza,  y  envuelta  con  los  Ze- 
netes,  lanzó  una  mirada  á  Betsabé,  vio  á  sus  pies  al 
caballero  de  lo  verde ,  dio  un  grito  y  tendió  á  él  los 
brazos  suplicantes;  porque  desde  la  aparición  de  aquel 
caballero  en  las  fiestas  habia  creído  reconocer  en  él  á 
su  hijo  :  porque  su  corazón  le  arrastraba  con  una  fuer- 
za misteriosa  al  valiente  incógnito. 

—  ¡A  mí!  ¡á  mí!  príncipe  Jucef  Abd'allah,  gritó 
Wahdah  tendiendo  hacia  él  los  brazos ;  mata ,  hiende, 
atropella!  ¡  A  mí,  príncipe  Jucef! 

El  caballero  de  lo  verde  no  podia  oir  entre  el  es- 
truendo los  gritos  de  Wahdah,  pero  comprendió  su 
ademan  y  se  lanzó  en  el  coso. 

El  semblante  de  Betsabé  se  nubló ;  el  caballero  ha- 
bia saltado  en  un  caballo  que  halló  sin  dueño,  y  se 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  253 

batía  como  uq  leopardo  ,  pretendiendo  abrirse  paso 
hasta  Wahdah;  pero  sus  esfuerzos  eran  inútiles;  aco- 
sábanle las  gentes  de  los  walíes,  su  lanza  habia  salta- 
do en  astillas  y  su  espada  obedecía  mal  á  su  cansado 
brazo;  no  era  el  mismo  caballero  vencedor  poco  antes 
de  tamañas  pruebas ;  era  un  ser  débil ;  hubiérasele 
podido  creer  una  mujer  cubierta  con  un  arnés  de 
guerra. 

Betsabé  le  observaba  con  ansiedad ;  le  vio  próximo 
á  sucumbir  y  palideció;  entonces  sus  labios  se  agitaron 
murmurando  palabras  misteriosas,  y  brilló  en  sus  ma- 
nos el  anillo  mágico.  El  caballero  de  lo  verde  se  tras- 
formó;  irguióse,  aplicó  los  acicates  á  su  caballo,  y  em- 
bistió espada  en  alto  á  los  que  le  acosaban ;  ni  el  ven- 
dabal  que  abate  los  cedros,  ni  el  torrente  que  desquicia 
las  rocas,  ni  el  rayo  que  desploma  las  torres,  hubieran 
sido  bastantes  á  igualar  la  rapidez  con  que  el  descono- 
cido hirió,  derribó  y  dio  muerte  á  los  mismos  entre  los 
cuales  un  momento  antes  estaba  próximo  á  sucumbir. 
Betsabé  temblaba  de  furor,  Al-hhamar  ganaba  terreno, 
el  desconocido  estaba  en  fin  en  los  brazos  de  Wahdah, 
que  le  arrancó  la  visera. 

Era  el  príncipe  Jucef A'  bd-allah. 

Los  walíes  habían  sido  vencidos ;  y  aquellos  de  los 
suyos  que  no  pudieron  salvarse ,  fueron  exterminados 
por  los  leales  servidores  de  Al-hhamar. 

Sangre,  cadáveres,  arneses  y  armas  rotas;  hé  aquí 
lo  que  quedaba  de  la  hazaña  de  los  walíes ;  el  rey  ha- 

15 


254  HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

bia  vuelto  á  subir  al  estrado,  y  abrazaba  estrecha- 
mente al  príncipe  Jucef,  á  quien  en  aquel  aciago  dia 
era  deudor  de  la  vida  y  la  corona. 

—  ¡Ah,  mi  valiente  leoncillo!  decia  el  rey  fijando 
una  mirada  llena  de  orgullo  en  su  hijo;  ¿qué  quieres 
de  cuanto  en  mi  reino  hay,  ó  de  cuanto  poseen  los  na- 
zarenos y  los  de  luengas  tierras? 

Jucef  A'bd-allah  no  queria  más  que  el  amor  de  Bet- 
sabé,  y  la  mostró  á  su  padre. 

—En  buen  hora,  contestó  el  rey.  ¿Quiere  la  garza 
de  la  India,  añadió  dirigiéndose  á  Betsabé,  dar  su  amor 
al  alcon  de  Occidente? 

Betsabé  sonrió  graciosamente  al  rey,  y  se  arrojó  en 
los  brazos  del  príncipe.  Wahdah  pretendió  interponer- 
se, pero  la  detuvo  el  rey  y  la  dijo  con  acento  severo. 

—  ¡Sultana!  ¡Tus  esclavas  te  esperan !  ¡Tu  alhamí 
está  solitario  !  ¡Ye,  y  aguarda  en  él  al  señor ! 

Wahdah,  herida  en  el  corazón,  bajó  la  gradería,  sal- 
tó en  el  caballo,  y  seguida  de  algunos  guardias,  llegó 
á  la  Casa  del  Gallo. 

Poco  tiempo  después,  Al-hhamar,  los  príncipes  Mo- 
hamet  y  Jucef,  Betsabé  y  sus  tres  hermanas,  seguidos 
de  una  comitiva  cuyas  galas  iban  cubiertas  de  polvo  y 
sangre,  entraron  en  e!  alcázar. 

Aquella  noche  hubo  zambra ,  y  Betsabé  fué  esposa 
del  príncipe  Jucef  A'bd-allah. 


V. 


La  segunda  visión  de  Al  hdauíar 


I. 


Por  segunda  vez,  profundas  sombras  pasaron  ante  la 
vista  del  rey  Al-hhamar;  su  corazón  no  se  había  es- 
tremecido al  contemplar  aquellos  terribles  prodigios, 
y  sereno,  valiente  siempre,  deseó  saber  hasta  el  fin  su 
destino ;  el  genio  del  porvenir  tocó  con  su  vara  mágica 
el  negro  humo,  y  apareció  otra  visión. 

Era  la  boca  de  una  sima  profunda;  la  luna  iluminaba 
los  bordes  erizados  de  maleza,  y  horribles  aves  noctur- 
nas revolaban  sobre  ella :  á  través  de  su  negra  grieta, 
surgía  un  ruido  continuo,  sordo,  pujante,  semejante  á 
veces  á  la  carrera  de  un  caballo,  otras  al  rodar  de  un 
trueno  lejano,  ó  al  estruendo  de  una  roca  que  desqui- 


2o6  niSTORIA    DE   LOS    SIETE  MURCIÉLAGOS. 

ciada  por  el  rayo,  rueda  por  la  vertiente  de  una  mon- 
taña. 

Más  allá  se  dejaba  notar  otro  rumor  tenue,  lejano, 
perdido,  semejante  al  zumbido  de  una  colmena;  era  el 
hálito  que  se  desprendía  de  Granada;  la  unión  del 
ruido  de  sus  zambras ,  de  sus  cantares ,  de  sus  riñas 
por  amor,  y  del  grite  de  alerta  de  sus  atalayas. 

Hacia  mucho  tiempo  que  los  muezzines  habian  lla- 
mado á  los  fieles  ó  la  oración  de  alajá:  era  ya  muy 
entrada  la  noche,  y  ni  en  torno,  ni  lejos  de  la  sima,  en 
cuanto  podia  abarcar  la  vista,  se  veia  ni  un  ser,  ni  una 
bestia,  ni  un  ave,  más  que  las  nocturnas  que  volaban 
sobre  el  abismo  oscuro  y  rugieute. 

Era  aquella  la  parte  oriental  de  la  Colina  Roja,  lu- 
gar temido,  señalado  como  maldito  por  terribles  conse- 
jas, y  por  el  cual  nadie  se  atrevía  á  transitar ,  sino  en 
medio  del  día,  apresurando  el  paso  é  invocando  el 
santo  nombre  de  Allah. 

Y  á  pesar  de  esto  y  de  lo  avanzado  de  la  hora,  apa- 
reció en  la  cumbre  de  la  colina  una  sombra  blanca 
acompañada  de  otras  que  llevaban  antorchas  encendi- 
das ;  la  primera  sombra  tomó  una  de  ellas,  avanzó  sola, 
llegó  á  los  bordes  de  la  sima,  y  descendió. 

La  bajada  era  una  ancha  espiral  cortada  en  la  roca, 
que  se  torcía  pendiente  y  escabrosa  en  torno  de  la  si- 
ma; cada  vuelta  terminaba  en  una  plataforma;  cada 
plataforma  daba  entrada  á  una  gruta. 

La  sombra  describió  descendiendo  siete  vueltas,  y  se 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGO? .  257 

deslizó  ligeramente  como  una  gacela  junto  á  seis  gru- 
tas; en  la  sétima  terminaba  la  senda;  la  sombra  entró 
en  ella. 

La  luz  de  la  antorcha,  reducida  á  un  estrecho  espa- 
cio, aumentó  su  brillantez;  una  ráfaga  de  viento  ema- 
nado del  fondo  de  la  gruta,  arrebató  el  velo  de  la  som- 
bra y  dejó  ver  su  semblante  :  era  Wahdah. 

Una  segunda  ráfaga ,  más  fuerte  que  la  primera, 
apagó  la  antorcha. 

La  sultana  había  llegado  hasta  allí,  dominando  el 
terror  que  le  inspiraba  el  extraño  y  medroso  ruido 
emanado  del  fondo  de  la  sima;  ruido  incomprensible, 
raudo,  potente;  entonces  le  oía  de  una  manera  inequí- 
voca ;  le  producía  la  carrera  de  un  caballo  sobre  un  pa- 
vimento sonoro;  retemblaba  la  gruta,  sentía  Wahdah 
pasar  y  repasar  aquella  carrera  debajo  de  sus  pies. 

El  terror,  dominado  hasta  entonces,  se  reveló  in- 
menso, mortal:  Wahdad  quiso  huir,  invocó  á  Allal),  y 
se  volvió  á  la  entrada  de  la  gruta;  pero  su  túnica  se 
enredó  en  los  espinos  v  la  detuvo:  creyóse  asida  por 
una  mano  invisible,  y  se  desmayó. 

Pero  fuese  que  tornase  del  letargo,  fuese  una  visión 
que  él  producía  en  su  espíritu,  abrió  los  ojos,  y  una 
luz  más  brillante  que  la  del  sol  y  la  que  pudieran  lan- 
zar todas  las  estrellas  juntas,  la  deslumhró:  lentamente 
su  vista  fué  haciéndose  superior  á  la  influencia  de 
aquella  luz  intensa ,  y  vio,  apoyada  en  la  balaustrada 
de  un  ajimez  festonado,  sustentado  por  columnas  de 


2o8  HISTORIA    DE    LOS  SIRTE    MURCIÉLAGOS. 

nácar,  un  magnífico  aposento  circular,  cubierto  ponina 
cúpula  estrellada  y  sustentado  por  delgadas  columnas 
labradas  con  piedras  preciosas;  el  pavimento  era  de 
una  piedra  de  una  sola  pieza ,  roja  y  trasparente  como 
el  rubí  y  dura  como  el  diamante;  en  el  centro  de  él, 
dormida  scbre  almohadones  de  púrpura  y  rodeada  por 
perfumeros  de  oro,  en  los  que  ardían  la  mirra  y  el  aloe, 
se  veia  una  mujer  de  maravillosa  hermosura,  envuelta 
en  un  largo  sudario,  blanco  como  su  tersa  y  purísima 
frente,  cuya  hermosura  realzaban  los  largos  y  ondu- 
lantes rizos  de  su  negra  cabellera ,  ceñida  por  una  co- 
rona de  siemprevivas,  que  por  su  frescura  parecían  re- 
cientemente cortadas  de  sus  humildes  tallos. 

De  aquella  corona  emanaba  la  luz  diáfana  y  brillante 
que  iluminaba  el  aposento,  alrededor  del  cual,  un  se- 
gundo ser,  jinete  en  un  caballo  blanco,  corría  á  rienda 
suelta,  pretendiendo  en  vano  estrechar  el  círculo  invi- 
sible y  misterioso  que  le  separaba  de  la  mujer  dor- 
mida. 

Aquel  hombre  era  un  árabe  de  piel  testada  y  mirada 
salvaje;  cenia  su  frente  una  toca  blanca;  cubríale  un 
caftán  de  lana,  dejando  desnudos  sus  brazos  y  sus 
piernas;  un  alquicel  anchísimo  flotaba  sujeto  á  sus 
hombros,  á  impulsos  de  la  veloz  carrera  del  bruto,  y 
en  su  diestra  agitaba  una  larga  y  fuertísima  lanza. 

Cuando  Wahdah,  después  de  haber  contemplado  el 
aposento,  la  mujer  y  el  jinete,  que  estaban  á  sus  pies, 
miró  en  torno  suvo ,  vio  otro  hombre  además ,  sentado 


HISTORIA    BE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  259 

en  un  nicho  calado  y  abierto  en  el  muro  ¡unto  al  aji- 
mez, con  las  piernas  cruzadas ,  sosteniendo  sobre  ellas 
un  gran  libro  con  forro  azul,  y  apoyando  en  él  sus  bra- 
zos, mientras  abarcaba  con  sus  manos  su  cabeza  her- 
mosa, meditabunda  y  melancólica. 

Aquel  hombre  posaba  una  mirada  intensa  en  W'ah- 
dah,que  tenia  fija  en  él  la  suya,  fascinada,  pálida, 
temblorosa ;  quiso  hablar,  y  las  palabras  espiraron  en 
sus  labios ;  quiso  llegar  hasta  él ,  y  le  tendió  los 
brazos. 

—  ¿Qué  me  quiere  la  hija  de  mi  hermana?  dijo 
aquel  hombre,  cuya  voz  era  lenta,  dulce  y  grave:  ¿por 
qué  baja  al  infiertio  del  árabe  maldito? 

—  ¡Djeouar!  gritó  haciendo  un  esfuerzo  Wahdah. 
—Sí,  yo  soy  Djeouar,  contestó  aquel  hombre,  yo  soy 

ei  que  libertaste  de  la  muerte  y  el  que  murió  por  tu 
amor.  Yo  soy  el  que  ha  inspirado  á  Absalon  mi  herma- 
no, la  historia  de  tu  familia;  yo  soy  el  que  te  llevó 
hasta  él  y  el  que  te  ha  traído  aquí. 

—  ¿Y  qué  haces  aquí,  Djeouar?  preguntó  con  terror 
Wahdah. 

— Escucha:  aquella  mujer  que  ves  allí  dormida,  es 
una  hurí.  Esa  hurí  esta  encantada  por  ese  árabe  que 
corre  en  torno  suyo,  sin  poder  jamás  llegar  hasta  ella. 
Mira  cuál  está  ensangrentado  el  ijar  del  corcel ;  mira 
cuál  el  jinete  bate  sobre  él  el  acicate.  Corre,  vuela 
como  el  Semoum ;  sus  herraduras  no  se  han  gastado  á 
pesar  de  haber  abierto  sobre  el  pavimento  un  surco  pol- 


•200  HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

voroso;  corre,  vuela  empujado  por  una  mano  invisible. 
Así,  como  ahora,  ha  corrido  durante  seiscientos  seten- 
ta y  dos  años;  así  como  ahora  corre,  correrá  eterna- 
mente, porque  ese  hombre  está  condeuado. 

Yo  lie  sido  lanzado  por  el  Señor  fuerte,  por  el  que 
llena  la  inmensidad  de  los  cielos  y  da  lumbre  á  las  es- 
trellas, y  aves  al  aire,  y  peces  al  mar,  y  brutos  á  la 
tierra,  para  esperar  aquí  mi  salvación  ó  mi  condena- 
ción. Si  antes  de  que  muera  tu  esposo  el  rey  Alhha- 
mar,  se  levanta  sobre  este  infierno  una  Torre  de  Siete 
Suelos,  tú  y  tu  hijo  y  yo,  seremos  en  presencia  de 
Allah  cuando  hayan  trascurrido  doscientos  treinta  y 
ocho  años. 

—  ¿Y  qué  he  de  hacer? 

— Busca  en  tu  alcázar,  dijo  el  espíritu,  en  el  sitio  en 
que  guardabas  el  talismán  que  has  perdido,  y  encon- 
trarás una  tela  de  seda  azul,  en  la  que  están  escritos 
caracteres  mágicos;  es  la  alfombra  del  trono  del  alto 
Salomón  (¡Allah  sea  con  él !),  el  más  poderoso  de  sus 
talismanes,  el  que  puede  evocar  á  los  muertos  y  á  los 
espíritus;  envuélvete  en  él  y  evoca  á  Betsabé;  cuando 
haya  aparecido,  pídela  la  sortija  que  posee  con  el  sello 
de  Salomón. 

—  ¿Y  después? 

— Después  esperarás  la  llegada  de  la  noche,  y  cuando 
la  luna  toque  á  la  mitad  de  su  carrera,  subirás  al  al- 
minar del  alcázar,  después  de  haber  purificado  tu  es- 
píritu con  la  oración ;  tomarás  entre  tus  manos  la  sor- 


HISTOKIA    DE    I. OS    SIEXÍ    MURCIÉLAGOS.  2»'¡  I 

tija,  y  volverás  el  sello  al  Oriente.  Entonces...  recuer- 
da bien  lo  que  te  voy  á  decir,  pronunciarás  estas  pala- 
bras: «Genios,  esclavos  del  anillo  y  del  sello;  en  nom- 
bre del  alto  y  poderoso  Salomón  á  quien  Allah  perpetúe 
la  gloria,  edificad  la  Álhambra  ( Al-Qars-Al-hhamrra, 
(Cotillo  flojo).»  Ve  antes  deque  Betsabé  pueda  aper- 
cibirse de  que  la  alfombra  mágica  está  en  tu  retrete, 
porque  si  se  apoderase  de  ella  ¡  ay  de  nosotros!  ¡  ay  de 
tu  hijo! 

Wahdah  se  separó  del  ajimez,  salió  del  alhamí  donde 
estaba  abierto,  á  un  recinto  oscuro  ;  era  la  gruta  donde 
se  habia  desmayado.  La  luna  encumbrada  en  lo  alto  del 
firmamento ,  iluminaba  con  sus  pálidos  rayos  hasta  el 
fondo  de  la  sima,  y  Wahdah  salió  de  ella,  llegó  hasta 
el  punto  de  la  colina  donde  le  esperaba  su  comitiva,  y 
se  hizo  conducir  en  un  palanquín  á  la  Casa  del  Gallo. 
Cuando  entró  en  su  retrete,  alejó  á  sus  esclavas,  cerró 
la  puerta,  y  se  dirigió  al  alhamí  abierto  en  el  muro,  le- 
vantó el  mármol  de  su  pavimento,  bajo  el  cual  en  otra 
ocasión  habia  encontrado  un  talismán,  y  pálida  de  im- 
paciencia, cuidadosa,  arrojó  una  mirada  en  la  cavidad; 
en  ella  habia  un  pequeño  cofre  de  sándalo.  Sacóle,  le 
abrió  y  dio  un  grito  de  insensata  alegría.  Dentro  de  él, 
cuidadosamente  plegada,  estaba  la  alfombra  del  trono 
de  Salomón. 


15. 


262  HISTORIA   DE   LOS   SIETF   MURCIÉLAGOS. 


ir. 


En  tanto  Wabdah  habia  bajado  al  abismo,  en  un 
apartado  aposento  del  alcázar,  estaban  dos  jóvenes  con- 
templándose con  delicia,  muellemente  recostados  sobre 
anchísimos  almohadones. 

Eran  Betsabé  y  el  príncipe  Jucef  A/bd-allah. 

El ,  pálido,  inquieto,  devoraba  con  una  mirada  insen- 
sata las  voluptuosas  formas  de  la  hada,  arrojada  con 
molicie  entre  sus  brazos;  ella  derramaba  en  la  mirada 
del  príncipe  el  amor  diabólico,  matador,  que  lluia  de 
sus  ojos. 

Una  luz  tenue  y  opaca  iluminaba  el  aposento ;  envol- 
víale el  silencio  del  misterio  y  del  amor. 

Betsabé  parecía  estar  satisfecha  y  feliz;  su  seno  se 
agitaba  por  una  dulce  conmoción ;  sus  manos  estrecha- 
ban calenturientas  las  del  príncipe. 

A  pesar  de  esta  aparente  felicidad  ,  de  vez  en  cuando 
una  imperceptible  expresión  de  inquietud,  nublaba  el 
semblante  de  la  hada ;  desprendíase  de  los  brazos  de 
Jucef,  y  miraba  hacia  el  Oriente,  que  podia  verse  á  tra- 
vés de  los  abiertos  ajimeces. 

—¿Qué  luces  son  aquellas?  dijo  en  una  de  estas  oca- 
siones al  príncipe,  señalando  algunas  que  brillaban  en 
la  cumbre  de  la  Colina  Roja,  y  alcanzaban  á  verse  des- 
de los  almohadones  en  que  se  reclinaban. 


HISTORIA    I>F.    LOS    SIFTF.    MURCIÉLAGOS.  263 

El  príncipe  miró,  y  creyó  reconocer  el  ademan  de  su 
madre  en  una  forma  que  aparecía  entre  las  antorchas, 
conducidas  por  esclavos  negros. 

—  Serán  sin  duda  cazadores  nocturnos,  contestó  el 
príncipe,  esquivando  la  pregunta  de  la  hada. 

—  Mientes,  repuso  Betsahé ;  aquella  mujer  es  tu  ma- 
dre. Si  me  amases  no  me  engañarías. 

—  ¡Si  yo  te  amara!  exclamó  con  delirio  el  príncipe; 
pues  ¿por  quién  la  luz  me  es  odiosa  y  anhelo  la  venida 
de  la  noche  con  su  soledad  y  su  silencio?  ¡Que  no  te 
amo,  cuando  me  ves  muriendo  por  tí ! 

— Y  ¿qué  rae  importa,  si  ese  amor  es  inferior  al  que 
te  inspiran  los  tuyos?  Yo  quiero  ser  sultana... 

El  rostro  del  príncipe  se  puso  lívido,  y  su  corazón  se 
heló  al  escuchar  estas  últimas  palabras. 

— Yo  quería  ser  sultana ,  continuó  Betsabé ;  y  para 
serlo  era  necesario  que  muriese  tu  padre;  yohabia  da- 
do á  un  bruto  una  fuerza  terrible  por  medio  de  mi  ta- 
lismán ;  Al-hhamar  estaba  frente  á  ella;  un  momento 
más  y  era  sultana.  Pero  tú  te  arrojaste  entre  el  rey  y  el 
toro;  temblé  por  tu  vida ,  y  mi  talismán  te  hizo  vence- 
dor de  la  fiera.  Habías  hecho  por  entonces  inútil  mi  po- 
der. Y  yo  pude  dejarte  morir,  como  se  abandona  á  un 
perro  ó  á  un  esclavo.  Mi  amor  intenso,  único,  superior 
á  mí  misma,  te  salvó. 

La  conmoción  del  príncipe  crecia. 

—  Más  tarde,  tropas  enemigas  inundaron  el  coso  ; 
como  al  toro,  las  hacia  invencibles  mi  talismán;  los  ca- 


264  HISTORIA  DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

ballcros  más  bizarros  del  reino  cejaban  ante  ellas;  el 
rey  estaba  acosado ;  por  entonces  habia  logrado  conte- 
nerte; obedecias  á  mi  poder;  pero  llegó  tu  madre,  te 
tendió  los  brazos  y  te  lanzaste  al  combate  por  llegar 
junto  á  ella ;  te  vi  cansado,  próximo  á  sucumbir,  y  m¡ 
amor  te  acorrió  otra  vez  ;  arrollaste  á  los  esclavos  de 
Jos  walíes,  como  el  viento  del  invierno  las  secas  hoja- 
rascas, y  el  rey  se  salvó.  Yo  te  antepongo  á  todo,  á  mi 
felicidad,  á  mi  salvación,  y  ¡tú  no  me  amas! 

Belsabé  arrojó  sobre  el  príncipe  una  mirada  supre- 
ma ;  el  joven  tembló,  sintió  abrasarse  su  corazón  y  nu- 
blarse su  espíritu ,  y  cayó  á  los  pies  de  su  amada. 

—  ¡Oh  luz  de  mis  ojos  !  la  dijo  :  no  llores;  por  cada 
una  de  tus  lágrimas,  vertería  yo  torrentes  de  sangre. 
Habla,  dispuesto  estoy;  ¿que  quieres  de  mí? 

—  Quiero  ser  sultana. 

—  Pues  bien,  lo  serás.  ¿Qué  me  importan  los  siete 
cielos  de  Dios,  si  tú  estás  triste,  lumbre  de  tai  vida? 
Manda,  tu  siervo  está  ante  tí. 

Betsabé  sacó  del  seno  el  pomo  de  oro  que  le  habia 
entregado  Absalon. 

— Aquí  está  la  muerte,  dijo  al  príncipe. 

— ¿Y  quién  ha  de  morir?  preguntó  temblando  Ju- 
cef  A'bd-alfah. 

—  Al  fin  de  esa  galería,  contestó  Betsabé  señalando 
una  puerta  frontera,  hay  un  aposento  que  guardan  es- 
clavos y  servidores ;  en  ese  aposento  hay  una  fuente  lle- 
na de  agua  cristalina  donde  hace  su  ablución  un  hom- 


Hl-TORIA    DE    LOS    SIRTE    MURCIÉLAGOS.  2<)i) 

bre ;  es  necesario  que  viertas  esle  pomo  en  esa  pila,  tú, 
que  puedes  llegar  libremente  hasta  ejla,  antes  de  que 
el  muecin  suba  al  alminar  al  lucir  de  la  alborada  para 
llamar  á  los  beles  á  la  oración. 

—  Pero  ese  es  el  aposento  de  mi  padre,  Belsabé, 
murmuró  transido  de  terror  el  príncipe. 

—  ¿Y  qué  me  importa  tu  padre?  gritó  colérica  Bet- 
sabé.  ¿Qué  me  importas  tú?  Yo  he  visto  caer  ante  mi 
generaciones  enteras,  á  un  leve  impulso  de  mi  volun- 
tad ,  y  me  resistes  tú?  ¡  Esclavo  de  mi  poder,  obedece ! 
añadió  Betsabé,  volviendo  hacia  afuera  el  sello  del  ani- 
llo de  Salomón,  que  tenia  ceñido  en  uno  de  sus  dedos. 

Jucef  se  levantó  como  al  impulso  de  un  poder  incon- 
trastable, llegó  hasta  la  puerta  señalada  por  Betsabé, 
atravesó  la  galería,  pasó  entre  los  guardas  que  velaban 
ante  el  aposento  del  rey,  sin  que  ninguno  le  impidiese 
la  entrada,  sin  que  uno  solo  dejase  de  inclinarse  al  pa- 
sar el  príncipe  que  entró. 


III. 


Una  lámpara  de  hierro  alumbraba  el  aposento  del 
rey,  modesto  y  severo,  en  cuyas  paredes  se  veian  es- 
critas por  do  quiera  suras  (versos)  del  Koran  :  en  un 
alhamí  en  el  fondo  dormía  Ál-hhamar,  con  el  sueño  que 
prestan  un  corazón  puro  y  una  ambición  satisfecha.  So- 
bre el  lecho,  cuyas  ropas  eran  de  blanco  lino,  la  luz  de 


266  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

ia  lámpara  hacha  lanzar  brillantes  destellos  á  un  fuerte 
arnés,  á  una  hacha  de  armas  y  á  una  espada. 

El  príncipe  se  acercó  cautelosamente  al  lecho  y  con- 
templó largo  rato  el  noble  y  hermoso  semblante  de  su 
padre  :  si  este  hubiese  entonces  despertado,  le  hubiera 
causado  horror  la  expresión  del  semblante  de  su  hijo 
predilecto,  de  su  querido  leoncillo ,  con  quien  tal  vez 
sonaba  en  las  horas  de  su  breve  reposo;  los  ojos  del 
príncipe  estaban  desencajados ,  su  boca  contraída ,  sus 
mejillas  cárdenas,  sus  manos  crispadas.  Una  sonrisa  si- 
niestra vagaba  en  sus  labios  y  su  corazón  estaba  frió. 

De  repente,  como  arrastrado  de  una  fuerza  irresisti- 
ble ,  se  separó  del  lecho,  llegó  al  centro  de  la  estancia 
y,  con  una  calma  horrible,  vertió  el  contenido  del  pomo 
en  el  agua  que  llenaba  una  fuente  de  alabastro.  Luego, 
cauteloso  como  habia  entrado,  tornó  junto  á  Betsabé. 

Estaba  rodeada  de  Djeidah,  Zahra  y  Obeidah. 

—  ¿Qué  es  de  vuestros  esposos?  les  preguntó. 

Las  tres  hadas,  como  Betsabé  á  Jucef,  se  habian  en- 
lazado á  los  walíes. 

—  Abo-Ishac,  contestó  Djeidah,  está  inconsolable, 
por  la  pérdida  del  oro  invertido  en  pagar  sus  caballe- 
ros; apenas  repara  en  mí ;  es  un  miserable. 

— Abu-Abdalá  t  dijo  Zahra,  está  aún  avergonzado  de 
haber  sido  vencido  por  un  niño,  y  me  hace  sufrir  todas 
las  rarezas  de  su  ridículo  orgullo.  Es  un  gato  salvaje 
que  no  me  ama. 

— Abul-Hassan,  murmuró  Obeidah,  no  se  ha  perdo- 


HISTORIA    DE    F.OS    SIETE    .MURCIÉLAGOS.  267 

nado  aún  el  descalabro  de  Bib-rrambla  y  ha  levantado 
sobre  raí  su  látigo.  Es  un  perro  infiel  que  me  hace  muy 
desdichada. 

—  ¿Qué  me  importan  vuestra  felicidad  ó  vuestro  eno- 
jo? exclamó  colérica  Betsabé,  dirigiéndose  á  sus  her- 
manas. ¿Os  be  lanzado  yo  junto  á  ellos  para  que  solo 
penséis  en  el  amor?  ¿Qué  hacen  vuestros  esposos?  ¿Qué 
meditan  contra  el  rey? 

—  Han  enviado  mensajeros,  contestó  Djeídab,  aco- 
giéndose bajo  la  fe  y  amparo  del  rey  Alfonso  X  de  Cas- 
tilla :  con  él  vendrán  sobre  Granada ,  y  la  muerte  y  el 
estrago  cabalgarán  delante  de  ellos. 

—  Pues  bien,  que  entren  sus  algaras  por  la  vega, 
dijo  Betsabé,  que  arrasen  sus  villas,  que  incendien  sus 
castillos ;  es  necesario  que  si  el  tósigo  respeta  á  ese.hom- 
bre,  sucumba  por  el  hierro  :  es  necesario  que  no  se  le- 
vante la  Torre  de  los  Siete  Suelos.  Tdos ,  y  cumplid  lo 
que  os  he  ordenado. 

Las  tres  hadas  desaparecieron.  Jucef  dormía ,  entre- 
gado á  un  letargo  profundo;  por  !os  ajimeces  penetraba 
ya  la  luz  de  la  alborada. 

Betsabé  fijaba  en  la  cumbre  de  la  Colina  Boja  una 
mirada  sombría;  era  el  momento  en  que  Wahdah  salia 
de  la  sima. 

— ¡Oh!  ya  es  tarde  para  tí,  esclava!  murmuró  Betsa- 
bé; el  muecin  llama  á  la  oración,  y  muy  pronto  el  tó- 
sigo penetrará  en  las  venas  de  tu  amado. 

Y  en  efecto,  el  muecin  llamaba  á  los  fieles,  desde  el 
alminar,  á  la  oración  de  azohhi. 


268  HISTORIA    DE    LOS    S1ETF    MURC1KI.AGOS. 

Betsabé  se  dirigió  al  aposento  del  rey  ;  los  guardas 
la  detuvieron. 

—  No  puedes  entrar ,  princesa,  dijo  uno  de  ellos; 
nuestro  rey  y  señor  está  haciendo  su  ablución. 

Y  era  así;  Betsabé,  á  través  de  las  plegaduras  del 
ta;  iz  que  cubría  la  puerta,  vio  á  Al-hhamar,  arrojando 
sobre  su  cabeza  el  agua  de  la  pila  de  alabastro  situada 
en  el  centro  del  retrete  real. 

Entonces  un  pensamiento    extraño  surgió  en  su 
mente. 
— ¡Si  Jucef  no  hubiera  vertido  el  tósigo!  se  dijo. 

Y  corrió  á  su  retrete  donde  dormía  el  príncipe,  y  le 
arrancó  el  pomo  que  asia  aún  entre  sus  crispadas 
manos. 

—  ¡Vacío!  ¡está  vacío!  exclamó  Betsabé  entregán- 
dose á  una  feroz  alegría.  ¡Oh!  ¡volveré  á  mi  eterni- 
dad, á  mis  jardines,  á  mis  alcázares!  ¡Oh  Salomón! 
¡  qué  grande  y  poderoso  eres  ! 


IV. 


Pero  la  alegría  de  Betsabé  fué  de  corta  duración; 
palideció  su  frente ,  estremecióse  como  por  efecto  de  un 
terror  invencible,  y  sus  ojos  se  inyectaron  de  sangre; 
había  resonado  en  su  oído  una  voz  poderosa  que  la  evo- 
caba ,  una  voz  que  la  obligaba  á  obedecer  como  la  del 
señor  al  esclavo. 


niSTORlA    PE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  209 

Betsabé  obedeció,  pues,  y  apareció  ante  Wahdah. 

Estaba  esta  envuelta  en  ia  alfombra  del  trono  de  Sa- 
lomón; los  destellos  que  lanzaba  el  talismán  la  rodea- 
ban de  una  clarísima  aureola;  su  hermosura  tenia  do- 
ble encanto;  era  entonces  más  hermosa  que  Betsabé, 
sólo  podia  comparársela  á  una  hurí. 

Su  ademan  era  imperioso;  su  sonrisa  terrible;  la  mi- 
rada de  sus  negros  ojos,  radiante  é  intensa,  se  fijaba 
en  la  de  Betsabé,  que  comprendió  su  destino  y  cayó  á 
los  pies  de  la  sultana. 

—¡Perdón  !  gritó  la  hada;  no  me  arrojes  á  las  ti- 
nieblas y  á  la  desesperación,  y  seré  tu  esclava;  quíta- 
me mi  poder,  pero  que  no  se  levante  la  torre  sobre  el 
abismo. 

— Lo  que  está  escrito  se  cumplirá,  contestó  Wah- 
dah:  ¿acaso  pretendías,  miserable  espíritu  condenado, 
hacerte  superior  á  tu  destino? 


Betsabé  entregó  á  Wahdah  el  anillo  cabalístico,  y  sa- 
lió de  su  retrete  para  encerrarse  en  el  suyo. 

Aún  dormía  el  príncipe  Jucef;  Betsabé  se  arrodilló 
junto  á  él  é  inundó  de  lágrimas  su  frente;  era  la  pri- 
mera vez  que  la  conmoción  hacia  brotar  el  llanto  á  los 
ojos  de  aquel  espíritu  soberbio  y  rebelde;  era  la  prime- 
ra vez  que  un  amor  de  mortal  habia  llenado  su  corazón. 
Tal  vez  surgió  en  su  mente  el  pensamiento  de  suplicar 
á  Allah,  pero  su  soberbia  ie  rechazó,  y  desesperada, 


270  HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

con  la  insensatez  pintada  en  sus  ojos ,  se  replegó  en  un 
ángulo  del  diván. 

El  príncipe  Jucef  dormía.  Betsabé  sentía  pasar  el 
tiempo  con  una  rapidez  cruel;  Wahdah  en  tanto  conta- 
ba un  siglo  por  cada  vez  que  la  voz  del  muecin  llama- 
ba á  los  fieles  á  la  oración  ;  al  fin  llegó  la  hora  de  ala- 
já:  la  noche  encapotaba  el  espacio,  la  luna  había  apa- 
recido en  el  Oriente.  Wahdah,  reclinada  en  el  ajimez, 
miraba  á  la  Colina  Hoja  y  esperaba  que  la  luna  llega- 
se á  la  mitad  de  su  curso.  Al  fin  llegó  el  momento  tan 
temido  por  Betsabé  y  tan  anhelado  por  Wahdah  ;  la 
luna  tocó  en  lo  más  alto  de  su  órbita ,  y  la  sultana  vol- 
vió el  sello  de  la  sortija  cabalística  al  Oriente. 

— ¡Genios,  esclavos  del  anillo;  y  del  sello!  exclamó. 
¡En  nombre  del  alto  y  poderoso  Salomón,  á  quien 
Allah  perpetúe  la  gloria,  edificad  el  castillo  de  la  Al- 
hambra ! 

Apenas  pronunciadas  estas  palabras,  nublóse  la  luna, 
giraron  en  el  espacio  millones  de  sonoros  rumores,  y 
en  la  cumbre  de  la  Colina  Roja,  aparecieron  antorchas 
sin  número,  á  cuya  luz  se  veían  cruzar,  perderse  y 
volver  á  aparecer  multitud  de  hombres. 

Una  niebla  densa  fué  velando  la  colina  y  todo  lo  en- 
volvió; la  sultana  permaneció  en  el  ajimez;  veíase  aún 
el  resplandor  informe  y  dudoso  de  las  antorchas,  osci- 
lando, alejándose  y  tornando  á  aparecer  ;  al  fin  la  luz 
del  crepúsculo  dominó  aquel  resplandor  mate,  la  albo- 
rada disipó  la  niebla,  y  Wahdah  vio  ante  si  con  asombro 


HISTORIA    DF    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS.  "¿7  f 

sóbrela  cumbre  de  la  Colina  Roja,  un  fuerte  castillo. 

Cuatro  murciélagos  pasaron  entonces  lanzando  agu- 
dos gritos  por  delante  del  ajimez  de  Wahdah:  eran 
Betsabé,  Djeidah,  Zahra  y  Obeida. 

La  Torre  de  Siete  Suelos  se  habia  levantado  sobre  el 
abismo  y  las  cuatro  hadas  iban  á  esperar  en  su  oscuro 
seno  á  sus  amantes. 

Wahdah,  entregada  á  una  alegría  delirante  ,  corrió 
al  aposento  de  su  esposo.  Este  hacia  su  ablución  en  la 
misma  fuente  en  que  el  dia  anterior  habia  vertido  el 
tósigo  el  príncipe  Jucef  A'bd-allah. 

El  rey  la  miró  con  semblante  severo;  Wahdah  se 
prosternó  ante  él. 

— Levántate,  Wahdah,  exclamó  el  rey:  ¿por  qué 
abandonas  tu  retrete,  cuando  no  te  han  llamado  mis 
esclavos? 

Wahdah  se  levantó  y  extendió  su  diestra  en  direc- 
ción á  un  ajimez  á  través  del  cual  se  veía  la  Colina 
Roja. 

El  rey  exhaló  una  exclamación  de  sorpresa. 

— ¿Qué  torres  son  aquellas,  dijo,  que  se  levantan 
sobre  la  montaña?  ¿Qué  alminar  es  aquel  que  se  eleva 
hasta  las  nubes?  ¿Y  de  quién  aquel  alcázar  cuyas  cú- 
pulas de  oro  lanzan  rayos  de  fuego  heridas  por  el  sol 
de  la  mañana? 

Wahdah  refirió  al  rey  el  origen  de  Betsabé,  su  am- 
bición y  su  odio  hacia  él,  y  le  entregó  el  anillo  y  la  al- 
fombra de  Salomón. 


272  HISTORIA    DE   LOS   S1ETK  MURCIÉLAGOS. 


V. 


El  rey  se  arrojó  en  los  brazos  de  la  sultana,  y  la  be- 
só en  la  frente.  Después  llamó  á  sus  caballeros,  á  sus 
guardas  y  á  sus  esclavos,  y  se  dirigió  á  la  Colina 
Hoja. 

Cuando  llegaron  al  castillo,  le  hallaron  abandonado: 
las  puertas  abiertas. 

El  rey  se  detuvo  ante  ellas:  una  mano  esculpida  en 
la  clave  del  arco  exterior  y  una  llave  de  la  misma  ma- 
nera representada  en  el  inferior,  excitaron  su  curiosi- 
dad, y  dijo  á  uno  de  sus  sabios: 

— Dime,  así  Allah  perpetúe  tu  generación  sobre  la 
tierra,  ¿qué  significa  esa  mano  y  esa  llave? 

El  sabio  meditó  un  momento  ,  oró  al  Señor,  y  su  es- 
píritu subió  hasta  él. 

— Cuando  esa  mano,  contestó  al  rey,  descienda  has- 
ta tocar  la  llave,  los  espíritus  condenados  que  encierra 
la  Torre  délos  Siete  Suelos,  tenderán  sus  alas  sobre 
Granada  ;  muerte  y  desolación  caerá  sobre  ella,  y  los 
hijos  del  Islam  desaparecerán  sobre  la  haz  de  la  tierra. 

El  rey  dio  el  joyel  de  su  toca  al  sabio,  y  pasó  ade- 
lante: desde  aquel  dia  hasta  la  hora  en  que  murió,  ha- 
bitó en  el  alcázar ,  y  después  de  su  muerte  fué  sepul- 
tado en  él. 


HisTOim  de  lo;  siete  murciélagos.  873 


VI. 


Por  esta  vez  el  genio  del  porvenir  no  hizo  desapare- 
cer la  visión;  el  rey  Al-hhamar  contemplaba  extasia- 
do  aquel  fuerte  castillo  con  sus  torres  almenadas,  sus 
agudos  y  esbeltos  mirabetes  y  su  magnífico  alcázar  con 
cúpulas  doradas. 

— Espada  del  Islam ,  dijo  el  genio  dirigiéndose  al 
rey  ;  tú  has  preguntado  á  aquel  que  ha  sido,  es  y  será, 
por  qué  tu  alma  está  cubierta  de  una  tristeza  profun- 
da, que  hace  tus  dias  sombríos  y  tus  noches  sin  sueño; 
y  Allah  me  ha  ordenado  abrir  ante  tí  el  libro  del  des- 
tino; has  leido  su  página  funesta;  te  has  visto  vendido 
por  tus  walíes,  asesinado  por  tu  hijo;  has  sentido  en 
tus  venas  el  frió  del  tósigo  mortal  y  no  has  temblado, 
ni  el  grito  de  la  venganza  ha  resonado  en  tu  corazón; 
tres  valiente,  generoso  y  magnánimo,  y  el  Señor  fuer- 
te é  invencible  es  contigo.  Ese  alcázar  que  ves,  llevará 
á  la  posteridad  tu  nombre ,  y  una  mujer ,  elegida  por 
Allah  entre  sus  huríes,  morará  contigo  por  toda  la  eter- 
nidad. Mira. 

El  castillo  se  veló  en  profundas  nieblas  al  contacto 
de  la  vara  del  genio,  y  en  su  lugar  apareció  nna  mu- 
jer. Ni  el  alba  es  más  fragante,  ni  el  sol  más  resplan- 
deciente, ni  las  nubes  de  la  montaña  más  blancas,  que 
aquella  aparición  divina  ;  las  palabras  de  los  hom- 


274  HISTORIA   DE   LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS. 

brcs  no  eran  bastantes  paia  encarecer  su  hermosura. 

El  corazón  del  rey  se  estremeció  de  amor,  y  ten- 
dió los  brazos  á  la  hermosa  que  lijaba  en  él  la  dulce  y 
purísima  mirada  de  sus  ojos  negros. 

— Aguarda,  le  dijo  el  genio,  aún  no  conoces  ente- 
ramente tu  porvenir;  al  espirar  una  lana  desde  este 
momento,  tu  cuerpo  habrá  descendido  al  sepulcro;  el 
tósigo  habrá  roido  lentamente  tus  entrañas;  tu  hijo  te 
habrá  entregado  á  la  muerte;  ¿qué  castigo  pides  á  Alian 
para  el  parricida? 

Al-hhamar  se  prosternó. 

—  ;Es  mi  hijo!  exclamó,  ¡mi  hijo  á  quien  amo! 
¡Desdichado  de  él  que  ha  caido  en  poder  de  Eblis! 
¡Perdón  para  mi  hijo  ! 

—Justo  entre  los  justos,  magnánimo  entre  los  mag- 
nánimos ;  tu  hijo  será  contigo  en  el  Edem ,  cuando  el 
príncipe  Aben-al-Malek  rompa  el  encanto  de  la  hurí 
que  duerme  en  la  Torre  de  los  Siete  Suelos. 

El  rey  se  levantó,  la  mujer  de  sus  amores,  la  her- 
mosa presentada  á  él  por  el  genio  del  porvenir,  se  ar- 
rojó en  sus  brazos ;  Al-hhamar  aspiró  la  suavidad  que  se 
desprendía  de  su  ser,  reclinó  la  frente  sobre  su  purísi- 
mo seno,  y  un  letargo  delicioso  cerró  sus  ojos,  creyó- 
se elevado  en  el  espacio,  suavemente  mecido  por  las 
brisas ,  en  una  región  misteriosa,  velada  en  sombras  é 
impregnada  de  perfumes:  tanta  felicidad  oprimía  su 
corazón ,  y  despertó. 

Al  abrir  los  ojos  se  encontró  en  la  cumbre  de  la  co- 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGO.-.  275 

lina  y  al  pié  del  sauce  donde  habia  tomado  descanso, 
al  bajar  fatigado  de  la  caza  por  las  vertientes  del  Cer- 
ro del  Sol.  El  alba  se  levantaba  en  el  Oriente,  Grana- 
da despertaba  sobre  su  lecho  de  flores. 

Nada  recordaba  el  rey  de  cuanto  habia  visto  en  el 
alcázar  del  destino  :  acaso  habia  sido  un  sueño  de  esos 
que  pasan  sin  dejar  recuerdos  y  se  hunden  en  el  pasa- 
do después  de  haber  abierto  ante  nuestros  ojos  el  libro 
del  porvenir. 

—  ¡Oh!  ¡cuánto  he  dormido,  y  cuan  profundamente! 
dijo  el  rey.  ¡Mis  caballeros  me  esperan  impacientes 
para  comenzar  la  fiesta!  Vamos  :  es  necesario  que  hoy 
mismo  sea  declarado  mi  sucesor  y  participe  del  mando 
el  príncipe  Mohamet. 

Y  bajó  de  la  colina,  y  entró  en  su  alcázar,  y  bajó  al 
coso  alzado  enBib-rrambla ,  acompañado  de  la  sultana 
y  de  las  mujeres  de  su  harem ,  y  de  lo  más  cumplido 
de  la  nobleza  mora. 

VIL 

Y  de  allí  en  adelante,  todo  sucedió  como  habia  sido 
el  sueño,  porque  así  estaba  escrito. 

El  castillo  se  alzó  sobre  la  colina,  y  el  rey  fué  á  él  y 
puso  su  estandarte  rojo  sobre  la  torre  más  alta  de  la 
alcazaba,  y  trascurrida  una  luna  desde  la  noche  en  que 
el  rey  tuvo  el  sueño  misterioso,  la  muerte  fué  con  él. 

Y  aconteció  de  esta  manera. 


276  HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 


yiii. 

Los  walíes  de  Málaga,  Guadix  y  Comares  entraron 
por  la  tierra  llevando  eu  sus  algaras  adelante  la  fron- 
tera. Acorríales  el  rey  Alfonso  X  de  Castilla ,  y  una 
hueste  poderosa  amenazó  los  muros  de  Granada.  El  rey 
Al-hhamar  se  vistió  el  arnés,  reunió  en  torno  de  su 
bandera  a  sus  caballeros,  y  salió  contra  los  rebeldes; 
al  pasar  bajo  la  puerta  de  Bib-albolut,  rompióse  la  lan- 
za al  primer  caballero  que  iba  en  los  adalides,  y  túvo- 
se esto  por  mal  agüero ;  y  uno  de  los  sabios  que  siem- 
pre acompañaban  al  rey  ,  le  dijo  : 

— Torna,  señor,  torna,  que  ya  veo  el  cuervo  cerner- 
se en  los  aires  y  canta  la  corneja;  torna  porque  la 
muerte  te  espera  en  esta  jornada. 

—  ¿Qué  puede  el  hombre  contra  su  destino?  dijo  el 
rey;  si  morir  hé,  ¿dónde  ocultarme  que  la  muerte  no 
sea  conmigo? 

Y  siguió  adelante,  ai  frente  desús  caballeros. 

Y  á  poco  más  de  mediodía  de  camino,  sintióse  cansa- 
do y  enfermo,  y  se  detuvo  y  llamó  á  sus  sabios. 

Los  sabios  le  dijeron: 

— Tósigo  te  han  dado,  señor,  y  tus  dias  están  conta- 
dos; vuélvete  á  tu  ciudad  si  quieres  morir  junto  á  los 
que  amas. 

El  rey  tornó  hacia  Granada,  pero  antes.de  llegar  á 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  277 

la  ciudad  se  agravó  su  dolencia,  y  alzando  su  pabellón 
le  entraron  en  él  y  le  rodearon  todos  los  caballeros,  así 
muslimes  como  cristianos  que  le  seguian  ,  y  los  sabios 
no  sabían  qué  hacer. 

A  cada  momento  era  más  espantosa  la  lividez  del 
rey :  á  medida  que  la  muerte  se  acercaba  ,  su  pensa- 
miento leia  en  el  pasado  y  sólo  entonces  recordó  las 
visiones  que  habían  sido  ante  él  en  el  alcázar  del  Des- 
tino; recordó  á  su  hijo  Jucef  vertiendo  el  tósigo  en  la 
fuente  donde  hacia  su  ablución ,  y  oró  á  Dios  por  su 
hijo.  Después  se  apoderaron  de  él  horribles  convulsio- 
nes ;  arrojó  por  la  boca  espumosa  y  negra  sangre ,  y 
le  llegó  el  decreto  de  Dios  á  la  hora  de  almagrib  (pues- 
ta del  sol)  el  dia  veinte  y  nueve  de  la  luna  de  guima- 
da  postrera  del  año  seiscientos  setenta  y  uno  (i). 

Enterróseie  con  gran  pompa  en  el  cementerio  que  él 
habia  mandado  edificar  en  su  mismo  alcázar,  para  sí  y 
sus  descendientes,  embalsamado  en  caja  de  plata  cu- 
bierta de  preciosos  mármoles,  en  que  su  hijo  Mohamet 
mandó  esculpir  en  letras  de  oro  este  epitafio : 

(.(Este  es  el  sepulcro  del  sultán  alto,  fortaleza  del  Is- 
lam, decoro  del  género  humano,  gloria  del  dia  y  de  la 
noche,  lluvia  de  generosidad,  rocío  de  clemencia  para 
los  pueblos,  polo  de  la  secta,  esplendor  de  la  ley,  am- 
paro de  la  tradiccion,  espada  de  la  verdad ,  león  de  la 
guerra,  sabio  adalid  del  pueblo  escogido,  defensa  de  la 

(i)  Marzo  de  1273  de  J.  C. 

16 


278  HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

fe,  honra  de  los  reyes  y  sultanes,  el  vencedor  por  Dios, 
el  ocupado  en  el  camino  de  Dios,  Mohamel  Aben  Albd~ 
Alia- Aben- Jucef-Abcm  ¡Sazar,  el  de  Arjona,  el  vence- 
dor y  el  magnifico  ;  ensálcele  Dios  al  grado  de  los  allos 
y  justificados,  y  le  coloque  entre  los  profetas,  justos/már- 
tires y  sanios.  Fué  su  tránsito,  dia  veinte  y  nueve  de  la 
lima  guimada  postrera,  año  seiscientos  setenta  y  uno. 
¡Alabado  sea  aquel  cuyo  imperio  no  fina,  cuyo  reinar 
no  principió,  cuyo  tiempo  no  fallecerá,  porque  no  hay 
más  Dios  que  él,  el  misericordioso  y  clemente!» 


IX. 


Y  tras  la  muerte  del  rey,  desaparecieron  de  sobre  la 
haz  de  la  tierra  el  príncipe  Jucef  A'bd-Allá  y  los  tres 
walíes  rebeldes,  sin  que  ser  humano  supiera  qué  habia 
sido  de  ellos. 

Y  la  sultana  Wahdah  murió  poco  tiempo  después  que 
Al-hhamar ,  por  el  que  hizo  tal  llanto  como  le  habia 
amado  en  vida. 


X. 


Sucedió  al  rey  en  la  silla  de  Granada  su  hijo  Moha- 
met  II,  y  vinieron  con  los  tiempos  tras  él  diez  y  nue- 
ve reyes  hasta  Abou-A'bd-Allah  Al-Ssaghír  (Boabdil 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  279 

el  Chico)  y  A'bd-Allah  Ai-Ssaghar  (el  Joven)  que  per- 
dieron el  reino.  ¡Dios  los  perdone! 

Y  todos  ellos  enaltecieron  á  Granada  y  hermosearon 
la  Alhambra. 

¡La  Alhambra!  ¡el  Palacio  de  Rubíes,  por  quien  llo- 
ra el  árabe  en  el  desierto  !  ¡  Granada!  ¡  la  Damasco  ¿e 
Europa!  ¡la  perla  de  Occidente!  ¡Que  Dios,  el  justo,  el 
santo,  el  bueno,  tenga  piedad  de  su  pueblo  escogido  y 
le  vuelva  su  Edem !  ¡Que  se  cumpla  pronto  lo  escrito, 
porque  está  escrito  que  el  árabe  volverá  al  Palacio  de 
Rubíes ! 


VI. 


La  Torre  de  los  Siete  Suelos. 


I. 


Quince  años  habían  transcurrido  desde  la  fatal  luna 

de  rabie,  primera  del  año  ochocientos  noventa  y  sie- 
te (1 ),  en  que  las  huestes  de  los  reyes  de  Castilla  y 
Aragón  habían  arrojado  de  Granada  al  débil  Boabdil, 
y  habían  clavado  la  cruz  del  Nazareno  sobre  las  alme- 
nas de  la  torre  de  la  Alcazaba. 

Todo  lo  habían  profanado :  el  vencedor  puso  en  el 
mirab  su  planta  impura ,  y  el  harem  fué  abierto  á  las 
mujeres  castellanas ;  el  trono  de  Al-hhamar  el  Magní- 
fico había  sido  arrastrado  por  el  polvo ,  y  el  yugo  y  las 

(1)  Enero  de  1492  de  J.  0. 


MISTOlllA    DF.    LOS    SILTE    MURCIÉLAGOS.  281 

flechas  coioüados  por  el  Tanto  monta,  empresa  de  los 
reyes  cristianos ,  habían  sido  esculpidos  en  la  sala  de 
justicia  del  alcázar  sobre  las  suras  del  santo  Koran. 

El  genio  del  islam  huyó  indignado  de  la  Álhambra  y 
de  Granada ,  y  Eblis  se  cernió  gozoso  sobre  el  mirab 
profanado. 

El  nazareno  lo  recorrió  todo,  en  busca  de  los  tesoros 
de  los  vencidos;  bajó  á  las  cisternas,  recorrió  las  mi- 
nas, y  penetró  en  los  subterráneos,  como  aquel  que  en 
una  casa  deshabitada  va  en  busca  de  alguna  prenda  ó 
joya  olvidada  por  el  dueño. 

Pero  hubo  un  lugar  en  el  que  en  vano  pretendieron 
penetrar ;  le  defendía  el  terror  y  le  envolvía  el  mis- 
terio. 

Este  lugar  era  la  Torre  de  los  Siete  Suelos. 


II. 


Era  esta  torre  circular ;  coronábala  una  muralla, 
defendida  por  dos  fuertes  torreones,  entre  los  cuales 
habia  una  puerta,  por  la  cual  salió  el  desdichado  Boab- 
dil  para  entregar  las  llaves  de  la  ciudad  á  los  vence- 
dores. 

Entre  los  torreones ,  la  muralla  y  la  torre  misterio- 
sa, existia  un  foso  por  el  cual  se  llegaba  á  una  puerta 
de  hierro  pequeña ,  capaz  sólo  para  que  pudiese  pene- 
trar un  jinete  en  los  Siete  Suelos. 

16. 


282  HISTORIA    DE   LOS   SIETE    MUROIF.LAOOS. 

Sólo  con  inauditos  esfuerzos  se  habia  logrado  abrir 
aquella  puerta  y  penetrar  en  el  primer  suelo;  una  vez 
allí,  cíase  un  ruido  sordo,  el  vuelo  continuo  de  un 
enorme  y  solitario  murciélago,  que  lanzaba  gritos  se- 
mejantes á  los  de  una  mujer  desesperada,  y  al  que 
contestaban  subiendo  del  abismo,  otros  seis  gritos  hor- 
rorosos ;  uníase  á  esto  un  viento  pujante  que  apagaba 
las  antorchas;  un  ruido  sordo  y  atronador  semejante 
al  de  un  torrente  ó  ó  la  carrera  de  un  millón  de  caba- 
llos, y  además  una  atmósfera  impregnada  de  miasmas 
fétidas  trastornaba  los  sentidos  y  hacia  huir  de  aquel 
lugar  de  muerte  á  el  imprudente  que  en  él  se  habia 
aventurado;  y  si  alguno  fué  bastante  audaz  para  lle- 
gar, arrostrando  los  horrores  del  primero  hasta  la 
puerta  del  segundo  suelo,  nunca  volvió  á  parecer. 

Con  estos  prodigios  la  torre  se  habia  hecho  respeta- 
ble;  temblaban  los  soldados  nazarenos,  al  entrar  de 
guardia  en  ella ,  y  más  de  un  escucha  fué  víctima  de  su 
terror  al  encontrarse  solo  en  su  plataforma  en  las  al- 
tas horas  de  las  oscuras  noches  de  invierno. 


III. 


El  mismo  dia  en  que  finaban  quince  años  después 
del  de  la  conquista,  á  la  hora  en  que  las  campanas  ta- 
ñían la  azalá  de  alajá  de  los  cristianos,  un  mancebo, 
jinete  en  un  caballo  negro,  apareció  entre  los  árboles 
que  rodeaban  la  torre. 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  2^3 

Era  el  príncipe  Aben-al-Malek ,  el  que  en  la  albora- 
da de  aquel  dia  que  finaba  babia  partido,  sobre  el  ca- 
ballo de  su  padre,  obedeciendo  á  su  destino  y  á  la  voz 
del  anciano  morabita  Aben-Kalek. 

El  bruto  lanzado  en  el  espacio  habia  salvado  como 
tempestad  la  distancia,  atravesando  los  desiertos  y 
surcando  los  mares;  ave,  bruto  y  pez,  habia  conduci- 
do al  príncipe  á  la  torre  misteriosa  donde  dormía  en- 
cantada la  hermosa  hurí  Fayzuli ,  la  doncella  de  las 
trenzas  negras,  la  querida  de  su  corazón. 

Aben-al-Malek  desmonto;  ató  su  corcel  á  uno  de  los 
árboles  y  se  aproximó  á  la  torre;  la  luna  menguante  y 
opaca  brillaba  con  débil  resplandor  entre  grupos  de 
espesas  nubes ;  á  su  escasa  luz  el  príncipe  vio  los  tor- 
reones almenados;  el  recinto  circular  y  el  oscuro  foso; 
un  soldado  cristiano,  con  el  arcabuz  al  hombro  y  la 
mecha  encendida ,  velaba  en  los  adarves. 

Aquel  hombre  vio  acercarse  al  príncipe  y  preparó  su 
arcabuz  lanzando  un  medroso  ¿quién  va?  desde  las 
almenas. 

Aben-al-Malek  envió  por  contestación  su  ligera  y 
fuerte  pica  de  dos  hierros  al  adarve ;  oyóse  un  sonido 
estridente,  como  el  que  produce  el  hierro  al  romper  el 
hierro,  un  grito  de  dolor ,  y  un  golpe  sordo  y  desma- 
zalado; el  cadáver  del  atalaya  habia  vacilado  sobre  la 
almena  y  habia  caido  al  foso. 

El  príncipe  llegó  hasta  la  puerta  de  hierro  que  con- 
ducía á  los  Siete  Suelos  y  que  se  abrió  ante  él. 


28  i  HISTORIA    DE    LOS   SIETK    MURCIÉLAGOS. 


iV. 


En  aquel  momento  la  torre  osciló  como  al  impulso 
de  un  sacudimiento  subterráneo;  salió  de  su  fondo  y 
desús  suelos  un  rugido  sonoro,  inmenso,  producido 
por  muchas  voces  humanas;  iluminóse  el  oscuro  antro 
con  la  diáfana  luz  del  dia ,  y  el  príncipe  entró  invocan- 
do el  santo  nombre  de  Allah. 


V. 


Estaba  en  un  alcázar  magnífico, el  silenc'o  y  la  paz 
más  profunda  volvieron  á  dominar  después  de  su  en- 
trada. Delante  de  él  y  adelantando  siempre  revolotea- 
ba un  enorme  murciélago. 


Antes  de  que  el  príncipe  entrase  en  la  torre,  en  el 
fondo  de  ella  tenia  lugar  un  acontecimiento  extraño. 

El, espíritu  de  Djeouar  velaba  en  el  mismo  nicho 
donde  le  había  visto  la  sultana  Wahdad ,  con  sus  pier- 
nas cruzadas,  el  libro  forrado  de  seda  azul  sobre  ellas, 
los  codos  apoyados  en  el  libro  y  el  rostro  entre  las 
manos. 

Abajo ,  en  el  fondo  del  retrete ,  velada  por  su  blanco 


HBTÜR1A    DE    I.OS    SIETE    MURCIÉLAGO  S.  2S5 

sudario,  ceñidos  los  cabellos  por  la  corona  de  siempre- 
vivas, de  la  cual  emanaba  la  luz  que  llenaba  de  un 
ambiente  diáfano  aquel  magnílico  aposento,  dormia  la 
hurí  Fayzuly  ;  y  Aben-Zohayr,  el  árabe  vendido  á  Eblis 
y  maldecido  por  Dios,  corria  aún  como  antes ,  la  vista 
fija  en  la  hurí,  flotante  el  alquicel,  la  pica  enhiesta, 
ensangrentado  el  acicate;  su  caballo  blanco,  lanzaba 
fuego  por  las  anchas  narices,  y  corria  ,  volaba  con  la 
rapidez  del  rayo  lanzando  en  su  carrera  el  polvo  que, 
arrancado  por  sus  herraduras  del  pavimento,  se  eleva- 
ba formando  una  especie  de  niebla  continua ,  en  cuyo 
fatídico  círculo  se  veian  pasar  y  volver  á  pasar ,  siem- 
pre incansables ,  siempre  veloces ,  el  caballero  y  el 
bruto. 

Además  habia  otro  ser  en  la  torre ;  era  un  hermoso 
mancebo  de  quince  años;  el  bozo  no  habia  orlado  aún 
su  semblante;  su  traje  era  de  riquísimo  brocado ,  lucia 
en  su  toca  un  joyel  de  diamantes  y  ceñían  sus  pies 
unos  borceguíes  de  grana  labrados  con  oro  y  armados 
con  acicates  de  caballero;  sobre  su  pecho  lucia  un  es- 
cudo que  mostraba  pintado  un  murciélago  negro  ,  con 
este  mote  en  rojo:  Si  no  venzo,  esta  es  mi  suerte;  y  su- 
jeto á  su  cintura  en  una  faja  de  la  India  se  veia  un  an- 
cho y  reluciente  alfanje. 

Este  mancebo  dormía  sobre  el  pavimento ,  y  por 
acaso  tal  vez  reclinaba  su  cabeza  sobre  el  seno  de  la 
hurí:  los  dos  eran  hermosos;  hubiéraseles  podido  to- 
mar por  dos  amantes  guardados  por  un  demonio ,  y 


236  HISTORIA    DE    LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

por  un  ángel  caido,  sufriendo  el  poder  de  un  encanto; 
los  dos  soñaban  sin  duda,  porque  en  la  animada  ex- 
presión de  sus  semblantes  dormidos,  se  traslucía  el 
pensamiento  abierto  á  la  luz  del  mundo  de  los  sueños. 

El  de  ella  debia  ser  tranquilo,  lleno  de  encantos  y 
placeres;  porque  en  sus  labios  lucia  una  sonrisa  inefa- 
ble;  el  de  él,  terrible,  apenador,  sombrío,  porque  su 
semblante  estaba  cubierto  de  frió  sudor,  y  la  expre- 
sión de  un  dolor  agudo  contraía  la  pureza  de  las  her- 
mosas formas  de  su  boca. 

La  torre  estaba  tranquila ;  no  se  oia  otra  cosa  que  el 
son  monótono,  seco  y  continuo  de  la  carrera  del  caba- 
llo; la  hurí  y  el  joven  dormian,  Djeouar  meditaba,  y 
el  árabe  corría. 

De  repente,  se  alteró  aquello  que  podía  llamarse 
paz  en  la  torre ;  oyéronse  siete  voces  que  partían  de 
fuera  del  retrete,  bramadoras,  disonantes;  voces  in- 
fernales que  clamaban  á  grito  herido;  el  árabe  entonó 
un  atronador  canto  de  guerra;  y  el  caballo,  apresuran- 
do su  carrera ,  unió  su  relincho  extridente  y  poderoso 
á  aquellas  voces  malditas:  Djeouar  se  levantó  sobre  el 
nicho,  teniendo  el  libro  azul  entre  las  manos,  y  domi- 
nando con  su  voz  fuerte  y  sonora  aquel  estruendo  in- 
fernal ,  gritó: 

—  Despierta,  príncipe  Jucef  Á'bd-Allah;  despierta; 
ha  llegado  la  hora;  despierta  y  escúchame. 

El  mancebo  que  dormía  junto  á  la  hurí ,  despertó  y 
se  puso  de  pié. 


HISTORIA    DE    LOS    SJETE   MURCIÉLAGOS.  287 

—  ¿Quién  rae  llama?  dijo  con  una  voz  timbrada  por 
el  dolor  y  la  tristeza,  ¿ha  sonado  ya  la  trompeta  del 
arcáugel? 

—  Príncipe  ,  continuó  Djeouar;  tú  vertiste  tósigo  de 
muerte  en  el  agua  de  ablución  de  tu  padre  el  rey  Al- 
hhamar  el  vencedor  y  el  magnífico,  á  quien  Dios  perpe- 
túe la  gloria,  y  dejaste  caer  sobre  él  la  losa  del  sepulcro. 

El  príncipe  se  prosternó. 

— Pero  tu  ser  estaba  fascinado  por  los  espíritus  in- 
fernales, continuó  Djeouar ;  pudiste  haberlos  alejado  de 
tí ,  purificando  tu  espíritu  con  la  oración;  pero  eras 
irreligioso  é  impío,  te  mofabas  de  Alian,  y  Alian  te  ha 
hecho  expiar  tu  culpa. 

El  príncipe  seguia  prosternado. 

—  Levántate,  Jucef,  prosiguió  Djeouar. 

El  mancebo  se  alzó  del  pavimento  y  escuchó  á 
Djeouar. 

— Sin  los  ruegos  de  tu  padre,  varón  justo,  que  te 
perdonó  al  morir ,  el  puente  Sirat  se  hubiera  roto  bajo 
tu  planta ,  y  hubieras  caido  en  el  fuego  eterno ,  como 
Aben-Zohayr  el  árabe  condenado.  Pero  aún  no  está 
terminada  tu  prueba;  tú  padecerás  conmigo  hasta  que 
un  príncipe  bendecido  por  Dios ,  rompa  ios  siete  en- 
cantos á  que  están  sujetos  los.  Siete  Suelos  de  esta  tor- 
re, hasta  que  venza  á  Betsabé,  Djeidah,  Zahra  y  Obei- 
dad,  y  á  los  walíes  de  Málaga,  Guadix  y  Gomares, 
que  transformados  en  murciélagos,  guardan  cada  uno 
de  los  Siete  Suelos. 


288  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—  ¿Y  qué  he  de  hacer?  contestó  el  príncipe. 
Djeouar  íijó  su  mirada  eu  la  resplandeciente  cúpula 

del  retrete. 

—  Veo  el  sol,  dijo,  trasmontando  las  cumbres  de 
los  montes  de  Loja;  la  noche  se  levanta  más  allá  del 
mar  en  las  regiones  de  África,  y  pronto  tenderá  su 
manto  sobre  la  cumbre  de  la  sierra  de  la  Helada ; 
ruando  la  luna  brille  sola  en  el  espacio  en  las  prime- 
ras horas  de  la  noche ,  el  príncipe  Aben-al-Malek  en- 
trará en  la  torre  de  los  Siete  Suelos. 

El  principe  encontrará  ante  sí  la  tentación:  la  her-1- 
mosura  de  Betsabé  y  de  sus  thíS  malditas  hermanas, 
le  ofrecerá  todos  sus  encantos. 

Pero  el  principe  ha  nacido  con  buenas  hadas,  es 
fuerte,  valiente  y  fiel ,  y  lo  protege  la  invencible  mano 
del  omnipotente  Allah. 

Y  el  príncipe  Aben-al-Malek  ,  como  vencerá  con  la 
fuerza  de  su  corazón  los  encantos  de  las  cuatro  hadas 
malditas,  eirá  encontrando  vueltas  pot  un  momento 
á  su  forma  humana  y  embellecidas  por  su  maravillosa 
hermosura  y  la  espléndida  riqueza  de  sus  galas,  á  me- 
dida que  descienda  del  uno  al  otro  suelo  de  la  torre, 
vencerá  sucesivamente  á  los  tres  formidables  walíes  de 
Málaga,  Guadix  y  Comares,  que  habrán  dejado  por 
un  momento  de  ser  murciélagos ,  para  ser  lo  que  eran 
antes  de  su  condenación :  tres  lobos  furiosos  nunca 
hartos  de  sangre  y  de  exterminio. 

El  príncipe  Aben-al-Malek  llegará  aquí  vencedor  de 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  289 

la  hermcsura  y  de  la  fuerza ;  pero  cansado ,  combatida 
el  alma  y  enlanguidecido  el  cuerpo. 

Aquí  le  espera  su  más  terrible  combate. 

Mi  libro  azul  ha  terminado  (y  Djeouar  cerró  el  libro): 
su  poder  mágico  no  existe ;  su  última  página  ha  con- 
cluido. 

Cuando  llegue  la  media  noche;  cuando  la  luna  brille 
en  lo  más  alto  del  cielo ;  cuando  todo  esté  sumido  en  el 
sueño  y  el  silencio ,  el  príncipe  Aben-al-Malek  habrá 
penetrada  en  este  recinto. 

Y  entonces  yo  no  podré  sumergir  en  un  sueño  pro- 
fundo á  Aben-Zohayr,  el  árabe  condenado  por  los  amo- 
res de  Fayzuly ;  la  más  hermosa  de  las  huríes  del  Se- 
ñor, que  duerme  encantada  junto  á  nosotros,  que  es- 
pera el  amor  de  su  alma  con  el  príncipe  Aben-al-Ma- 
lek, con  el  esposo  que  le  ha  destinado  la  misericordia 
de  Allah. 

—  ¿Y  qué  he  de  hacer  yo?  exclamó  con  la  voz  so- 
nora y  vibrante  el  príncipe  Aben-Abdalá. 

—  Si  tu  encontrares  en  tu  corazón  el  valor  de  tu  pa- 
dre, de  tu  noble  y  magnánimo  padre  asesinado  por  tí, 
dijo  con  voz  ronca  Djeouar,  haciendo  estremecer  desde 
el  cabello  á  la  planta,  el  ser  entero  del  príncipe  Ab-da- 
lá;  si  tú  ayudares  al  bravo  príncipe  Aben-al-Maiek,  el 
árabe  maldito  te  abrirá  con  la  muerte  la  sombría  puer- 
ta del  Alcázar  de  la  eternidad ,  en  el  cual  encontrarás 
el  perdón  y  las  delicias  del  Paraíso. 

—  ¡Oh!  la  muerte  con  su  eterno  descanso,  exclamó 

17 


200  HISTORIA  DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

con  acento  de  profundo  dolor  y  de  ardiente  esperanza 
el  príncipe  Aben-Abdallah;  el  sueno  de  la  muerte  con 
su  eterna  sombra,  con  su  eterno  reposo,  con  su  eterna 
insensabilidad  antes  que  este  sueño  de  condenación , 
de  dolor,  de  espanto,  en  que  veo  sin  cesar  tija  en  mis 
ojos  la  mirada  expirante  de  mi  padre  asesinado  por  mí. 
¡  Ob  !  yo  lucharé  como  el  hambriento  león  del  de- 
sierto, si  en  esa  lucha  he  de  encontrar  la  paz  de  la 
tumba  aunque  no  se  abra  para  mi  alma  la  puerta  del 
Paraíso. 

— El  espíritu  del  hombre  es  inmortal,  dijo  Djeouar 
con  acento  inspirado;  el  espíritu  del  hombre  no  puede 
perecer  y  ser  envuelto  por  la  tierra  como  los  fragmen- 
tos de  una  vil  vasija ;  el  espíritu  del  hombre  es  inmor- 
tal como  el  espíritu  de  Dios  que  lo  ha  creado  y  la  eter- 
nidad de  su  destino,  ya  entre  los  horribles  tormentos 
del  fuego  eterno ,  ya  entre  las  desconocidas  bienaven- 
turanzas con  que  Dios  premia  la  creencia,  el  martirio  y 
la  fe  de  los  justos,  allí  donde  todo  es  luz,  todo  hermo- 
sura, todo  placer,  todo  felicidad.  Levanta  tu  corazón  á 
Dios,  ora  con  toda  la  fe  que  encuentres  en  tu  alma,  y 
espera.  Se  acerca  el  momento  de  tu  perdón  ó  de  tu 
condenación.  Si  cuando  el  principe  Aben-al-Malek  lle- 
gare junto  á  nosotros,  si  cuando  se  revuelva  terrible 
sobre  él  Aben-Zohayr,  tú  no  te  interpusieres,  y  domi- 
nado por  el  terror  abandonares  al  príncipe  Aben-al- 
Malek  cansado  y  combatido,  tu  cobardía  te  habrá  con- 
denado, príncipe  Aben-Abdallah. 


HISTORIA   DE    LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS.  291 

—  Las  amargas  hondas  de  la  fuente  del  arrepenti- 
miento han  lavado  y  purificado  mi  alma,  dijo  con  voz 
dulce  y  triste  el  príncipe:  yo  siento  arder  suavemente 
en  ella  el  fuego  de  la  caridad ;  yo  gozo  el  inefable  con- 
suelo de  la  fe  ;  mis  ojos  se  anegan  en  la  radiante  luz 
de  la  esperanza.  Yo  siento  engrandecido  y  fortalecido 
mi  ser  por  la  protección  del  Dios  único  é  invencible, 
valor  de  todo  valor ,  fuerza  de  toda  fuerza ,  que  sólo  es, 
que  sólo  vive,  y  para  quien  nadahay  incontrastable.  El 
luchará  conmigo,  él  me  dará  fuerzas  para  que  por  raí 
se  cumpla  lo  que  está  escrito.  Pero  dirae  tú  si  lo  su- 
pieres ,  si  yo  he  de  perecer  en  la  pelea  ¿qué  será  de 
ese  príncipe  á  quien  aguardas ,  cuando  mis  ojos  se  ha- 
yan cerrado  á  la  luz  de  la  vida ,  y  mi  alma  vea  la  eter- 
na luz  de  Dios? 

— Aben-Zohayr,  corre,  corre,  incansable,  terrible, 
sujeto  á  su  encanto;  corre  en  torno  de  Fayzuly ,  pro- 
curando en  vano  estrechar  el  círculo  que  le  separa  de 
ella.  Cada  noche,  en  el  momento  en  que  ia  campana 
de  los  nazarenos  lanza  de  sí  su  sonora  vibración  doce 
veces  repetida ,  el  encanto  de  Aben-Zohayr  cesa.  El 
terrible  círculo  que  recorre  durante  su  encanto  deja  de 
sujetarle ,  puede  aproximarse  á  Fayzuly ,  saciar  su  ra- 
biosa sed  de  amor;  pero  yo  h  contenia  continuando  la 
lectura  de  mi  libro  mágico:  apenas  vibraba  la  primera 
campanada,  la  lectura  sepultaba  al  árabe'en  un  sueño 
profundo,  y  él  y  su  caballo  salvaje  permanecían  inmó- 
viles como  una  estatua ;  yo  seguía  leyendo  mientras  so- 


292  HISTORIA    DE   LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS. 

naban  lentas  una  tras  otra  las  doce  campanadas  de  la 
media  noche. 

El  libro  ha  terminado:  cuando  llegue  la  media  no- 
che, nada  podrá  contener  al  árabe  maldito,  y  si  el 
príncipe  Aben-al-Malek  después  de  haber  vencido  las 
tentaciones  que  le  opondrán  en  cada  uno  de  los  Siete 
Suelos  los  siete  espíritus  condenados,  convertidos  en 
murciélagos  por  la  justicia  de  Alian,  entra  aquí  fatiga- 
do, luchando  aún  con  el  recuerdo  de  la  tentación,  y 
Aben-Zohayr  el  inldito  le  mata ,  encantados  permane- 
ceremos con  Fayzuly ,  en  el  fondo  de  esta  torre,  y  con- 
denados por  toda  una  eternidad. 

Pero  si  tú  ayudares  al  príncipe  Aben-al-Malek  com- 
batiendo con  el  árabe  maldito,  si  el  príncipe  Aben-al- 
Malek  lograre  sacar  fuera  de  la  torre  á  la  amada  de  su 
alma  Fayzuly  y  ponerla  sobre  su  caballo  mágico,  per- 
donados seremos;  nuestras  almas  irán  á  morir  en  el  Pa- 
raíso entre  delicias  eternas,  y  sólo  quedarán  condena- 
dos en  el  fondo  de  esta  torre  Aben-Zohayr  el  reprobo, 
y  los  siete  murciélagos  malditos. 

Levanta  tu  corazón  al  Dios  altísimo ,  único  y  mise- 
ricordioso, príncipe  Juzef-Abdalah;  invoca  su  inven- 
cible poder,  y  está  pronto  para  el  combate  y  para  el 
martirio. 

El  príncipe  Juzef-Abdalá  se  prosternó  y  oró. 

Djeouar  se  sentó  de  nuevo  en  el  nicho,  cerró  su  inútil 
libro  azul,  le  puso  sobre  sus  rodillas,  apoyó  en  él  los 
codos,  con  las  manos  en  la  cabeza,  y  esperó  inmóvil. 


HISTORIA    DE  LOS    SIRTE   MURCIÉLAGOS.  293 

La  hurí  Fayzuly  continuó  durmiendo. 

El  árabe  maldito  siguió  corriendo  con  la  velocidad 
del  huracán  en  torno  de  Fayzuly ,  procurando  en  vano 
acercarse  á  ella. 


VII. 


Les  siete  encantos  de  los  siete  suelos. 


I. 


El  príncipe  Aben-al-Malek  al  entrar  en  la  torre, 
habia  visto,  como  ya  se  ha  relatado,  no  la  desnuda, 
oscura  y  severa  galería  semicircular  con  huecos  y  sae- 
teras para  las  escuchas  que  ahora  se  ve  en  el  primero  y 
segundo  suelo  de  la  torre,  que  son  los  únicos  que  per- 
manecen hoy  descegados. 

En  el  primer  suelo,  donde  habia  entrado  el  príncipe, 
descendiendo  por  una  estrecha  escalera,  habia  visto 
una  galería  circular,  pero  enriquecida  con  columnas, 
artesonados  de  preciosas  labores,  cúpulas  maravillo- 
sas, pavimento  de  brillante  alicatado:  ornadas  las  pa- 
redes con  ricas  atauxías  y  ajaracas,  y  motes  incitado- 


HISTORIA    DE    LOS  SIETE    MURCIÉLAGOS.  295 

res  que  representaban  el  amor  y  la  voluptuosidad  en 
vez  del  nombre  de  Dios  y  las  santas  suras  del  Koran, 
en  hermosos  caracteres  africanos  de  oro  y  azul ,  todo 
resplandeciente,  todo  enlanguidecedor,  todo  sensual, 
iluminado  por  una  luz  blanda,  tenue,  dulce,  que  hacia 
sentir  un  sopor  delicioso. 

Blandos  divanes  que  convidaban  al  reposo,  se  veian 
en  el  fondo  de  calados  alhamíes;  odoríferos  perfumes 
que  exhalaban  humo  trasparente  y  azulado  sobre  bra- 
serillos  de  oro. 

Una  música  armoniosa  llenaba  con  sus  dulces  ecos 
aquel  espacio  encantado. 

Todo  allí  era  embriagador. 


II. 


El  príncipe  Aben-al-Malek  se  sintió  acometido  por 
una  languidez  deliciosa. 

Un  negro  murciélago,  un  murciélago  gigantesco  re- 
volaba en  torno  de  una  de  las  cúpulas,  descendía  es- 
trechando el  círculo  de  su  vuelo,  rodeaba  la  cabeza  del 
príncipe,  y  le  halagaba,  arrojando  sobre  él  un  leve  y 
suavísimo  perfume  con  sus  alas  de  crespón. 

El  principe  lanzó  de  sí  aquella  tentación  invocando 
el  nombre  de  Dios ,  se  quitó  de  sobre  su  espalda  su  ar- 
co, le  entezó,  armó  en  él  una  saeta  que  sacó  de  su  al- 
jaba, y  cuando  el  murciélago  se  elevó,  disparó  sobre 


296  HISTORIA   DE  LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

él  y  le  clavó  con  su  saeta  en  el  artesonado  de  la  cú- 
pula. 

Cayó  delante  del  principe  sobre  el  pavimento  la  san- 
gre del  murciélago  en  un  negro  chorro. 

De  aquella  sangre  se  elevó  un  vapor  rojizo  é  infla- 
mado que  fué  condensándose  basta  que  tomó  las  for- 
mas de  una  hermosísima  doncella,  lánguida  como  aquel 
alcázar,  como  la  tenue  y  blanca  luz  que  le  iluminaba, 
como  el  perfume  qne  se  elevaba  de  los  braserillos ,  co- 
mo la  música  que  llenaba  aquel  espacio  de  armonía. 


III. 


El  príncipe  retrocedió  á  la  vista  de  Djeidah,  una  de 
las  tres  malditas  hermanas  de  Betsabé  que  habia  apa- 
recido delante  de  él,  é  invocó  con  toda  la  fe  de  su  al- 
ma el  nombre  de  Dios. 

Djeidah  le  miraba  con  sus  grandes  ojos  garzos  ador- 
mecidos, sonriéndole  lánguidamente,  sueltos  los  luen- 
gos cabellos  rizados,  rubios  y  brillantes  como  el  oro; 
desnudo  el  seno  de  alabastro;  mal  cubierta  la  hermo- 
sura de  su  cuerpo  por  una  sutil  túnica  de  gasa  de  pla- 
ta y  azul. 

Se  inclinaba,  balanceaba  muellemente  su  esbelto  ta- 
lle, y  decia  al  príncipe  con  una  voz  tan  dulce  como  el 
murmullo  del  aliento  de  Dios  en  las  espesuras  de  los 
eternos  bosquecillos  del  jardin  de  Hiram. 


HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIEI  Af.OS.  297 

— El  cansancio  te  abruma,  amado  mió,  mi  vid  a,  al 
ma  de  mi  alma;  ven,  reposa  entre  mis  brazos  en  mi 
encantado  alcázar ;  yo  te  adormeceré  en  un  sueño  deli- 
cioso, durante  el  que  gozarás  las  delicias  del  Paraíso. 

—Hermosa  eres,  hada  del  sueño  y  del  reposo,  excla- 
mó el  príncipe  Aben-al-Malek ;  bello  es  tu  alcázar; 
pero  tú  eres  maldita,  y  maldito  lo  que  te  rodea,  y  mal- 
dito el  pensamiento  de  tu  alma ;  para  el  árabe  temero- 
so de  Dios  no  se  han  hecho  las  alkatifas  de  seda  y  oro, 
los  grandes  divanes ,  los  perfumes  de  Oriente ,  la  mú- 
sica regalada  y  la  ramera  indolente  é  impura:  apárta- 
te de  mi  paso;  yo  voy  á  buscar  á  la  amada  de  mi  alma, 
á  la  hurí  Fayzuly  que  duerme  encantada  en  este  mal- 
dito palacio  y  me  espera. 

—Yo  soy  Fayzuly,  exclamó  Djeidah  estrechando  en- 
tre sus  brazos  y  contra  su  seno  al  príncipe ,  haciéndole 
aspirar  su  aliento  envenenado  ,  inundando  su  mirada 
con  la  mirada  indolente  de  sus  ojos  soñolientos;  yo  soy 
Fayzuly  que  te  esperaba  enamorada ,  amado  mió,  y 
que  se  aduerme  al  fin  entre  tus  brazos,  contemplando 
tu  hermosura,  bebiendo  el  aliento  de  tu  boca  y  el  fue- 
go de  tus  ojos. 


IV. 


Y  la  maldita  Djeidah  sonreía ,  porque  el  príncipe  va- 
cilaba y  temblaba  y  se  adormecía. 

17. 


298  BISTORIá    1>L    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

—  ¡Ah!  yo  soy  Fayzuly,  exclamaba  Djeidah  estre- 
chando más  y  más  al  príncipe  entre  sus  brazos. 

Aben-al-Malek,  fuerte  por  su  creencia,  por  su  vir- 
tud y  por  su  amor,  siguió  adelante  empujando  á  Djei- 
dali ,  llevándola  consigo,  abrazado  por  ella,  sintiéndo- 
la, aspirando  la  languidez,  los  encantos  de  su  maldi- 
to ser. 

Y  avanzaba  lentamente ,  á  cada  momento  más  en- 
vuelto por  la  magia  que  rodeaba  á  Djeidah. 

Al  liu ,  después  de  una  larga  lucha,  el  príncipe  lle- 
gó, impulsando  siempre  á  Djeidah,  al  otro  extremo  del 
primer  suelo,  y  delante  de  una  puerta  dorada. 

A  medida  que  habia  ido  avanzando,  la  belleza  de 
aquel  ;ile:izar  habia  crecido,  habían  crecido  la  hermo- 
sura de  Djeidah  ,  y  el  brillo  de  sus  ojos,  y  lo  delicioso 
de  los  perfumes,  y  la  armonía  de  la  música,  y  la  dul- 
ce languidez  de  la  luz. 

Y  todo  en  vano. 

Su  fe  y  su  amor  habían  salvado  al  príncipe,  que  ha- 
bia llegado  á  la  brillante  puerta  de  oro,  en  la  cual  se 
veia  en  inscripciones  cúficas,  el  nombre  de  Dios  cien 
veces  repetido  y  ensalzado. 


Djeidah  luchó  entonces  con  toda  la  fuerza  de  sus  en- 
cantos para  impedir  que  el  príncipe  tócasela  puerta. 


HISTORIA    DE    LOS    SILTE   MURCIÉLAGOS.  299 

Pero  Aben-al-Malek  arrolló  á  la  hada  maldita,  lan- 
zándola de  sí  y  haciéndola  chocar  contra  la  puerta  de 
oro. 

Y  Djeidah  la  condenada,  al  tocar  la  puerta,  se  des- 
vaneció en  vapor  como  una  gota  de  agua  que  cae  sobre 
un  hierro  candente. 


VI. 


Y  la  puerta  de  oro  abrió  en  silencio  sus  dos  hojas,  y 
apareció  un  sencillo  y  pequeño  mirab  (1)  alumbrado 
por  una  lámpara  de  alabastro  que  pendía  de  su  cúpu- 
la estrellada. 

El  libro  de  la  Ley  estaba  abierto  sobre  el  adoratorio 
por  la  santa  página  en  que  está  escrita  la  profesión  de 
fe  inspirada  por  Dios  á  su  enviado  Sydi  Mohhammed- 
ben-Abd'Allah-el  Coraixi  (2). 

El  príncipe  se  prosternó  y  oró,  y  la  oración  le  reani- 
mó fortaleciéndole  y  dándole  valor  para  continuar  su 
prueba. 


VIL 


Y  á  través  de  la  puerta  del  mirab,  se  veia  una  oscu- 

(i)  Oratorio. 

(2)  Mahoma  (la  misericordia  y  la  gloria  de  Dios  sean  con  él). 


300  HI-TORK    HE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

ridad  densa,  y  entre  aquella  oscuridad  se  oia  un  ruido 
semejante  al  de  las  alas  de  un  murciélago  que  estuvie- 
se clavado  á  una  pared ,  y  se  oia  una  voz  doliente  y 
lánguida,  pero  desesperada. 

— Amado  mío  Abu-Ishac,  walí  de  Comares,  pre- 
párate á  combatir  con  la  virtud  del  príncipe  Aben-al- 
Malek  que  ha  vencido  mis  encantos;  que  no  pase  de  la 
segunda  bóveda,  amado  mió;  libértame,  condenándole, 
de  la  horrible  saeta  con  que  me  ha  clavado  á  la  bóveda; 
padezco  horriblemente;  deslumhra  con  tus  tesoros  al 
maldito  Aben-al-Malek;  mira  que  si  no  le  vences,  que- 
daras sujeto  á  los  tormentos  á  que  él  me  ha  sujetado; 
véncele  3  seré  tuya,  y  te  llamaré  luz  de  mis  ojos  y  te 
envolveré  en  mi  hermosura. 

VIII. 

Y  la  voz  doliente  y  lánguida  de  Djeidah  ,  continuó 
quejándose  y  excitando  de  una  manera  indolente  al 
condenado  walí  de  Comares  Abu-Ishac. 

Y  el  príncipe  lo  oia,  y  fortalecía  su  espíritu  con  la 
oración,  preparándose  á  una  nueva  prueba. 

Al  fin  salió  del  mirab,  recorrió  de  nuevo  entre  la 
oscuridad  el  primer  suelo,  y  al  pasar  por  debajo  del 
sitio  donde  convertida  otra  vez  en  murciélago,  estaba 
clavada  á  la  bóveda  por  su  saeta  y  aleteando  Djeidah, 
oyó  que  esta  decia  con  su  voz  amortiguada  y  siempre 
soñolienta. 


HISTORIA    DE   LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  301 

— Maldito,  maldito,  maldito  seas  tú,  príncipe  Aben- 
al-Malek ,  que  no  has  querido  mi  amor. 


IX. 


El  príncipe  buscó  entre  la  pavorosa  oscuridad ,  to- 
cando el  áspero  muro,  la  entrada  de  la  escalera  que 
conducía  á  la  segunda  bóveda. 

La  encontró,  bajó  por  ella,  y  en  el  momento,  un  vi- 
vísimo resplandor  le  deslumhró. 

Tenia  ante  sí  un  inmenso  tesoro  de  cuantas  piedras 
preciosas  de  vivos  destellos  y  trasparentes  colores 
Dios  crió ,  y  perlas,  y  corales,  y  jarrones,  y  ánforas,  y 
fuentes  de  plata  y  oro  cincelados,  y  arneses,  y  armas 
de  un  valor  maravilloso,  y  espejos  bruñidos,  y  lámpa- 
ras de  gran  precio,  y  el  pavimento  cubierto  de  monedas 
de  oro,  en  las  cuales  se  hundían  los  pies  del  príncipe, 
que  adelantaba  con  trabajo ,  viéndose  obligado  á  apar- 
tar de  su  paso  objetos  preciosos  y  pesados  de  un  valor 
inmenso. 

Todo  resplandecía  de  una  manera  deslumbrante;  la 
bóveda,  los  muros ,  el  pavimento  y  todas  aquellas  alha- 
jas y  aquellas  ánforas,  y  aquellos  arneses,  y  aquellas 
armas,  y  aquellos  espejos,  y  otro  número  infinito  de 
preciosidades ,  estaban  agrupados  y  armonizados ,  y 
contrastados  de  tal  manera  ,  que  formaban  cúpulas  y 
arcos  y  pilastras,  produciendo  la  perspectiva  de  un  al- 


302  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

cazar  incomparable  por  lo  hermoso  de  la  forma  y  lo 
resplandeciente  de  la  luz. 


X. 


Y  ni  enorme  murciélago  revolaba  en  torno  de  Ja 
cabeza  del  príncipe,  elevándose  desde  ella  á  las  altas 
cúpulas  y  describiendo  anchos  círculos. 

Y  la  voz  ronca  del  murciélago  decia  : 

— Eres  el  califa  más  poderoso  de  la  tierra;  todo  lo 
que  ves  es  tuyo;  no  hay  placer  semejante  al  de  la  con- 
templación de  estas  preciosidades  y  de  estas  riquezas: 
los  hombres  te  reverenciaran  como  á  un  Dios;  las  más 
hermosas  mujeres  del  mundo  te  sonreirán  enamoradas, 
y  podras  cubrir  de  naves  el  mar,  y  de  soldados  la  tier- 
ra ;  porque  el  oro  es  el  sultán  del  mundo;  al  que  todas 
las  criaturas  rinden  un  homenaje  idólatra ;  todo  esto  es 
tuyo,  príncipe  Aben-al-Malek;  ¡quién  como  tú! 

Y  el  príncipe,  armando  una  saeta  en  su  arco,  con- 
testó : 

— La  muerte  no  detendrá  su  segur  sobre  mi  cabeza 
cuando  llegue  el  plazo  prefijado  á  mi  vida  por  el  Altí- 
simo ,  aunque  yo  ofreciese  á  la  muerte  un  tesoro  mil  y 
mil  y  mil  veces  mayor  que  este  tesoro ;  todas  las  rique- 
zas del  universo  no  abrirán  las  puertas  de  diamante 
del  Paraíso  como  las  abren  el  buen  corazón  y  la  buena 
obra. 


HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS.  303 

Y  el  príncipe  disparó  sobre  el  murciélago,  que  lanzó 
un  chillido  horrible  al  sentirse  herido  y  sujeto  por  la 
saeta  entre  las  deslumbrantes  alhajas  que  pendían  de 
la  cúpula  y  producían  un  ruido  sonoro,  movidas  por  el 
aleteo  del  murciélago. 

La  sangre  de  este  cayó  en  una  gigantesca  ánfora  de 
oro  colocada  bajo  el  centro  de  la  cúpula. 

Instantáneamente  se  vio  salir  por  la  boca  del  ánfora 
un  humo  denso  y  negro  que  se  desvaneció,  y  luego, 
dentro  del  ánfora  ,  se  oyó  el  ruido  causado  por  una 
persona  que  pretendía  salir  en  vano  del  ánfora  que  la 
encerraba. 

El  príncipe  soltó  una  carcajada. 

— Hé  ahí  el  destino  del  avaro  ,  dijo  ,  morir  de  una 
muerte  mezquina ,  sofocado  por  su  tesoro ;  bendito  sea 
el  nombre  del  grande ,  del  poderoso ,  del  invencible 
Allah. 


XI. 


Se  oyó  un  fragor  espantoso. 

Desapareció  de  improviso  aquel  inmenso  tesoro,  y  el 
príncipe  se  encontró  envuelto  en  tinieblas,  pisando  el 
duro  pavimento  de  mármol  de  la  segunda  bóveda. 

Y  se  oia  entre  las  tinieblas  el  aleteo  del  murciélago, 
y  el  ruido  de  las  alhajas  que  el  aleteo  movía ,  y  una 
voz  desesperada  y  terrble  que  gritaba. 


304  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—  ¡Hermana  miaZahra,  venganza!  ¡Estoy  sufriendo 
un  tormento  horrible!  ¡Tengo  atravesadas  las  entrañas 
y  no  puedo  moverme,  sujeto  poruña  dura  saeta!  ¡Her- 
mana mia  Zahra ,  véngame,  haz  que  peque  el  maldito 
príncipe  Aben-al-Malek! 


XII. 


El  príncipe  entre  tanto  adelantaba  entre  las  tinie- 
blas, y  al  íin  entró  en  un  segundo  mirab,  más  bello  y 
más  rico  que  el  anterior. 

Se  prosternó  y  oró. 

Sentía  cansancio  en  el  cuerpo  y  en  el  alma. 

Tenia  miedo,  porque  su  espíritu  vacilaba. 

Recordaba  la  hermosura  de  Djeidah,  las  muelles  de- 
licias que  le  habían  rodeado  en  la  primera  bóveda  y 
las  inmensas  riquezas  que  había  visto  en  la  segunda. 

Oró  con  más  fervor ,  salió  del  mirab,  recorrió  la  os- 
cura bóveda  y  empezó  á  descender  por  las  escaleras  de 
la  tercera. 

Empezó  á  sentirse  débil ,  enfermo,  miserable. 

Le  aquejaban  el  hambre,  el  frió,  la  sed. 

Cuando  entró  en  la  tercera  bóveda,  la  encontró  opa- 
ca, triste,  húmeda. 

Quiso  andar  y  no  pudo:  vaciló  y  cayó. 

Estaba  cubierto  de  lepra :  sus  ricas  vestiduras  se 
habían  convertido  en  andrajos  asquerosos. 


HISTORIA    DE    LOS    SIRTE    MURCIÉLAGOS.  305 

Un  negro  murciélago  revolaba  sobre  él. 

La  alimaña  se  reia. 

— Hé  ahí  á  lo  que  ha  quedado  reducido  el  hermoso, 
el  joven,  el  fuerte  príncipe  Aben-al-Malek.  Dios  te  ha 
abandonado.  ¿Hay  alguien  sobre  la  tierra  más  misera- 
ble que  tú? 

—  Cúmplase  la  voluntad  del  Señor;  contestó  humil- 
demente Aben-al-Malek;  suyos  somos;  polvo  éramos 
antes  de  que  Él  nos  dijese  «sed».  El  puede  reducirnos 
de  nuevo  á  polvo:  el  Señor  de  la  vida  es  también  el 
Señor  de  la  muerte:  Él  prospera  sus  criaturas,  y  Él 
las  abate:  cúmplase  su  santa  voluntad. 

Y  la  fe  del  príncipe  le  reanimó  por  un  momento , 
tendió  su  arco,  disparó,  y  el  tercer  murciélago  fué 
clavado  en  la  bóveda  como  los  anteriores ,  por  la  ter- 
cera saeta  del  príncipe. 

Se  oyó  un  agudo  alarido  de  mujer. 

Al  pié  del  príncipe  cayeron  algunas  gotas  de  sangre. 

Se  levantó  un  vapor  sutil  que  se  condensó,  y  apa- 
reció Zahra ,  la  segunda  hermana  de  Betsabé ;  la  hada 
maldita  y  condenada  por  Allah  ,  con  su  grande  hermo- 
sura, fijando  en  el  príncipe  sus  terribles  ojos  negros, 
en  que  aparecía  su  mirada  envidiosa. 


XIII. 

El  príncipe  habia  caido  de  nuevo  en  su  postración. 


300  HISTORIA    DE   LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Le  abrasaba  la  fiebre  de  la  lepra ;  sentía  una  sed 
horrible,  y  no  podia  moverse. 

— ¿No  te  causa  envidia,  exclamó  Zabra  ,  al  con- 
templar mi  salud,  níi  fuerza  y  mi  hermosura? 

—  La  envidia  es  un  pecado  de  muerte,  dijo  el  prín- 
cipe; la  envidia  hace  sentir  el  aborrecimiento  contra 
los  que  gozan  mas  que  él,  al  desventurado  á  quien  ha 
herido  la  mano  del  Señor  y  no  tiene  fe  en  el  corazón; 
la  envidia  engendra  la  calumnia,  la  traición  y  el  cri- 
men; pero  Dios  proteje  al  infeliz  miserable  y  enfermo 
que,  abandonado  y  débil,  guarda  su  fe,  y  le  da  el 
tesoro  y  el  consuelo  de  la  resignación:  la  caridad  es 
el  preservativo  de  la  envidia:  quien  tien3  caridad, 
aunque  esté  postrado  como  Job  en  el  muladar ,  vive  en 
el  Señor  que  le  presta  su  fortaleza. 

—  Mira,  le  dijo  Zahra. 


XIV. 

Desapareció  lo  que  rodeaba  al  príncipe,  y  en  su  lu- 
gar quedó  un  desierto  yermo  é  infinito,  cubicrlo  por 
un  celaje  sombrío. 

Un  viento  abrasador  arrojaba  sobre  el  príncipe  are- 
nas candentes ,  irritando  las  úlceras  de  su  lepra ,  y 
causándole  agudos  dolores. 

Pretendía  arrastrarse,  y  parecía  como  que  estaba 
adherido  á  la  abrasada  arena  de  aquel  desierto  horrible. 


HISTORIA   DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  307 

Sintió  ruido  junto  á  sí. 

Otro  leproso  se  arrastraba  lentamente  ,  pasaba  , 
mientras  él  no  podia  moverse. 

—  Esees  menos  desdichado  que  tú,  dijo  la  voz  de 
Zahra  que  se  babia  hecho  invisible. 

—  Dios  le  favorezca,  contestó  el  príncipe  sin  sentir 
el  más  ligero  impulso  de  envidia. 

— Mira,  dijo  la  voz  de  Zahra. 

Pasó  un  mendigo  tullido  que  se  arrastraba  sobre  sus 
manos ,  pero  con  más  rapidez  que  el  anterior  leproso. 

El  mendigóse  detuvo  y  miró  al  príncipe  con  una  ex- 
presión de  repugnante  alegría. 

—  Hé  aquí  otro  más  desventurado  que  yo ,  dijo. 

—  Ayúdame,  hermano,  exclamó  el  príncipe  con  an- 
sia :  vuélveme  al  menos;  estoy  sufriendo  horriblemen- 
te con  mi  inmovilidad. 

El  mendigo  soltó  una  carcajada  cruel,  y  sin  ayudar 
al  príncipe,  siguió  su  lenta  marcha. 

El  príncipe  lloró  y  oró;  pero  no  sintió  envidia  con- 
tra el  mendigo,  ni  aborrecimiento  porque  le  había  ne- 
gado su  ayuda. 

—  Dios  tenga  misericordia  de  él,  dijo,  porque  es 
duro  de  corazón. 

XV. 

Se  oyeron  pasos  que  se  acercaban. 

Un  árabe  pobre  y  enfermo,  pero  que  andaba  con 


308  HISTORIA    DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

facilidad,  se  detuvo  junto  al  príncipe  y  le  contempló 
con  placer. 

—  Soy  un  insensato,  dijo,  en  quejarme,  cuando 
hay  criaturas  tan  miserables  como  esta:  comparado 
contigo,  yo  soy  felifc. 

Y  el  mendigo  bebió  de  una  gran  calabaza  que  lleva- 
ba colgada  de  su  hombro. 

—  Dame  una  poca  de  agua  ,  hermano,  dijo  el  prín- 
cipe ;  la  sed  me  devora. 

—  ¡\gua!  dijo  el  enfermo:  una  gota  de  agua  en  el 
Desierto  es  más  preciosa  que  una  perla;  hay  que  andar 
durante  un  sol  y  otro  sol  antes  de  llegar  á  un  nuevo 
oasis  y  á  un:i  nueva  fuente:  el  agua  que  yo  te  diera 
seria  mi  sed  de  mañana. 

Y  el  enfermo  se  alejó. 

—  Perdónete  Dios  tu  falta  de  compasión,  dijo  el 
príncipe ,  lleno  de  caridad  por  aquel  pecador. 

Se  oyó  el  fuerte  y  rápido  paso  de  un  hombre,  y  apa- 
reció un  beduino  robusto,  membrudo,  fuerte,  que  se 
detuvo  un  momento  a  contemplar  á  Aben-al-Malek. 

Aquel  hombre  comia  hermosos  dátiles. 

—  ¡Ahldijo:  yo  blasfemaba,  yo  acusaba  á  Dios 
porque  no  tenia  un  caballo,  ya  que  no  un  camello,  y 
ved  este:  ¡cuánto  daria  este  por  ser  tan  fuerte  como  yo! 

—  Socórreme  hermano,  suplicó  el  príncipe. 

—  ¿Para  qué  tocarte  yo?  para  que  tu  lepra  me  con- 
tagie y  me  encuentre  dentro  de  poco  tan  miserable  co- 
mo tú,  ¿te  he  dado  yo  la  lepra?  que  te  socorra  Dios. 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE  MURCIÉLAGOS.  309 

Y  el  beduino  se  alejó  rápidamente. 
£1  príncipe  Aben-al-Malek,  en  vez  de  envidiar  la 
salud  y  la  fuerza  de  aquel  hombre,  rogó  á  Dios  por  él. 


XVI. 

Oyóse  sordamente  sobre  la  arena  del  Desierto ,  la 
carrera  de  un  caballo ,  que  se  acercó  y  llegó. 

Se  encabritó  asombrado  por  la  vista  improvisa  de 
Aben-al-Malek ,  y  estuvo  á  punto  de  arrojar  á  su  ji- 
nete, que  era  un  guerrero  árabe,  agigantado,  formi- 
dable. 

Llevaba  un  arnés  de  Damasco,  una  adarga  de  cue- 
ro, un  arco  á  la  espalda,  una  aljaba  llena  de  saetas 
pendiente  de  su  cintura ,  un  hacha  al  arzón ,  un  yata- 
gán al  costado,  y  blandía  en  su  membruda  diestra  una 
fuerte  lanza  de  dos  hierros. 

—  ¡Ah,  miserable!  dijo:  ¿quién  te  ha  puesto  ahí 
para  que  asombres  á  mi  caballo  y  me  haya  visto  yo  á 
punto  de  ser  lanzado  de  la  silla? 

—  Perdón,  hermano,  dijo  humildemente  el  príncipe 
Aben-al-Malek ;  no  ha  sido  mi  voluntad ;  la  mano  de 
Dios  me  ha  herido. 

—  ¡Y  mi  lanza!  exclamó  el  irritado  árabe  haciendo 
saltar  su  caballo  sobre  Aben-al-Malek,  é  hiriéndole  al 
saltar  con  su  lanza. 

Y  aquel  malvado  se  aNejó  á  la  carrera. 


310  HISTORIA    DE   LOS   SIRTK   MURCIÉLAGOS. 

Aben-al-Malek  lloró  por  el,  y  elevó  por  él  su  ora- 
ción al  Altísimo. 


XVII. 

—  |  Ah!  el  Señor  eslá  contigo  y  su  poder  te  hace 
invencible,  exclamó  con  acento  de  envidia  Zahra :  tú 
salvarías  á  Fayzuly,  si  Fayzuly  no  estuviese  conde- 
nada. 

—  ¡Condenada  Fayzuly,  la  hurí  de  mi  alma!  excla- 
mó con  desesperación  el  príncipe. 

—  Mira,  le  dijo  Zahra. 


XVIII. 

Desapareció  el  desierto  sombrío. 

Apareció  un  oloroso  bosquecillo  á  la  margen  de  un 
trasparente  lago. 

La  luna  llena  inundaba  la  tierra  y  el  firmamento  con 
una  luz  dulce  y  lánguida. 

Entre  la  espesura  apareció  una  forma  blanca  y  he- 
chicera, apoyada  en  una  forma  negra  y  horrible. 

Salieron  de  la  penumbra  producida  por  la  enramada, 
y  los  iluminó  de  lleno  la  luz  de  la  luna. 

La  forma  blanca  era  la  hurí  Fayzuly ,  resplande- 
ciente do  hermosura. 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  3M 

La  forma  negra  un  genio  horroroso;  una  especie  de 
macho  cabrío  humano. 

Fayzuly  sonreía  de  una  manera  lúbrica  al  genio, 
como  una  vil  ramera. 

Aben-al-Malek  cerró  los  ojos  para  no  ver,  y  oró  con 
toda  su  alma  por  Fayzuly  ;  pero  no  sintió  envidia  por 
la  felicidad  del  genio. 

XIX. 

—  ¡  Ah !  estamos  condenadas  sin  esperanza !  excla- 
mó llorando  Zahra ;  no  saldremos  jamás  de  nuestro  in- 
fierno de  la  torre  de  las  Siete  Bóvedas ;  el  príncipe 
Aben-al-Malek  es  un  varón  justo,  protegido  por  Dios. 
Amado  mió,  walí  de  Guadix  Abul-Hassan,  mi  poder 
ha  sido  inútil:  provócale  tú. 

En  aquel  momento  el  príncipe  Aben-al-Malek  se  en- 
contró en  el  tercer  mirab ,  sano ,  salvo ,  fuerte ,  con  sus 
ricas  vestiduras. 

Se  prosternó,  y  levantó  con  su  férvido  agradeci- 
miento su  espíritu  al  Señor. 

Descendió  al  cuarto  suelo,  y  al  pisarle,  se  encontró 
en  el  vestíbulo  de  la  grande  aljama  de  Damasco. 

Tal  apariencia  habia  tomado  la  cuarta  bóveda  por  la 
fuerza  de  su  encanto. 

Un  murciélago  revolaba  bajo  su  bóveda. 

Aben-al-Malek  le  clavó  en  ella  como  á  los  otros  tres 
murciélagos. 


312  HISTORIA   DE   LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS. 

—  ¡  Ah!  exclamó  el  murciélago,  lanzando  un  rugido; 
¡  miserable  de  tí!  has  vencido  la  molicie,  la  tentación 
de  la  riqueza,  el  sufrimiento  de!  dolor,  de  la  enferme- 
dad y  de  la  miseria,  vence  si  puedes  la  contrariedad  y 
la  injuria. 

Y  desde  aquel  momento,  todos  los  que  entraban  y  sa- 
lían provocaban  á  Aben-al-Malek,  y  todo  en  vano. 

Ni  provocaciones,  ni  injurias,  ni  golpes,  eran  bas- 
tantes para  que  brotase  de  su  corazón  la  ira. 

Aben-al-Malek  se  encontró  á  salvo  en  el  mirab  de  la 
cuarta  bóveda. 

Oró,  y  descendió  á  la  quinta. 

Se  encontró  entre  un  íestin  ostentoso. 

Los  más  ricos  manjares  se  veian  humeantes  en  mesas 
rodeadas  por  hermosas  damas  y  gentiles  caballeros,  que 
no  se  saciaban  de  viandas  ni  de  licores. 
•Y  este  festín  se  celebraba  en  los  magníficos  jardines 
de  un  admirable  alcázar. 

Un  murciélago  revolaba  sobre  el  banquete. 

-—No  me  hieras,  principe  Aben-al-Malek,  decia  el 
murciélago:  ¿qué  he  de  hacer  yo  contra  tí,  cuando 
nada  han  podido  las  terribles  tentaciones  de  mis  dos 
hermanas  Djeidah  y  Zahra ,  y  sus  dos  amantes,  Aben- 
Ishac  y  Abul-Hassan?  ¡déjame  que  á  lo  menos  pueda 
volaren  mi  infierno!  ¡no  me  claves  á  su  bóveda!  ¡ten 
compasión  de  mí ! 

— Dios  lo  quiere,  espíritu  maldito,  dijo  Aben-al-Ma- 
lek tendiendo  su  arco  y  disparando  sobre  Obeidah. 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  313 

Se  oyó  un  chillido  agudo. 

Luego,  un  llanto  desgarrador,  y  el  banquete  donde 
hermosas  mujeres  y  gentiles  caballeros  se  entregaban 
de  una  manera  repugnante  á  la  gula,  desapareció. 

Y  el  príncipe  se  encontró  en  el  quinto  mirab. 

Oró  y  descendió  á  la  sexta  bóveda. 

XX. 

Inmediatamente  se  encontró  sobre  un  trono. 

Numerosos  cortesanos  llenaban  la  magnífica  cámara 
en  que  aquel  trono  se  alzaba. 

Elegantes  poetas  leian  uno  tras  otro  casidas  de  adu- 
ladores versos,  en  las  cuales  se  ponderaban  el  valor, 
las  excelencias,  las  virtudes,  los  triunfos  del  vencedor 
y  ensalzado  sultán  Aben-al-Malek. 

Reyes  vencidos  se  prosternaban  á  sus  pies. 

Otros  reyes,  temerosos  de  su  poder,  le  enviaban  ri- 
quísimos presentes  y  hermosísimas  esclavas. 

Un  murciélago  revolaba  medroso  y  cuanto  más  alto 
podia,  y  se  replegaba  chillando  en  los  huecos  más  pro- 
fundos de  la  cúpula ,  y  temeroso  de  ser  herido  allí ,  se 
lanzaba  á  otro  ángulo. 

Aben-al-Malek,  insensible  á  la  soberbia,  como  lo  ha- 
bía sido  á  los  otros  vicios,  tendió  su  arco  y  disparó  so- 
bre el  murciélago,  que  lanzó  un  alarido  espantoso. 

Inmediatamente  desapareció  todo  aquello,  y  Aben- 
al-Malek  se  encontró  en  el  sexto  mirab. 

18 


314  HISTORIA    DE    LOS    SIETE   MURCIÉLAGOS. 

Oró  como  en  los  anteriores  y  bajó  al  sétimo  piso. 

Estaba  densamente  oscuro. 

Nada  se  sentía  en  él. 

Parecía  completamente  abandonado. 

Poco  después  se  vio  el  reflejo  de  una  luz,  y  luego 
apareció  una  mujer  hermosísima  con  una  lámpara  en  la 
mano,  que  dejó  sobre  uno  de  los  huecos  que  se  veian 
de  trecho  en  trecho  en  el  muro. 

Esta  mujer  era  la  hada  Betsabé. 

Adelanto  modesta  y  ruborosa,  y  se  prosternó  delan- 
te del  príncipe. 

— ¿Por  qué  te  humillas  ante  mí,  hada  maldita,  espí- 
ritu rebelde ,  que  dominada  por  Satanás  no  reconoces 
al  Señor? 

—  El  señor  eres  tú,  dijo  humildemente  Betsabé;  yo 
me  prosternaré  ante  Alian  y  le  invocaré  y  seré  salva  si 
tú  me  amases,  si  tú  quisieses  mi  pureza  y  mi  hermo- 
sura ;  porque  yo  te  amo,  príncipe ,  como  el  sol  al  dia, 
como  la  luna  á  la  noche,  como  el  viento  al  mar. 

—Yo  no  tengo  más  que  un  corazón  y  un  alma,  dijo 
el  príncipe,  y  mi  alma  es  de  Dios  y  mi  corazón  de  Fay- 
zuly. 

— ¡Áh!  tú  me  amarás,  dijo  Betsabé  alzándose  res- 
plandeciente. 


HISTORIA    DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  3i  5 


XXI. 

Y  cuantos  encantos  tiene  la  mujer,  y  cuantos  ensue- 
ños produce  el  amor,  rodearon  al  príncipe. 

La  hermosura  de  Betsabé,  incitante,  inmensa,  se  de- 
jaba ver  de  él  en  todo  su  esplendor. 

Y  sus  ojos  ardian,  y  su  boca  suspiraba,  y  su  seno 
palpitaba ;  y  sus  brazos  se  extendían  trémulos  hacia  el 
príncipe  que  huia  de  ella. 

Al  fin,  Betsabé  estrechó  entre  sus  brazos  á  Aben-al- 
Malek,  y  éste  sintió  como  si  todo  el  fuego  del  infierno 
se  hubiese  apoderado  de  él. 

El  príncipe  elevó  su  espíritu  al  Señor,  luchó  con  la 
hada  maldita,  se  arrancó  el  puñal  de  su  cintura,  y  le 
clavó  en  el  pecho  de  Betsabé. 

—  ¡Ah!  exclamó  esta  cayendo;  estaba  escrito;  la 
eterna  sombra  me  rodea,  y  el  puente  Sirat  se  romperá 
bajo  mi  planta. 

Y  se  agitó  en  una  convulsión  y  espiró. 


XXII. 

El  hermosísimo  cuerpo  de  la  hada  maldita  se  con- 
virtió en  un  vapor  de  sangre,  y  aquel  vapor  se  con- 
densó al  elevarse ,  produciendo  un  negro  murciélago 


346  HISTORIA    DE   LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

que  se  lanzó  dando  gritos  espantosos  por  una  gran 
puerta  que  se  veia  al  íin  de  la  sétima  bóveda. 

El  príncipe  se  lanzó  también,  y  se  encontró  en  la 
magnifica  cámara,  en  cuyo  centro  dormia  Fayzuly, 
donde  esperaba  allangc  en  mano  el  príncipe  Juzef- 
Abd\\llah-ben-Nazar-al-Galibi,  donde  en  un  nicho 
esperaba  Djeouar  el  juglar,  y  a  cuyo  alrededor  corría 
incesantemente  el  árabe  maldito  Aben-Zohayr. 

—  Tú  que  corres  sin  esperanza  en  tu  infierno,  gri- 
taba Betsabé  convertida  en  murciélago  revolando  alre- 
dedor de  la  cabeza  del  árabe  del  Edjaz,  mata  al  prín- 
pe  Aben-al-Malek;  no  le  dejes  llegar  á  su  amada  Fay- 
zuly. 

—Príncipe  Juzef  Aben-Abd'Allah-ben-Nazar,  gri- 
tó con  voz  de  trueno  el  Djeouar,  saltando  de  su  nicho, 
á  pesar  de  la  altura,  y  cayendo  junto  á  Fayzuly;  pre- 
párate al  combate;  y  tú  príncipe  Aben-al-Malek,  sal- 
va á  la  hurí  de  tu  amor;  sálvaia  cuanto  antes,  porque 
la  media  noche  llega,  y  muy  pronto  sonará  la  campa- 
na del  templo  cristiano. 

Aben-al-Malek  asió  á  Fayzuly  dormida ,  la  levantó 
con  una  fuerza  extremada ,  y  partió  con  ella. 

—  ¡Ah!  ¡la  media  noche!  exclamó  Djeouar  desnu- 
dando su  puñal  y  tomando  la  puerta  por  donde  había 
salido  el  príncipe  Aben-al-Malek  con  Fayzuly. 

El  árabe  maldito,  libre  por  un  momento  del  círculo 
que  se  veia  obligado  á  recorrer,  se  lanzó  sobre  la  puer- 
ta que  defendía  Dejouar. 


HISTORIA    DE  LOS   SIETE   MURCIÉLAGOS.  317 

Antes  de  que  llegase  á  ella,  Juzef-Abd'Allah  le  sa- 
lió al  encuentro,  y  para  obligarle  á  combatir  á  pié,  ti- 
ró un  terrible  corte  de  su  alfange  al  cuello  del  caballo. 

La  cabeza  cayó  por  tierra ;  pero  no  brotó  ni  una  sola 
gota  de  sangre:  el  caballo  no  cayó;  se  lanzó  sobre  el 
príncipe,  le  arrojó  al  suelo  con  las  manos,  y  al  mismo 
tiempo,  el  árabe  maldito  hirió  en  el  pecho  con  su  lanza 
á  Juzef-Abd'Allah. 

Un  instante  después,  Djeouar  el  juglar  caia  herido 
por  otro  bote  de  lanza  del  árabe. 

Y  todo  esto  acontecia  en  medio  de  un  estruendo  hor- 
rible, de  voces  infernales,  de  rugidos,  de  bramidos, 
de  silbidos,  de  carcajadas  horribles,  de  blasfemias. 

Y  un  inmenso  y  constante  trueno  hacia  retemblar  la 
torre. 

El  árabe  y  su  caballo  sin  cabeza  se  lanzaban  por  las 
siete  bóvedas,  á  pesar  de  las  escaleras,  con  la  rapidez 
del  rayo. 


XXII. 

En  aquel  momento  ,  el  príncipe  Juzef-Aben-Abd' 
Allah,  desataba  su  caballo,  ponia  sobre  él  dormida  aún 
á  Fayzuly,  y  montaba. 

Cuando  el  caballo  mágico  de  Aben-al-Malek  sintió 
el  peso  de  Fayzuly  y  del  príncipe,  se  lanzó  en  el  espa- 
cio y  desapareció  como  un  relámpago,  á  tiempo  que 


3iS  HISTORIA    DE    LOS    SIETE    MURCIÉLAGOS. 

salia  de  la  torre  el  caballo  sin  cabeza  montado  por  el 
árabe  maldito. 

Aún  sonaban  las  campanadas  de  la  hora  de  media 
noche  de  los  cristianos. 

El  caballo  descabezado  corría  con  la  rapidez  del  hu- 
racán; Aben-Zohayr  rugia  y  blandía  su  terrible  lanza  de 
dos  hierros;  pero  al  llegar  á  Bib-Leuxar  (1)  espiró  en 
el  espacio  la  vibración  de  la  última  campanada  de  la 
media  noche,  el  descabezado  y  el  árabe  maldito  arras- 
trados por  un  poder  invencible,  se  encontraron  cor- 
riendo en  el  fondo  de  la  Torre  de  los  Siete  Suelos,  al- 
rededor del  diván  donde  habia  dormido  durante  nueve 
cientos  años  la  huri  Fayzuly ,  y  sobre  el  cual  sólo  que- 
daba el  libro  azul  de  Djeouar  el  juglar. 

El  cuerpo  de  este  y  del  príncipe  Juzef-Abd'Allah 
habían  desaparecido. 

La  muerte  habia  sido  con  ellos.  Dios  los  habia  per- 
donado: el  puente  Sirat  no  se  habia  roto  bajo  su  plan- 
ta, y  se  habían  abierto  para  ellos  las  puertas  de  dia- 
mante del  Paraíso. 

La  hada  Fayzuly  y  el  príncipe  Aben-al-Malek  go- 
zaban ya  su  amor,  bendecidos  por  Dios  en  la  encanta- 
da Alhambra  del  Hedjaz. 

Sólo  quedaban  condenados  en  la  Torre  de  los  Siete 
Suelos,  el  árabe  maldito ,  el  reprobo  olvidado  de  Dios 
por  la  hermosura  de  Fayzuly.  Aben-Zohayr  el  impío  so- 

(i)    Hoy  puerta  de  !as  Granadas. 


HISTORIA   DE    LOS   SIETE    MURCIÉLAGOS.  319 

bre  su  caballo  sin  cabeza  que  corría  y  corría  en  el  ter- 
rible círculo  de  la  torre,  Betsabé,  sus  tres  hermanas  y 
sus  tres  amantes  convertidos  en  siete  asquerosos  mur- 
ciélagos. 

XXIV. 

Todas  las  noches  de  San  Juan,  al  mediar,  cuando 
suena  la  primera  campanada,  la  torre  tiembla;  se  oye 
dentro  de  ella  un  estruendo  espantoso,  y  el  caballo  sin 
cabeza  con  su  caballero  sale,  recorre  como  una  exhala- 
ción el  bosque  de  la  Alhambra ;  llega  hasta  la  puerta 
de  Bib  Leuxar,  y  al  espirar  la  última  campanada,  vuel- 
ve al  fondo  de  la  torre,  del  cual  no  vuelve  á  salir,  sino 
durante  un  momento  á  la  media  noche  de  San  Juan  del 
año  siguiente. 

¡Ay  del  desventurado  que  vea  á  esa  hora  el  caballo 
sin  cabeza! 

XXV. 

Esta  es  la  tradición  de  la  torre  de  los  Siete  Suelos  de 
la  Alhambra,  que  escribió  el  poeta  granadino  Noeman- 
Dz¡n-Nun-el-Azis-el-Ferag  (Dios  sea  con  él),  salud  y 
próspera  fortuna  de  buena  voluntad  á  los  que  leyeren 
este  libro. 

La  alabanza  á  Dios. 

FIN. 


ÍNDICE  DE  LOS  CAPÍTULOS. 


l'ágs. 

1.— Kl  valle  del  Bédjaz ú 

II.— Molianiet  Aben-Al-lihamar 37 

111.— El  sueño  del  rey  Al-hhamar 51 

IV.— Las  fiestas  de  Bib-Rambla 107 

V.— La  segunda  visión  de  Al-hhamar 255 

VI.  — La  torre  de  los  Siete  Suelos 280 

VIL— Los  siete  encantos  de  los  siete  suelos 294 


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